¿Soy normal?

Melanie Quintana

Nos hemos convertido en curas, abogados y jueces. Individuos que dicen lo que está bien o mal, lo que moralmente es bueno o malo, lo que legalmente nos va a llevar a la cárcel o no, lo que nos llevará a un manicomio o debajo de un puente. La sociedad, nuestra biología, la cultura a la que pertenecemos, incluso nuestra economía, nos ha impulsado a la horrible idea de que existe la normalidad. Nos ha llevado a la obligada obligación de diferenciar lo bueno, lo beneficioso, lo sano…de lo malo, lo maléfico, lo nocivo. Lo patológico.

Es así como hemos dejado que las peculiaridades, la diversidad quede oculta tras un velo médico, jurídico, moral...Nacemos únicos, no normales. Puede que deseemos un zapato de tacón, una silla de ruedas, ver cuerpos desnudos, enseñar el nuestro, dar y recibir, podemos desear un animal, incluso algo que se consideré extraño o asqueroso, fantasear con ello o hacerlo realidad. Eso es diversidad, eso es identidad, es peculiaridad, es único, es propio de cada uno, es nuestro.

¿Qué pasaría si dejáramos de preguntarnos si somos normales? Olvidarnos de los términos que traemos con nosotros en la mochila nos puede llevar a descubrir el mundo, a nosotros mismos, a los demás. Mientras que si llevamos el peso de las piedras en esa, nuestra mochila, tenderemos a quedarnos quietos, sentados en un atril, con un mazo en la mano. Que bonito sería que nos enseñaran que la vida es igual que la cocina, y que para crear hay que conocer, experimentar y probar sabores, olores, texturas, que nos lleven a lo que nos gusta o no. Porque cómo en la cocina o se cuece o se enriquece.