De Peculiares

A ciegas

 

 

 "No dejaba de rozarme sobre su pantalón. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. Los besos nos fundían y nos calentaban más."

COLAB. MELANIE QUINTANA Y IRIA FERRARI

Lo conocí en la biblioteca de la universidad donde ambos estudiábamos Veterinaria. Los dos escogimos la misma carrera, aunque con diferentes perspectivas y no con las mismas facilidades para ello. Le observaba anonadada desde mi mesa, escondida tras los libros. Me encantaba verle pasar los dedos sobre las páginas, esa sensibilidad que le hacía ver de algún modo y mi cabeza fantaseaba con que hiciera lo mismo sobre mi piel.

Las semanas pasaban, no recuerdo cuánto tiempo invertí mirándole. Sus manos fornidas recorrían aquellos textos de una manera en la que no podía dejar de imaginar cómo sería estar con alguien que no pudiera verme.

Semanas más tarde reuní el suficiente valor como para acercarme y hablarle. Me senté a su lado y desplegué sobre la mesa todos mis apuntes, respiré profundamente, esperando coger las fuerzas que me faltaban y dije:

– Hola.

– ¡Ah! Hola, eres tú. Pensé que nunca te acercarías a saludarme. – Su respuesta me dejo del todo perpleja. Me lo dijo con una seguridad inusitada mientras sonreía de medio lado. ¿Acaso sabe quién soy? Si nunca me ha visto, no ha podido ser capaz de ver como le miraba siempre desde el otro lado de la biblioteca… ¿no?

– Tu perfume… es el que te ha delatado. – Vaya, pensé, y no pude evitar olerme a mi misma.

Una mueca imperceptible para él se dibujaba en la comisura de mis labios. Nos presentamos con un apretón de manos, seguido de un beso robado en la mejilla por su parte. Me parecía un tío de lo más interesante y atrevido. Era guapo y definitivamente estaba fuerte, de lejos parecía un chico malote con gafas de sol de esos que tanto nos pone a las chicas.

Mientras hablábamos de temas relacionados con las clases y materias que nos tocaban estudiar ese semestre, no podía dejar de estudiar su físico descaradamente. Tenía unas manos firmes, robustas y muy varoniles. No pude evitar pensar en cómo tocarían mi cuerpo esas manos.

Sonó el timbre y el ruido me sacó de la burbuja que me había creado. Al hacer amago de retirar la silla y ante una inevitable despedida, me agarró de la mano y se me puso la piel de gallina.

– Me gustaría mucho invitarte a cenar mañana. Podríamos estudiar juntos. A mi compañero de habitación no creo que le moleste. – Me dijo mientras abría su bastón y acariciaba mi brazo a modo de despedida. – Tragué saliva, mi corazón se volvió loco ante su caricia.

– Claro. – No pude decir nada más. La piel de la espalda se me estaba erizando. – Mañana al acabar las clases nos vemos aquí mismo. – Mierdaaa… soy retrasada, pensé al instante. –Disculpa no quería ser grosera. A veces se me olvida que…

– ¡Tranquila! – Me dijo con voz calmada. – Lo cierto es que me encantaría verte aquí. – Obviamente iba con segundas. Me quedé petrificada observando su amplia sonrisa, hasta que vi que se inclinaba hacía mi. – Ha sido un placer Elena… – Me susurró al oído y se despidió con un beso en la mejilla. Pude percibir como sus fosas nasales se abrían para exhalar todo mi perfume al acercarse y se me volvió a erizar la piel.

Pasé la noche en vela pensando en lo que había ocurrido. No sabía nada de él, sólo que era un chico mono con una voz melodiosamente sensual que estudiaba en la misma facultad que yo. Tenía la sensación de que jugaba con ventaja sobre mí, como si pudiera ver más que yo. Todo él tenía un aire misterioso muy embriagador.

Recordé sus fuertes manos mientras me acariciaba el brazo antes de despedirse y cómo me hicieron estremecer. Un calor súbito comenzó a quemarme los muslos y no pude evitar masturbarme. Una y otra vez.

A eso de las 20:00 el timbre volvió a sonar, recogí mis apuntes y me dirigí con paso acelerado a la biblioteca. Caminaba por el pasillo nerviosa cuando lo vi a lo lejos acompañado de su perro lazarillo. Me puse frente a él sonriendo como una boba al perro, me encantan los perros. No me dio tiempo a decir nada.

– Buenas noches señorita Chanell nº 5. ¿Lista para cenar? He pedido comida japonesa en el restaurante del campus. Nos la subirán dentro de un rato. Espero que te gusté. – Había acertado con la cena. Este chico prometía…

– Buenas noches Adrián. Parece que vamos a ser tres. – Le dije mientras acariciaba al perro.

– Se llama Kira. Es mi compañera de habitación. – Así que no le iba a molestar que fuéramos…ya.

Durante el trayecto, mientras conversábamos de todo y de nada, pude apreciar cómo la gente nos miraba. Pero no sabía si a mí, a él o a la perra. No sé, yo solo tenía ojos para su boca. Intenté imaginar cómo sería mi vida sin la vista y agudicé todo lo que pude mis otros sentidos. Acaricié la barra de las escaleras apreciando el frío metal, puse mi atención en el viento y en las conversaciones de mi alrededor.

Adrián tenía una habitación muy sencilla y diáfana, sin muchos muebles. Kira abrió la puerta con su hocico y encendió las luces con su pata. Sin duda era más lista que mi compañera de habitación, Marta.

Me ofreció sentarme y poco después nos pusimos a estudiar. Al poco rato llegó la cena. Me gustó mucho el sushi pero lo que más me gustó fue la forma en la que él me enseño a apreciar más los sabores: comiendo con las manos.

– Si no te importa me gustaría que estemos en igualdad de condiciones. – No entendía nada… y él se dio cuenta. – Me gustaría vendarte los ojos para que aprecies la cena como yo lo hago.

Me pareció una idea fantástica. Cada bocado inundaba mi paladar de sabor mientras Adrián con su voz sensual me deleitaba explicando los secretos de la cocina japonesa. Era culto, inteligente y tenía ese punto de misterio que me encantaba.

La cena fue todo un festín de sabores para mis sentidos. Me sentía enormemente excitada con la venda puesta. Pero no quería parecer demasiado lanzada.

– Tu respiración te delata. – Soltó de repente y me acarició el muslo con sumo cuidado, deslizando todos sus dedos sobre mi piel. Ahora sí que estaba tremendamente excitada… así que no me lo pensé. Me lancé a por su boca como una loba hacía su presa.

Me sentía borracha de vino, de sabores, de sentidos y de él, de su sabor. Me devolvió el beso de manera arrolladora agarrando mi cabeza por la nuca y acercándome más hacia él, como si nos quisiéramos devorar el uno al otro. Le deseaba más que a nadie en el mundo. Le deseaba con todos mis sentidos, literalmente, y más en aquel instante en el que no podía ver.

Nos besamos un buen rato. Nuestras lenguas se entrelazaban. Sus manos dejaron de prestar atención a mi pelo y de deslizaron por mi espalda, invitándome a más.

– Tienes una piel especialmente delicada, fina y preciosa. Me encanta el olor de tu cabello y como se te erizan los pezones solo con oír mi voz. – Me dijo en un momento en el que paramos para tomar aire. No pude evitar soltar un gemido ahogado y le empujé sobre el respaldo del sofá, para colocarme a horcajadas sobre él.

Mi vulva se expuso completamente a él arcaizando su erección sobre la ropa. Su boca entreabierta sobre la mía anunciaba el desenlace. Note que le gustaba deleitarse escuchando el compás de mi respiración y dejándome mover libremente sobre él.

No dejaba de rozarme sobre su pantalón. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. Los besos nos fundían y nos calentaban más. Le agarraba del pelo, de los hombros, de los brazos, quería hacerlo mío, liberarme sobre él. Estaba tan excitado como yo, notaba su pene duro como una piedra, apunto de explotar. Y eso fue lo que sucedió, nos corrimos los dos a la vez, sincronizados con los movimientos de mi pelvis.

Cogimos aire para respirar, no era habitual que me corriera en un encuentro al mismo tiempo que mi amante. Aquello fue una explosión de sensaciones. No quería alejarme de su boca, así que le volví a besar, esta vez, fue un beso cariñoso.

– Es mi primera vez a ciegas. – Le dije, y ambos empezamos a reír. Aquello sin duda alguna era el principio de algo.

De Peculiares

Mientras duermes

 

 

 "Y entonces empecé a tocarme lentamente, aguantando la respiración, sin apenas moverme para que ella no se despertase. Levantaba la sábana con cuidado, y podía ver sus piernas desnudas, ¡oh, sus piernas!"

ISILLA LM

Me encanta observarla mientras duerme. Ya es costumbre que se duerma ella antes que yo. Me gusta observar su cara redondita, sus ojos cerrados con esas pestañas tan largas, que te pueden arropar. Su respiración pausada, relajada, tranquila. Parece la niña más buena que he conocido nunca. Y no digo que no lo sea, pero tiene esa mezcla diametralmente opuesta, que la hace tan especial. Despierta es fuego, es pasión, es intensidad. Dormida es quietud, es paz, es un peluche al que dan ganas de abrazar. Despierta es un huracán al que quieres empotrar contra la pared. Dormida me sale la ternura y lo único que quiero es protegerla.

Bueno, lo único no. Porque más de un día y más de dos, me han dado ganas de masturbarme mientras ella yace entre los brazos de Morfeo. Alguna vez se lo dejé caer, en plan enseñándola vídeos de tíos teniendo sexo con tías que parecen dormidas. Es la risa, porque ambos sabemos que es todo mentira, y que nadie duerme en verdad. Pero la idea siempre me ha excitado, y quería saber lo que pensaba al respecto. “Me hace gracia, no sé, pero si me follas a altas horas de la madrugada y en pleno sueño REM, no esperes que mi cuerpo responda acorde al tuyo”. Y nos reímos. Y ahí se quedó.

Pero el otro día, tuve que hacerlo. Estaba seguro que dormía profundamente. Ya me sé sus ritmos respiratorios mientras está soñando. En realidad me sé un montón de cosas sobre ella, porque para qué me voy a engañar, me tiene loco. Así que empecé a fantasear con cosas que me gustan; con imágenes de otras veces que hemos follado; con lugares recónditos de la ciudad donde nos hemos metido mano; con el cine. Ay, el cine. Ya estaba semi empalmado, pero cuando evoqué los recuerdos de un día en el cine, se me puso el rabo más tieso que un pájaro muerto. Vaya comparación, pero en serio más dura que el cerrojo de un penal. Y entonces empecé a tocarme lentamente, aguantando la respiración, sin apenas moverme para que ella no se despertase. Levantaba la sábana con cuidado, y podía ver sus piernas desnudas, ¡oh, sus piernas! Son tan lindas, son las piernas más bonitas que he visto en mi vida. Largas, redondeadas, y tiene la piel tan suave… parece porcelana, parece una nube. Esa piel, en serio, no es ni medio normal. Llevaba solo la ropa interior y como estaba de lado, sus preciosos pechos redondos tenían una posición perfecta. Me aventuré y le rocé con la mano. Me hubiera encantado meter mi cara entre sus tetas y lamérselas hasta el día del juicio final. Pero fui bueno y solo rocé levemente su tersa piel, cebándome un poco más con el precioso canalillo que su busto me ofrecía.

Seguía tocándome la polla a un buen ritmo, bajando mi prepucio muy despacio, observando la cabeza de mi glande, brillante por el líquido que emergía de ella: una gota transparente a modo de lágrima, me recorría el frenillo y se precipitó a mi bajo vientre.

No sabía si me excitaba más: pensar que se podía despertar; darme prisa por si se despertaba y no le hacía gracia la idea de verme pajeándome; o que se despertase y empezase a lamerme la polla con su preciosa boca. Empecé a marcar un ritmo más rápido, no podía contener los gemidos que salían de mi garganta, a la vez la miraba, tan dulce, ajena a lo que estaba sucediendo, y mientras esa vorágine de sensaciones fluía de mí, no hacía más que venirse imágenes a mi cabeza de otras veces que hemos follado.

No duré mucho más. Vale que el tiempo es relativo, pero en serio estaba tan a fuego. Fue de las mejores pajas que me he hecho en mi vida. Empecé a subir y bajar el prepucio a más velocidad, empecé a notar esa mezcla entre calambres y placer que me recorre desde los pies a la cabeza, mi respiración era más agitada y estaba a punto de desbordarme. Entonces paré, porque se movió y me asusté, y pensé que me estaba oyendo o la estaba molestando. Pero cuando cambió su postura me di cuenta que seguía durmiendo profundamente. Dios, así se la habría clavado, profundamente. Bajé el ritmo, porque me iba a correr. Hacía movimientos rítmicos y pausados, de forma lenta, y bajando todo lo que podía la piel de mi pene. Entonces la lefa comenzó a salir a borbotones, como cuando haces bechamel y empieza a cuajar la mezcla. Mi pecho estaba lleno de semen, el cual limpié con la camiseta que me había quitado hacía un rato, y una risa floja me entró de repente. ¡Qué gusto, joder!

Nunca pensé que sería capaz de hacerlo. Siempre fue una fantasía, porque me excitaba mucho la idea de masturbarme con alguien dormido. Pero la realidad superó con creces las expectativas. A los dos minutos dormí como si mi cuerpo acabase de completar una maratón.

Cuando desperté no estaba seguro de si lo había soñado, me costaba recordar si había sido real o no, puesto que me parecía tan alucinante que no podía ser verdad. No dije nada al abrir los ojos, me quedé quieto, evocando de nuevo lo que fuera que hubiese pasado horas antes. Volví a dormir ya que miré el reloj y era pronto. Cuando por fin me levanté para prepararme café, vi una nota en la nevera: “He metido la camiseta que tenías tirada en el suelo, ¿qué cenaste anoche, que estaba tan sucia? Te veo en la comida, buen día BB”.

De Peculiares

¡Penalti!

 

 

 "¡Penalti! El silbato del árbitro le distrajo de su objetivo y sacó la cabeza de mis muslos. Por un momento, me dejó sin aliento. La espera, el anhelo de su lengua era más excitante que el propio acto en sí."

Para nosotros el domingo es sinónimo de descanso absoluto: pijama y película; pero el plan de esa tarde no era uno de mis preferidos, ya que a él le apetecía ver el partido de fútbol. Menos mal que teníamos palomitas y refrescos. Ante la posibilidad de 90 minutos interminables de pases e intentos fallidos de gol, me tumbé en el sofá cómodamente con ganas de jugar más yo que los jugadores. Él me abrazaba por atrás, pasando su mano bajo mi cuello, mientras veíamos la televisión. Me encanta cuando nos tumbamos así, y sé que a él también, porque nos podemos sentir todo el cuerpo.

Dejé que disfrutara del partido, al menos los primeros minutos, pero todo el espectáculo que nos ofrecía el partido, por el momento, eran jugadores corriendo de un lado al otro del campo. Él bostezaba y me hacía bostezar a mí, intentaba enrollar un mechón de mi pelo entre sus dedos, tarareaba una canción... Cualquier cosa para entretenerse. Parecía que la tarde se iba a echar a perder cuando, de repente, él se incorporó para coger el vaso de refresco que le esperaba sobre la mesa. En lugar de llevárselo a los labios, metió la mano dentro y sacó uno de los hielos. Le miré sorprendida preguntándole con la mirada: ¿Qué haces?.

– ¿Quieres divertirte un poco? – Me susurró al oido.

De fondo, el comentarista seguía hablando de balones y jugadas. No pude evitar mostrarle una sonrisa traviesa. Imaginar ese cubito derritiéndose por mi cuerpo provocó palpitaciones en mi entrepierna. Me rozó el cuello con el hielo y mi piel no tardó en erizarse. Acompañó estas caricias congeladas con sus mejores besos, y poco a poco, los pitidos del árbitro procedentes de la televisión se fueron alejando. Me resultaba completamente imposible ser consciente del tiempo, averiguar si eran minutos o horas las que pasaban.

Empezó a pasar el cubito por mis pechos. No hizo falta que llegara a mis pezones con el hielo, ya estaban duros antes de que llegara allí. Y antes de que me diera cuenta, una de sus manos jugaba con la costura de mis bragas, haciéndose hueco entre ellas para jugar con los pelos de mi vulva. No tardó en incorporarse y acomodar su cabeza entre mis piernas, con el hielo aún en la mano, pero justo en el momento en el que iba a rozarme con su lengua… ¡Penalti! El silbato del árbitro le distrajo de su objetivo y sacó la cabeza de mis muslos. Por un momento, me dejó sin aliento. La espera, el anhelo de su lengua era más excitante que el propio acto en sí. No pude evitar llevar mis manos a su cabeza y jugar con su pelo para animarle a que siguiera pendiente de mí y no tanto del partido. Su mirada conectó con la mía y cuando vio mi grado de excitación todo lo demás quedó en un segundo plano.

– ¡Qué le den al partido! – Susurró al tiempo que empezó a acariciarme con el cubito en la entrepierna. La calidez de sus labios no podía hacer mejor contraste con la frialdad del hielo, del que ya quedaba muy poco. Mi cuerpo, cada vez más caliente, había hecho que se derritiera mucho más rápido de lo que me gustaría.

El estadio estaba en silencio esperando que el jugador tirara el penalti. Lo que hacía que en la sala solo se escucharan mis jadeos cada vez más frenéticos, el movimiento de esa lengua endemoniada a la que ahora se habían sumado sus dedos... me estaba llevando justo a donde ambos queríamos. La expectación del propio juego hacía que el momento fuera mucho más excitante. Todos estaban esperando que me corriera.

Entre gemidos, le pedía más. Notaba que estaba llegando. Su roce me hacía chillar tanto que apenas pude escuchar el pitido del árbitro dándole permiso al jugador para tirar. Estaba en lo más alto y rompí mi cuerpo en dos, elevándolo con un jadeo silencioso.

¡Goooool! La grada estaba celebrando mi orgasmo.

Él se anotó un tanto ¿o fui yo al correrme? Esta vez "le voy a dejar ganar", pensé, pero quiero la revancha. Puede que el fútbol no esté tan mal...

De Peculiares

Sexo sangriento

 
 

 

 "Siempre me había preguntado 
cómo sería tener sexo con la regla"

Desde el momento en el que nos empezamos a besar en al esquina más oscura de ese antro, me entraron ganas de hacerlo. No pude evitar que las bragas se me mojaran al primer contacto de su lengua caliente y húmeda. En estos días del mes, estoy tan cachonda… “Vamos a mi casa”, le dije.

El tono de urgencia tenía que ser muy evidente porque al instante asintió y cogió nuestros abrigos. Nunca me habría imaginado que el camino a mi casa pudiera ser tan excitante. Cada esquina se convirtió en el refugio de una caricia disimulada bajo la ropa y cada semáforo, en la excusa perfecta para un beso más caliente.

Antes de que me pudiera dar cuenta, me había empujado contra la pared de la entrada de mi casa mientras me lamía el cuello. Con una mano me sujetaba el pelo, mientras que con la otra me acariciaba por dentro de la camiseta. 

Cuando tengo la menstruación, mis pezones están aún más sensibles y un solo roce hace que me entren ganas de mucho más. Con la regla me excito más rápido.

Sus dedos empezaron a recorrer la redondez de mis pechos y acariciaron mi tripa. Iban a entrar dentro de mis pantalones, cuando les interrumpí: “Tengo la regla”. Su mano se detuvo a la entrada de mis bragas y pareció dudar antes de decir: “No va a impedir que nos lo pasemos bien, si tú quieres”.

Con esas palabras, me mojé un poco más. Vía libre. Siempre me había preguntado cómo sería tener sexo con la regla. Le empujé sobre mi cama y me fui desnudando poco a poco. Él no podía apartar la mirada de mí, lo que me hizo sentir aún más sexy. No podía parar de tocarme mi propio cuerpo y cada caricia me calentaba aún más.

Su respiración se aceleraba al ritmo al que yo me desabrochaba la camisa. Y antes de que me empezara a quitar el sujetador, él ya se estaba masturbando sin quitarme ojo. Nunca jamás podré olvidar esos besos.

Por la menstruación, me quedé en bragas. Pero en cuanto me acerqué a él, me las quitó con fuerza. “Quiero besarte”, me susurró mientras mordía mi cuerpo camino de mis piernas. Creo que no se refería a mis labios…

Entre la sangre y lo excitaba que estaba, mi entrepierna era pura humedad. En ese instante, lo que menos me importaba era manchar las sábanas; yo solo tenía un orgasmo en la cabeza. El morbo de tener sexo con la regla hizo que la excitación fuera más fuerte que cualquier pudor, y su cabeza desapareció bajo mi tripa.

Nunca jamás podré olvidar los besos que me dio en el clítoris. Aún me sirven de inspiración cuando quiero ponerme a tono.

Esos pellizcos en los pezones consiguieron llevarme a lo más alto y, de repente, me dejé caer. Solo utilizando la lengua y los dedos, consiguió que algo dentro de mi explotara una y otra vez. Una sacudida brusca y dulce al mismo tiempo; cálida y placentera.

Nunca antes había tenido tantas sensaciones al correrme. Ahora puedo decir, que el sexo con la regla me dio mi mejor orgasmo.

De Peculiares

Mírame a los ojos

 
 

 

 

 "Hacía dos años del accidente que había dejado a Mateo en silla de ruedas, y su vida sexual dio un giro absoluto. Mentirían si dijeran que no fue duro. Aquello estuvo a punto de acabar con su relación."

LAURA MARCILLA

 

 

 

Relato ganador del Concurso de Relatos "Eroticopao", organizado por el Colegio Oficial de Psicólogos de Andalucía Occidental.

No le había dicho nada a su pareja. Casi se sentía como si le estuviera engañando. Estuvo excitada todo el día, sin poder concentrarse en el trabajo, recreando en su mente lo que tenía planeado para aquella noche. Su mente vagaba entre lencerías de encaje, velas, música suave...

Al llegar a casa dedicó más de una hora a mimarse y acicalarse, a prepararse para una noche especial. Se dejó embriagar por la espuma y las sales de baño. Untó todo su cuerpo en crema al salir de la bañera. Se roció con un perfume nuevo que había comprado para la ocasión. Se maquilló los labios con carmín y enmarcó sus ojos en unas enormes pestañas. Eligió un disco de jazz y abrió una botella de tinto. Las medias con liguero y el batín de seda eran los únicos que cubrían su cuerpo. Estaba tan ansiosa que no parecía ser consciente del frío, e ignoraba incluso las señales de sus pezones que despuntaban descarados bajo la tela.

El corazón le dio un vuelco cuando escuchó la llave en la cerradura.

Su novio entró en la habitación con una expresión de desconcierto.

– ¿Y todo esto? – preguntó frunciendo el ceño – No me habías dicho que fueras a organizar una cita hoy.

– Porque esta es una cita diferente – le respondió arrodillándose ante su silla de ruedas –. Hoy vamos a ser solo tú y yo.

*

Hacía dos años del accidente que había dejado a Mateo en silla de ruedas, y su vida sexual dio un giro absoluto. Mentirían si dijeran que no fue duro. Aquello estuvo a punto de acabar con su relación. Pero como todas las crisis, también les abrió nuevas posibilidades que ellos supieron aprovechar.

Mateo siempre había sido dominante en la cama. Le gustaba darle órdenes, y a ella le gustaba fingir que las obedecía a regañadientes.

A raíz de la nueva situación de Mateo, decidieron dar el paso y probar algo que había salido en muchas conversaciones sin llegar a materializarse. Julia empezó a acostarse con otras personas ante la atenta mirada de su novio.

Mateo no se limitaba a ser un observador impasible. Él era el director de orquesta. A menudo ni siquiera tocaba a Julia en todo el encuentro, pero los dos, y el invitado de esa noche, sabían perfectamente quién estaba al mando.

– Métete su polla en la boca, pero no dejes de mirarme a mí – solía decir al principio.

– No se te ocurra gemir, no tienes permitido hacer ningún ruido.

– Ponla contra la pared, y azótala con esto – ordenaba a veces quitándose su propio cinturón.

Y sobre todo: “Mírame”. “Mírame a los ojos”. Este mandamiento se repetía en todos los encuentros en el momento del orgasmo. Cuando Julia se corría siempre eran los ojos de Mateo su última visión antes de dejarse ir, para que no olvidase que, fuera de quien fuera el cuerpo que tenía entre las piernas, el placer lo obtenía gracias a él.

Era un juego divertido que les unía profundamente. Hacía sentir a Mateo poderoso. Hacía sentir a Julia una maravillosa pérdida de control al dejar sus actos en manos de otra persona.

Tras los primeros encuentros, tras haber perdido el miedo a que Mateo se viniera abajo, se atrevió a preguntarle:

– ¿Qué te excita a ti de todo esto?

– El poder es el más potente de los afrodisíacos – le dijo -. Y no hay mayor poder que entregarte a otra persona y saber que, en esos momentos, me perteneces por completo. Me perteneces más que nunca.

*

No obstante, en los últimos meses Julia había echado de menos el tacto de las manos de Mateo. Cada vez se animaba a incorporarse a la escena con menos frecuencia. A menudo la observaba desde un rincón en la penumbra, y solo se acercaba para sostenerle la mirada en los segundos antes de la explosión del clímax. Como un artista que observa desde cerca el resultado de su obra.

Las sesiones de sexo eran exquisitas. El placer se desbordaba por todos los sentidos. Pero Julia quería algo más que placer. Quería recuperar la intimidad con la persona que le proporcionaba los orgasmos más vibrantes sin siquiera tocarla.

Por eso, esta noche, sería ella quien llevase la batuta.

Mateo se mostró inseguro al principio. Le invadieron unos nervios que no recordaba haber tenido en mucho tiempo. Ambos se sentían un poco novatos, un poco perdidos, un poco adolescentes. Ella tenía ganas de experimentar, él estaba preocupado por no poder dejarse llevar.

Le condujo de la mano hasta el dormitorio, y le ayudó a sentarse en la cama con la espalda apoyada en la pared.

Horas después, ninguno de los dos sabría decir exactamente todo lo que había pasado. Tendidos en sudor jadeaban con una sonrisa en la cara, mientras intentaban recuperar el aliento.

Los recuerdos de Julia saltaban de escena en escena al azar: ella bailando mientras él la observaba por encima del borde de la copa de vino. Sintiéndose deseada y deseante, libre para improvisar los siguientes movimientos.

Habían rodado por la cama, empapados en aceite de masajes y vino derramado sobre los pechos de ella.

Habían lamido cada centímetro de sus cuerpos, aunque no se negaron el capricho de dedicar más tiempo a determinadas zonas: a los pechos, al cuello, al torso, incluso a los dedos de los pies. Los dientes de Mateo marcaron las nalgas de Julia, y Julia hizo lo propio con sus uñas en la espalda de Mateo.

También había estado de pie sobre la cama, con una pierna a cada lado del cuerpo de Mateo, empujando su cabeza con furia contra su clítoris, y acariciándole el pelo.

Y tiempo después (podrían haber sido horas o quizá solo minutos), cuando la mano derecha de Mateo empezó a provocar temblores de éxtasis, mientras la izquierda le pellizcaba un pezón, Julia le sostuvo la cara entre las manos y esta vez fue ella quien ordenó con voz firme.

– Mírame. Mírame a los ojos.

De Peculiares

La trampa

 
 

 

 "Conectar de nuevo con dónde
estamos me hace pensar en quiénes
más estuvieron en esta cama hoy."

Me encanta esto. No está bien, no puedo confesárselo a nadie. Me cuesta incluso aceptarlo, pero qué bien se siente una con la venganza.

– Sí, sigue haciendo eso – pienso. No lo digo, pero exagero un gemido para que te des cuenta de que me gusta y sigas. A cada gemido crece tu polla dentro de mí, puedo notarlo a pesar de la humedad.

Me encanta esto. No es la polla más grande que haya tenido dentro en mi vida. Ni siquiera es la más grande que tuve dentro hoy.

Pero no puedo evitar sentir placer con esta situación que roza con el morbo y está a punto de volverse aún peor. Me muevo un poco, llevo mi mano para acariciarme y aprovecho para acariciar la base de tu empalmado mástil. Puedo sentir que te gusta.

Me arqueo dándote a entender que no pares de hacer exactamente eso. Giro mi cara hacia la derecha para darte más espacio indicándote que beses mi cuello. Quiero ofrecerte ese flanco y sentir tu lengua ahí, justo ahí.

No logro apartar mi mirada de la TV apagada del hotel. Conectar de nuevo con dónde estamos me hace pensar en quiénes más estuvieron en esta cama hoy. Mis pensamientos vuelan, van y vienen.

¿Cuántos orgasmos, cuántas felaciones, cuantas penetraciones ocurrieron en el mismo lugar donde tengo apoyada mi cabeza? Necesito pensar en la cantidad, es lo que me excita en este momento.

Mientras tanto tu sigues encima de mí, no te apures, folláme despacio y sigue besándome. Pasea tu lengua por mi hombro mientras me estremezco en escalofríos. Se que te gusta mi tatuaje, entreténte un rato ahí mientras pienso en números.

¿Cuántos más estuvieron en tu lugar? Cuantos besaron mi hombro y mi tatuaje mientras me penetraban despacio. Imposible sacar la cuenta ahora, demasiado excitada por lo que está por pasar. Como una araña, con paciencia, voy tejiendo mi trampa.

Estás cayendo y voy a explotar de placer cuando lo hagas. No sé cuántos más pero al menos uno más hoy. Otra polla en mi interior, otra boca en mi hombro dibujando mi tatuaje, otra lengua en mi boca.

Si supieras porque te estoy manipulando pensarías que soy una puta, pero yo quiero pensar que ahora mismo soy más bien una hija de puta cumpliendo su venganza. Mmmm, sí, sigue así, dándome todo tu ser y lamiéndome, ya falta poco.
Te lo mereces, por mentiroso.

Te mereces mi trampa y voy a acabar cuando pueda saborear mi venganza. No pares, sigue.. te lo digo ahora en un susurro. No pares, sigue. Quiero más. Te lo mereces por mentiroso y muchas otras cosas más que mi trampa. Ya estoy en el clímax, es el momento. Sigue follándome, entierra tu polla en el mismo lugar donde hace un rato entró otra.

Si, ya es hora, quiero terminar en un orgasmo fabuloso. Es el momento. Entierra tu boca en mi pecho. Recorre mis erectos pezones. Fuerte, muerde y saborea bien. Mmm sí… Siento llegar el orgasmo más maravilloso en mi entrañas, mezcla de placer y venganza.

Soy vengativa y hoy seré una hija de puta, pero no recuerdo haber tenido semejante orgasmo como este. Puedo ver y sentir como tu lengua recoge de mis tetas el semen que dejaste allí hace un rato y que deliberadamente olvidé quitar…

Espero a que me limpies y te miro a los ojos esperando que conectes con los míos. Con una mirada segura te digo: Por cierto, ¡hemos terminado!

De Peculiares

Te declaro culpable

 "Totalmente ofrecida a ti, te dispones
a acoplarte sigilosamente a mi cuerpo.
Me embistes sacudiéndome de arriba
a abajo con mi estrepitoso gemido,
rompiendo el silencio de la noche.
"

Te declaro culpable de mis desvelos.

Te despiertas en medio de la noche sofocado por el calor y tu cuerpo me busca insolentemente. Un solo roce, una caricia, hace que en sueños yo me deje llevar. Soy tu alivio obsceno y tu cuerpo en conexión perpetua con el mío sabe cómo se puede calmar. Nos invade la oscuridad, solo la triste penumbra de las farolas de la calle entrando a fisgonear por las rendijas de la persiana iluminan con su tenue luz el cuarto. Apenas te puedo ver, pero si siento tu cuerpo cerca de mí y el rastro de tu calor sobre las sábanas. Tú respiración en mi nuca eriza mi piel aún dormida.

Te declaro culpable de mis desvelos, porque tú no me follas... ¡no! Tú haces de mi piel un homenaje. Me veneras como a una diosa para depositar tu tributo líquido en mi interior. Rabiosamente tuya intento no despertar, pero sabes que mi cuerpo te pertenece y acabaré por dejarme llevar. Encadenando mi sexo al tuyo por la eternidad.

Totalmente ofrecida a ti, te dispones a acoplarte sigilosamente a mi cuerpo. Me embistes sacudiéndome de arriba a abajo con mi estrepitoso gemido, rompiendo el silencio de la noche. Me encierras en tu burbuja particular en la que solo existimos tu y yo y nada más. Las cuatro paredes que nos envuelven son nuestro altar y tú estás dispuesto a rendirme verdadero culto.

Tus manos me recorren sin cesar, me pellizcas las nalgas con tus fuertes manos y me besas mientras tu polla palpita en mi interior. Acaricias mi piel que te pertenece. Adoro cada instante de tus desvelos y tu intento por sofocarlos en mi interior. Mi vida, nadie más me sabe follar así.

Sabes de sobra lo que me gusta, como si estuvieras conectado a mi mente. Desde siempre lo has sabido, desde hace mucho tiempo ya. Quizás en otra vida ya me adorabas nocturnamente sin cesar. Tus caderas se mueven en un ritmo tribal mientras yo muerdo la almohada para así mis gemidos aplacar. Tus dedos insolentes buscan mi boca. Los chupo y les ofrezco mi húmeda y caliente saliva. Te desplomas sobre mí desfalleciendo con un grito susurrado a mi oído, abrazando el temblor de mi cuerpo, te acomodas para de nuevo descansar. Acunándome como a una niña, encendiéndome como a una mujer.

Parece que toda tu energía desaparece con el placer. Te vacías por completo en mi interior. Mi coño rebosa en un reguero líquido y pegajoso que se escurre entre mis piernas. Descansas exhausto mientras tu respiración se vuelve a relajar. Mis pupilas se abren de par en par. Tu tributo me ha llenado de viva energía y mi cabeza comienza a despertar. Ardo cómo el ave fénix y quiero echar a volar. Pero tu cuerpo aplastando el mío lo retiene inmovilizado de manera que me recuerda que soy inmensamente tuya.

Te pertenezco. Mi cuerpo, mi alma, mi sed te pertenece. Por ello te declaro culpable de causar mis desvelos y me declaro cómplice absoluta por dejarme llevar a tu infierno de lujuria.

De Peculiares

Mi verdadero despertar sexual

 

 

 

 
 "Me ha costado muchos años comprender que
no soy rara, que no soy mala. Que soy
inmensamente especial en todas y
cada una de mis facetas."

 

¿Por qué en el sexo no era igual?

Sensitiva, complaciente y hermosamente lasciva. Durante años experimenté en diferentes y anodinos cuerpos. Buscaba sensitiva información tapando vacíos emocionales. A veces con orgasmos fingidos, con rabia, sedienta de desnudez. Ávida de encontrar esa sensación de verdadero placer.

Quería agradar. Excitar y aprender a marchas forzadas. Pero, no llegaba a nada, me sentía vacía y a la vez maniatada por no poder expresar todo lo que sabía en mi interior se escondía. Esperando a salir como una oruga que se mantiene a salvo en su capullo, esperando el momento perfecto para desplegar sus hermosas alas.

Quería expresarme mediante el tacto, los besos y el sexo. Llegue a pensar que no estaba actuando bien y que ese no era mi lugar. No sabía bien donde me quería ubicar. Por aquel entonces, abandonaba camas y cuerpos de madrugada para resguardarme sola en mis pensamientos. Llegué a pensar que yo no era la adecuada, que no debía sentir así, sentía que no debía liberar a mis propios prejuicios impuestos.

Mi mente mantenía a ralla todo intento de fuga de mi verdadera libertad, soterraba toda expresión corporal después de cada encuentro sexual con extraños porque sabía no eran los idóneos para tal demostración. Dejando a amantes abandonados al azar.

En aquella época no sabía aún que lo que estaba haciendo era sujetar y mantener bajo control a aquella diosa empoderada que habitaba dentro de mí. Tan ninfa, tan salvaje. Así mágica, táctil, cariñosa y ardiente. Dentro de mí se escondía esa verdadera YO. Pero, no estaba dispuesta a dejarla salir tan fácilmente.

El paso de los años y el recorrido de otros cuerpos me enseño a ser paciente, a respetarme y sobretodo a amarme por encima de todo. Ser alguien con esa capacidad especial de amar no es fácil y acabas siendo un blanco para los que no son cómo tú y te utilizan en su propio beneficio. Así que aprendes a follar como mero entretenimiento. Sin objetivo.

Finalmente harta de experiencias vacías y sin sabor a piel, volví a permanecer dormida en estado de coma. A la espera por mucho tiempo de que algo removiera mis entrañas. Alguien así tan puramente sensitiva como yo, acaba por amar con las vísceras. Así que me mantuve a la espera. Alguien me despertaría de mi propio letargo impuesto para no sentir... ni con mi cuerpo, ni con mi corazón.

 
 
 "Ser alguien con esa capacidad especial de amar no es fácil y acabas siendo un blanco fácil para los que no son cómo tú y te utilizan en su propio beneficio. Así que aprendes a follar como mero entretenimiento. Sin objetivo."

 

Y sin más, con el pasar de los meses en el calendario, escondida en mi propio armario personal... apareció él. Con aquella mirada transparente de color verde mar.  Sus grandes manos se deslizaban sobre el volante de su coche, mientras yo observaba atentamente e imaginaba cómo se deslizarían sobre mi piel desnuda. Necesitaba sacar a pasear a mi ninfa dormida. Necesitaba follar, acariciar, sentir y gozar de nuevo.

Me sentí como en casa a su lado, desde la primera cita. En lo más profundo de mi interior sentía miedo de volar. De nuevo sentir atracción física, química y visceral removía mi interior haciendo que debatiera con mi YO interior. No poder sacar a pasear al demonio que habita en mí me consumía internamente.

Mi batalla interior era devastadora. Sabía bien lo que se escondía tras esa coraza que me había impuesto a base de desilusiones y cuerpos vacíos usados. Pero, su olor me enloquecía. Era penetrante y estremecedor. Su sola presencia a pocos metros de mí erizaba mi piel y me recordaba lo terrenal de mi cuerpo cansado de esperar.

Sus labios se posaron sobre los míos afianzando un beso. Con solo ese pequeño y a la vez tan grande gesto supe estaba ante mí un empotrador nato. Su manera de sujetar mi cara con ambas manos, la respiración entre cortada y el calor que emanaban sus gruesos labios me hicieron volar.

Quería probar más. Aquello me supo a poco. Quería saber que otro As en la manga escondía aquel hombre que desde un principio me pareció anodino. Su sola presencia me suscitaba querer indagar mas en él y su manera de follar.

Fue atracción sexual al primer roce. Esas cosas ocurren pocas veces, o al menos a mí no me había sucedido muy a menudo a lo largo de mis años de experiencias sexuales. Aquella primera cita no fue a más. Se comportó como un verdadero caballero y debo reconocer que aquello me desconcertó e incluso llegó a molestarme mas de lo previsto. ¿Acaso no me encontraba atractiva?

Pasaron algunos días antes de nuestro primer verdadero encuentro. También sus noches y la búsqueda de mi propio placer. Me llegué a masturbar varias veces para aplacar aquella ansiedad. Desgasté mis dedos dentro de mi vagina imaginando como sería aquel hombre en la cama.

Me perturbaba el hecho de que mis expectativas no fueran cumplidas después de todo. Y llego aquel gran día. El teléfono sonó y me puse muy nerviosa.

– ¿Que tal preciosa? Tu y yo tenemos algo pendiente...

 
 
 "Se comportó como un verdadero caballero y debo reconocer que aquello me desconcertó e incluso llegó a molestarme mas de lo previsto. ¿Acaso no me encontraba atractiva?"

 

Aquellas palabra erizaron toda mi piel. Era insano, destructivo e irracional. Le deseaba como un animal. Mi hambre se comportaba primitiva, insaciable, voraz. Mis pensamientos no se detenían. No podía parar. Sólo deseaba follar, follar, FOLLAR. Quería sentirle horadando mis entrañas, invadiéndome hasta el centro del pecho, quemando con su lava hasta prenderme como el fuego. Todo eso y mucho más.

Fue vernos y nuestras bocas se buscaron, mi lengua se enredó a la suya como una serpiente. Besé su cuerpo, bajando por su pecho, recorriendo con deleite aquel cuerpo. Podía oler el miedo que sentía ante mí, quería aplacar a mi bestia interna. Pero yo no estaba dispuesta a detenerme por nada.

Abrí mis fauces para engullir su polla hasta la garganta. Mis labios lo apresaron mientras me alimente de ella hasta la última gota. Sentía hambre de sexo irracional, voraz. No podía parar. Ni quería. Estaba totalmente desbocada como un potro salvaje.

Su jadeante respiración dio paso a mi turno mientras un espejo era testigo en aquel pequeño almacén olvidado. Chupo mi vulva, mordisqueando los pliegues, lamiendo despacio, cada recoveco. Saboreando detenidamente mi sal.

– Para o llegaré. – Gemí sin convicción.

Se aferro a mis caderas, engulló mi sexo y, con un gemido agónico, me corrí. Giró mi cuerpo de modo nuestro reflejo fuera más claro en el espejo. Mientras sujetaba mi cuello con una mano y deslizaba sus largos dedos por mi boca. Con la otra introducía sus dedos abriéndose paso en mi húmedo sexo.

Su miembro se aferró a mí sin previo aviso. Agarrando mis glúteos, separando mis piernas. Su sexo era duro y sus embestidas también. Hacía tiempo no sentía vibrar a mi cuerpo así. Los espasmos nos sacudieron a ambos mientras él gemía agónicamente en mi oído y yo estallaba en un sonoro orgasmo.

­– Tengo más hambre de ti, quiero conocerte más. Quiero pasear contigo. – Me dijo mientras nos vestimos agarrando fuertemente mi mano para no dejarme marchar.

Mi mirada desconcertada  me delató, pero aquella vez, mi cuerpo no salió corriendo como las otras veces. Él no iba a ser otro amante abandonado. Necesitaba curasen mis heridas, que me arropasen. Y su mirada felina me ofrecía amor y confianza.

Aquella iba a ser una de tantas miles de veces en las que nuestros cuerpos y almas se fusionarían. Aquel encuentro fugaz  fue todo un acierto y comencé a comprender propio mi deseo. Desde entonces aprendí a vivir mi sexualidad sin reparos. Ahora él sigue esperando cada noche un solo roce para volvernos a enredar, y yo me dejo llevar por su excitante magia que nunca se apaga.

De Peculiares

El espejo del baño

relato erótico, masturbación femenina
 
 
 "Lentamente, me la metí en la boca, disfrutando
de cada dedo, uno a uno, mientras mi reflejo
era consciente de mis hazañas"

 

MELANIE QUINTANA MOLERO

 

El espejo lo acababan de limpiar. Ese espejo que sirve para verme de cuerpo entero cada mañana y que cuelga al lado de la puerta del baño. Ese espejo con su marco blanco y su largo cristal. Ningún dedo sobre él.

Silencio. No era capaz de escuchar nada. Mis compañeras de piso dormían. ¿Cuánto hacía que había entrado? Estaba allí, mirándome, atentamente. Perdí la noción del tiempo. Estaba sola en el baño. Compartir piso con María y Ana no me dejaba mucho tiempo para mí. Para estar sola. Pero aquella mañana ambas estaban en sus camas tras haber salido de fiesta. Verme sola en el baño, ese baño sin cerradura, hizo que mi mente jugara a pensar “y si… ¿es aquí y ahora?”. Ese fugaz pensamiento provocó una reacción inmediata sobre mi cuerpo, como si le estuvieran hablando directamente a mi clítoris. Ese instante de intimidad hizo que mi yo lujurioso cobrara vida. Quería tocarme.

Fijé la vista sobre el espejo, aquel espejo que me miraba reflejando mi propio deseo. Noté como mis pupilas se dilataban y no pude evitar morderme ferozmente el labio inferior, dejando una marca blanca tras mis dientes. Al humedecer mis labios, las manos no tardaron en reaccionar. Fueron directas hacia mis bragas, impacientes. Una pequeña costura sobresalía sobre mi falda gris. La agarré con ambas manos y tiré de ella con fuerza, hacia arriba, apretándolas sobre mi vulva con violencia y haciendo que mi entrepierna respondiese al instante. La cabeza reaccionó junto a mi espalda, arqueándose hacia atrás para absorber aquel placer feroz que yo misma me estaba provocando.

Volví a conectar con el espejo y me dí cuenta de que mis pechos pedían a gritos ser liberados. Me levanté la camiseta, esa que me había acompañado toda la noche de fiesta y que ahora estaba sudada, mojada. Suavemente pero con seguridad, levanté la camiseta blanca dejando que acariciara mi cuerpo a su paso, rozándola sobre mis pechos desnudos, dejando que éstos se movieran de arriba a abajo cuando perdieron el contacto con la camiseta. Mis tersos y suaves pechos.

 

 
 
 "Instintivamente, como si el reflejo de mi excitación me controlara, puse la mano plenamente abierta, sudada y caliente sobre el cristal frío. Una aureola de calor rodeó mi mano y calentó el espejo en menos de un segundo. Y me quedé ahí durante un instante, siendo consciente de mi calor"

 

 

Duros, deseantes. Verme tan excitada frente al espejo le dio licencias a mi cabeza para volverme a hablar: “Es aquí, es ahora”. Lentamente, bajé las manos hasta llegar a la falda gris, introduje ambas manos bajo ella y retiré las bragas a trompicones. Mis dedos eran torpes. Aún notaba los efectos del alcohol. Empujé las bragas. Cayeron sobre el suelo y con un movimiento casi ensayado saque mis pies de ellas, lanzándolas hacia un lado.

Una vez más volví a conectar con mi reflejo. Aquel espejo tan limpio, tan brillante. Aquel espejo pedía a gritos que le tocaran. Instintivamente, como si el reflejo de mi excitación me controlara, puse la mano plenamente abierta, sudada y caliente sobre el cristal frío. Una aureola de calor rodeó mi mano y calentó el espejo en menos de un segundo. Y me quedé ahí durante un instante, siendo consciente de mi calor.

Mi otra mano iba por libre. Salvaje. Viajaba sobre la cara, el pelo, mis ojos, mi cuello. Deteniéndose en los contornos de mi suave piel. Mi boca respondía ante tal excitación abriéndose de par en par. Me costaba respirar con facilidad. Necesitaba abrir más las piernas, cada vez más. Con cada movimiento notaba como mi vulva se liberaba y dejaba que la acariciase el aire frío que subía bajo la falda gris. Mis pechos descubiertos pedían a gritos más caricias. Pero no quería ser dulce, quería ser salvaje, así que no tuve compasión con ellos. Los agarré firmemente, con fuerza. Tenía la necesidad de arañármelos, de apretarlos fuerte.

Deje los pezones para el final. Apreté mis dedos alrededor de ellos y tiré con fuerza. Se pusieron más duros, más firmes. Hice círculos sobre ellos. Primero el izquierdo. Luego el derecho. Tiraba y apretaba hasta que la sensibilidad del roce era casi insoportable. ¡Cómo me excitaba ver mi reflejo en el espejo! Aquella mujer que ferozmente se daba placer, cómplice, retándome a tocarme más.

Obedecí a mis deseos y bajé la mano por el ombligo, despacio, reconociendo cada parte de mi piel. Acaricié las costuras de la falda sobre mi cintura y metí los dedos bajo ella para seguir con mi viaje. Me molestaba, no me dejaba avanzar. Quería ver todo mi cuerpo y la falda me lo impedía. Torpemente, una vez más, tiré intentando desprenderme de ella. Según iba bajando rozaba mi culo con brusquedad. La goma dura que evitaba que se cayera era demasiado estrecha para quitármela por abajo y eso hizo que dejara un rastro de arañazos sobre mi piel. Me ardía cada milímetro que la falda había rozado, pero aquel dolor se volvió de lo más placentero. Quería más y esa necesidad fue directamente absorbida por mi clítoris. Deseante. Quien pedía a gritos mis manos.

Volví a mi ombligo y retomé aquello que había dejado a medias. Qué maravilloso era verme desnuda. Mis manos no tardaron en buscar mi vulva. Dejé que mi palma la cubriera y guardara el calor que ambas emanaban. Los dedos no podían esperar. Uno tras otro, todos querían tocar. Acaricié todo mi clítoris, suavemente, de arriba abajo, y lo que empezó siendo una caricia terminó siendo algo brusco y violento. Los dedos me tocaban de maneras que solo yo sabía que me daban placer. Sabían dónde tocar, provocando que mi cuerpo se arquease. Solo con la sujeción de mi mano izquierda sobre el espejo no me valía. Me temblaban las piernas del placer. Quería más.

Acariciaba mi vello, luego mis labios, la vulva, el clítoris, en círculos, en movimientos lentos y salvajes. ¡Dios! aquellos pechos turgentes. Volví a tocarlos. Estaban tan duros. Tan firmes. Abrí la boca y dejé que toda mi mano entrara en ella, empapándose de mi saliva, humedeciéndola. Quería mojarme, así que la llevé directamente hacia el clítoris.

 

 
 
 "Cada vez estaba más mojada. “Vamos, regálame este orgasmo”. Mis propias órdenes resonaban firmes. Tenía que obedecer. Mi mano seguía instintivamente el movimiento una y otra vez. Cada embestida era más poderosa, cada caricia más lujuriosa"

 

 

Me excitaba tanto escucharme en mi cabeza. Darles palabras a mis deseos. “Tócate el coño guarra, vamos sé que quieres tocarte el coño, córrete para mí, vuélvete atocar y córrete para mí puta”. Y como si fuera esclava de mis pensamientos, obedecí todas mis órdenes. Me tocaba de forma brusca, desesperada, anhelante.

Respiraba con irregularidad, estaba dejando un rastro de vao a mi alrededor. Estaba húmeda, muy húmeda. Completamente mojada. Introduje mis dedos acariciando aquella humedad y lo añadí al movimiento. Vello, labios, vulva, clítoris, vagina, dedos. “Córrete perra, vamos córrete para mí”. Una y otra vez. Aquellos movimientos me estaban destrozando, llevándome al límite. Me temblaba el cuerpo con cada embestida. Quería más, otra vez, una vez más. Vello, labios, vulva, clítoris, vagina, dedos y vuelta a empezar.

Cada vez estaba más mojada. “Vamos, regálame este orgasmo”. Mis propias órdenes resonaban firmes. Tenía que obedecer. Mi mano seguía instintivamente el movimiento una y otra vez. Cada embestida era más poderosa, cada caricia más lujuriosa. Notaba cómo mi corazón latía cada vez con más brusquedad. Y una vez más repetía el movimiento. Rápido, brusco, violento y vuelta a empezar. Hasta que no pude controlarlo y dejé que el orgasmo me poseyera.

Ese instante recorrió mi cuerpo de arriba a abajo. Esa sensación que me obligó a cerrar los ojos e hizo que encogiera los dedos de los pies, ese momento en el que me faltaban las fuerzas y me costaba respirar. Esa sensación. Ese instante en el que escuchaba mi corazón retumbar tan fuerte contra mi pecho que parecía que estuviera hablando. En esos segundos la piel se me erizó. Se paró el tiempo. Ese instante.

Abrí los ojos bruscamente para mirar mi reflejo. Aquel que había sido testigo de mis deseos. Y allí estaba yo, aún con la mano sobre mi vulva, intentando atrapar esa sensación. Poco a poco recobré las fuerzas. Junté las piernas con intención de recobrar el equilibrio y me miré la mano. La mano que me había hecho sentir aquel orgasmo. Aquella que estaba cubierta de mi humedad, de mí. La mire por ambos lados y sentí la necesidad de probarme, quería saber a qué sabia mi orgasmo. Lentamente, me la metí en la boca, disfrutando de cada dedo, uno a uno, mientras mi reflejo era consciente de mis hazañas. Sabía a excitación, a mi vagina, a mí. Me encantaba. Era como chupar mi propia esencia.

Recordé que mi mano izquierda aún se apoyaba sobre el cristal y, tras mirarla con detenimiento decidí retirarla. Al hacerlo me quede más alejada del espejo y eso me permitió observarme mejor. Mi cuerpo desnudo, excitado, complacido. Me acaricié suavemente. Amaba mi cuerpo y todo el placer que me daba. Y luego miré al espejo que acababan de limpiar. Ese espejo que sirve para verme de cuerpo entero cada mañana y que cuelga al lado de la puerta del baño. Ese espejo con su marco blanco y su largo cristal. El espejo que ahora tenía mi mano sobre él.