Mayor que él

 

 

 "Quizás no era el momento, quizás su juventud me asustaba, quizás… siempre había un quizás como excusa."

Nosotros lo escogimos así, elegimos enamorarnos de la química y de matarnos con la boca dormida. Elegimos enredar nuestras lenguas de fuego y saliva en cada cita sin pedirnos nada más. Decidimos morir para renacer el uno en el otro entre jadeos día a día, pero sin involucrarnos más en ninguna relación oficial. Creía que yo le llevaba ventaja con mi edad, pero estaba equivocada; nunca pensé el aprendiz acabaría superando a su maestra.

Su aniñada cara pecosa y su voz de niño me tenían totalmente engañada escondiendo a un hombre sexualmente muy activo y a la vez un pervertido experimentado en juegos. Me sentía totalmente atrapada en sus redes amatorias. Nuestra última cita por mi propia decisión fue muy dura por el desgaste emocional que causo desengancharme de su droga, no sólo física si no también química.

Quedamos en el hotel de siempre, en nuestra habitación de siempre, donde siempre nos inscribíamos por separado como desconocidos para sucumbir a nuestra maravillosa tentación. Apenas entré en la estancia cuando… Me apretó los pechos con ligereza, como si temiera romperlos. Me abrazó con lujuria. Sus dientes se clavaron en mi pecho delicadamente primero, luego con fuerzas. Incluso llegué a temer que me fuera arrancar un pedazo de ellos por su ávida boca.

Me despojó de toda ropa que cubría mi cuerpo. Aquel día no llevaba sostén, y mis senos quedaron libres, descubiertos ante la mirada de aquel maniático del placer. Ondularon a un lado y al otro y la pequeña y puntiaguda cima de mis pezones se escandalizaron solo con su leve roce. Cálidos, tan delicados como la seda más cara se erguían ante él para su total devoción.

Acerco su boca a ellos, lentamente recorrió con su olfato arquitectura, para luego, con su lengua dibujar trazos cortos y largos de pasión, los besaba unas veces, los chupaba otras y hasta los mordía, frenando sus ganas de comportarse como una bestia y quedarse con ellos en su boca, cual presa despavorida. Apenas sentí como me despojo de mi jersey quedando enganchado de la baranda de las escaleras que llevaban a su habitación.

Ni tan solo cuando en el suelo su pantalón y el mío mantenían sexo textil por su cuenta, aconteciendo lo que acto seguido iba a pasar mientras eran nuestros testigos. Sus voraces besos recorrieron mi cuello, mis orejas, mis carnosos labios, esos que sangraron, víctimas de sus mordidas de lobo hambrienta. Fue bajando por la autopista central de mi pecho. Con mis manos, acaricie sus pectorales y su marcado abdomen. Su lengua se enfrasco en mi ombligo, describiendo circunferencias de diferentes tamaños.

Continuó su camino hasta mis genitales, cubiertos por una minúsculas braguitas de color azul con tal delicadeza, que pude sentir una corriente por todo mi cuerpo. Su sexo estaba erecto como un farol, henchido esperando ser acariciado. Acaricie su glande con la lengua y con una de mis uñas marque todo su recorrido. Pedía pelea con su tamaño mientras con el tacto de mis dedos sentía su palpitar. Ante tal petición física no verbal sus testículos desaparecieron completamente en mi boca. Apreté mis manos contra la baranda para luego hundirlas en la maraña negra de su cabeza.

Le demostré ser toda una experta, recorriendo su pene con maestría más que ensayada ¡Diablos, nunca había chupado y devorado ningún falo con tantas ganas! Estaba al punto de correrse y él me salvó de aquella erupción de esperma parando en seco. Me posó contra la baranda y levantó mi pierna por encima de ella.

Su boca encontró unos labios abultados, tal y como se marcaban escondidos bajo mi ropa interior. Los beso suavemente, hundiendo su lengua en la cuenca deliciosa de mi vagina. Con sus pulgares separo delicadamente mis labios mayores. Se deleitaba en mi cálido clítoris. Completamente húmeda los espasmos de placer me doblegaban, acompañados de suspiros y gemidos. Bebió de mi néctar mientras yo le clavaba mis uñas en su espalda, presa de miles de orgasmos.

Una y otra vez me sometía al placer de su carne. La diferencia de edad era más que visible, pero bajo aquella presencia de chico joven se escondía el mejor amante que pude encontrar en mucho tiempo. Quizás no era el momento, quizás su juventud me asustaba, quizás…siempre había un quizás como excusa.

Pero el quizás más importante era… quizás podría llegar a enamorarme de él… y por ello aquella última vez lo abandoné…