¿Somos siempre las víctimas?

"Me pregunto si la mejor estrategia para exigir el reconocimiento sea la victimización"

Maitena Usabiaga Sarasua

9 de enero de 2018

Hemos crecido con cuentos que siempre muestran a buenas y malos, malas y buenos. Parece que existen dos tipos de personas en el mundo, las que van al cielo y los desterrados al infierno. Cuando eres cría, intentas ver tu persona en alguna de estas categorías y empleas el mayor esfuerzo para demostrar que perteneces a ella. Muchas de ellas han creído ser las malas de la película y como son tan buenas actrices y en el fondo, obedientes, cumplen su papel a la perfección. Solo así alguien les mira y se sienten algo en el mundo. Son capaces de enterrar las demás facetas para solo mostrar aquella que creen les hace ser alguien, alguien visible y reconocida.

 

 

 

Cuando alguna mirada es capaz de ver algo diferente en ellas es cuando se dan cuenta de que no son solo malas, que son mucho más, que pueden ser aquello que quieran y les gusta. También somos lo que no nos gusta, pero eso no nos condena. Yo no creo que existan malas y buenas personas, no creo en el blanco y negro, no creo en los para siempre ni los nunca, no creo en opresores y oprimidas, víctimas y verdugos. Esto no significa que no existan las luchas de poder, las humillaciones ni los malos tratos, los actos solidarios ni empáticos... Existen y los vivimos. Pero no son solo eso, no somos solo eso. Somos todo, todo el rato.

La división del mundo en dos tiene sus beneficios, pero como todo polo necesita de su opuesto, también tiene su lado perjudicial. La lucha por el reconocimiento del dolor ocupa muchas páginas de nuestro día a día. Las que nos consideramos maltratadas por el sistema reclamamos nuestro derecho al dolor y exigimos responsabilidades. Las que se sienten perseguidas por su ideología denuncian la persecución que viven, las que se sienten amenazadas por las personas que piensan y se expresan, sacan a sus “matones” con uniformes a callar a las multitudes. En definitiva, seguimos dividiendo el mundo en buenas y malos, buenos y malas.

 

"También somos lo que no nos gusta, pero eso no nos condena"

 

El daño no reconocido ni nombrado nos está matando por dentro. Las mujeres hemos sufrido todo tipo de humillaciones, desprecios, maltratos, agresiones, no nombradas ni reconocidas durante toda la historia. Y eso tiene sus repercusiones y las vivimos en nuestros cuerpos y lo arrastramos en la memoria. Queremos que nos reconozcan, que ellos reconozcan el dolor causado y hacerles ver que sigue pasando. Y muchas veces, nos vemos a nosotras mismas como víctimas. Víctimas del sistema heteropatriarcal, de los hombres, del sistema laboral, del neoliberalismo, del clasismo y del racismo.Somos afectadas por todo lo nombrado, de eso no hay duda y quien lo haga que no siga leyendo.

Las personas reacias a admitir este hecho deben ser calificadas como poco, insensatas. Pero me pregunto si la mejor estrategia para exigir el reconocimiento sea la victimización. Y mi respuesta es NO. Tengo la suerte de trabajar rodeada de niñas y niños, digo suerte porque es lo más puro que he encontrado en este mundo lleno de máscaras. Mi experiencia me dice que condenar a una niña como víctima no le hace fuerte, ni responsable de su vida. La convertimos en dependiente del mundo, porque la pobrecita necesita ayuda para todo, es víctima de algo ajeno a ella y por tanto, la solución no está dentro de ella, sino que sigue estando fuera.

 

"La culpa no nos lleva a ningún lugar, solo al juicio y al inmovilismo"

 

Por otro lado, he podido comprobar que ofrecerle diferentes herramientas para que puedan defenderse es lo que les hace ser fuertes y autónomas. Darles el permiso para defenderse es lo que les da fuerza, porque entienden que puedes hacerle daño pero que ella puede ponerle solución, porque ella puede hacer algo para cambiar lo que le pasa dentro. Luchar para que lo de fuera cambie es imprescindible y en mi humilde opinión, tenemos que seguir haciéndolo por las que estamos, las que estuvieron y las que vienen. Pero mientras tanto, sentirnos con suficiente poder para cambiar nuestras propias realidades, puede que cambie mucho más de lo que pensamos.

 

"Mi experiencia me dice que condenar a una niña como víctima no le hace fuerte, ni responsable de su vida. He podido comprobar que ofrecerle diferentes herramientas para que puedan defenderse es lo que les hace ser fuertes y autónomas"

 

Ser víctimas significa no poder hacer nada para cambiarlo, la no responsabilidad de nuestras vidas. Y yo no quiero depender de los demás para ser feliz. Seguiré recibiendo agresiones por la clasificación que me han hecho, seguiré viviendo las injusticias que completan el mundo, pero no seré víctima de nadie más que de mí misma. La culpa no nos lleva a ningún lugar, solo al juicio y al inmovilismo. Nuestro sistema judicial sigue basándose en este binomio; en culpables e inocentes. Sigue utilizando la estrategia del castigo como modo educativo. Sabemos que los castigos no educan, solo enseñan a tener miedo. Tú tienes la culpa y por ello te castigo y a ti te han hecho daño así que eres la víctima. Los castigos no curan, solo silencian.

Juzgar individuos es absurdo, no somos solas, sino somos en relación. Las relaciones son las que están contaminadas y cada una de nosotras establece dichas relaciones. Todas somos parte del problema y por tanto también de la solución. No se trata de condenar, se trata de responsabilizarnos. Al menos, hagamos lo que está en nuestras manos. Si una cambia, todo cambia.

 

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