¿Sabías que no siempre ha sido erótico tener la vulva rasurada?

Escultura de Niki de Saint Phalle

30 de noviembre 2017

Aritz Resines Ruíz

A la hora de hablar de genitales, en nuestro día a día ocurre algo notorio: en todos los niveles, ya sean grafitis, esculturas, cuadros, revistas, televisión o películas, hay mucha más presencia de los penes que de las vulvas. Tras analizar en profundidad el trasfondo histórico, al igual que se hizo con su homólogo masculino, se han podido apreciar ciertas claves para entenderlo.

De nuevo, nuestro recorrido empieza por la Antigua Grecia, poniéndonos en la piel de esas mujeres. Si nos diéramos un paseo por las calles de alguna de las polis y pudiéramos colarnos en cierto ritual de adoración divina, estaríamos entre mujeres enseñando sus vulvas para homenajear a los dioses. En concreto, se veneraba así a Deméter, diosa de la agricultura que recuperó la alegría al ver la vulva de Baubo, una mujer que se la enseñó con tal fin. Ahora bien, esa costumbre fue denigrada, dejando las vulvas ocultas a nivel oficial. La excepción son algunas representaciones consideradas pornográficas que huían de ese control social, como las vasijas de heteras (las escort del momento).

Debemos saber que la propia vulva ha sido fruto de un gran desconocimiento médico desde el principio. En la propia Roma, si un tal Galeno hablara con una mujer actual, se sorprendería. La visión central del hombre de la época llevaba a pensar en un útero flotante que provocaba alteraciones histéricas (justificación para el control sobre ellas). Además, en la escultura oficial, seguía pasando lo mismo que en Grecia: casi todas las figuras femeninas se tapaban su vulva. A pesar de todo, algunas tradiciones la mantenían como fuente de abundancia como podemos ver en los frescos de Pompeya.

Una época donde pocas mujeres querrían estar es en la siguiente, la Edad Media. Incluso la mujer central de la religión imperante, María, trataba su vulva con tanto cuidado que nunca apareció en ninguna obra artística. Con el poder de la sexualidad que ejercían, lo más erótico que se representó de ella a ojos de un occidental fue la lactancia de Jesús. Recordemos que lo contrario era pecado; de hecho, ella fue embarazada sin ningún tipo de contacto con el otro genital a ocultar, el pene. Aún así, siempre se les escaparon algunas obras como las sheela-na-nig, que mostraban vulvas como posible parte de un ritual de la Iglesia donde las mujeres las tocaban para lograr buena suerte.

 

En el Renacimiento, ya en la Edad Moderna, la vulva ganó espacio en el arte. Ahora bien, si una mujer de hoy en día quisiera ser modelo, no sería aceptada pesar a haber sido seguidora de la estética occidental. ¿El motivo? Ya en esos años se distinguió entre el desnudo artístico y el erótico. Este último era en virtud de una vulva adulta, con vello y con los labios marcados. Ante el deseo de ocultar esto último, las representaciones se hacían sin esos detalles. Por ello, una mujer depilada tal y como marcan nuestros cánones actuales, resultaría obscena por sus labios marcados. En todo esto, Vesalio, discípulo de Galeno, seguía con los errores médicos acerca de la vulva (muy seguidos en la época).

Si avanzamos a la Edad Contemporánea, tras la Revolución Francesa, podemos apreciar cómo, pese a la nueva técnica fotográfica, las vulvas con vello siguen siendo ocultadas por su componente erótico. No siendo la depilación algo habitual, los artistas disfrazaban la realidad de sus primeras modelos fotografiadas difuminando las vulvas resultantes en sus obras. Tal es el caso de Friné ante el aerógrafo con gran contraste entre el pre y el post en este sentido. Otro cuadro relevante fue El origen del mundo de Courbet, el cual no vio la luz hasta el 1995. Fue escondido frente a la segura censura desde su creación, 1866, pasando por multitud de manos. Ni siquiera hoy se libra de polémica, vista la performance que realizó la artista Deborah de Robertis.

Y et voilà, llegamos a los siglos XX-XXI, vividos por la mayoría de nosotros. Quizás algunas sentirán alivio, pero nada más lejos de la realidad. Las vulvas siguen ocultas, denigradas y ensuciadas. En lo artístico, por ejemplo, que le pregunten a Dorothy Iannone o a Niki de Saint Phalle, que desde la pintura y la escultura mostraron vulvas en todo su esplendor pero que fueron rápidamente censuradas. De hecho, esta censura no está presente únicamente en el mundo del arte, se explicita en la propia educación. En los colegios no se enseña la vulva ni se explica y eso es, sencillamente, criminal.

Pintura de Dorothy Iannone

Si nos quedáramos ahí, podría parecer que no hemos caído en la cuenta de que hoy en día pueden contemplarse vulvas de forma ágil y gratuita mediante Internet. La pornografía nos ofrece diverso material para ello, pero debemos tener en cuenta que sigue siendo desde un modelo que pone al hombre como centro. Apenas se le da espacio al genital femenino para contemplarlo o estimularlo y se queda en una abertura vaginal que penetrar. Su influencia no es menor, ya que esta industria ha sido capaz de cambiar nuestros gustos en lo que a vulvas se refiere.

Precisamente, han hecho erótica la falta de pelo cuando en la Historia era precisamente lo contrario. Con el pene pasó lo mismo, lo cual nos lleva a una reflexión más amplia que se recogerá a principios de año en la sección Opinión. Ahora bien, por no quedarnos así, recordemos: la vulva es una parte más de nuestro cuerpo y como tal hay que conocerla, quererla e incluso mostrarla. Solo con una buena relación con nosotras mismas vamos a lograr tenerla con los demás.

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