¿Hago lo que quiero o lo que quieren los demás?

Quiero plantear una idea que me ronda de hace tiempo y con este confinamiento se me hace más patente. Por mucho que nos consideremos seres únicos así hablando en general, tenemos la tendencia al borreguismo, a seguir las corrientes o lo que hace la mayoría por pura inercia.

Porque no nos engañemos; es fácil, es cómodo, no tenemos que pensar mucho y además; así nos sentimos que encajamos, que somos más parte de un todo. Pero muchas veces esas corrientes no se ajustan del todo a nuestras necesidades, y entonces, ¿dónde quedan éstas? 

Ante el dilema de seguir los ritmos marcados o dejarme fluir a mi ritmo por encima de ello, ¿me pregunto a mi misma qué hago? Y si es así, ¿lo hago? Es decir, ¿pongo mis necesidades por delante pese al qué dirán?

Ésta última es una pregunta recurrente que aparece en todos mis talleres y aunque parezca mentira me suelen dar una respuesta más lógica los niños que los adultos. Cuando pregunto a los niños si creen que es importante actuar en consecuencia a nuestras necesidades y nuestros gustos sin importar el qué dirán me miran con cara de no entender por qué les pregunto eso y responden sin dudar que sí.

Pero conforme vamos creciendo y los convencionalismos sociales hacen mella en nosotros, el tiempo entre pregunta y respuesta se alarga y surgen muchos matices. ¿Por qué nos pasa ésto? 

La mayoría de padres suelen decirme que sí, que debería ser así pero que es un pensamiento muy utópico. Que ellos en casa procuran enseñarles a sus hijos que luchen por lo que quieren pero que luego en la calle la realidad es otra y que se sienten impotentes ante ello y ceden. 

Una madre me comentaba por ejemplo que a su hijo le gustaba mucho hacer collares y ponerselos y que un día al volver del colegio, su hijo le dijo que los niños se habían reído de él. La respuesta de la madre fue que a partir de ese momento se pusiera solo los collares en casa. Entiendo por qué lo hizo pero no creo que sea una respuesta adecuada si lo que queremos es que las cosas cambien en esta sociedad. 

La realidad es que nos da miedo enfrentarnos al juicio de los otros. Vivimos atemorizados por lo que puedan opinar los demás de nosotros y este miedo no nos deja ser. Nos adaptamos al modelo de la mayoría para no llamar mucho la atención y así nos anulamos poco a poco. 

Dejamos de escucharnos, de prestar atención haciendo oídos sordos a muchas de nuestras peculiaridades. Las llamamos defectos y tratamos de esconderlas a ojos vista. Y entonces, ¿dónde queda el espacio para ser nosotros mismos?

Lo que no nos han enseñado es que existe la pausa y el silencio para ir hacia adentro en nuestras vidas y que es necesario para escucharnos, para comprendernos, aceptarnos y amarnos tal cual. Esa pausa, ese silencio en el presente, en el aquí y ahora nos permite ver desde dónde somos y cómo somos; y de ese modo enfocarnos en el hacia dónde y en el que queremos ser. En ese silencio es en el que germinamos y nos reforzamos en el yo soy porque no hay lugar para el juicio externo. 

No hay sonido ambiente que nos perturbe y el silencio nos da espacio para conocer tanto lo que nos gusta como lo que no de nosotros mismos y así jugar con ventaja. Si cultivamos bien esa pausa, ganamos en seguridad, en confianza propia; y entonces abrirnos y mostrarnos no se verá tan perturbado por el miedo.  

Hace un tiempo charlando con un buen amigo me contó que en uno de sus viajes conoció a un tipo que le dijo que el miedo era adaptativo y que dependía de la distancia. Si nos vemos inmersos en una situación en la que algo nos produce miedo, hay que reaccionar si o si. 

Del conocimiento que tengamos de nosotros mismos con el miedo dependerá esa respuesta. Si lo vemos como algo propio, algo nuestro, decía que la magia está en compararlo con las amistades. Es una especie de cara a cara y las cortas distancias nos dan poder ya que nos pueden hacer ver el miedo con otra perspectiva si nos conocemos bien. 

Algo que es cercano a ti, no es ajeno, es conocido, es amigo y pese a que tenga salidas que te puedan gustar más o menos no te sorprende y por tanto el daño es menor. En cambio, si hay mucha distancia de por medio, si es algo desconocido, te aterroriza porque no sabes por donde te puede salir. 

Ese miedo, es nuestra asignatura pendiente porque por norma solemos huir de lo desconocido. Y huir de nada sirve para aprender de ello. Creo que es necesario detenernos a reflexionar sobre estas cuestiones y ver qué enfoque le estamos dando y ahora con el confinamiento tenemos dos herramientas súper útiles para hacerlo: tiempo para nosotros y espacio (físico o mental) con nuestra soledad. Y tú, ¿eres o sigues?

Coordinadora de equipo en Somos Peculiares.
Terapeuta especializada en temas de género, sexualidad y parejas.
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