De Peculiares

No a la victimización, Sí al reconocimiento

No a la victimización, sí al reconocimiento

31 de mayo de 2019

Maitena Usabiaga Sarasua

Escribí hace tiempo un artículo que hablaba sobre la victimización. En él reflexionaba acerca de si la victimización era la mejor herramienta para el reconocimiento de nuestro dolor. Contestaba que no y he estado dándole muchas vueltas a esta cuestión. Decía que el empoderamiento es la herramienta más constructiva si queremos dar poder (adjetivo) a todas aquellas que se van a encontrar con las dificultades que este sistema pone en marcha para mantenernos a ralla. No contenta con mis reflexiones, he decido dedicarle otro espacio a esto que me importa.

Los daños causados por las innumerables represiones deben ser curados si queremos cambiar nuestro presente y mirar hacia delante. Curar a través del reconocimiento colectivo, no desde la profesionalidad médica, no estamos enfermas, estamos dolidas. El reconocimiento de que efectivamente no todas vivimos con las mismas facilidades, que algunas viven una realidad mucho más difícil de llevar dignamente, que no todos los deseos han sido aceptados, ni todos los cuerpos, ni todas las identidades, ni todas las prácticas... y podría seguir. Admitir este punto aliviaría muchos dolores y permitiría construir las bases de otro panorama donde el objetivo principal sea la felicidad y no la productividad.

Algunos colectivos ya se habían dado cuenta de esto hace mucho y no se han cansado de decírnoslo. Al parecer, las responsables de llevar este mensaje somos aquellas que nos hemos sentido fuera de la norma y por tanto las que nos hemos sentido víctimas de este sistema. Es lógico que sea así, al fin y acabo las que se quejan son aquellas que lo padecen. Pero también sabemos ir más allá y a través de lo que llamamos empatía (valor en peligro de extinción) y otras por simpatía (la mayoría)  sumarnos a otras luchas. Este punto resulta interesante ya que el mensaje se difunde y las realidades se hacen visibles. Creo que es necesario para cualquier lucha sumar empatizantes y simpatizantes.

En esto de buscar aliadas de esta lucha que busca romper esta normalidad que nos ahoga nos estamos encontrando con dificultades. Algunos no se suman porque se sienten amenazados, otros porque no les dejamos entrar, otras porque están en una zona de confort... Inquietada por este tema estuve hablando con unos amigos míos que se reconocen como hombres. Me decían que para ellos era muy complicado acompañarnos en este proceso de lucha, porque ellos quieren pero no tienen ni idea de cómo acompañarnos. Les contesté que hasta ahora nadie los había señalado ni cuestionado, todo lo que hacían era legítimo por el hecho de ser hombres blancos pero que ahora esto estaba cambiando. Ahora de repente se sienten cómplices e incluso culpables del heteropatriarcado. Otros ni siquiera se lo plantean. Y claro... ¿y ahora? ¿qué haces cuando no quieres ser parte de este circo pero irremediablemente eres protagonista?

Se trata como si de repente para algunas personas alguien les hubiera puesto un espejo delante y ahora han visto el reflejo de aquello que hasta ahora estaba oculto. Esta sensación puede ser muy fuerte, los espejos que nos ofrecen las demás puede causar efectos devastadores. Ante este suceso que hoy día está ocurriendo, cada vez hay más espejos, las reacciones de los que se ven en ellos puede ser muy variada. Como les pasa a mis amigos puedes no saber reaccionar, puedes enfadarte, rechazar lo que ves, negarlo, combatirlo... Muchas reacciones que a su vez tienen influencia en las portadoras de espejos, aquellas que dan el síntoma y dicen hasta aquí hemos llegado. Creo que la reacción que más puede aliviar el dolor y promover la colaboración es el del reconocimiento. Reconocer que aquello que ves es real, que el sufrimiento es real y que todas tenemos algo que ver en esto, que no es cosa de cuatro locas que salen con pelos en el sobaco a gritar. Porque somos seres interdependientes aunque nos joda.

Reconocernos y vernos es necesario si queremos pasar del enfado y comenzar a construir. El enfado es necesario porque nos moviliza y nos da energía y porque motivos no nos faltan. Pero si queremos vivir donde cada personas tenga un sitio para ser, necesitamos pasar de capítulo y comenzar a construir. Para ello, el reconocimiento colectivo es imprescindible.

De Peculiares

El placer de sufrir con pole dance

Pole Dance

8 de febrero de 2019

Norma J. Brau, Sexuenea

Cuando me acerqué a esta disciplina gimnástica, sabía que me costaría horrores, más que nada porque todo deporte requiere de esfuerzo, de sudar la camiseta (literalmente). En lo que no pensé fue en que los horrores serían tan dolorosos… ¡y satisfactorios a la vez! ¿Nunca os ha pasado que os enganchais al dolorcillo de un deporte? Hoy os comparto mi experiencia y os cuento por qué.

“Voy a clases de pole” – “¿De qué?” – “De lo de la barra”… en ese momento sabes que la idea que tiene la gente del pole dance es similar a la que tenías tú (oh, pequeña incauta) antes de asistir a clases. Todos nos hemos educado con imágenes de mujeres hipersexys con curvas de escándalo refregándose como si no hubiera un mañana, pero no.

Pole es mucho más variado, diverso, entretenido… aunque también doloroso. Sí, has leído bien, doloroso.

Mi experiencia comenzó en Poledance Bilbao (¿os tengo que decir en qué ciudad?) con la maravillosa JanLo @janlo_theblackmamba. Mis últimos meses allí fueron un locurote, así que no fue hasta que no llegué a Madrid Pole Dance Studio que no conocí el dolor de primera mano.

En esta escuela, mis torturadoras y torturadores, digo… profesorado, ha sido muy variado. Y, ojo, aunque torturadorxs, ¡maravillosxs todxs!

Seguro que sigue habiendo mucha persona incrédula al otro lado de la pantalla diciendo “no puede ser para tanto”. Ok, hablemos pues de los DOLORES HABITUALES pre, durante y post pole:

- Las rojeces y quemaduras: o como también se les dice por quitar hierro, “los besitos de la barra”. La barra de pole nos quiere mucho, se nos agarra, se nos abraza a la piel desnuda… y eso se nota. Por ejemplo, no hay empeine de pies sin rojez ni cicatriz, ¡un horror para el feet fetish! Muy importante que identifiques cuándo te estás soltando de la barra por dolor y cuándo por resbalar de verdad. Si es por dolor y te añades magnesio… ¡el besito va a ser más gordo!

- Los moratones: algunas figuras y movimientos requieren pellizcos en la piel. Con el tiempo, tu piel se endurecerá y tus músculos se fortalecerán; pero ve avisando a todo el mundo de lo que puede encontrar. Aún recuerdo cuando dije a una compa que los moratones “eran por Pole” y me respondió “¿¡Quién es Paul!?”. Evita malentendidos, informa de que haces este deporte y disfruta de las respuestas estrafalarias.

- Las agujetas: obvio. Como cualquier deporte, pole dance también da agujetas. Lo más gracioso, al menos en mi caso, es que según pasan los días desde la última clase, éstas aparecen por diferentes zonas de mi cuerpo; ¡tortura al completo! Pero, ¿y lo bien que te sientes porque sabes que te estás esforzando?

- Callos y durezas: Siempre lo dice nuestro querido Quique (@eurokique) “quienes llevan mucho tiempo en pole tienen cuerpos divinos y esculturales y las manos de un rudo marinero”. Tus manos irán mejorando su agarre y eso será a base de generar callo y dureza, asume que manitas de princesa, ¡nevermore!

- Si lo tuyo es con coreo, ¡los tacones!: dependiendo de la academia, la modalidad de la clase varía. Si acabas en una clase en la que aprenderás coreografías y te dicen que tienes que llevarte los tacones, ¡prepárate! Le sumamos en sensualidad, pero también en dificultad.

- Lidiar con la frustración: en cierto modo es un dolor psicológico y nada fácil. Mucho menos cuando llegas a una clase que te la sabes y, de repente, ese día, tu cuerpo, los astros, el Kharma, ha decidido que NO. “Esos malditos días” los tiene todo el mundo. Así que, acepta que no va a poder ser pero sigue practicando. Sólo para quienes son constantes y tenaces acaba funcionando.

- No poder ir a más clases: ya sea por pasta (aunque, normalmente, si podemos quitarnos de otros vicios, nos quitamos; todo sea por el pole) o por tiempos, pero siempre encontramos un límite a nuestros deseos de asistir más y más… Y este, queridísimos seres al otro lado de la pantalla, es el mayor de los dolores.

En definitiva, si te has planteado empezar en pole pero tienes dudas, ten claro que duele. Eso es así, sobre todo al principio, todo te duele. Luego, como a los tangas, te vas acostumbrando… ¡hasta te va gustando! Así que, ármate de valor, respira hondo, ¡y a por la barra!

Pero, hablando ahora en serio, ¿son tales los BENEFICIOS reales de estar sudando y generándote rozaduras y rojeces por todo el cuerpo así como moratones? Sí, a continuación te resumo los que para mí han sido más importantes:

- Lecciones sobre tenacidad y constancia: hay semanas que no sabes ni entrar al vestuario y otras en las que lo bordas (casi) todo. Pero el aprendizaje es claro: el éxito rara vez es resultado del azar. Concentrarte en objetivos, analizarlos bien y, cómo no, insistir hasta que salga se convierte en un mantra vital para ti.

- Sexy y poderosa tanto como rosa y sudorosa: realizar un deporte físico de nuestro agrado ayuda a cuidar la figura pero también a aumentar la musculatura frente a la grasa. A sentirnos mejor con nosotras mismas, pero no sólo por el físico, también por el chute de endorfinas. Los nervios, los enfados, la tristeza… todo puede ser bien agotado por una barra de pole.

- Para no escoñarte, también necesitas cerebro: tanto si aún sólo montas figuras como si ya haces coreografías, la memoria cognitiva y corporal de “qué hay que hacer” es imprescindible para un gran dominio de los movimientos sin necesidad de imitar. De ahí que el esfuerzo físico suele ayudar a prevenir el deterioro cognitivo.

De Peculiares

Vaginismo tras el parto

"Desde el punto de vista fisiológico, el vaginismo es una contracción involuntaria de las paredes vaginales que dificulta o impide la introducción de un elemento en la vagina, causando incomodidad, resistencia, picor, quemazón o dolor"
Xandra Garcia, Sensa

14 de noviembre de 2018

Diferenciamos dos tipos de vaginismo en función de la biografía sexual de la mujer. De tal forma que hablamos de vaginismo primario cuando una mujer, en ningún momento de su vida, ha podido introducir en la vagina un pene, un tampón o han podido realizar un examen ginecológico, es decir, jamás ha podido meter ningún elemento en la cavidad vaginal. Es curioso constatar que con mayor frecuencia el motivo de consulta está relacionado con la incapacidad de practicar coitos placenteros, por encima de no poder realizar una exploración ginecológica.

Vaginismo tras el parto

Sin embargo, el vaginismo puede aparecer tras años de coitos placenteros, en mujeres que tiempo atrás podían introducir “algo” dentro de sus vaginas; ya sea algún dedo, un tampón, un especulo, un pene o lo que cada cual quiera introducir. A esta situación la conocemos con el nombre de vaginismo secundario normalmente provocados por experiencias que marcan un antes y un después en relación con la experiencia genital.

 
"Aunque el vaginismo secundario no es una consecuencia habitual del parto natural o del parto instrumentalizado, a la consulta acuden casos que están relacionados con experiencias traumáticas durante el parto o con el climaterio en sí"

 

En estos casos la dificultad viene dada por una respuesta fisiológica involuntaria ante la anticipación del dolor. De manera que el cuerpo aprieta automáticamente los músculos de la vagina para protegerse de ese “algo” que pudiera provocar dolor. Curiosamente es “algo” no siempre es todo. Es decir, la alarma se activa frente algunos estímulos que reconoce como peligrosos y se mantiene desactivada frente a otros que reconoce como inofensivos. Algo parecido pasa con los ojos. Ante cualquier amenaza de que un elemento extraño se introduzca en nuestros ojos, el cuerpo reacciona de manera automática cerrando los parpados bruscamente. No obstante, no reacciona con tanta brusquedad cuando aplicamos rímel o lápiz de ojos, ya que no se detecta como una acción amenazante, peligrosa o dolorosa.

De tal manera que cabe la posibilidad de que una mujer pueda colocarse un tampón durante la menstruación pero reaccione con tensión ante la tentativa de practicar una penetración.

 

"Cuando los coitos se tornan difíciles o imposibles el dolor o incomodidad resultante reafirma la respuesta reflejo intensificándola aún más, creando así un clico del dolor."

 

Esta respuesta involuntaria del suelo pélvico puede desencadenarse tanto por factores físicos, como por factores psicológicos. Como ya hemos explicado, el vaginismo se manifiesta como un rechazo que cursa físicamente para impedir que se materialice una acción que se considera amenazante, pero también psicológicamente con la intención de que los niveles de ansiedad no se disparen y se mantengan en un umbral gestionable.

 

CAUSAS FÍSICAS QUE PORVOCAN EL RECHAZO

Tras el trabajo de parto las paredes vaginales pueden presentar hematomas que han de sanar antes de intentar practicar un coito. Las episiotomías también pueden ser causa de malestar o dolor, bien porque aún no han cicatrizado, porque cicatrizaron mal o porque dicha cicatriz guarda una experiencia traumática presentándose abultada y rígida. Otra razón que causa vaginismo tras el parto es la sequedad vaginal, producida por los cambios hormonales que se experimentan durante el parto y la lactancia ‒como es el caso de la prolactina, que reduce considerablemente el deseo erótico‒ o por una inadecuada estimulación que dificulta la excitación y la lubricación genital.

 

CAUSAS PSICOLÓGICAS QUE PROVOCAN RECHAZO

No debería sorprender que tras el parto los encuentros eróticos y más concretamente la penetración se tornen difíciles. Esto es debido al estrés emocional y el cansancio acumulado de las demandas de ser madre. Además de estos factores tenemos que añadir el paso o reajuste identitario que ha de realizar la madre para sentirse cómoda en el rol de madre y amante. A veces, no siempre, es necesario hacer un proceso de reerotización de las zonas erógenas tales como los pechos o la vulva, ya que estas zonas que una vez estuvieron al servicio del placer, en el presente se encargan de dar vida y mantener con vida a la nueva criatura. Por eso en algunos casos es necesaria una resignificación del cuerpo para que vuelva a vivirse de forma placentera y erótica. Sin olvidar los cambios físicos que experimenta la madre, que en algunos casos se viven con rechazo hacia el propio cuerpo, por no sentirse deseable. A esto hay que añadirle las tensiones que surgen en la pareja mientras los miembros de la misma se adaptan a la nueva situación, a sus nuevos roles y a los retos que implica la crianza.

 

SOLUCIÓN

Las causas físicas pueden detectarse mediante exámenes médicos y con la colaboración de una sexóloga o un sexólogo podemos ayudarte a conocer y gestionar los desencadenantes de la dificultad para que vuelvas a disfrutar de los encuentros eróticos. La sexología cuenta con herramientas como es la educación sexual y la terapia de pareja ‒ la colaboración de ambos miembros de la pareja es fundamental a la hora de seguir las recomendaciones de la sexóloga, además el apoyo y comprensión mutua será imprescindible para el éxito del tratamiento‒ que combinado con algunas técnicas y ejercicios de aceptación progresiva a elementos introductorios pueden resolver eficazmente y en un periodo breve de tiempo el vaginismo. El porcentaje de casos satisfactorios es alto y la probabilidad de recaída mínimos.

Nuestro consejo es “esforzarse, pero nunca forzarse”

 

De Peculiares

Razones por las que te puede doler al practicar sexo

dolor al practicar el coito

24 de octubre de 2018

Melanie Quintana Molero

¡Esto no debería de pasar! Empecemos por ahí. Pero en el caso de que pase de manera puntual o de manera más continuada mira a ver por qué puede ser. No te calles porque creas que la otra persona no lo va a entender o por creer que estás rompiendo la magia del momento. No sirve de nada sufrir en silencio. Dicho esto, estas son algunas de las razones por las que puede ser dolorosa una relación coital.

– No estás lubricada: o al menos, no lo suficiente. Aunque la vagina está preparada para lubricar de manera natural, puede ser que estés experimentando una época de menor lubricación y esto puede ser causa de molestias, incluso puede llegar a doler según la fricción que tengas en la zona. Si es este el caso, un lubricante seguro que te alivia, a poder ser alguno que cuide el pH. Y procura no remplazar el lubricante por saliva o vaselina… estas últimas no te van a funcionar igual y puede que acabes experimentando el mismo dolor.

– Extra limpio: En ocasiones ducharse a diario o limpiarse la zona vaginal con geles de baño y toallitas íntimas cada dos por tres puede acabar con tu propia flora vaginal, dejándola desprotegida y siendo propensa a gérmenes que se eliminarían con nuestras propias defensas. Los productos más naturales pueden ayudar, pero aunque suene raro: prueba a limpiarte menos. El vello púbico también es una barrera natural contra los gérmenes, la falta total de él puede dejar desprotegida tu vagina.

– No hormonas igual: El estrés a veces puede hacer que tus niveles de estrógeno bajen provocándote sequedad vaginal, incluso ciertos medicamentos (algunos que sean agresivos para la flora vaginal) o la menopausia, pueden ser causantes de esto. El estrógeno es lo que mantiene tu vagina lubricada, por lo que si tus niveles están bajos puedes llegar a experimentar un encuentro doloroso.

– La postura: También puede ser que la postura en la que estás practicando el coito no te venga bien. Si el pene de tu pareja se curva hacia la izquierda o la derecha algunas posturas pueden ser incómodas, ya que la vagina también puede estar curvada hacia un lado o hacia otro provocando que ambos genitales no coincidan bien. Probad a cambiar de postura.

– Un pene grande: ¡Pues sí! Puede ser por tenerla grande, pero ¿qué es grande? Pues depende de la capacidad vaginal que tengamos. Hay vaginas que no se amoldan igual a ciertas dimensiones. Si este es el caso, tenéis la posibilidad de ser imaginativos y probar a mantener relaciones aconceptivas.

– Vaginismo: El vaginismo se produce cuando tu vagina instintivamente contrae los músculos y no deja que nada entre en ella. Es un acto reflejo del cuerpo debido a un impulso neuronal del cerebro. Es decir, tu cerebro instintivamente le manda señales a los músculos de la vagina para que se cierren. En caso de que sea vaginismo la mejor solución es acudir a un profesional de la sexología. (Entre nuestros colaboradores puedes encontrar a varios sexólogos y sexólogas.)

– Falta de excitación: Las prisas no son buenas y menos cuando intentas no experimentar dolor con la penetración. La excitación empieza en el cerebro, baja por todo el cuerpo y prepara tu vagina. La conquista, el juego previo de miradas, las palabras subidas de tono o cualquiera de los métodos que te funcione para elevar tu excitación va a provocar una mejor lubricación.

– Candidiasis: La cándida es un pequeño hongo que tenemos las mujeres en la vagina (aunque puede estar ubicado en diferentes zonas de nuestro cuerpo) y que normalmente está dormido, pero el crecimiento excesivo y repentino de este hongo puede desequilibrar los demás microorganismos de la flora vaginal y provocar una infección. Se manifiesta con alteraciones en el flujo vaginal, irritación dentro o alrededor de la vagina y puede incluso doler cuando vamos a mear y por descontado puede ser el causante del dolor durante el coito. Si crees que puede ser la candidiasis la que te está provocando el dolor acude al médico para su tratamiento. (Normalmente suele durar una semana y es recomendable que os tratéis ambos.)

– Vejiga caída: La vejiga está ubicada detrás de la pelvis, delante de la entrada vaginal. Son los músculos de la pelvis los que se encargan de sujetarla, está separada por una pared fibromuscular y si en un momento dado y por diversas causas se debilita puede provocar que se caiga y ser la causante de que la penetración sea dolorosa. (En este caso es mejor acudir al médico.)

En el caso de que no sea ninguna de las opciones anteriores es conveniente que te acerques al médico y le pidas consejo. Puede que tu caso en concreto necesite de un seguimiento más exhaustivo.

De Mel

¡Se me ha subido un huevo!

Dolor de huevos

10 de abril de 2018

Rubén Olveira Araujo

¿Alguna vez has sentido que se (te) suben los huevos? Y no hasta la corbata, tal y como dice el refranero español, sino hasta la ingle. A esta situación se le conoce como testículo retráctil o testículo ascensor y produce una sensación incómoda y molesta que suele causar primero sorpresa y después preocupación entre quienes lo viven, sobre todo cuando ocurre por primera vez. ¡Pero no nos llevemos las manos a la cabeza antes de tiempo! Como norma general, que uno de los huevos decida por su cuenta y riesgo subir temporalmente al piso de arriba no entraña ningún riesgo –y además, lo más práctico es utilizar las extremidades para recolocar el testículo en su posición con un sencillo palpamiento en vez de dedicarnos a sujetar la testa–. Pero he aquí el quid de la cuestión: ¿por qué ocurre?

Lo primero a aclarar es que pese a su apariencia plácida y estática, los testículos tienden a moverse. O mejor dicho, a contraerse, dando dicha percepción de movimiento. Aunque sería más correcto señalar que lo que se contrae es el escroto; es decir, la bolsa de piel rugosa y delgada que se encargar de guardar a buen recaudo los huevos. Los motivos por los que esto sucede son variados, aunque los principales podríamos sintetizarlos en la temperatura externa y la excitación. Sin embargo, no es lo mismo que los testículos se contraigan y se eleven pegándose al cuerpo como reacción a la temperatura exterior o a la excitación a que suban en ascensor al piso de arriba, a la zona de la ingle.

La retracción testicular está estrechamente ligada con el desarrollo fetal de los mismos. El proceso tiene lugar dentro del abdomen del feto y es durante su gestación, dentro del útero materno, cuando descienden hasta llegar al saco escrotal por el orificio inguinal. Durante este descenso los testículos son seguidos por una especie de bolsa abdominal que, habitualmente, es reabsorbida por el cuerpo. Sin embargo, cuando no es así, posibilita que el huevo pueda subir y bajar de forma espontánea, algo más conocido como retracción testicular.

Un fenómeno similar en el que los testículos también pueden ascender pegándose a la pelvis pero, en este caso, sin abandonar el saco escrotal se da cuando el músculo de cremáster –que produce la retracción testicular– detecta algún peligro que genera estrés, nervios, preocupación, etc. Lo cual, teniendo en cuenta la sensibilidad de esta zona, es comprendido como un mecanismo de defensa natural.

El testículo retráctil –recalcando el singular, porque aunque la sensación sea de que se han encogido ambos huevos, realmente solo es uno de ellos el que ha subido– puede ascender a la región inguinal cuando se practica ejercicio, se mantienen relaciones eróticas o se realiza algún gesto brusco. El tiempo que permanezca en el piso de arriba varía, si bien la mayoría de las veces puede ser guiado fácilmente hacia su posición escrotal mediante una exploración física. Cuando no es así y el testículo permanece en la ingle sin poder moverse, entonces hablamos testículo no descendido adquirido y este sí ha de ser intervenido ya que propicia desde el cáncer testicular a problemas de fertilidad, entre otros.

Esta condición orgánica es habitual durante la infancia y tiende a desaparecer durante la pubertad, cuando la bolsa es reabsorbida por el cuerpo de forma natural. En el caso de que se mantenga durante la época adulta, la única manera de poder tratar esta característica es mediante una intervención quirúrgica, pero insistimos que en la mayor parte de los casos resulta innecesario, dado que es posible recolocarlo en el escroto con una sencilla palpación de la zona de manera indolora. Y es que a veces sí que hay que tocarse los huevos.