De Peculiares

Mírame a los ojos

 
 

 

 

 "Hacía dos años del accidente que había dejado a Mateo en silla de ruedas, y su vida sexual dio un giro absoluto. Mentirían si dijeran que no fue duro. Aquello estuvo a punto de acabar con su relación."

LAURA MARCILLA

 

 

 

Relato ganador del Concurso de Relatos "Eroticopao", organizado por el Colegio Oficial de Psicólogos de Andalucía Occidental.

No le había dicho nada a su pareja. Casi se sentía como si le estuviera engañando. Estuvo excitada todo el día, sin poder concentrarse en el trabajo, recreando en su mente lo que tenía planeado para aquella noche. Su mente vagaba entre lencerías de encaje, velas, música suave...

Al llegar a casa dedicó más de una hora a mimarse y acicalarse, a prepararse para una noche especial. Se dejó embriagar por la espuma y las sales de baño. Untó todo su cuerpo en crema al salir de la bañera. Se roció con un perfume nuevo que había comprado para la ocasión. Se maquilló los labios con carmín y enmarcó sus ojos en unas enormes pestañas. Eligió un disco de jazz y abrió una botella de tinto. Las medias con liguero y el batín de seda eran los únicos que cubrían su cuerpo. Estaba tan ansiosa que no parecía ser consciente del frío, e ignoraba incluso las señales de sus pezones que despuntaban descarados bajo la tela.

El corazón le dio un vuelco cuando escuchó la llave en la cerradura.

Su novio entró en la habitación con una expresión de desconcierto.

– ¿Y todo esto? – preguntó frunciendo el ceño – No me habías dicho que fueras a organizar una cita hoy.

– Porque esta es una cita diferente – le respondió arrodillándose ante su silla de ruedas –. Hoy vamos a ser solo tú y yo.

*

Hacía dos años del accidente que había dejado a Mateo en silla de ruedas, y su vida sexual dio un giro absoluto. Mentirían si dijeran que no fue duro. Aquello estuvo a punto de acabar con su relación. Pero como todas las crisis, también les abrió nuevas posibilidades que ellos supieron aprovechar.

Mateo siempre había sido dominante en la cama. Le gustaba darle órdenes, y a ella le gustaba fingir que las obedecía a regañadientes.

A raíz de la nueva situación de Mateo, decidieron dar el paso y probar algo que había salido en muchas conversaciones sin llegar a materializarse. Julia empezó a acostarse con otras personas ante la atenta mirada de su novio.

Mateo no se limitaba a ser un observador impasible. Él era el director de orquesta. A menudo ni siquiera tocaba a Julia en todo el encuentro, pero los dos, y el invitado de esa noche, sabían perfectamente quién estaba al mando.

– Métete su polla en la boca, pero no dejes de mirarme a mí – solía decir al principio.

– No se te ocurra gemir, no tienes permitido hacer ningún ruido.

– Ponla contra la pared, y azótala con esto – ordenaba a veces quitándose su propio cinturón.

Y sobre todo: “Mírame”. “Mírame a los ojos”. Este mandamiento se repetía en todos los encuentros en el momento del orgasmo. Cuando Julia se corría siempre eran los ojos de Mateo su última visión antes de dejarse ir, para que no olvidase que, fuera de quien fuera el cuerpo que tenía entre las piernas, el placer lo obtenía gracias a él.

Era un juego divertido que les unía profundamente. Hacía sentir a Mateo poderoso. Hacía sentir a Julia una maravillosa pérdida de control al dejar sus actos en manos de otra persona.

Tras los primeros encuentros, tras haber perdido el miedo a que Mateo se viniera abajo, se atrevió a preguntarle:

– ¿Qué te excita a ti de todo esto?

– El poder es el más potente de los afrodisíacos – le dijo -. Y no hay mayor poder que entregarte a otra persona y saber que, en esos momentos, me perteneces por completo. Me perteneces más que nunca.

*

No obstante, en los últimos meses Julia había echado de menos el tacto de las manos de Mateo. Cada vez se animaba a incorporarse a la escena con menos frecuencia. A menudo la observaba desde un rincón en la penumbra, y solo se acercaba para sostenerle la mirada en los segundos antes de la explosión del clímax. Como un artista que observa desde cerca el resultado de su obra.

Las sesiones de sexo eran exquisitas. El placer se desbordaba por todos los sentidos. Pero Julia quería algo más que placer. Quería recuperar la intimidad con la persona que le proporcionaba los orgasmos más vibrantes sin siquiera tocarla.

Por eso, esta noche, sería ella quien llevase la batuta.

Mateo se mostró inseguro al principio. Le invadieron unos nervios que no recordaba haber tenido en mucho tiempo. Ambos se sentían un poco novatos, un poco perdidos, un poco adolescentes. Ella tenía ganas de experimentar, él estaba preocupado por no poder dejarse llevar.

Le condujo de la mano hasta el dormitorio, y le ayudó a sentarse en la cama con la espalda apoyada en la pared.

Horas después, ninguno de los dos sabría decir exactamente todo lo que había pasado. Tendidos en sudor jadeaban con una sonrisa en la cara, mientras intentaban recuperar el aliento.

Los recuerdos de Julia saltaban de escena en escena al azar: ella bailando mientras él la observaba por encima del borde de la copa de vino. Sintiéndose deseada y deseante, libre para improvisar los siguientes movimientos.

Habían rodado por la cama, empapados en aceite de masajes y vino derramado sobre los pechos de ella.

Habían lamido cada centímetro de sus cuerpos, aunque no se negaron el capricho de dedicar más tiempo a determinadas zonas: a los pechos, al cuello, al torso, incluso a los dedos de los pies. Los dientes de Mateo marcaron las nalgas de Julia, y Julia hizo lo propio con sus uñas en la espalda de Mateo.

También había estado de pie sobre la cama, con una pierna a cada lado del cuerpo de Mateo, empujando su cabeza con furia contra su clítoris, y acariciándole el pelo.

Y tiempo después (podrían haber sido horas o quizá solo minutos), cuando la mano derecha de Mateo empezó a provocar temblores de éxtasis, mientras la izquierda le pellizcaba un pezón, Julia le sostuvo la cara entre las manos y esta vez fue ella quien ordenó con voz firme.

– Mírame. Mírame a los ojos.

De Peculiares

Deliciosa ceguera

¿Cuál es el sentido que más utilizamos? Es probable que alguna vez te lo hayas preguntado y también que si debatiéramos sobre esto no estuviéramos todos de acuerdo. Un equipo de científicos en Alemania, dirigidos por Lila San Roque del Instituto Max Planck, una organización independiente y sin ánimo de lucro, también se lo preguntó. El resultado del estudio: la vista. De hecho, concluyeron que en España la jerarquía de los sentidos es: Vista, Oído, Gusto, Tacto y Olfato. Sea como fuere, lo que hoy os propongo es potenciar los demás sentidos y en concreto el del gusto. ¿Cómo? Con un juego en pareja donde uno le tape los ojos al otro y le dé de comer. ¡Qué sencillo!, pensaréis. Pero el juego no se queda ahí. He aquí mi propuesta.

Melanie Quintana Molero 

Necesitas:

Ser un ninja

Que nadie se entere de que estás preparando el juego

Tener ganas de sorprender

Y de probar cosas nuevas

Espacio agradable

Que os haga sentir bien

Play List de música ambiente

Podéis hacerla a vuestro gusto o bajaros alguna nuestra

Venda para los ojos

Cuanto más oscura, mejor

Recetas

Os dejamos algunas opciones, aunque el límite está en vuestra imaginación

 JUEGO PASO A PASO:

PASO 1: El más complicado. Que vuestra pareja no sepa que va a disfrutar de esta experiencia. Cuanto más sorpresa sea, mejor. Sin expectativas.

PASO 2: Decidir qué vais a cocinar. Os recomiendo jugar a probar algo de contraste, o algo que no haya probado todavía. Dulce y salado, por ejemplo. Lo que sí os puedo recomendar es que cuanto menos líquido sea menos dificultad tendrá el llevarlo del plato a la boca. Eso no quiere decir que no podáis jugar con ello, pero va a vuestra cuenta y riesgo.

PASO 3: Cocinar todo esto sin que se entere. Sí, soy una pesada, pero es importante.

PASO 4: Preparar la casa acorde a la experiencia. Aunque vayamos a intentar potenciar el gusto eso no quiere decir que no les demos placer a los demás sentidos. Si cuando entra por la puerta le invade un olor rico, una música excitante o una temperatura agradable, seguro que lo disfruta más.

PASO 5: Explicarle, sin que vea la comida, que le vas a tapar los ojos con una venda y le vas a dar de comer o de cenar. Le vendas los ojos y, muy amablemente, guiándole con tus manos, le acompañas a donde se va a sentar para disfrutar del festín. Ese día no tiene por qué ser en la cocina. Improvisad.

PASO 6: Poco a poco, sin prisa, para que le dé tiempo a disfrutarlo, le vas ofreciendo la comida. Puedes llevárselo directamente a la boca o dejar que sus manos toquen la comida antes de ingerirla. Saber, conocer, disfrutar de la textura de lo que comemos es toda una experiencia. De vez en cuando podéis ofrecerle vuestra boca o untaros algún sabor en los labios para que continúe la experiencia.

PASO 7: Lo que hagáis después es cosa vuestra. Puede dar pie a una conversación increíblemente estimulante o a comer otras cosas. Placeres varios. Jugad.

PASO 8: Al día siguiente proponle que otro día te sorprenda a ti con la misma experiencia. Al fin y al cabo, seguro que es una deliciosa ceguera.