De Peculiares

Mayor que él

 

 

 "Quizás no era el momento, quizás su juventud me asustaba, quizás… siempre había un quizás como excusa."

Nosotros lo escogimos así, elegimos enamorarnos de la química y de matarnos con la boca dormida. Elegimos enredar nuestras lenguas de fuego y saliva en cada cita sin pedirnos nada más. Decidimos morir para renacer el uno en el otro entre jadeos día a día, pero sin involucrarnos más en ninguna relación oficial. Creía que yo le llevaba ventaja con mi edad, pero estaba equivocada; nunca pensé el aprendiz acabaría superando a su maestra.

Su aniñada cara pecosa y su voz de niño me tenían totalmente engañada escondiendo a un hombre sexualmente muy activo y a la vez un pervertido experimentado en juegos. Me sentía totalmente atrapada en sus redes amatorias. Nuestra última cita por mi propia decisión fue muy dura por el desgaste emocional que causo desengancharme de su droga, no sólo física si no también química.

Quedamos en el hotel de siempre, en nuestra habitación de siempre, donde siempre nos inscribíamos por separado como desconocidos para sucumbir a nuestra maravillosa tentación. Apenas entré en la estancia cuando… Me apretó los pechos con ligereza, como si temiera romperlos. Me abrazó con lujuria. Sus dientes se clavaron en mi pecho delicadamente primero, luego con fuerzas. Incluso llegué a temer que me fuera arrancar un pedazo de ellos por su ávida boca.

Me despojó de toda ropa que cubría mi cuerpo. Aquel día no llevaba sostén, y mis senos quedaron libres, descubiertos ante la mirada de aquel maniático del placer. Ondularon a un lado y al otro y la pequeña y puntiaguda cima de mis pezones se escandalizaron solo con su leve roce. Cálidos, tan delicados como la seda más cara se erguían ante él para su total devoción.

Acerco su boca a ellos, lentamente recorrió con su olfato arquitectura, para luego, con su lengua dibujar trazos cortos y largos de pasión, los besaba unas veces, los chupaba otras y hasta los mordía, frenando sus ganas de comportarse como una bestia y quedarse con ellos en su boca, cual presa despavorida. Apenas sentí como me despojo de mi jersey quedando enganchado de la baranda de las escaleras que llevaban a su habitación.

Ni tan solo cuando en el suelo su pantalón y el mío mantenían sexo textil por su cuenta, aconteciendo lo que acto seguido iba a pasar mientras eran nuestros testigos. Sus voraces besos recorrieron mi cuello, mis orejas, mis carnosos labios, esos que sangraron, víctimas de sus mordidas de lobo hambrienta. Fue bajando por la autopista central de mi pecho. Con mis manos, acaricie sus pectorales y su marcado abdomen. Su lengua se enfrasco en mi ombligo, describiendo circunferencias de diferentes tamaños.

Continuó su camino hasta mis genitales, cubiertos por una minúsculas braguitas de color azul con tal delicadeza, que pude sentir una corriente por todo mi cuerpo. Su sexo estaba erecto como un farol, henchido esperando ser acariciado. Acaricie su glande con la lengua y con una de mis uñas marque todo su recorrido. Pedía pelea con su tamaño mientras con el tacto de mis dedos sentía su palpitar. Ante tal petición física no verbal sus testículos desaparecieron completamente en mi boca. Apreté mis manos contra la baranda para luego hundirlas en la maraña negra de su cabeza.

Le demostré ser toda una experta, recorriendo su pene con maestría más que ensayada ¡Diablos, nunca había chupado y devorado ningún falo con tantas ganas! Estaba al punto de correrse y él me salvó de aquella erupción de esperma parando en seco. Me posó contra la baranda y levantó mi pierna por encima de ella.

Su boca encontró unos labios abultados, tal y como se marcaban escondidos bajo mi ropa interior. Los beso suavemente, hundiendo su lengua en la cuenca deliciosa de mi vagina. Con sus pulgares separo delicadamente mis labios mayores. Se deleitaba en mi cálido clítoris. Completamente húmeda los espasmos de placer me doblegaban, acompañados de suspiros y gemidos. Bebió de mi néctar mientras yo le clavaba mis uñas en su espalda, presa de miles de orgasmos.

Una y otra vez me sometía al placer de su carne. La diferencia de edad era más que visible, pero bajo aquella presencia de chico joven se escondía el mejor amante que pude encontrar en mucho tiempo. Quizás no era el momento, quizás su juventud me asustaba, quizás…siempre había un quizás como excusa.

Pero el quizás más importante era… quizás podría llegar a enamorarme de él… y por ello aquella última vez lo abandoné…

De Peculiares

A ciegas

 

 

 "No dejaba de rozarme sobre su pantalón. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. Los besos nos fundían y nos calentaban más."

COLAB. MELANIE QUINTANA Y IRIA FERRARI

Lo conocí en la biblioteca de la universidad donde ambos estudiábamos Veterinaria. Los dos escogimos la misma carrera, aunque con diferentes perspectivas y no con las mismas facilidades para ello. Le observaba anonadada desde mi mesa, escondida tras los libros. Me encantaba verle pasar los dedos sobre las páginas, esa sensibilidad que le hacía ver de algún modo y mi cabeza fantaseaba con que hiciera lo mismo sobre mi piel.

Las semanas pasaban, no recuerdo cuánto tiempo invertí mirándole. Sus manos fornidas recorrían aquellos textos de una manera en la que no podía dejar de imaginar cómo sería estar con alguien que no pudiera verme.

Semanas más tarde reuní el suficiente valor como para acercarme y hablarle. Me senté a su lado y desplegué sobre la mesa todos mis apuntes, respiré profundamente, esperando coger las fuerzas que me faltaban y dije:

– Hola.

– ¡Ah! Hola, eres tú. Pensé que nunca te acercarías a saludarme. – Su respuesta me dejo del todo perpleja. Me lo dijo con una seguridad inusitada mientras sonreía de medio lado. ¿Acaso sabe quién soy? Si nunca me ha visto, no ha podido ser capaz de ver como le miraba siempre desde el otro lado de la biblioteca… ¿no?

– Tu perfume… es el que te ha delatado. – Vaya, pensé, y no pude evitar olerme a mi misma.

Una mueca imperceptible para él se dibujaba en la comisura de mis labios. Nos presentamos con un apretón de manos, seguido de un beso robado en la mejilla por su parte. Me parecía un tío de lo más interesante y atrevido. Era guapo y definitivamente estaba fuerte, de lejos parecía un chico malote con gafas de sol de esos que tanto nos pone a las chicas.

Mientras hablábamos de temas relacionados con las clases y materias que nos tocaban estudiar ese semestre, no podía dejar de estudiar su físico descaradamente. Tenía unas manos firmes, robustas y muy varoniles. No pude evitar pensar en cómo tocarían mi cuerpo esas manos.

Sonó el timbre y el ruido me sacó de la burbuja que me había creado. Al hacer amago de retirar la silla y ante una inevitable despedida, me agarró de la mano y se me puso la piel de gallina.

– Me gustaría mucho invitarte a cenar mañana. Podríamos estudiar juntos. A mi compañero de habitación no creo que le moleste. – Me dijo mientras abría su bastón y acariciaba mi brazo a modo de despedida. – Tragué saliva, mi corazón se volvió loco ante su caricia.

– Claro. – No pude decir nada más. La piel de la espalda se me estaba erizando. – Mañana al acabar las clases nos vemos aquí mismo. – Mierdaaa… soy retrasada, pensé al instante. –Disculpa no quería ser grosera. A veces se me olvida que…

– ¡Tranquila! – Me dijo con voz calmada. – Lo cierto es que me encantaría verte aquí. – Obviamente iba con segundas. Me quedé petrificada observando su amplia sonrisa, hasta que vi que se inclinaba hacía mi. – Ha sido un placer Elena… – Me susurró al oído y se despidió con un beso en la mejilla. Pude percibir como sus fosas nasales se abrían para exhalar todo mi perfume al acercarse y se me volvió a erizar la piel.

Pasé la noche en vela pensando en lo que había ocurrido. No sabía nada de él, sólo que era un chico mono con una voz melodiosamente sensual que estudiaba en la misma facultad que yo. Tenía la sensación de que jugaba con ventaja sobre mí, como si pudiera ver más que yo. Todo él tenía un aire misterioso muy embriagador.

Recordé sus fuertes manos mientras me acariciaba el brazo antes de despedirse y cómo me hicieron estremecer. Un calor súbito comenzó a quemarme los muslos y no pude evitar masturbarme. Una y otra vez.

A eso de las 20:00 el timbre volvió a sonar, recogí mis apuntes y me dirigí con paso acelerado a la biblioteca. Caminaba por el pasillo nerviosa cuando lo vi a lo lejos acompañado de su perro lazarillo. Me puse frente a él sonriendo como una boba al perro, me encantan los perros. No me dio tiempo a decir nada.

– Buenas noches señorita Chanell nº 5. ¿Lista para cenar? He pedido comida japonesa en el restaurante del campus. Nos la subirán dentro de un rato. Espero que te gusté. – Había acertado con la cena. Este chico prometía…

– Buenas noches Adrián. Parece que vamos a ser tres. – Le dije mientras acariciaba al perro.

– Se llama Kira. Es mi compañera de habitación. – Así que no le iba a molestar que fuéramos…ya.

Durante el trayecto, mientras conversábamos de todo y de nada, pude apreciar cómo la gente nos miraba. Pero no sabía si a mí, a él o a la perra. No sé, yo solo tenía ojos para su boca. Intenté imaginar cómo sería mi vida sin la vista y agudicé todo lo que pude mis otros sentidos. Acaricié la barra de las escaleras apreciando el frío metal, puse mi atención en el viento y en las conversaciones de mi alrededor.

Adrián tenía una habitación muy sencilla y diáfana, sin muchos muebles. Kira abrió la puerta con su hocico y encendió las luces con su pata. Sin duda era más lista que mi compañera de habitación, Marta.

Me ofreció sentarme y poco después nos pusimos a estudiar. Al poco rato llegó la cena. Me gustó mucho el sushi pero lo que más me gustó fue la forma en la que él me enseño a apreciar más los sabores: comiendo con las manos.

– Si no te importa me gustaría que estemos en igualdad de condiciones. – No entendía nada… y él se dio cuenta. – Me gustaría vendarte los ojos para que aprecies la cena como yo lo hago.

Me pareció una idea fantástica. Cada bocado inundaba mi paladar de sabor mientras Adrián con su voz sensual me deleitaba explicando los secretos de la cocina japonesa. Era culto, inteligente y tenía ese punto de misterio que me encantaba.

La cena fue todo un festín de sabores para mis sentidos. Me sentía enormemente excitada con la venda puesta. Pero no quería parecer demasiado lanzada.

– Tu respiración te delata. – Soltó de repente y me acarició el muslo con sumo cuidado, deslizando todos sus dedos sobre mi piel. Ahora sí que estaba tremendamente excitada… así que no me lo pensé. Me lancé a por su boca como una loba hacía su presa.

Me sentía borracha de vino, de sabores, de sentidos y de él, de su sabor. Me devolvió el beso de manera arrolladora agarrando mi cabeza por la nuca y acercándome más hacia él, como si nos quisiéramos devorar el uno al otro. Le deseaba más que a nadie en el mundo. Le deseaba con todos mis sentidos, literalmente, y más en aquel instante en el que no podía ver.

Nos besamos un buen rato. Nuestras lenguas se entrelazaban. Sus manos dejaron de prestar atención a mi pelo y de deslizaron por mi espalda, invitándome a más.

– Tienes una piel especialmente delicada, fina y preciosa. Me encanta el olor de tu cabello y como se te erizan los pezones solo con oír mi voz. – Me dijo en un momento en el que paramos para tomar aire. No pude evitar soltar un gemido ahogado y le empujé sobre el respaldo del sofá, para colocarme a horcajadas sobre él.

Mi vulva se expuso completamente a él arcaizando su erección sobre la ropa. Su boca entreabierta sobre la mía anunciaba el desenlace. Note que le gustaba deleitarse escuchando el compás de mi respiración y dejándome mover libremente sobre él.

No dejaba de rozarme sobre su pantalón. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. Los besos nos fundían y nos calentaban más. Le agarraba del pelo, de los hombros, de los brazos, quería hacerlo mío, liberarme sobre él. Estaba tan excitado como yo, notaba su pene duro como una piedra, apunto de explotar. Y eso fue lo que sucedió, nos corrimos los dos a la vez, sincronizados con los movimientos de mi pelvis.

Cogimos aire para respirar, no era habitual que me corriera en un encuentro al mismo tiempo que mi amante. Aquello fue una explosión de sensaciones. No quería alejarme de su boca, así que le volví a besar, esta vez, fue un beso cariñoso.

– Es mi primera vez a ciegas. – Le dije, y ambos empezamos a reír. Aquello sin duda alguna era el principio de algo.

De Peculiares

¡Penalti!

 

 

 "¡Penalti! El silbato del árbitro le distrajo de su objetivo y sacó la cabeza de mis muslos. Por un momento, me dejó sin aliento. La espera, el anhelo de su lengua era más excitante que el propio acto en sí."

Para nosotros el domingo es sinónimo de descanso absoluto: pijama y película; pero el plan de esa tarde no era uno de mis preferidos, ya que a él le apetecía ver el partido de fútbol. Menos mal que teníamos palomitas y refrescos. Ante la posibilidad de 90 minutos interminables de pases e intentos fallidos de gol, me tumbé en el sofá cómodamente con ganas de jugar más yo que los jugadores. Él me abrazaba por atrás, pasando su mano bajo mi cuello, mientras veíamos la televisión. Me encanta cuando nos tumbamos así, y sé que a él también, porque nos podemos sentir todo el cuerpo.

Dejé que disfrutara del partido, al menos los primeros minutos, pero todo el espectáculo que nos ofrecía el partido, por el momento, eran jugadores corriendo de un lado al otro del campo. Él bostezaba y me hacía bostezar a mí, intentaba enrollar un mechón de mi pelo entre sus dedos, tarareaba una canción... Cualquier cosa para entretenerse. Parecía que la tarde se iba a echar a perder cuando, de repente, él se incorporó para coger el vaso de refresco que le esperaba sobre la mesa. En lugar de llevárselo a los labios, metió la mano dentro y sacó uno de los hielos. Le miré sorprendida preguntándole con la mirada: ¿Qué haces?.

– ¿Quieres divertirte un poco? – Me susurró al oido.

De fondo, el comentarista seguía hablando de balones y jugadas. No pude evitar mostrarle una sonrisa traviesa. Imaginar ese cubito derritiéndose por mi cuerpo provocó palpitaciones en mi entrepierna. Me rozó el cuello con el hielo y mi piel no tardó en erizarse. Acompañó estas caricias congeladas con sus mejores besos, y poco a poco, los pitidos del árbitro procedentes de la televisión se fueron alejando. Me resultaba completamente imposible ser consciente del tiempo, averiguar si eran minutos o horas las que pasaban.

Empezó a pasar el cubito por mis pechos. No hizo falta que llegara a mis pezones con el hielo, ya estaban duros antes de que llegara allí. Y antes de que me diera cuenta, una de sus manos jugaba con la costura de mis bragas, haciéndose hueco entre ellas para jugar con los pelos de mi vulva. No tardó en incorporarse y acomodar su cabeza entre mis piernas, con el hielo aún en la mano, pero justo en el momento en el que iba a rozarme con su lengua… ¡Penalti! El silbato del árbitro le distrajo de su objetivo y sacó la cabeza de mis muslos. Por un momento, me dejó sin aliento. La espera, el anhelo de su lengua era más excitante que el propio acto en sí. No pude evitar llevar mis manos a su cabeza y jugar con su pelo para animarle a que siguiera pendiente de mí y no tanto del partido. Su mirada conectó con la mía y cuando vio mi grado de excitación todo lo demás quedó en un segundo plano.

– ¡Qué le den al partido! – Susurró al tiempo que empezó a acariciarme con el cubito en la entrepierna. La calidez de sus labios no podía hacer mejor contraste con la frialdad del hielo, del que ya quedaba muy poco. Mi cuerpo, cada vez más caliente, había hecho que se derritiera mucho más rápido de lo que me gustaría.

El estadio estaba en silencio esperando que el jugador tirara el penalti. Lo que hacía que en la sala solo se escucharan mis jadeos cada vez más frenéticos, el movimiento de esa lengua endemoniada a la que ahora se habían sumado sus dedos... me estaba llevando justo a donde ambos queríamos. La expectación del propio juego hacía que el momento fuera mucho más excitante. Todos estaban esperando que me corriera.

Entre gemidos, le pedía más. Notaba que estaba llegando. Su roce me hacía chillar tanto que apenas pude escuchar el pitido del árbitro dándole permiso al jugador para tirar. Estaba en lo más alto y rompí mi cuerpo en dos, elevándolo con un jadeo silencioso.

¡Goooool! La grada estaba celebrando mi orgasmo.

Él se anotó un tanto ¿o fui yo al correrme? Esta vez "le voy a dejar ganar", pensé, pero quiero la revancha. Puede que el fútbol no esté tan mal...

De Peculiares

Sexo sangriento

 
 

 

 "Siempre me había preguntado 
cómo sería tener sexo con la regla"

Desde el momento en el que nos empezamos a besar en al esquina más oscura de ese antro, me entraron ganas de hacerlo. No pude evitar que las bragas se me mojaran al primer contacto de su lengua caliente y húmeda. En estos días del mes, estoy tan cachonda… “Vamos a mi casa”, le dije.

El tono de urgencia tenía que ser muy evidente porque al instante asintió y cogió nuestros abrigos. Nunca me habría imaginado que el camino a mi casa pudiera ser tan excitante. Cada esquina se convirtió en el refugio de una caricia disimulada bajo la ropa y cada semáforo, en la excusa perfecta para un beso más caliente.

Antes de que me pudiera dar cuenta, me había empujado contra la pared de la entrada de mi casa mientras me lamía el cuello. Con una mano me sujetaba el pelo, mientras que con la otra me acariciaba por dentro de la camiseta. 

Cuando tengo la menstruación, mis pezones están aún más sensibles y un solo roce hace que me entren ganas de mucho más. Con la regla me excito más rápido.

Sus dedos empezaron a recorrer la redondez de mis pechos y acariciaron mi tripa. Iban a entrar dentro de mis pantalones, cuando les interrumpí: “Tengo la regla”. Su mano se detuvo a la entrada de mis bragas y pareció dudar antes de decir: “No va a impedir que nos lo pasemos bien, si tú quieres”.

Con esas palabras, me mojé un poco más. Vía libre. Siempre me había preguntado cómo sería tener sexo con la regla. Le empujé sobre mi cama y me fui desnudando poco a poco. Él no podía apartar la mirada de mí, lo que me hizo sentir aún más sexy. No podía parar de tocarme mi propio cuerpo y cada caricia me calentaba aún más.

Su respiración se aceleraba al ritmo al que yo me desabrochaba la camisa. Y antes de que me empezara a quitar el sujetador, él ya se estaba masturbando sin quitarme ojo. Nunca jamás podré olvidar esos besos.

Por la menstruación, me quedé en bragas. Pero en cuanto me acerqué a él, me las quitó con fuerza. “Quiero besarte”, me susurró mientras mordía mi cuerpo camino de mis piernas. Creo que no se refería a mis labios…

Entre la sangre y lo excitaba que estaba, mi entrepierna era pura humedad. En ese instante, lo que menos me importaba era manchar las sábanas; yo solo tenía un orgasmo en la cabeza. El morbo de tener sexo con la regla hizo que la excitación fuera más fuerte que cualquier pudor, y su cabeza desapareció bajo mi tripa.

Nunca jamás podré olvidar los besos que me dio en el clítoris. Aún me sirven de inspiración cuando quiero ponerme a tono.

Esos pellizcos en los pezones consiguieron llevarme a lo más alto y, de repente, me dejé caer. Solo utilizando la lengua y los dedos, consiguió que algo dentro de mi explotara una y otra vez. Una sacudida brusca y dulce al mismo tiempo; cálida y placentera.

Nunca antes había tenido tantas sensaciones al correrme. Ahora puedo decir, que el sexo con la regla me dio mi mejor orgasmo.

De Peculiares

La trampa

 
 

 

 "Conectar de nuevo con dónde
estamos me hace pensar en quiénes
más estuvieron en esta cama hoy."

Me encanta esto. No está bien, no puedo confesárselo a nadie. Me cuesta incluso aceptarlo, pero qué bien se siente una con la venganza.

– Sí, sigue haciendo eso – pienso. No lo digo, pero exagero un gemido para que te des cuenta de que me gusta y sigas. A cada gemido crece tu polla dentro de mí, puedo notarlo a pesar de la humedad.

Me encanta esto. No es la polla más grande que haya tenido dentro en mi vida. Ni siquiera es la más grande que tuve dentro hoy.

Pero no puedo evitar sentir placer con esta situación que roza con el morbo y está a punto de volverse aún peor. Me muevo un poco, llevo mi mano para acariciarme y aprovecho para acariciar la base de tu empalmado mástil. Puedo sentir que te gusta.

Me arqueo dándote a entender que no pares de hacer exactamente eso. Giro mi cara hacia la derecha para darte más espacio indicándote que beses mi cuello. Quiero ofrecerte ese flanco y sentir tu lengua ahí, justo ahí.

No logro apartar mi mirada de la TV apagada del hotel. Conectar de nuevo con dónde estamos me hace pensar en quiénes más estuvieron en esta cama hoy. Mis pensamientos vuelan, van y vienen.

¿Cuántos orgasmos, cuántas felaciones, cuantas penetraciones ocurrieron en el mismo lugar donde tengo apoyada mi cabeza? Necesito pensar en la cantidad, es lo que me excita en este momento.

Mientras tanto tu sigues encima de mí, no te apures, folláme despacio y sigue besándome. Pasea tu lengua por mi hombro mientras me estremezco en escalofríos. Se que te gusta mi tatuaje, entreténte un rato ahí mientras pienso en números.

¿Cuántos más estuvieron en tu lugar? Cuantos besaron mi hombro y mi tatuaje mientras me penetraban despacio. Imposible sacar la cuenta ahora, demasiado excitada por lo que está por pasar. Como una araña, con paciencia, voy tejiendo mi trampa.

Estás cayendo y voy a explotar de placer cuando lo hagas. No sé cuántos más pero al menos uno más hoy. Otra polla en mi interior, otra boca en mi hombro dibujando mi tatuaje, otra lengua en mi boca.

Si supieras porque te estoy manipulando pensarías que soy una puta, pero yo quiero pensar que ahora mismo soy más bien una hija de puta cumpliendo su venganza. Mmmm, sí, sigue así, dándome todo tu ser y lamiéndome, ya falta poco.
Te lo mereces, por mentiroso.

Te mereces mi trampa y voy a acabar cuando pueda saborear mi venganza. No pares, sigue.. te lo digo ahora en un susurro. No pares, sigue. Quiero más. Te lo mereces por mentiroso y muchas otras cosas más que mi trampa. Ya estoy en el clímax, es el momento. Sigue follándome, entierra tu polla en el mismo lugar donde hace un rato entró otra.

Si, ya es hora, quiero terminar en un orgasmo fabuloso. Es el momento. Entierra tu boca en mi pecho. Recorre mis erectos pezones. Fuerte, muerde y saborea bien. Mmm sí… Siento llegar el orgasmo más maravilloso en mi entrañas, mezcla de placer y venganza.

Soy vengativa y hoy seré una hija de puta, pero no recuerdo haber tenido semejante orgasmo como este. Puedo ver y sentir como tu lengua recoge de mis tetas el semen que dejaste allí hace un rato y que deliberadamente olvidé quitar…

Espero a que me limpies y te miro a los ojos esperando que conectes con los míos. Con una mirada segura te digo: Por cierto, ¡hemos terminado!

De Peculiares

Te declaro culpable

 "Totalmente ofrecida a ti, te dispones
a acoplarte sigilosamente a mi cuerpo.
Me embistes sacudiéndome de arriba
a abajo con mi estrepitoso gemido,
rompiendo el silencio de la noche.
"

Te declaro culpable de mis desvelos.

Te despiertas en medio de la noche sofocado por el calor y tu cuerpo me busca insolentemente. Un solo roce, una caricia, hace que en sueños yo me deje llevar. Soy tu alivio obsceno y tu cuerpo en conexión perpetua con el mío sabe cómo se puede calmar. Nos invade la oscuridad, solo la triste penumbra de las farolas de la calle entrando a fisgonear por las rendijas de la persiana iluminan con su tenue luz el cuarto. Apenas te puedo ver, pero si siento tu cuerpo cerca de mí y el rastro de tu calor sobre las sábanas. Tú respiración en mi nuca eriza mi piel aún dormida.

Te declaro culpable de mis desvelos, porque tú no me follas... ¡no! Tú haces de mi piel un homenaje. Me veneras como a una diosa para depositar tu tributo líquido en mi interior. Rabiosamente tuya intento no despertar, pero sabes que mi cuerpo te pertenece y acabaré por dejarme llevar. Encadenando mi sexo al tuyo por la eternidad.

Totalmente ofrecida a ti, te dispones a acoplarte sigilosamente a mi cuerpo. Me embistes sacudiéndome de arriba a abajo con mi estrepitoso gemido, rompiendo el silencio de la noche. Me encierras en tu burbuja particular en la que solo existimos tu y yo y nada más. Las cuatro paredes que nos envuelven son nuestro altar y tú estás dispuesto a rendirme verdadero culto.

Tus manos me recorren sin cesar, me pellizcas las nalgas con tus fuertes manos y me besas mientras tu polla palpita en mi interior. Acaricias mi piel que te pertenece. Adoro cada instante de tus desvelos y tu intento por sofocarlos en mi interior. Mi vida, nadie más me sabe follar así.

Sabes de sobra lo que me gusta, como si estuvieras conectado a mi mente. Desde siempre lo has sabido, desde hace mucho tiempo ya. Quizás en otra vida ya me adorabas nocturnamente sin cesar. Tus caderas se mueven en un ritmo tribal mientras yo muerdo la almohada para así mis gemidos aplacar. Tus dedos insolentes buscan mi boca. Los chupo y les ofrezco mi húmeda y caliente saliva. Te desplomas sobre mí desfalleciendo con un grito susurrado a mi oído, abrazando el temblor de mi cuerpo, te acomodas para de nuevo descansar. Acunándome como a una niña, encendiéndome como a una mujer.

Parece que toda tu energía desaparece con el placer. Te vacías por completo en mi interior. Mi coño rebosa en un reguero líquido y pegajoso que se escurre entre mis piernas. Descansas exhausto mientras tu respiración se vuelve a relajar. Mis pupilas se abren de par en par. Tu tributo me ha llenado de viva energía y mi cabeza comienza a despertar. Ardo cómo el ave fénix y quiero echar a volar. Pero tu cuerpo aplastando el mío lo retiene inmovilizado de manera que me recuerda que soy inmensamente tuya.

Te pertenezco. Mi cuerpo, mi alma, mi sed te pertenece. Por ello te declaro culpable de causar mis desvelos y me declaro cómplice absoluta por dejarme llevar a tu infierno de lujuria.

De Peculiares

Mi verdadero despertar sexual

 

 

 

 
 "Me ha costado muchos años comprender que
no soy rara, que no soy mala. Que soy
inmensamente especial en todas y
cada una de mis facetas."

 

¿Por qué en el sexo no era igual?

Sensitiva, complaciente y hermosamente lasciva. Durante años experimenté en diferentes y anodinos cuerpos. Buscaba sensitiva información tapando vacíos emocionales. A veces con orgasmos fingidos, con rabia, sedienta de desnudez. Ávida de encontrar esa sensación de verdadero placer.

Quería agradar. Excitar y aprender a marchas forzadas. Pero, no llegaba a nada, me sentía vacía y a la vez maniatada por no poder expresar todo lo que sabía en mi interior se escondía. Esperando a salir como una oruga que se mantiene a salvo en su capullo, esperando el momento perfecto para desplegar sus hermosas alas.

Quería expresarme mediante el tacto, los besos y el sexo. Llegue a pensar que no estaba actuando bien y que ese no era mi lugar. No sabía bien donde me quería ubicar. Por aquel entonces, abandonaba camas y cuerpos de madrugada para resguardarme sola en mis pensamientos. Llegué a pensar que yo no era la adecuada, que no debía sentir así, sentía que no debía liberar a mis propios prejuicios impuestos.

Mi mente mantenía a ralla todo intento de fuga de mi verdadera libertad, soterraba toda expresión corporal después de cada encuentro sexual con extraños porque sabía no eran los idóneos para tal demostración. Dejando a amantes abandonados al azar.

En aquella época no sabía aún que lo que estaba haciendo era sujetar y mantener bajo control a aquella diosa empoderada que habitaba dentro de mí. Tan ninfa, tan salvaje. Así mágica, táctil, cariñosa y ardiente. Dentro de mí se escondía esa verdadera YO. Pero, no estaba dispuesta a dejarla salir tan fácilmente.

El paso de los años y el recorrido de otros cuerpos me enseño a ser paciente, a respetarme y sobretodo a amarme por encima de todo. Ser alguien con esa capacidad especial de amar no es fácil y acabas siendo un blanco para los que no son cómo tú y te utilizan en su propio beneficio. Así que aprendes a follar como mero entretenimiento. Sin objetivo.

Finalmente harta de experiencias vacías y sin sabor a piel, volví a permanecer dormida en estado de coma. A la espera por mucho tiempo de que algo removiera mis entrañas. Alguien así tan puramente sensitiva como yo, acaba por amar con las vísceras. Así que me mantuve a la espera. Alguien me despertaría de mi propio letargo impuesto para no sentir... ni con mi cuerpo, ni con mi corazón.

 
 
 "Ser alguien con esa capacidad especial de amar no es fácil y acabas siendo un blanco fácil para los que no son cómo tú y te utilizan en su propio beneficio. Así que aprendes a follar como mero entretenimiento. Sin objetivo."

 

Y sin más, con el pasar de los meses en el calendario, escondida en mi propio armario personal... apareció él. Con aquella mirada transparente de color verde mar.  Sus grandes manos se deslizaban sobre el volante de su coche, mientras yo observaba atentamente e imaginaba cómo se deslizarían sobre mi piel desnuda. Necesitaba sacar a pasear a mi ninfa dormida. Necesitaba follar, acariciar, sentir y gozar de nuevo.

Me sentí como en casa a su lado, desde la primera cita. En lo más profundo de mi interior sentía miedo de volar. De nuevo sentir atracción física, química y visceral removía mi interior haciendo que debatiera con mi YO interior. No poder sacar a pasear al demonio que habita en mí me consumía internamente.

Mi batalla interior era devastadora. Sabía bien lo que se escondía tras esa coraza que me había impuesto a base de desilusiones y cuerpos vacíos usados. Pero, su olor me enloquecía. Era penetrante y estremecedor. Su sola presencia a pocos metros de mí erizaba mi piel y me recordaba lo terrenal de mi cuerpo cansado de esperar.

Sus labios se posaron sobre los míos afianzando un beso. Con solo ese pequeño y a la vez tan grande gesto supe estaba ante mí un empotrador nato. Su manera de sujetar mi cara con ambas manos, la respiración entre cortada y el calor que emanaban sus gruesos labios me hicieron volar.

Quería probar más. Aquello me supo a poco. Quería saber que otro As en la manga escondía aquel hombre que desde un principio me pareció anodino. Su sola presencia me suscitaba querer indagar mas en él y su manera de follar.

Fue atracción sexual al primer roce. Esas cosas ocurren pocas veces, o al menos a mí no me había sucedido muy a menudo a lo largo de mis años de experiencias sexuales. Aquella primera cita no fue a más. Se comportó como un verdadero caballero y debo reconocer que aquello me desconcertó e incluso llegó a molestarme mas de lo previsto. ¿Acaso no me encontraba atractiva?

Pasaron algunos días antes de nuestro primer verdadero encuentro. También sus noches y la búsqueda de mi propio placer. Me llegué a masturbar varias veces para aplacar aquella ansiedad. Desgasté mis dedos dentro de mi vagina imaginando como sería aquel hombre en la cama.

Me perturbaba el hecho de que mis expectativas no fueran cumplidas después de todo. Y llego aquel gran día. El teléfono sonó y me puse muy nerviosa.

– ¿Que tal preciosa? Tu y yo tenemos algo pendiente...

 
 
 "Se comportó como un verdadero caballero y debo reconocer que aquello me desconcertó e incluso llegó a molestarme mas de lo previsto. ¿Acaso no me encontraba atractiva?"

 

Aquellas palabra erizaron toda mi piel. Era insano, destructivo e irracional. Le deseaba como un animal. Mi hambre se comportaba primitiva, insaciable, voraz. Mis pensamientos no se detenían. No podía parar. Sólo deseaba follar, follar, FOLLAR. Quería sentirle horadando mis entrañas, invadiéndome hasta el centro del pecho, quemando con su lava hasta prenderme como el fuego. Todo eso y mucho más.

Fue vernos y nuestras bocas se buscaron, mi lengua se enredó a la suya como una serpiente. Besé su cuerpo, bajando por su pecho, recorriendo con deleite aquel cuerpo. Podía oler el miedo que sentía ante mí, quería aplacar a mi bestia interna. Pero yo no estaba dispuesta a detenerme por nada.

Abrí mis fauces para engullir su polla hasta la garganta. Mis labios lo apresaron mientras me alimente de ella hasta la última gota. Sentía hambre de sexo irracional, voraz. No podía parar. Ni quería. Estaba totalmente desbocada como un potro salvaje.

Su jadeante respiración dio paso a mi turno mientras un espejo era testigo en aquel pequeño almacén olvidado. Chupo mi vulva, mordisqueando los pliegues, lamiendo despacio, cada recoveco. Saboreando detenidamente mi sal.

– Para o llegaré. – Gemí sin convicción.

Se aferro a mis caderas, engulló mi sexo y, con un gemido agónico, me corrí. Giró mi cuerpo de modo nuestro reflejo fuera más claro en el espejo. Mientras sujetaba mi cuello con una mano y deslizaba sus largos dedos por mi boca. Con la otra introducía sus dedos abriéndose paso en mi húmedo sexo.

Su miembro se aferró a mí sin previo aviso. Agarrando mis glúteos, separando mis piernas. Su sexo era duro y sus embestidas también. Hacía tiempo no sentía vibrar a mi cuerpo así. Los espasmos nos sacudieron a ambos mientras él gemía agónicamente en mi oído y yo estallaba en un sonoro orgasmo.

­– Tengo más hambre de ti, quiero conocerte más. Quiero pasear contigo. – Me dijo mientras nos vestimos agarrando fuertemente mi mano para no dejarme marchar.

Mi mirada desconcertada  me delató, pero aquella vez, mi cuerpo no salió corriendo como las otras veces. Él no iba a ser otro amante abandonado. Necesitaba curasen mis heridas, que me arropasen. Y su mirada felina me ofrecía amor y confianza.

Aquella iba a ser una de tantas miles de veces en las que nuestros cuerpos y almas se fusionarían. Aquel encuentro fugaz  fue todo un acierto y comencé a comprender propio mi deseo. Desde entonces aprendí a vivir mi sexualidad sin reparos. Ahora él sigue esperando cada noche un solo roce para volvernos a enredar, y yo me dejo llevar por su excitante magia que nunca se apaga.