De Peculiares

Sexo sucio

"La mirada hacia la violencia sigue haciéndonos dependientes de este sistema que sigue aprovechándose de nosotras. No nos protegen, hacen negocio"

 

Maitena Usabiaga Sarasua

11 de septiembre del 2018

Si has empezado a leer este artículo porque creías que encontrarías perversidades eróticas, juegos salvajes o un fragmento donde las fantasías campen a sus anchas, no es precisamente lo que vas a encontrar. Esto es una reflexión sobre el lado oscuro del sexo, un lado que nos persigue desde hace demasiado tiempo y que al parecer sigue haciendo negocio.

 

Imagen de la campaña Estima de Erik Ravelo para denunciar la violencia sexual

 

Un lado del sexo que se sigue relacionando con violencia, enfermedades o patologías, es decir, la relación directa con lo que consideramos el ‘mal’. ¿Será que la iglesia tiene razón? Porque, desgraciadamente, ha dicho demasiado respecto al sexo, y sigue haciéndolo con palabras, hechos o a través de nuestros cuerpos. Y es por la Iglesia por lo que le damos este significado a todo lo relacionado con lo sexual, a nuestro cuerpo y a los placeres. Nos dijeron, hace ya más de 2.000 años, que debíamos de huir ante las tentaciones del cuerpo, que el sexo era (y para ellos sigue siendo) impuro, sucio y pecado. Y aunque parezca mentira, estas ideas siguen vivas hoy en día.

 

"Y es por la Iglesia por lo que le damos este significado a todo lo relacionado con lo sexual, a nuestro cuerpo y a los placeres"

 

Indudablemente han hecho un buen trabajo, han conseguido que sigamos hablando de ello(s) y siguen influyendo en los discursos imperantes sobre el sexo, aunque ahora estén disfrazados de marcas de condones. Creo que uno de sus éxitos se debe a que redujeron toda cuestión existencial, toda duda sobre cómo tenemos que comportarnos, hacia dónde vamos, en dos categorías simples: el bien y el mal. Dentro de cada una de ellas se recogían actos, pensamientos, deberes, lecciones..., y como podemos comprobar para la Iglesia el sexo estaba dentro de la categoría del ‘mal’. Y no sólo el acto, sino que también los pensamientos relacionados con ello, incluso el ser mujer, menstruar, correrse fuera de la vagina o imaginarte los pechos de tu vecina. ¿Difícil de escapar verdad?

Esta moral estaba llena de exigencias imposibles de cumplir, incluso para aquellos que cumplían más o menos todos los requisitos fundamentales: ser hombre, trabajar en algo honrado, servir al imperio, ser fiel a tu dios, casarte con una mujer decente y tener niños (en masculino). Y si no cumplías con ellos debías rendir cuentas a ese dios que te había dado la vida, y confesarte, porque la culpa te carcomía por dentro. Y así se inventó la culpa, esa emoción construida que hoy día nos sigue haciendo tanto daño. La culpa alimentaba al pecado y el pecado al final facilitaba mucho el trabajo a los controladores. Estas son las palabras de un dios patriarcal y puritano. Jódete y baila y a ver si puedes salir de ésta gozándola.

 

"La culpa alimentaba al pecado y el pecado al final facilitaba mucho el trabajo a los controladores"

 

Con esta formulación que nos precede está claro que nuestra relación con el cuerpo, con el placer y qué decir de la relación con los otros cuerpos, no ha sido ni es fácil y supongo que nunca será fácil. Fácil entendiéndolo como un camino sin obstáculos ni dificultades; y no será porque todas las relaciones conllevan obstáculos y dificultades, inevitablemente.

Hoy día nos encontramos con algunas de esas dificultades relacionadas con nuestros cuerpos, placeres, identidades o deseos, e intentamos luchar contra ellos como podemos, claro está. Pero últimamente estoy muy removida con las estrategias que estamos utilizando en contra de lo que llamamos violencia sexista, machista o de género.

Estoy removida porque sigo escuchando que el sexo es peligroso, violento, sucio y que debemos tomar todo tipo de precauciones para cuando salgamos a la calle como seres sexuadas. Sigo removida porque seguimos siendo las mujeres quienes estamos controladas; ahora tenemos taxis que nos llevan a casa por el módico precio de dos euros, incluso tenemos aplicaciones que incluyen un radar que informa a nuestros padres dónde estamos en cada momento. Seguimos siendo dependientes de la protección paternal y seguimos estando controladas.

 

"Pero últimamente estoy muy removida con las estrategias que estamos utilizando en contra de lo que llamamos violencia sexista, machista o de género"

 

Tengo claro que la violencia también existe en este campo, no se me ocurre ninguna faceta de la vida que no esté influida por la violencia: la educación, el trabajo, el mercado, el negocio del deporte... Lo que me ocupa es la significación que hacemos de cada vivencia violenta y, sobre todo, la que tiene que ver con el sexo. Parece ser que la violencia relacionada con nuestros genitales, nuestros deseos o nuestra erótica es peor, más fuerte que el resto. Sobre todo lo es para las mujeres. ¿Lo es para todas? ¿Tiene que serlo?

Responder a estas preguntas no es complicado. Todas es demasiada gente y si algo tiene que ser… estoy en contra. Soy consciente de que nuestra biografía, nuestra herencia, es jodida atendiendo a la relación con nuestro cuerpo. Y parece que hasta hoy, las mujeres, no éramos un cuerpo, sino que teníamos un cuerpo y es por ello por lo que creo que tenemos mucho de lo que aprender, pero sobre todo que desaprender.

Si queremos andar sobre este camino sería interesante preguntarnos si el uso de los discursos violentos nos ayudan a hacerlo o lo entorpecen. Diciendo que nuestros cuerpos son sagrados o que nuestro coño es lo más íntimo que tenemos, estamos diciendo que la iglesia sigue dentro de nosotras, que el locus genitalis sigue vivito y coleando.

 

"Y parece que hasta hoy, las mujeres, no éramos un cuerpo, sino que teníamos un cuerpo y es por ello por lo que creo que tenemos mucho de lo que aprender, pero sobre todo que desaprender"

 

Cuando dirigimos la mirada hacia la violencia nos entretenemos. Dejamos de lado nuestra erótica, el conocimiento de nuestro cuerpo y de los placeres. Conozco a mujeres jóvenes que se están negando la vivencia de su erótica por miedo a la violencia o porque están demasiado enfadadas para gozar de sus propios cuerpos. El conocimiento del cuerpo, el disfrute, la desmoralización del coño, es conocimiento y el conocimiento puede ser una medida de prevención brutal. ¿Por qué no hay anuncios que te digan: “folla más y mejor, conócete, disfruta y serás más feliz”?

Estoy segura que si hubiera anuncios así, dejaría de haber anuncios que nos alertan de las enfermedades de transmisión genital escondidas detrás de gente atractiva o anuncios en los que nos informara que cada 1 de 3 mujeres tienen un embarazo no deseado. Si queremos ser libres como sujetos eróticos es imprescindible empezar a conocernos y desaprender, resignificar nuestros cuerpos, atrevernos a compartir, a pedir, dar, decir no, decir sí. La mirada hacia la violencia sigue haciéndonos dependientes de este sistema que sigue aprovechándose de nosotras. No nos protegen, hacen negocio.

De Peculiares

El espejo del baño

relato erótico, masturbación femenina
 
 
 "Lentamente, me la metí en la boca, disfrutando
de cada dedo, uno a uno, mientras mi reflejo
era consciente de mis hazañas"

 

MELANIE QUINTANA MOLERO

 

El espejo lo acababan de limpiar. Ese espejo que sirve para verme de cuerpo entero cada mañana y que cuelga al lado de la puerta del baño. Ese espejo con su marco blanco y su largo cristal. Ningún dedo sobre él.

Silencio. No era capaz de escuchar nada. Mis compañeras de piso dormían. ¿Cuánto hacía que había entrado? Estaba allí, mirándome, atentamente. Perdí la noción del tiempo. Estaba sola en el baño. Compartir piso con María y Ana no me dejaba mucho tiempo para mí. Para estar sola. Pero aquella mañana ambas estaban en sus camas tras haber salido de fiesta. Verme sola en el baño, ese baño sin cerradura, hizo que mi mente jugara a pensar “y si… ¿es aquí y ahora?”. Ese fugaz pensamiento provocó una reacción inmediata sobre mi cuerpo, como si le estuvieran hablando directamente a mi clítoris. Ese instante de intimidad hizo que mi yo lujurioso cobrara vida. Quería tocarme.

Fijé la vista sobre el espejo, aquel espejo que me miraba reflejando mi propio deseo. Noté como mis pupilas se dilataban y no pude evitar morderme ferozmente el labio inferior, dejando una marca blanca tras mis dientes. Al humedecer mis labios, las manos no tardaron en reaccionar. Fueron directas hacia mis bragas, impacientes. Una pequeña costura sobresalía sobre mi falda gris. La agarré con ambas manos y tiré de ella con fuerza, hacia arriba, apretándolas sobre mi vulva con violencia y haciendo que mi entrepierna respondiese al instante. La cabeza reaccionó junto a mi espalda, arqueándose hacia atrás para absorber aquel placer feroz que yo misma me estaba provocando.

Volví a conectar con el espejo y me dí cuenta de que mis pechos pedían a gritos ser liberados. Me levanté la camiseta, esa que me había acompañado toda la noche de fiesta y que ahora estaba sudada, mojada. Suavemente pero con seguridad, levanté la camiseta blanca dejando que acariciara mi cuerpo a su paso, rozándola sobre mis pechos desnudos, dejando que éstos se movieran de arriba a abajo cuando perdieron el contacto con la camiseta. Mis tersos y suaves pechos.

 

 
 
 "Instintivamente, como si el reflejo de mi excitación me controlara, puse la mano plenamente abierta, sudada y caliente sobre el cristal frío. Una aureola de calor rodeó mi mano y calentó el espejo en menos de un segundo. Y me quedé ahí durante un instante, siendo consciente de mi calor"

 

 

Duros, deseantes. Verme tan excitada frente al espejo le dio licencias a mi cabeza para volverme a hablar: “Es aquí, es ahora”. Lentamente, bajé las manos hasta llegar a la falda gris, introduje ambas manos bajo ella y retiré las bragas a trompicones. Mis dedos eran torpes. Aún notaba los efectos del alcohol. Empujé las bragas. Cayeron sobre el suelo y con un movimiento casi ensayado saque mis pies de ellas, lanzándolas hacia un lado.

Una vez más volví a conectar con mi reflejo. Aquel espejo tan limpio, tan brillante. Aquel espejo pedía a gritos que le tocaran. Instintivamente, como si el reflejo de mi excitación me controlara, puse la mano plenamente abierta, sudada y caliente sobre el cristal frío. Una aureola de calor rodeó mi mano y calentó el espejo en menos de un segundo. Y me quedé ahí durante un instante, siendo consciente de mi calor.

Mi otra mano iba por libre. Salvaje. Viajaba sobre la cara, el pelo, mis ojos, mi cuello. Deteniéndose en los contornos de mi suave piel. Mi boca respondía ante tal excitación abriéndose de par en par. Me costaba respirar con facilidad. Necesitaba abrir más las piernas, cada vez más. Con cada movimiento notaba como mi vulva se liberaba y dejaba que la acariciase el aire frío que subía bajo la falda gris. Mis pechos descubiertos pedían a gritos más caricias. Pero no quería ser dulce, quería ser salvaje, así que no tuve compasión con ellos. Los agarré firmemente, con fuerza. Tenía la necesidad de arañármelos, de apretarlos fuerte.

Deje los pezones para el final. Apreté mis dedos alrededor de ellos y tiré con fuerza. Se pusieron más duros, más firmes. Hice círculos sobre ellos. Primero el izquierdo. Luego el derecho. Tiraba y apretaba hasta que la sensibilidad del roce era casi insoportable. ¡Cómo me excitaba ver mi reflejo en el espejo! Aquella mujer que ferozmente se daba placer, cómplice, retándome a tocarme más.

Obedecí a mis deseos y bajé la mano por el ombligo, despacio, reconociendo cada parte de mi piel. Acaricié las costuras de la falda sobre mi cintura y metí los dedos bajo ella para seguir con mi viaje. Me molestaba, no me dejaba avanzar. Quería ver todo mi cuerpo y la falda me lo impedía. Torpemente, una vez más, tiré intentando desprenderme de ella. Según iba bajando rozaba mi culo con brusquedad. La goma dura que evitaba que se cayera era demasiado estrecha para quitármela por abajo y eso hizo que dejara un rastro de arañazos sobre mi piel. Me ardía cada milímetro que la falda había rozado, pero aquel dolor se volvió de lo más placentero. Quería más y esa necesidad fue directamente absorbida por mi clítoris. Deseante. Quien pedía a gritos mis manos.

Volví a mi ombligo y retomé aquello que había dejado a medias. Qué maravilloso era verme desnuda. Mis manos no tardaron en buscar mi vulva. Dejé que mi palma la cubriera y guardara el calor que ambas emanaban. Los dedos no podían esperar. Uno tras otro, todos querían tocar. Acaricié todo mi clítoris, suavemente, de arriba abajo, y lo que empezó siendo una caricia terminó siendo algo brusco y violento. Los dedos me tocaban de maneras que solo yo sabía que me daban placer. Sabían dónde tocar, provocando que mi cuerpo se arquease. Solo con la sujeción de mi mano izquierda sobre el espejo no me valía. Me temblaban las piernas del placer. Quería más.

Acariciaba mi vello, luego mis labios, la vulva, el clítoris, en círculos, en movimientos lentos y salvajes. ¡Dios! aquellos pechos turgentes. Volví a tocarlos. Estaban tan duros. Tan firmes. Abrí la boca y dejé que toda mi mano entrara en ella, empapándose de mi saliva, humedeciéndola. Quería mojarme, así que la llevé directamente hacia el clítoris.

 

 
 
 "Cada vez estaba más mojada. “Vamos, regálame este orgasmo”. Mis propias órdenes resonaban firmes. Tenía que obedecer. Mi mano seguía instintivamente el movimiento una y otra vez. Cada embestida era más poderosa, cada caricia más lujuriosa"

 

 

Me excitaba tanto escucharme en mi cabeza. Darles palabras a mis deseos. “Tócate el coño guarra, vamos sé que quieres tocarte el coño, córrete para mí, vuélvete atocar y córrete para mí puta”. Y como si fuera esclava de mis pensamientos, obedecí todas mis órdenes. Me tocaba de forma brusca, desesperada, anhelante.

Respiraba con irregularidad, estaba dejando un rastro de vao a mi alrededor. Estaba húmeda, muy húmeda. Completamente mojada. Introduje mis dedos acariciando aquella humedad y lo añadí al movimiento. Vello, labios, vulva, clítoris, vagina, dedos. “Córrete perra, vamos córrete para mí”. Una y otra vez. Aquellos movimientos me estaban destrozando, llevándome al límite. Me temblaba el cuerpo con cada embestida. Quería más, otra vez, una vez más. Vello, labios, vulva, clítoris, vagina, dedos y vuelta a empezar.

Cada vez estaba más mojada. “Vamos, regálame este orgasmo”. Mis propias órdenes resonaban firmes. Tenía que obedecer. Mi mano seguía instintivamente el movimiento una y otra vez. Cada embestida era más poderosa, cada caricia más lujuriosa. Notaba cómo mi corazón latía cada vez con más brusquedad. Y una vez más repetía el movimiento. Rápido, brusco, violento y vuelta a empezar. Hasta que no pude controlarlo y dejé que el orgasmo me poseyera.

Ese instante recorrió mi cuerpo de arriba a abajo. Esa sensación que me obligó a cerrar los ojos e hizo que encogiera los dedos de los pies, ese momento en el que me faltaban las fuerzas y me costaba respirar. Esa sensación. Ese instante en el que escuchaba mi corazón retumbar tan fuerte contra mi pecho que parecía que estuviera hablando. En esos segundos la piel se me erizó. Se paró el tiempo. Ese instante.

Abrí los ojos bruscamente para mirar mi reflejo. Aquel que había sido testigo de mis deseos. Y allí estaba yo, aún con la mano sobre mi vulva, intentando atrapar esa sensación. Poco a poco recobré las fuerzas. Junté las piernas con intención de recobrar el equilibrio y me miré la mano. La mano que me había hecho sentir aquel orgasmo. Aquella que estaba cubierta de mi humedad, de mí. La mire por ambos lados y sentí la necesidad de probarme, quería saber a qué sabia mi orgasmo. Lentamente, me la metí en la boca, disfrutando de cada dedo, uno a uno, mientras mi reflejo era consciente de mis hazañas. Sabía a excitación, a mi vagina, a mí. Me encantaba. Era como chupar mi propia esencia.

Recordé que mi mano izquierda aún se apoyaba sobre el cristal y, tras mirarla con detenimiento decidí retirarla. Al hacerlo me quede más alejada del espejo y eso me permitió observarme mejor. Mi cuerpo desnudo, excitado, complacido. Me acaricié suavemente. Amaba mi cuerpo y todo el placer que me daba. Y luego miré al espejo que acababan de limpiar. Ese espejo que sirve para verme de cuerpo entero cada mañana y que cuelga al lado de la puerta del baño. Ese espejo con su marco blanco y su largo cristal. El espejo que ahora tenía mi mano sobre él.