¿Y tú quién te crees para desearme?

Mi cabeza casi siempre (siempre es demasiado tiempo) es una bomba de relojería. Pienso todo el rato, las ideas vienen y van y últimamente una de los pensamientos lo está ocupando el deseo. ¿Qué nos está pasando a las mujeres, sobre todo, con el tema de que nos deseen? Percibo rechazo al hecho de que los hombres nos deseen. Nos hace sentir objetos, cosas, nos sentimos hasta violadas, intimidadas.

Las ideas siguen bailando dentro de mí y llego a la conclusión de que no es que nos deseen, sino cómo muestran su deseo. Y digo; “vale, según cómo me miran me mola más o me da puto asco”. Y es tal cual, enseguida lo sientes en el cuerpo, reacciona ante las miradas ajenas. Algunas muestras te pueden hacer sonreír y otras hacerte huir. Pero, ¿sabéis qué?, que cada vez veo a menos mujeres sonreír y no sé si es porque no encontramos miradas deseantes que nos gusten o porque las rechazamos todas.

El cómo importa, es evidente, pero no me parece suficiente como respuesta y sigo indagando. El dónde y el cuándo también son relevantes ¿verdad? No es igual sentir que te desean en tu puesto de trabajo que en tu casita, no es lo mismo cuando estás de fiesta a cuando estás paseando para respirar después de un día jodido. No es lo mismo, porque nosotras no siempre estamos igual ni queremos siempre lo mismo. Por tanto, llego a la conclusión de que la reacción que siento cada vez que me encuentro en esta tesitura, mi estado cuenta y mucho, porque reconozco que  no todos los días, ni yo, somos iguales.

Tengo la impresión de que ésta última conclusión muchas veces no se toma en cuenta. Intentamos regularizar lo de afuera y estamos haciendo poco caso o ninguno a lo de dentro, aunque me consta que muchas estamos terapeutizadas a muerte. También opino que nuestra reacción depende muchiiiisimo de quién nos desea. Si me muestra deseo quien yo deseo, de lujo, encantada de la vida, pero al contrario si me encuentro con alguien que aborrezco y muestra signos de deseo, le llamo puto baboso. Porque siento el asco en mi cuerpo, claro está, pero no me impide reflexionar sobre ello. Me doy cuenta de que dentro de mis esquemas mentales hay mujeres y hombres que deseo y, por tanto, me encanta que me deseen, y tengo a otra peña que no entra dentro de mis parámetros. Esos parámetros no siempre son compartidos con la normalidad heteropatriarcal, pero tengo unos parámetros, me guste o no. Reconocerlo es bien.

Sigo sumergiéndome y cuestionando mis reacciones y mis exigencias para con lxs demás. ¿Acaso mis no deseadxs no tienen derecho de desearme? ¿Desear es un derecho? Nosotras como nadie, sabemos lo que es vivir la represión del deseo. Nos podían desear, los hombres, pero parecía que no teníamos ni la capacidad de desear. Las mujeres no podían ni debían, y todavía muchas veces parece que tampoco, desear. Éramos sólo deseables pero no deseantes. Qué putada. Pero no porque que te deseen sea una putada, sino porque nos negaban la posibilidad de desear, de elegir, de tomar la iniciativa, a mostraros cachondas y seductoras. Ahora parece que lo que buscamos es la categoría de deseante y aborrecemos a la deseable. Porque creemos que el ser deseante conlleva intrinsicamente más poder. ¿Creéis que es así? ¿Ser deseable es una actitud pasiva? ¿a todas nos tiene que poner cachondas la misma manera y la misma gente? ¿y si a mí me pone muy pero que muy cachonda que me seduzcan? ¿por qué nos ofende que alguien muestre su deseo hacia nosotras?

Creo que podemos estar empoderadas reconociendo nuestro lado deseable, no reconocerlo ni aceptarlo es ocultar una cualidad importante. Ser vulnerables nos fortalece. No quiero caer en la trampa que los hombres se han tendido a ellos mismos, nosotras hemos aprendido que la vulnerabilidad es un tesoro que hay que guardar, cuidar y compartir con quien nos salga del coño (o de donde sea). Somos vulnerables y no pasa nada. A veces nos gusta sentirnos deseadas por alguien en concreto, en el lugar y con los modos que hace que se nos moje el coño. Y no, no siempre me apetece gestionar el deseo ajeno y no, todo el mundo no tiene derecho a expresar su opinión sobre mi cuerpo. Pero creo que el deseo lleva apellido masculino y pienso que, como en muchos aspectos de la vida, la revolución está en feminizar las cosas, no que nosotras queramos ser como ellos. Seguir perpetuando esquemas de dominación, ocultando nuestras vulnerabilidades, competir en todo, hacernos las duras y fuertes, independientes, individualistas...

Ser deseables no nos hace más débiles. Sentirnos vulnerables no nos quita valor. Es incómodo muchas veces, nos remueve por dentro y hay que atenderlo. Pero también podemos jugar, jugar para no hacernos daño y empoderarnos. Porque podemos responder, sentir, querer, no querer, enfadarnos, agradecer... No me gustaría vivir en un lugar donde los deseos no tuvieran su sitio, donde no se ligue, donde no se seduzca, donde no se juegue. El juego está cambiando porque así lo queremos, las reglas de antes ya no nos sirven y reclamamos la diversidad de los juegos y jugadorxs. Muchas no queremos seguir jugando a un juego impuesto, donde nuestros quereres no se han tomado en cuenta, donde nuestro papel es siempre el mismo y nosotras amigas, no somos iguales ni queremos lo mismo.

Conocernos, saber lo que nos gusta, lo que no, cómo lo queremos, de quién lo queremos, dónde, cuándo... son herramientas potentes para poder garantizar la creación de nuevos escenarios donde nos podamos vivir más plenamente. Los “deberes” nos han traído a un escenario donde priman los juicios, culpas, desconocimiento, mentiras y relaciones de poder unilaterales. Los “quereres” nos pueden llevar a nuevos escenarios donde nos sintamos vivas, activas, participantes, poderosas... Que no se nos vaya la olla, no dejemos de jugar.  Si no puedo jugar, no es mi revolución.

Sexóloga y Psicóloga
Mi especialidad es el acompañamiento de colectivos vulnerables, proyectos con perspectivas no normativas a través de una mirada sin juicio que busca la autorregulación, la autonomía, el autoconocimiento... Definitivamente, buscando ser responsables de nuestra propia vida.
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