Menos turbación

"Al unirse una práctica muy genera­lizada pero se­creta, con una prohibición muy consensuada y pública, con unas “probadas” consecuencias tan nocivas, el resultado producido fue: "más tur­bación"
Joserra Landarroitajauregi

30 de octubre de 2017

La masturbación ha sido probablemente la práctica erótica más perseguida en la historia de Occidente. A ello han contribuido dos grandes errores históricos: uno teológico y otro médico. El teológico se ha producido por una mala interpretación de la Biblia. El médico por una mala in­ter­­pretación de los datos de la rea­lidad. El uno insistió en la idea de pecado y las consecuencias eternas. El otro, en la idea de enfermedad y las consecuencias físicas y mentales.

Todavía en la actualidad puede escucharse la expresión Ona­nismo para re­fe­­rirse a la masturbación. No tenemos la menor idea de si Onán se masturbaba o no porque la Biblia no dice absolutamente nada al respecto. Lo que sí refleja el Antiguo Tes­ta­mento con toda claridad es que inte­rrumpía el coito derramando su semen sobre la tierra con el fin de no fecundar a la fértil viuda de su difunto hermano. Y por ello, contrariando la ley hebrea que le obligaba a darle hijos a ésta. Este episodio bíblico, una vez mal­in­terpretado, ha servido de base para la estigmatización de las prácticas autoeróticas y para asociar a Onán con el nefando pecado solitario. No entro aquí sobre el juicio moral vetustotestamentario, pero aclaro que lo que el Génesis dice que Onán practicaba era un coitus interruptus con eyaculación extravaginal. Hizo pues justo y exactamente lo que inexorablemente se repite hasta la saciedad en cualquier cinta pornográfica actual: que el semen se derrame visiblemente. Exactamente la misma conducta, aunque las motivaciones no fuesen las mismas.

 
"Lo que Onán practicaba era un coitus interruptus con eyaculación extravaginal. Hizo pues justo y exactamente lo que inexorablemente se repite hasta la saciedad en cualquier cinta pornográfica actual: que el semen se derrame visiblemente"

 

El segundo error fue cometido por la Medicina de principios del siglo XIX y aquí se lo atribuiremos a uno de sus más insig­nes representantes: el Dr. Tissot. Este médico francés especialista en en­fermedades de los nervios (psiquiatra diríamos hoy) trabajaba en un manicomio de Lausana. Allí cayó en la cuenta de que la gran mayoría de sus internos se mastur­baba. Puesto que presuponía que la población "normal" no lo ha­cía, concluyó que el "onanismo" era la génesis de todos los males que él dia­riamente constataba (locura, alucinaciones, cegueras, melancolía, etc.). El argumento tuvo éxito y se extendió urbi et orbe.

Si el Sr. Tissot hubiera co­no­cido la frecuencia masturbatoria de la población "normal", quizás hu­biera de­di­­cado sus energías en otra dirección. Sin em­bargo los suyos no eran tiempos de estudios sociológicos sobre prác­ti­cas eróticas. Claro que por ser una práctica privada y ocul­tada, tampoco hubiera sido fácil la investigación.

 

"Aquellos peligros sanitarios y morales fueron tomados por tan graves y estigmatizadores que se menospreciaron los muchísimos daños que la cruzada anti-onanista produjo durante todo el siglo XIX y buena parte del XX"

 

Si hubiese experimentado consigo mismo seguramente habría comprobado que cuanto creía era alucinación. Pero creyéndolo cierto ¡a ver quién reunía el valor suficiente para exponerse a tales peligros! Y aquellos peligros sanitarios y morales fueron tomados por tan graves y estigmatizadores que se menospreciaron los muchísimos daños que la cruzada anti-onanista produjo durante todo el siglo XIX y buena parte del XX.

Como puede imaginarse, al unirse una práctica muy genera­lizada pero se­creta, con una prohibición muy consensuada y pública, con unas “probadas” consecuencias tan nocivas, el resultado producido fue: "más tur­bación". Así que durante todo el siglo XIX fueron generándose: más tur­ba­ción científica, más turbación religiosa, más turbación mental y otras múltiples turba­ciones hasta nuestros días. Frente a tanta turbación recibida, pongamos algo de luz con algunos datos. El primero de ellos: que hablamos de una conducta del todo inocua. Inocua hoy e inocua en el siglo XIX. Lo que no es inocuo es la estigmatización, la culpa y la angustia. Y los que resultan sumamente tóxicos son los constructores de estigma, los agentes culpabilizadores y los fabricantes de angustia.

 

"Durante todo el s. XIX fueron generándose: más tur­ba­ción científica, más turbación religiosa, más turbación mental y otras múltiples turba­ciones hasta nuestros días"

 

Sabemos que en torno al 97 % de los hombres y el 62 % de las mujeres la han practicado –con más o menos frecuencia– en alguna ocasión. La etapa de comienzo en los hombres es casi invariablemente la puber­tad y la adoles­cencia. Sin embargo muchas mujeres co­mien­zan su ac­tividad mastur­ba­toria en la juventud o en la época adulta. Desde luego ellas casi siempre empiezan a tocarse después de que alguien las haya tocado. Sin embargo, ellos suelen venir muy tocados por sí mismos antes de que alguien les toque. Los hombres suelen masturbarse estimulando directamente su pene hasta lograr la eyaculación. Las mujeres suelen estimular su clítoris acompañándose con frecuencia con otras estimulaciones de la vulva, la vagina, los senos, los muslos o las nalgas. 

La representación que solemos tener de la masturba­ción femenina su­pone la intro­ducción de objetos o dedos en la vagina. Por supuesto que a veces es así. Por muchas razones y una de ellas porque las representaciones generan realidades. Sin embargo esta representación se corresponde más con las fanta­sías masculinas que con las prácticas femeninas.

 

"La representación que solemos tener de que la masturba­ción femenina su­pone la intro­ducción de objetos o dedos en la vagina se corresponde más con las fanta­sías masculinas que con las prácticas femeninas"

 

En la actualidad sabemos que cualquiera que sea su fre­cuencia, su téc­nica o su finalidad la masturbación no produce absolutamente ningún efecto nocivo salvo la culpabilidad en aquellas personas que practicándola la consideran sucia, mala o pecaminosa. Sabemos que en estas personas lo pernicioso no es la masturbación, sino los fantasmas a ella asociados cuales son: culpa, estigmatización y angustia. Así pues evítense tales lacras.

Sabemos así mismo que el autoerotismo es el escenario más habi­tual y más eficaz del apren­dizaje orgásmico. A tener orgasmos, se aprende. Y la mayoría de las personas lo aprenden mediante autoex­ploración íntima y pri­vada, en la relación de escucha y comuni­cación que uno establece con su propio cuerpo.

 

"La masturbación no produce absolutamente ningún efecto nocivo salvo la culpabilidad en aquellas personas que practicándola la consideran sucia, mala o pecaminosa"

 

Por supuesto no puede –a veces se hace– concluirse con la fórmula imperativa: "hay que masturbarse". En el terreno de la sexualidad nada más nefasto que las exigen­cias, las obliga­ciones, las prescripciones y las normas externas. Si antes inseminamos estigma, culpa y angustia a los muchos que "sí", no hagamos ahora lo mismo con los pocos que "no".

Este artículo, cedido por Joserra Landarroitajauregi, pertenece al libro 'Sexorum Scientia Vulgata'

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