Frankenstein o el moderno folleteo

 
"Acaso será imposible salir de aquí sin caer en la cuenta
de que mi cuerpo, como el de Calig, como todos
los cuerpos, han sido donados a la ciencia,
al placer, a la humanidad"

MIKEL GIL SOJO

«Huélelo», dice Calig, mientras destapa con un leve plop un vial delgado cuya abertura me acaricia el bigote. Apenas llevamos media hora en Titán; hacía tres años que no salía de la Tierra y lo único que percibo es el olor a pedo de perro mezclado con el aroma nostálgico de la gasolina que desprende este pedrusco en el que hemos aterrizado. Es la primera vez que pruebo el ramdass, así que me trato de quitar los nervios mientras descubro Titanópolis. Es de noche, pero los edificios iluminados proyectan sobre el asfalto metalizado intensos brillos naranjas. Miro la manga de mi termotraje: la temperatura es de −180 °C. Fresquito. Miro al cielo: Saturno es precioso.

El bar se llama Frankenstein y está tan a las afueras de la ciudad que la pesada atmósfera de esta luna se nos echa encima. La niebla me acaricia el cuello, noto un hormigueo en la nuca y la garganta se me relaja tanto que siento que podría cantar el Dúo de las flores de Lakmé sin esfuerzo. Ambas voces a la vez, incluso. Creo que la droga ya sube.

El traje detecta que el interior del Frankenstein está climatizado y se apaga. Calig comenta que ha venido aquí una treintena de veces. Me guía hasta el vestuario, donde desenchufa los termotransmisores que van hasta su encéfalo y se desnuda. Arquea las cejas para preguntarme si estoy listo; me siento a gusto así que me quedaré con el termotraje puesto, que tampoco es tan feo. Calig husmea de nuevo el frasquito y duda si guardárselo en la entrepierna, aunque finalmente lo deja en la taquilla. Su atuendo consiste en unas bermudas negras de elastano que dejan al descubierto su velludo cuerpo. El pelo no es algo que abunde entre los extranjeros, así que Calig sabe explotar su look de caramelito exótico, pienso mientras miro su espalda de toro. Se ha puesto fuerte. Me dice: «Esta noche quiero que conozcas a alguien».

La música tiene volumen bajo pero consigue reverberar en los tímpanos como pequeños calambrazos electrónicos. Calig me agarra de la mano y me guía hasta una zona que parece llena de semiqueas y cruzo la mirada con un par de ellas. Apenas he tenido un par de experiencias sexuales con no-humanos en el pasado y ambas fueron con androides, algo que cualquier adolescente prueba hoy en día. Nada con alienígenas hasta hoy. Calig me abraza y me recuerda que ya pasamos de los treinta y que follar ya no es el objetivo, ni siquiera follar bien —bueno, esto siempre—. Lo que cuenta es follar raro. Me dice que me deje llevar y comienza a bailar un extraño swing a medida que la música se intensifica.

Llevo un rato moviendo el cuello con los ojos cerrados y me siento jodidamente bien, como si mi cabeza pudiera echar a volar impulsada por una pequeña hélice cervical. De pronto, noto que unas caricias se reiteran en mi antebrazo. Ella no me quita sus ojos viperinos de encima; diría que no tiene párpados. Su mano al tacto es como el abrazo de un zepelín, se moldea con suavidad gomosa entorno a mi piel, y yo pienso en los recovecos que podrían explorar esas tuneladoras dulces que son sus extremidades.

Dios quiso que el hombre perdiese el hueso peneano. Sólo un sortilegio del Diablo podría haber vaticinado los brazos de las semiqueas.

Es pensarlo y noto cómo el interior de mi culo zozobra para luego quedarse entumecido. Joder, creo que el ramdass me empieza a pegar de verdad.

Navego entre una marejada de cabezas de hidra que son todos estos brazos inacabables. Cuando he asumido que seré devorado, aparece entre la carne alienígena un brazo humano, hercúleo, que me arrastra hacia afuera. Es Calig, que está acompañado. «Te presento a la doctora», dice. La doctora, ¿cómo describirla? Podría hablar de la corona de luces violetas se desprende por su pelo y acaba reflejándose en los cristales de unas lentes pequeñas y cuadradas que no consiguen abarcar las cejas. Podría hablar de esos hoyuelos laterales, centinelas de una boca rojísima que dibuja una sonrisa taimada. Podría hablar de la puta senda de la perfección que parte desde sus pechos, altísimos, hasta el cuello fino, imposible, seccionado por un collar de terciopelo negro. Podría hablar de tantas cosas, pero delante de ella me quedo mudo.

Evitar mirarla sería perder el tiempo.

Lo primero que me dice es que soy bastante guapo. Eso es opinable. Como su belleza sí es un hecho, le pregunto de qué es doctora. Ella me señala a la multitud que baila y se roza a nuestro alrededor. «Ajá, así que eres la doctora Frankenstein». Asiente, complacida. Me dice que baile un poco, que suelte mi cuerpo. Noto una caricia en mi nalga izquierda. Es Calig: «Ten cuidado, no le respondas que sí a todo», ríe y me guiña un ojo.

Muchos conocen en el bar a la doctora. Hay quien se atreve a saludarla tímidamente, otros sólo la observan con deferencia y de paso me miran a mí. Juraría que alguno me está deseando suerte. Ella me agarra y me lleva a un rincón más tranquilo. Allí, vierte un par de gotas en un ojo. Le pregunto si eso es colirio, y ella sonríe. «Calig me ha dicho que no sales mucho fuera». Supongo que se refiere fuera de la Tierra, lo cual es cierto. En realidad apenas salgo fuera de ningún sitio: el trabajo en el laboratorio botánico me tiene lo suficiente liado como para no sacar la cabeza de mi propio culo, y no sacar el culo del invernadero.

No hoy. El ramdass me hace querer sacar el culo a dónde sea. Podría quitarme el termotraje en la noche saturnina e incendiar todo lo que rozasen mis posaderas. Me sudan las manos, así que me bajo la cremallera a lo largo del esternón. La doctora Frankenstein se arrima tanto que sólo me queda abrazarla. «¿Y dónde guardas a tu monstruo?», le pregunto. Ella no responde, sino que me pone las manos ya sabes dónde, me muerde ya sabes cómo y me palpa ya sabes qué.

En cuanto salgo del embrujo que causa mirarle morderse el labio inferior, me dice que contemple a su criatura. Cerca de nosotros se sienta un hombre fornido y velludo, con el torso descubierto. No hay mucha luz pero me parece distinguir en él un rostro femenino, con cabellos largos, en contraste con el cuerpo varonil. Enseguida aparece Calig y es entonces cuando lo comprendo todo. De cuello para abajo no le queda ni un solo pelo a simple vista, y sus músculos han sido trocados por curvas más sinuosas.

El Frankenstein está lleno de las criaturas de la doctora. Criaturas bellas a su manera, sedientas de emociones, disociadas de su cuerpo, asociadas a unas formas nuevas. Observo a Calig y su pareja unirse: dos antroposandróginos y perfectos que exploran la alteridad como fusión de identidades. ¿Es su propia polla la que Calig está a punto de meterse a la boca?

A medida que los desabrocho, cada botón de la camisa de la doctora es un jalón en la carretera de la incertidumbre. Desde su cuello he descendido kilómetros hasta su vientre. Su piel es tersa y blanca. Perfecta. Reparo en el collar de terciopelo, y me pregunto si es acaso la juntura entre su cabeza y este cuerpo quizás intruso. Ahora estoy kilómetros por debajo del ombligo y sé que cada gramo de carne de la doctora responde a un único ser sensible. Cierro los ojos y, de alguna manera, mientras mi mano izquierda explora cada camino, mi mente es capaz de tomar conciencia de todas las texturas que siento, de darles su propia forma, su propio sentido armónico y bello.

Quizás sea la droga.

La doctora está sobre mí y me siento por primera vez vulnerable. Sus movimientos son precisos, clínicos, y sus susurros me interpelan: «¿No quieres que este cuerpo sea tuyo?». Es imposible pensar una respuesta al calor, así que me contengo. En unos minutos sabré cuál es el precio del contrato a firmar con la doctora Frankenstein. Acaso será imposible salir de aquí sin caer en la cuenta de que mi cuerpo, como el de Calig, como todos los cuerpos, han sido donados a la ciencia, al placer, a la humanidad.

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