¿Sabías que antes de convertirse en insulto ser ‘mamón’ era un oficio?

18 de enero de 2018

Rubén Olveira Araujo

Cuando pensamos en la palabra mamón lo más probable es que lo primero que nos venga a la cabeza sea el estribillo una canción de los Hombres G. Sí, así es, nos referimos a la mítica Devuélveme a mi chica que llegó a convertirse en 1986 en película  y que además arrasó la taquilla estatal de ese mismo año. Sin embargo, lo curioso de la letra es que de los múltiples calificativos que pudiera haber proferido un amante despechado los Hombres G utilizan la palabra mamón para designar a quien les ha robado a su chica. ¿Pero qué es eso de mamón? ¿De dónde viene ese insulto? ¿Tan perverso es ser mamón como para desearles la peor de las torturas: retorcerse entre polvos pica-pica?

El arte de  injuriar está repleto de insultos estrechamente relacionados con la sexualidad y mamón no resulta una excepción. La etimología ya nos da alguna pista: para empezar, va de mamas y, más concretamente, de mamar mamas. A priori, no parece vejativo. Al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta mamar unas buenas mamas? Y por buenas que cada cual se interpele a sí mismo y descubra cuáles son las buenas en base a sus deseos. Pero el hecho de que se utilice como insulto presume una connotación negativa y esta deviene de aquel viejo oficio tan desprestigiado como necesario que dio nombre y significado al actual mamón: la mamonería. 

Los mamomes o mamadores eran aquellas personas, habitualmente ancianas –sin dientes y de manos calientes–, especializadas en sacar la leche de los pechos de las mujeres lactantes. Esto resulta necesario, entre otras situaciones, cuando se lleva tiempo sin amamantar al neonato –sea por las razones que sea–, cuando se da una infección de la mama (mastitis) o cuando una leve obstrucción sobrepasa la habilidad succionadora del bebé para extraer su fuente de alimento y se requiere una boca extra que desatasque este biberón biológico.

¿Por qué no utilizaban un sacaleches de toda la vida? Porque ni el sacaleches es de toda la vida –es más, el primero se creó en 1859– ni se democratizó su uso hasta entrado el siglo XX. Tradicionalmente era una labor de la que se encargaban los maridos, puesto que sacarse la leche a una misma no es algo precisamente sencillo; pero ya fuera por su ausencia, su rechazo a rebajarse a la altura de un mamón, su ineptitud en las artes de la mamonería o porque el asunto mamario se complicaba más de lo esperado, en ocasiones se requería de personal especializado y he ahí cuando recurrían al fontanero de senos: al mamón del pueblo. 

Grosso modo, el proceso de estos especialistas se puede reducir a dos pasos. El primero, colocar las manos –calientes– sobre los pechos de la mujer en cuestión. Y el segundo, una vez calentadas las mamas, extraer la leche utilizando diferentes estilos de succión que, dependiendo del caso, convierten la mamonería en un arte no apto para todo el mundo. Con el fin de conservar cierta privacidad, durante el proceso las mujeres tendían a estar completamente vestidas a excepción de sus pechos, que por cuestiones logísticas obvias quedaban al descubierto.

¿Y se bebían la leche?, puede que os preguntéis. La respuesta es sí: cuando la tenían en la boca normalmente se la bebían, dado que al contrario que ahora, que suele despertar ascos y temores, históricamente la leche materna ha sido un alimento muy valorado. Eso sí, si se creía que la leche estaba infectada –debido a la mastitis, por ejemplo–  entonces se escupía.

A pesar de la importante labor que realizaban –y si no, que se lo pregunten a cualquier mujer lactante con los pechos a punto de explotar–, el oficio de mamón siempre ha estado socialmente muy mal considerado. A día de hoy se desconocen los motivos que iniciaron esta desvalorización de la mamonería, pero partiendo de la puritana historia de la que provenimos no es descabellado pensar que al menos en parte se deba a su relación con la mujer y, más concretamente, con sus senos y la conexión simbólica que tienen estos con la sexualidad.

ARTÍCULOS RELACIONADOS