De Peculiares

“Mamá, ¿de dónde vienen los niños?” y otras preguntas que asustan a familias

"La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo" Nelson Mandela

 

Norma J.Brau

13 de noviembre de 2019

¿Por qué los niños tienen pilila y las niñas tienen pepe? ¿Cómo se hacen los niños? ¿Duele perder la virginidad?... y otras muchas preguntas terroríficas ponen a familias al borde de un ataque de nervios y les lleva a preguntarse: ¿De qué puedo hablarles y de qué no? ¿Qué tono es el adecuado en la educación sexual? ¿No será demasiada información? Si tienes serias dudas con peques de tu entorno… ¡sigue leyendo!

Muchas veces quienes no son profesionales de la Educación Sexual piensan que es una tarea difícil de llevar a cabo en casa, en un entorno educativo informal… sin embargo, que sea difícil no significa que no hagamos Educación Sexual. Es más, hacemos Educación Sexual; todos los días, mucho más de lo que pensamos. 

Damos mensajes sobre qué es ser mujer y ser hombre, transmitimos nuestras ideas sobre las relaciones y el amor… Por lo tanto, ya que lo hacemos, ¿qué tal si lo hacemos de manera consciente?

Antes de nada, pregúntate, ¿qué quieres transmitir? 

Está claro que si te has planteado que “tienes que hablarles de sexo” es porque algo les quieres contar. Un mensaje claro, una idea que crees que necesitan o te gustaría que compartiesen. 

Es muy importante diferenciar también tus deseos y necesidades de los suyos. Es probable que tengas miedo de qué les pueda pasar con sus sexualidad, en su desarrollo, en su crecimiento… pero hacer tu miedo el de ellos no ayudará. 

Ten claro qué les quieres decir y con qué finalidad y diferéncialo de las emociones y sentimientos que te guían en esta dirección. 

Comparte tus dudas y miedos 

Diferenciar la información a transmitir de tus sentimientos y emociones no es que debas ocultar todo esto. ¡Claro que les puedes compartir cómo te sientes, hasta si es negativo! Habla sobre tus emociones, no desde ellas. 

La confianza se genera construyéndola. Viéndote como alguien cercano y que habla con sinceridad, los peques de tu entorno se sentirán mucho mejor acogidos que en otros contextos para compartir sus vivencias.  

Recuerda tus límites

Límites de funciones, límites morales, incluso límites de conocimientos… Eres un ser humano, si bien puedes parecer la mismísima Wonderwoman o el mismísimo Superman con todo lo que haces por tus peques, no lo eres. 

Si hay cosas que debe compartir con otras personas (grupo de iguales, familia…) lo sugerimos. 

Si hay algo en lo que nuestra moral nos impide hacer un buen acompañamiento, lo exponemos. 

Si hay información que desconozco, lo reconocemos y ofrecemos hacer una búsqueda conjunta de información. 

Lo importante es ser referentes de confianza, como personas adultas somos un buen filtro de mucha desinformación y riesgos que en edades más tempranas se pueden llegar a tomar desde el desconocimiento. 

¡Fuera vergüenzas… en el lenguaje!: lo que no se nombra no existe

Esto cuesta mucho. Es más, a quienes estudiamos sexología en su día nos costó, pero es imprescindible. 

No vamos a pedir que todas las familias y entornos educativos se vuelvan naturistas y que se viva en pelota picada. Es más, intentar ser más moderna/os de lo que en realidad somos es contraproducente. 

Donde sí importa poner el foco es en llamar a las cosas por su nombre. Como nos decían en el máster, “lo de abajo son los pies”. Igual que los brazos, los ojos y la nariz, los genitales, las gónadas y otras partes del cuerpo tienen sus nombres: vulva, vagina, clítoris, pene, glande, escroto… 

Tampoco pasa nada por llamar a cada práctica como lo que es: estimulación oral de genitales (o sexo oral), masturbación, penetración (no suele ir de más especificar el tipo de penetración de la que hablamos, por ejemplo, “del pene en la vagina”).

¿Qué es peor, entrenarse para decirlas o saber que esa personita en un futuro se va a sentir avergonzada y no va a tener recursos suficientes cuando, por ejemplo, en una consulta médica de revisión habitual tenga que hablar sin conocer términos? 

Imaginaos el corte de acabar diciéndole al médico que “por la chirla no te han metido nada aún” o que “te pica el nabo demasiado” 

Adaptar mensajes, atender y entender etapas

Obviamente, sí que algunos mensajes requieren una adaptación a la edad. Pero eso sólo afecta al nivel de complejidad de las palabras que elegimos. No al nivel de cuán explícitos son los mensajes que damos. 

Igual que debemos asegurarnos de hacer nuestro mensaje comprensible, debemos asegurarnos de que hemos entendido qué inquieta a quien recurre a nosotra/os. Para ello, a veces, en lugar de responder exactamente a lo que dice nos ayuda preguntarnos “¿por qué me lo pregunta?”.

Por ejemplo, imaginaos que una adolescente os pregunta si duele ponerse un tampón, ¿qué hay tras esa pregunta? Un posible miedo a probar el tampón, desinformación sobre su propia anatomía… Sólo atendiendo a estas necesidades podremos responder en profundidad.  

Donde fueres… harás lo que vieres 

Somos un modelo, a seguir o no, eso ya lo irán decidiendo, pero somos un modelo, un referente. No podemos exigir cosas que incumplimos o desaconsejar cosas que luego hacemos.

Por ejemplo, no podemos pedir a peques que no se rían ante determinadas conductas y luego hacerlo nosotra/os o decirles que no vean la televisión o determinado programa y luego no parar de hablar de lo bueno que es con otras personas adultas.

Tal vez estos consejos sean suficientes, tal vez quieras más o incluso tengas tus propias dudas o interés en obtener otros recursos para la Educación Sexual. Si ese es tu caso, tenemos una cita pendiente el día 30 de noviembre en Los Secretos de Mar.

De Peculiares

El fetichismo: Peculiaridad vs Patología

"Algunas disciplinas han solido situar estas rutas como zonas de enfermedad y transtornos, repletas de una gran Leyenda Negra. La Sexología ofrece un panorama distinto: más lógico de entrada. Y también más coherente con la dimensión sexuada de los sujetos. No son, como se piensa a veces, cosa de unos pocos desviados.Efigenio Amezúa

 

Bruno Martínez, Escuela Sexológica

5 de agosto de 2019

Fetichismo es el término psicopatológico que describe la atracción erótica hacia objetos o partes del cuerpo no relacionadas con lo genital o reproductivo. Es descrito por primera vez en la obra Psychopathia Sexualis (1886) de Krafft-Ebing pero debe su nombre y popularidad como concepto psiquiátrico a Alfred Binet y su famoso artículo Le Fétichisme dans l'amour (Revue philosophique,1887). Según Binet, el fetichismo es la patología resultante de la asociación incorrecta de objetos con lo sexual por parte de individuos que sufren de determinadas formas de debilidad congénita.

El fetichismo: Peculiaridad vs Patologia

Tal y como señala Michel Foucault en su Historia de la Sexualidad (1978) esta proliferación decimonónica de discursos y nomenclaturas respecto a la erótica de los sujetos corresponde a un cambio de paradigma en las estrategias y formas del poder para controlar el hecho sexual humano. A través de la nominalización de la diversidad sexual se generan las condiciones óptimas para su regulación. Así, el poder punitivo es sustituido por el disciplinario; buscando la confesión y medicalización de los sujetos se logra que estos se presten voluntariamente a ser dispositivizados mediante la promesa de curación, a la vez que son convertidos en un Otro que sirve como ejemplo de lo incorrecto y chivo expiatorio.

 

"El dispositivo de sexualidad no tiene como razón de ser el hecho de reproducir, sino el de proliferar, innovar, anexar, inventar, penetrar los cuerpos de manera cada vez más detallada y controlar las poblaciones de manera cada vez más global."

Michel Foucault, Historia de la sexualidad, tomo I, 1976, pág 64.

 

Tradicionalmente la psicopatología ha considerado que el fetichismo, o parcialismo si se trata de una parte del cuerpo, es síntoma o manifestación de alguna forma de trastorno o detención de un supuesto desarrollo psicosexual sano, especialmente a partir de la publicación del manual DSM - II (American Psychiatric Association, 1968) en que las Desviaciones Sexuales, entre las que se encuentran fetichismo y parcialismo, se convierten en una categoría propia de trastornos mentales. Curiosamente, la idea de que otras manifestaciones de la diversidad sexual como la homosexualidad son o bien patologías o síntomas de patología, proviene de la misma obra de Krafft-Ebing y han sufrido un recorrido similar al de la idea de fetichismo en la historia de la psicopatología. Resulta llamativo que un paradigma del siglo XIX que ha demostrado sus errores respecto a la orientación del deseo se siga utilizando en algunos casos. Epistemológicamente, la idea de que haya una sexualidad normal y otra anormal o desviada resulta cuanto menos sospechosa. 

Actualmente, fetichismos y parcialismo se encontrarían en la categoría de parafilias según el manual diagnóstico DSM - V (American Psychiatric Association, 2013), siendo descritas como “intereses sexuales atípicos”. Esta noción de parafilia resulta vaga y genera diversas preguntas epistemológicas y metodológicas sobre la conceptualización y descripción de lo “atípico”. Si la mera escasez estadística de un deseo erótico basta para hacerlo sospechoso quizás es que haya más ideología prescriptiva que ciencia descriptiva en nociones como parafilia o fetichismo.

Lo cierto es que pese a que sea un término que ha calado en el lenguaje popular y sea utilizado dentro de la comunidad BDSM, la idea de fetichismo no es más que una de las  capturas discursivas que el Dispositivo de la Sexualidad utiliza para controlar, estigmatizar y desagenciar a aquellos sujetos cuya sexualidad no se ciñe a la estricta regulación coitocéntrica. La medicalización de la diversidad sexual responde a la necesidad de generar la idea de que hay sujetos normales y sujetos anormales, una sexualidad buena y otra mala, y así mantener el paradigma reproductivo de la sexualidad, asegurando la existencia del matrimonio clásico heterosexual, lugar preferencial de confluencia entre los Dispositivos de la Sexualidad y la Alianza. Tal y como indica Kai Lin en su obra The medicalization and demedicalization of kink (Sexualities, 1-22,2016), la psiquiatrización de la diversidad sexual sirve para generar un Otro Aberrante sobre el que pueda actuar el poder disciplinario sin restricción. La idea de que la atracción erótica por una parte del cuerpo que no está relacionada con lo reproductivo sea digna de recibir una nomenclatura propia (al autor de este texto le gustaría saber por qué la atracción por los senos femeninos no la tiene) o ser considerada una forma de desviación dice bastante sobre cómo se está conceptualizando la sexualidad humana; y es básicamente reduciéndola a la cópula, lo genital, y lo reproductivo.

Incluso revisiones actualizadas del DSM - V, que supuestamente son más progresistas respecto a la sexualidad humana, siguen manteniendo el diagnóstico de Desorden Parafílico, asumiendo que un interés sexual atípico es potencialmente el germen de un posible desorden mental. El mantenimiento de la noción de peligro en lo estadísticamente atípico muestra que detrás de determinadas maneras de pensar la sexualidad existe más ideología que ciencia, y este es un buen ejemplo de ello. Esencialmente porque la mayoría de problemas que sufren los sujetos con ”intereses atípicos” son fruto de la presión social y la normativización a la que se les somete, teniendo pues una relación tangencial y epifenoménica con sus intereses eróticos. Lo cierto es que no existe ningún tipo de pathos esencial asociado a la sexualidad considerada no normativa, y esto queda patente en los relatos biográficos de aquellos sujetos que han podido vivir la suya en libertad como los recogidos en la obra de Havelock Ellis*.

Tal y como indican Ortmann y Sportt**  la misma psiquiatría tiene una serie de problemas con la definición de parafilia, llegando a haber desaparecido de los manuales diagnósticos de países como Suecia. La noción de fetichismo, así, quedaría invalidada no solo por otras epistemologías sino en determinados sectores de la misma ciencia que ayudó a crearla.

Uno de los grandes problemas de nociones como parafilia o fetichismo reside en su nula capacidad descriptiva. Se trata de categorías generales que dicen mucho menos de los sujetos a los que se les aplican de lo que dicen sobre quienes las desarrollaron. Pensemos en un ejemplo clásico: el coloquialmente denominado fetichismo de pies. Esta forma de parcialismo nos dice muy poco sobre los deseos reales de los sujetos que categoriza, cuando un individuo es catalogado así no se nos habla sobre los sujetos cuyos pies erotiza, no se nos dice qué papel jugaría esta extremidad en el encuentro para el sujeto, cómo querría interactuar o no con ella, qué representa simbólicamente para cada individuo… Lo único que nos aporta este concepto es una categoría informe de sujetos proclives a ser patologizados y estigmatizados, según la cual todos los supuestos fetichistas de pies desean y sienten de la misma manera, eliminando así la diversidad de la sexualidad humana al reducirla a una categoría diagnóstica vaga. No nos da ninguna pista sobre los deseos, sentires y vivencias de los sujetos así categorizados. Ni explica ni describe, sólo marca la línea entre sanos y enfermos, entre buenos y malos.

 

“Se trata de una cuestión de conceptos y de conceptos diferentes (en eso la Psicopatología hubiera ganado de haber estado más atenta a la Sexología) desde los que puede ser explicadas todas las, así llamadas, aberraciones sexuales como Peculiaridades sin pasar por la categoría de trastornos.”

Efigenio Amezúa. Teoría de los Sexos, Revista Española de Sexología 95-96, 1999. pg 139.

 

Atendiendo a otras perspectivas científicas, como la epistemología sexológica de Magnus Hirschfeld o Efigenio Amezúa, podemos apreciar que los seres humanos tenemos la capacidad innata de erotizar cualquier parte del cuerpo o artefacto/práctica cultural sin que existan erotizaciones correctas o incorrectas. Conceptos como el de “peculiaridades eróticas” descrito por  Efigenio Amezúa*** a lo largo de su obra, según el cual cada sujeto tiene una serie de gustos y deseos propios que aunque puedan ser muy similares a los de otros siempre contendrán suficientes matices y sutilezas para hacerlos únicos y nunca anormales o patológicos sino cultivables y compartibles, son mucho más adecuados para describir y pensar la radical diversidad de la sexualidad humana sin caer en la posibilidad de su normativización o regulación. Desde este punto de vista la idea de la existencia de un fenómeno como el fetichismo, que implica la idea de lo desviado o anormal, quedaría absolutamente descartada.

Una de las potencialidades de la noción de peculiaridad reside en su capacidad para acabar con la idea del Otro Aberrante. El concepto de que nada es normal o anormal más allá de la estadística equivale a decir que la Norma a la que los sujetos aspiran, y según lo adaptados que están a esta devienen en patológicos  o no-patológicos, queda al descubierto como lo que es: una falacia que jamás se ha ajustado a la realidad de los individuos y que ha generado más miseria y problemas que otra cosa. No hay una sexualidad normativa y otra no normativa, hay sexualidades diversas y peculiares. No hay fetichistas y no fetichistas, hay sujetos que desean ciertas cosas de determinadas maneras y otros de otras, no existiendo así una línea de demarcación entre los ‘aberrantes’ y los ‘sanos’.

Tal y como indican Moser y Keinplatz****, en la comunidad Kink/BDSM los términos técnicos de parcialismo y fetichismo se hallan fusionados en este último, y la mayoría de los sujetos que se identifican como fetichistas no son conscientes de la genealogía del término y de lo que implica su uso, reforzando la capacidad del Dispositivo de la Sexualidad para operar y seguir manteniendo la idea de lo patológico sobre la diversidad sexual. A diferencia de otros colectivos minoritarios que han realizado una labor de reapropiación de aquellos términos que se usaban para estigmatizarlos, siendo lo queer el mejor ejemplo, la comunidad Kink/BDSM parece haber realizado colectivamente, excepto en casos puntuales, una lectura genealógica correcta de las nomenclaturas que se utilizan para capturarla.

La única respuesta que parece haberse producido desde la escena BDSM se limita, aparentemente, a la erotización de la nomenclatura psicopatológica por parte de sujetos y grupos concretos. Determinados términos derogatorios provenientes de lo clínico y de lo popular son utilizados por los sujetos en sus encuentros tanto auto eróticos como diádicos. De esta forma, palabras como fetichista o pervertido se convierten en material de juego y encuentro, quedando desactivados discursivamente. Evidentemente esta erotización resulta del proceso de sexuación biográfica de los sujetos y reviste de un inmenso valor a nivel erótico/amatorio, por lo que en ninguna media es cuestionable.

Frente a este problema parecen plantearse dos alternativas, por un lado la propuesta sexológica, que pasaría por una anomia radical de la sexualidad. Es decir, dejar de usar la nomenclatura psicopatológica para describir los deseos y prácticas de los sujetos. Por otro lado, la propuesta desde lo activista: hacerse conscientes plenamente de lo que implica usar esta nomenclatura de la patología para auto-identificarse y así poder apropiarse de ella, cargándola con significados propios que ayuden a cierta emancipación de los sujetos. Quizás incluso podría aparecer una tercera vía híbrida: reapropiarse de la terminología en el ámbito de lo identitario-social de forma estratégica y adversarial frente a la norma, lo cual equivaldría a asumir cierta forma de interaccionismo simbólico/estratégico como proponen Mas y Guasch*****, pero abolir estas nomenclaturas en el ámbito de lo íntimo. Utilizar estos significantes públicamente para lograr determinados efectos, pero eludiendo vivirse en base a los significados tradicionales asociados a los mismos.

Evidentemente, este artículo pretende hacer conscientes a los sujetos de los problemas que surgen al utilizar determinada nomenclatura; pero jamás opinar o decidir por ellos. Sin embargo, este artículo sí pretende pedir algo a la comunidad sexológica: si de verdad apostamos por la diversidad sexual, si de verdad creemos que Todos los sujetos son peculiares, y no los hay más peculiares que otros, abandonemos los antiguos léxicos y vocabularios de la enfermedad y el control social en nuestras consultas y aulas. Ni los -ismos, ni hablar de lo normativo y lo no-normativo son sexología; son psicopatología y regulación, y si los seguimos utilizando, o pensando en esos términos, estaremos jugando a un juego que ni es el nuestro ni beneficia a nuestra epistemología ni a nuestra praxis.


*Ellis, Henry Havelock. Studies in the Psychology of Sex (1879-1928)

**David, M. Ortmann y Richard, A. Sprott Sexual Outsiders. Understanding BDSM sexualities and communities (Rowman and Littlefield, Boulder, NY, 2013)

***Efigenio Amezúa Teoría de los sexos. la letra pequeña de la Sexología. Revista Española de Sexología, nº 95-96.(Publicaciones del Instituto de Sexología, Madrid, 1999)

****Charles Moser y Peggy,J. Keinplatz. Themes of SM expresión. Safe, Sane, and consensual. Contemporary Perspectives on Sadomasochism. Editado por Darren Landridge y Meg Barker ( Palgrave MacMillan, New York, NY, 2007)

*****Guasch, Oscar y Mas, Jordi. La construcción médico-social de la transexualidad en España (1970-2014). Cuerpos, Sexualidades y Poder. Monográfico coordinado por José María Valcuende (Universidad Pablo de Olavide, Sevilla, 2014)

De Peculiares

Vaginismo tras el parto

"Desde el punto de vista fisiológico, el vaginismo es una contracción involuntaria de las paredes vaginales que dificulta o impide la introducción de un elemento en la vagina, causando incomodidad, resistencia, picor, quemazón o dolor"
Xandra Garcia, Sensa

14 de noviembre de 2018

Diferenciamos dos tipos de vaginismo en función de la biografía sexual de la mujer. De tal forma que hablamos de vaginismo primario cuando una mujer, en ningún momento de su vida, ha podido introducir en la vagina un pene, un tampón o han podido realizar un examen ginecológico, es decir, jamás ha podido meter ningún elemento en la cavidad vaginal. Es curioso constatar que con mayor frecuencia el motivo de consulta está relacionado con la incapacidad de practicar coitos placenteros, por encima de no poder realizar una exploración ginecológica.

Vaginismo tras el parto

Sin embargo, el vaginismo puede aparecer tras años de coitos placenteros, en mujeres que tiempo atrás podían introducir “algo” dentro de sus vaginas; ya sea algún dedo, un tampón, un especulo, un pene o lo que cada cual quiera introducir. A esta situación la conocemos con el nombre de vaginismo secundario normalmente provocados por experiencias que marcan un antes y un después en relación con la experiencia genital.

 
"Aunque el vaginismo secundario no es una consecuencia habitual del parto natural o del parto instrumentalizado, a la consulta acuden casos que están relacionados con experiencias traumáticas durante el parto o con el climaterio en sí"

 

En estos casos la dificultad viene dada por una respuesta fisiológica involuntaria ante la anticipación del dolor. De manera que el cuerpo aprieta automáticamente los músculos de la vagina para protegerse de ese “algo” que pudiera provocar dolor. Curiosamente es “algo” no siempre es todo. Es decir, la alarma se activa frente algunos estímulos que reconoce como peligrosos y se mantiene desactivada frente a otros que reconoce como inofensivos. Algo parecido pasa con los ojos. Ante cualquier amenaza de que un elemento extraño se introduzca en nuestros ojos, el cuerpo reacciona de manera automática cerrando los parpados bruscamente. No obstante, no reacciona con tanta brusquedad cuando aplicamos rímel o lápiz de ojos, ya que no se detecta como una acción amenazante, peligrosa o dolorosa.

De tal manera que cabe la posibilidad de que una mujer pueda colocarse un tampón durante la menstruación pero reaccione con tensión ante la tentativa de practicar una penetración.

 

"Cuando los coitos se tornan difíciles o imposibles el dolor o incomodidad resultante reafirma la respuesta reflejo intensificándola aún más, creando así un clico del dolor."

 

Esta respuesta involuntaria del suelo pélvico puede desencadenarse tanto por factores físicos, como por factores psicológicos. Como ya hemos explicado, el vaginismo se manifiesta como un rechazo que cursa físicamente para impedir que se materialice una acción que se considera amenazante, pero también psicológicamente con la intención de que los niveles de ansiedad no se disparen y se mantengan en un umbral gestionable.

 

CAUSAS FÍSICAS QUE PORVOCAN EL RECHAZO

Tras el trabajo de parto las paredes vaginales pueden presentar hematomas que han de sanar antes de intentar practicar un coito. Las episiotomías también pueden ser causa de malestar o dolor, bien porque aún no han cicatrizado, porque cicatrizaron mal o porque dicha cicatriz guarda una experiencia traumática presentándose abultada y rígida. Otra razón que causa vaginismo tras el parto es la sequedad vaginal, producida por los cambios hormonales que se experimentan durante el parto y la lactancia ‒como es el caso de la prolactina, que reduce considerablemente el deseo erótico‒ o por una inadecuada estimulación que dificulta la excitación y la lubricación genital.

 

CAUSAS PSICOLÓGICAS QUE PROVOCAN RECHAZO

No debería sorprender que tras el parto los encuentros eróticos y más concretamente la penetración se tornen difíciles. Esto es debido al estrés emocional y el cansancio acumulado de las demandas de ser madre. Además de estos factores tenemos que añadir el paso o reajuste identitario que ha de realizar la madre para sentirse cómoda en el rol de madre y amante. A veces, no siempre, es necesario hacer un proceso de reerotización de las zonas erógenas tales como los pechos o la vulva, ya que estas zonas que una vez estuvieron al servicio del placer, en el presente se encargan de dar vida y mantener con vida a la nueva criatura. Por eso en algunos casos es necesaria una resignificación del cuerpo para que vuelva a vivirse de forma placentera y erótica. Sin olvidar los cambios físicos que experimenta la madre, que en algunos casos se viven con rechazo hacia el propio cuerpo, por no sentirse deseable. A esto hay que añadirle las tensiones que surgen en la pareja mientras los miembros de la misma se adaptan a la nueva situación, a sus nuevos roles y a los retos que implica la crianza.

 

SOLUCIÓN

Las causas físicas pueden detectarse mediante exámenes médicos y con la colaboración de una sexóloga o un sexólogo podemos ayudarte a conocer y gestionar los desencadenantes de la dificultad para que vuelvas a disfrutar de los encuentros eróticos. La sexología cuenta con herramientas como es la educación sexual y la terapia de pareja ‒ la colaboración de ambos miembros de la pareja es fundamental a la hora de seguir las recomendaciones de la sexóloga, además el apoyo y comprensión mutua será imprescindible para el éxito del tratamiento‒ que combinado con algunas técnicas y ejercicios de aceptación progresiva a elementos introductorios pueden resolver eficazmente y en un periodo breve de tiempo el vaginismo. El porcentaje de casos satisfactorios es alto y la probabilidad de recaída mínimos.

Nuestro consejo es “esforzarse, pero nunca forzarse”

 

De Peculiares

Del Sexo y sus diferencias: identificando lo masculino y lo femenino

“¿Qué es lo masculino y qué es lo femenino? ¿Qué es lo ándrico y qué lo gínico? Sin sexos no hay sexo, aunque del sexo emanaran los sexos”
Rubén Olveira Araujo

26 de febrero de 2018

Hubo un tiempo en el que se creía que los hombres venían de Marte y las mujeres de Venus. Ellos, con lanza y escudo. Ellas, con adornos y espejos. Así se pensaba que era su origen, su configuración y su sino. Han transcurrido siglos desde entonces y los humanos todavía estamos lejos de alcanzar tales cuerpos celestiales, pero las sondas parecen informar de que ni todos los marcianos son tan marcianos ni todas las venusinas tan venusinas. Es decir, también hay marcianos venusiastas y venusinas un tanto marcianas. El firmamento ya no nos sirve como referencia. Lo terrenal es, pues, nuestro último sustento. ¿Pero dónde queda entonces lo masculino y dónde lo femenino? ¿Dónde lo ándrico y dónde lo gínico? ¿Dónde los sexos y su sentido?

el sexo y sus diferencias: identificando lo masculino y lo femenino

Vivimos en una sociedad cuyo imaginario se basa en el dualismo antitético heleno, en las disyunciones entre polos opuestos. También en una época de posverdad, en la que las creencias personales tienen más peso que la evidencia científica; en la que las etiquetas se diluyen en un océano de superficialidad. En un mundo en el que los derechos –que emanan de lo cultural– se superponen a los hechos –culturales, sí, pero también biológicos–; en el que existe un gran desprecio por el conocimiento de cómo las cosas son, pero una gran magnificencia por las vindicaciones de cómo las cosas deberían ser. Y no nos engañemos: el poder ni tiene la verdad ni la busca mediante la razón, pero la construye a golpes y legislación. 

 

 

Hay quien dice que el sexo es un constructo social –una invención sobre algo que no tiene consistencia previa– o un estereotipo –una generalización errónea–. Pero el sexo no es una construcción social ni un estereotipo, aunque hayamos creado estereotipos y construcciones sociales sobre él. O dicho de otra forma: hay un hecho del que se han hecho construcciones sociales y estereotipos, pero sobre todo hay un hecho –valga la redundancia–.

 

"El sexo no es una construcción social ni un estereotipo, aunque hayamos creado estereotipos y construcciones sociales sobre él" 

 

A día de hoy, la mayor parte de la sociedad occidental entiende el sexo como genitales. Más aún, como algo que se hace con los genitales. O por qué no ir todavía más allá, como algo que se hace con los genitales para generar –consciente o inconscientemente– una nueva generación. Y por supuesto, todo lo que no genera, todo aquello que escapa del coito con eyaculación intravaginal, degenera: ya sean prácticas aconceptivas, orientaciones sexuales del deseo erótico potencialmente no conceptivas, etc. A este modo de entender el sexo, a este marco de comprensión que reduce hasta la banalidad el amplio significado de la clave epistemológica Sex y que a día de hoy se encuentra presente en la mayor parte de las ramas del saber, se le denomina como paradigma del Genus y sí, se trata de una construcción social.

Por el contrario, desde la Sexología se comprende el sexo como diferencia.  Más aún, como algo que produce diferencias. O por qué no ir todavía más allá, como algo que produce diferencias para especializarnos –intersexualmente– y clasificarnos –dimórficamente–. Y por supuesto, por ser diferentes, por el hecho de ser hombres y mujeres –machos y hembras–, anhelamos el encuentro entre los sexos: ya sea de carácter erótico, por motivos hedónicos, etc. O dicho de otro modo: el sexo se tiene y el sexo se hace, pero principalmente se es. ¿Y qué se es? Diferente. Al fin y al cabo, el término sexo proviene del latín, del verbo sexare, que aludía a la acción de partir, de separar, de seccionar… De diferenciar.

A esta manera de entender el sexo, a este marco epistemológico que contempla la complejidad del significado del Sex y que ensalza su condición sinérgica, se le denomina paradigma del Sexus. Un paradigma que concibe el mismo como una condición multifactorial presente al menos en los dominios de lo biológico, lo psicológico y lo cultural y que se basa principalmente en el proceso de diferenciación sexual –o sexuación–; es decir, en el desarrollo de caracteres sexuales masculinos y femeninos. Y he aquí de nuevo el quid de la cuestión: ¿Qué es lo masculino y qué es lo femenino? ¿Qué es lo ándrico y qué lo gínico? Porque sin sexos no hay sexo, aunque del sexo emanaran los sexos.

 

"El sexo se tiene y el sexo se hace, pero principalmente se es. ¿Y qué se es? Diferente" 

 

Quienes aseguran que el primero es únicamente un constructo social dicen lo mismo de los segundos. Para ello, fundamentan su concepción del sexo en que la socialización diferenciada es la que genera las diferencias –incluso las desigualdades– entre los sexos, reducidos a géneros y, porque no ir más allá, a estereotipos genéricos a prevenir y combatir. Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que un estereotipo es simplemente una preconcepción generalizada que consiste en presumir ciertos atributos, características o cualidades –en el caso que nos ocupa, por razón de sexo–. Por tanto, que algo sea estereotipado poco dice de su veracidad o de su falsedad, porque un estereotipo solamente dice lo que dice: que tal o cual presunción se trata de una preconcepción generalizada con mayor o menor garbo.

Por supuesto, estas preconcepciones generalizadas pueden tener diferentes orígenes, desde los prejuicios a la estadística. En tanto que lo que se trata es de buscar qué es lo típicamente masculino y qué lo típicamente femenino a través de la ciencia –digamos que amoral– y no de la moral –digamos que acientífica–, a priori parece más sensato alejarnos de la primera y acercarnos a la segunda. Más aun cuando la estadística se ha convertido a día de hoy en una disciplina que se utiliza para comprobar y avalar diferentes tesis desde un punto de vista científico. ¿Por qué entonces no usarlo para cuantificar hasta qué punto un estereotipo es acertado o desacertado? O incluso, yendo más allá, ¿para definir qué es lo masculino y qué lo femenino?

Un estereotipo avalado por la estadística sería indicar que la mayoría de los niños tienen pene y la mayoría de las niñas tienen vulva. Sin embargo, no hay que olvidar que también hay niñas con pene y niños con vulva. Concretamente, según los datos que ofrece Mary Ann Horton (2008), 1 de cada 1.000 neonatos nace en lo que a día de hoy se denomina en situación de transexualidad; es decir, en el que el sexo sentido desde dentro –la identidad sexual– no concuerda con el sexo prescrito desde fuera –el DNI–. ¿Estas excepciones desestiman la regla estadística de que la mayoría de los niños tienen pene y la mayoría de las niñas tienen vulva? Todo lo contrario: confirma la veracidad del estereotipo. Mas sí que incitan a (re)plantearse que aunque los genitales se traten de un buen predictor de la identidad sexual, sean por sí solos un mal descriptor de la misma y aún un peor prescriptor.

 

"Un estereotipo avalado por la estadística sería indicar que la mayoría de los niños tienen pene y la mayoría de las niñas tienen vulva. Sin embargo, no hay que olvidar que también hay niñas con pene y niños con vulva" 

 

Otro estereotipo avalado por la estadística sería afirmar que la mayoría de las mujeres se dedican a barrer sus hogares. Sin embargo, no hay que olvidar que también hay hombres que barren. Concretamente, según los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), en 2017 el 19,8% de los hombres del Estado español limpiaban casi siempre ellos solos la casa. ¿Estas excepciones desestiman la regla estadística de que la mayoría de las mujeres son quienes se dedican a barrer los hogares? Todo lo contrario: confirma la veracidad del estereotipo. Mas sí que incitan a (re)plantearse que aunque la identidad sexual se trate de un buen predictor de los roles que se asumen, sea por sí sola un mal descriptor de los mismos y aún un peor prescriptor.

Los dos estereotipos mencionados están avalados por la estadística, luego científicamente ambos tienen altas probabilidades de ser ciertos en un contexto concreto y, en este caso, ambos son acertados a día de hoy. Sin embargo, ¿se podría extrapolar de ellos alguna diferencia sexual? Pocas dudas habría en el caso de los genitales, ¿pero y en el de barrer? ¿Habría que considerar barrer una característica sexual femenina en base a la estadística? Ciertamente resulta chocante, porque lo es.

De esta manera, hemos descartado tanto las construcciones sociales como los estereotipos –y por el camino, la estadística– como los factores que dan esencia ontológicamente a lo masculino y a lo femenino, si bien se han creado construcciones sociales y estereotipos –basados o no en la estadística– que epistemológicamente dotan de diferentes significados a los conceptos masculino y femenino. ¿Qué hecho es entonces del todo incontrovertible para saber que algo es masculino o es femenino?

 

"¿Estas excepciones desestiman la regla estadística de que la mayoría de las mujeres son quienes se dedican a barrer los hogares? Todo lo contrario: confirma la veracidad del estereotipo" 

 

Para poder responder adecuadamente esta pregunta primero es necesario deconstruir dos preconcepciones ampliamente generalizadas en la sociedad occidental. La primera es la supuesta dicotomía animal/humano –supuesta, porque no es cierta–. Las dicotomías son aquellas divisiones en las que se presume la existencia de la partícula o; es decir, son disyunciones donde se tiene que elegir una cosa o la otra, pero no las dos. Pero además esto tiene una lectura más profunda, dado que cuando hay cualquier prueba de que algo es de una manera, automáticamente niega que pueda ser de otra. O dicho de otro modo: cuando hay una disyunción se puede negar explícitamente una cosa afirmando implícitamente la otra, al tiempo afirmar explícitamente una cosa negando implícitamente otra.

En el caso del binomio animal/humano, se presume que ocurre lo mismo que con las categorías verdadero/falso: del mismo modo que algo no puede ser verdadero y falso a la vez –dado que si es verdadero no puede ser falso y si es falso no puede ser verdadero–, algo tampoco puede ser animal y humano al mismo tiempo –dado que si es animal no puede ser humano y si es humano no puede ser animal–. Es más, nuestros antepasados de la Antigua Grecia diferenciaban no solo dos, sino tres instancias: dios/humano/animal. Mientras que cualquier característica que hiciera alusión a lo primero era social y personalmente deseable, cualquier propiedad que recordara a lo tercero era despreciable, estando en el medio lo humano: ni divinos ni mundanos, sino una mezcla de ambos.

Hubo que esperar siglos y más siglos hasta que Nietzsche destruyera a Dios y Darwin a los humanos, destapando la falsedad de la disyunción del trinomio dios/humano/animal de entonces y el binomio animal/humano de ahora. ¿Por qué? Porque no se trata de elementos disyuntivos, sino conjuntivos. Lo cual significa varias cosas. Para empezar, que parten de la partícula y. Pero sobre todo, que cualquier pista de que algo sea de una manera no implica que no pueda ser también de otra, y viceversa. Es decir: todo lo humano es animal, pero no todo lo animal es humano, porque lo humano es una categoría concreta de lo animal que llegó después. 

 

"Todo lo humano es animal, pero no todo lo animal es humano, porque lo humano es una categoría concreta de lo animal que llegó después" 

 

Lo mismo sucede con la segunda preconcepción: la supuesta dicotomía biológico/cultural –supuesta, porque tampoco es cierta–. Al igual que el binomio animal/humano, se trata de una conjunción en vez de una disyunción, por lo que todo lo cultural es biológico, pero no todo lo biológico es cultural, dado que la Cultura es una categoría concreta de la Biología que llegó después. ¿Por qué todo es Biología? Porque la Cultura es una construcción del cerebro humano y el cerebro humano es una construcción de la evolución biológica, de esa larguísima historia que tenemos como humanos, como mamíferos, como animales, como células, y un largo etc.

Esto significa que la Cultura es lo que muchos cerebros humanos han sido capaces de construir y, por tanto, está sometida a las propias limitaciones que tiene el cerebro humano. O dicho de otra forma: no se puede producir más cultura que la que el cerebro humano sea capaz de construir –salvo que el transhumanismo nos convierta a todos en cíborgs–. Por ejemplo, se inventarán idiomas que hoy no existen y se harán llamar hechos culturales, pero según Chomsky todos son variaciones y dialectos del mentalés, la única lengua que es capaz de comprender y desarrollar el cerebro humano. Y todo esto no tiene ninguna disyunción, sino muchas conjunciones.

Al igual que los binomios animal/humano y biología/cultura, las categorías masculino/femenino tampoco conforman una disyunción; pero a diferencia de los anteriores, donde uno es un subconjunto de un conjunto –lo humano de lo animal y lo cultural de lo biológico–, lo masculino y lo femenino son momentos de un segmento polar. Es decir, son un continuo.

 

"Lo mismo sucede con la supuesta dicotomía biológico/cultural: todo lo cultural es biológico, pero no todo lo biológico es cultural, dado que la Cultura es una categoría concreta de la Biología que llegó después" 

 

Desde un punto de vista evolutivo, una respuesta válida a qué hecho es del todo incontrovertible de ser calificado como masculino es ser productor diversidad. Al fin y al cabo, la vida es femenina por naturaleza: antes de que la Evolución apostara por la diversidad creando el primer macho y, con él, el sexo, bios ya había generado una protohembra con la que funcionaba mediante la reproducción –asexual–.

¿Esto sigue siendo verdad? Lo fue hace aproximadamente 300 millones de años, pero no ahora, dado que el sexo ha ido evolucionando durante esa parte de la historia de la vida en el que ha estado presente. ¿Y ahora qué es entonces lo típicamente masculino y lo típicamente femenino? ¿Qué hecho es del todo incontrovertible para saber que algo es ándrico o es gínico?

Una respuesta serían las hormonas sexuantes: cualquier cosa que esté sometida a la influencia de andrógenos –como la testosterona– es legítimo etiquetarla como masculina, del mismo modo que cualquier cosa que esté sometida a la influencia de ginógenos –como el estrógeno– es legítima llamarla femenina. Aunque este asunto es mucho más complejo –dado que influyen, entre otras cuestiones, desde el balance entre los andrógenos y los ginógenos a la aromatización, que convierte por arte de (al)química los unos en los otros y los otros en los unos–, esta respuesta comenzaría a arrojar algo de luz a la razón de ser de este artículo.

 

"Una respuesta serían las hormonas sexuantes: cualquier cosa que esté sometida a la influencia de andrógenos –como la testosterona– es legítimo etiquetarla como masculina, del mismo modo que cualquier cosa que esté sometida a la influencia de ginógenos –como el estrógeno– es legítima llamarla femenina" 

 

Tomando esta tesis como base, la empatía es un carácter sexual femenino, porque se pierde poniendo andrógeno y se gana introduciendo ginógeno. Luego la empatía no es solo un resultante hormonal, pero también está influido hormonalmente. Es más, si se introduce una gran cantidad de andrógenos en las estructuras cerebrales responsables de la empatía se puede convertir en un trastorno del espectro del autismo. Y a este hilo, el autismo es un trastorno típicamente masculino, porque se produce quitando ginógeno y poniendo andrógeno. Prueba de ello es que nueve de cada diez personas con un trastorno del espectro del autismo son hombres, según los estudios de Katya Rubia (2007).

Pero existen miles de ejemplos más: la identidad sexual, el volumen muscular, la densidad capilar, la longitud ósea, la estructura corporal, el tratamiento y almacenamiento de grasas, el vello corporal y facial, las características epidérmicas, el timbre de voz, las diferencias metabólicas y fisiológicas, la respuesta inmune, la psico-motricidad, la habilidad espacial, la percepción sensorial, la competitividad, la agresividad, la orientación sexual del deseo erótico y un largo etcétera.

Si buscáramos el ejemplo más típico de la feminidad tendríamos que recurrir a aquellas mujeres con Síndrome de Insensibilidad Absoluta a los Andrógenos (SIA), porque no tienen ni una sola influencia androgénica. Siempre son egogínicas –son y se sienten mujeres–, también eroménicas –desean ser deseadas–, apenas tienen bello corporal, etc. Y, aunque resulte paradójico, la característica de estas mujeres es que son XY; tienen una genética típicamente masculina. Por tanto, incluso en los extremos se cumple la teoría de la intersexualidad, porque aunque no sean nada masculinas endocrinamente hablando, sí lo son genéticamente.

 

"Otra respuesta sería la genética. Aunque las hormonas son el agente sexuante principal en el proceso de la diferenciación sexual mamífera, la genética es la que da lugar al primer carácter sexual: el genotipo"

 

Precisamente, otra respuesta sería la genética. Aunque las hormonas son el agente sexuante principal en el proceso de la diferenciación sexual mamífera, la genética es la que da lugar al primer carácter sexual: el genotipo. Sin entrar en síndromes, resumámoslo en que este puede ser XX –femenino– o XY –masculino–. Pero concretemos –aunque también sintetizando mucho– que de la presencia funcional del gen SRY del cariotipo XY dependerá el comienzo de la diferenciación testicular, dado que en su ausencia o disfuncionalidad se pondrá en marcha la diferenciación ovárica –porque la vida, tal y como se ha señalado antes, es femenina por naturaleza–.

Este último hecho es fundamental, dado que condicionará indirectamente el desarrollo del resto de caracteres sexuales en la medida que las gónadas son la primera fábrica endocrina y también la principal durante toda la biografía humana –salvo excepciones, como la extirpación de las mismas–. Sin embargo, más allá de poner en marcha el mecanismo endocrino del cuerpo humano, la genética también influye directamente en el desarrollo de algunos caracteres sexuales.

Un ejemplo claro es la longitud ósea: un cariotipo masculino –XY– predispone el desarrollo de unos huesos más largos que uno femenino –XX–. De ahí que los hombres tiendan a ser más altos que las mujeres y que aquellas con Síndrome de Insensibilidad Absoluta a los Andrógenos –aunque no hayan desarrollado todo su potencial por falta de materia prima androgénica– también destaquen en altura entre su sexo.

 

"Aunque la cuestión endocrina suela llevarse casi todos los titulares de la diferenciación sexual, esto no niega el importante papel condicionante de lo cultural"

 

Tanto las hormonas sexuantes como la genética son condicionantes biológicos –con mayor o menor influencia cultural–. Pero aunque la cuestión endocrina suela llevarse casi todos los titulares de la diferenciación sexual, esto no niega el importante papel condicionante de lo cultural –sin olvidarnos por el camino de la amplia influencia biológica de la que emanan–. Teniendo en cuenta lo anteriormente mencionado, no es de extrañar que aún nos quede por lo menos un tercer conjunto de agentes sexuantes por añadir: los condicionantes psíquicos y sociales.

Estos dos factores tienen en común que ambos actúan sobre el mismo objeto y que ambos son actuados por el mismo sujeto; es decir, ambos interactúan con el cerebro. Aunque este viene preformateado de manera innata –o prenatal, si se prefiere–, varias áreas del mismo tienden a la plasticidad para adaptarse al ambiente posnatal. De esta manera, emoción, conducta y cognición –ya fueran motivadas por el hardware biológico, el interfaz psicológico o el software cultural, aunque sería más honesto decir que por la interacción entre los tres al mismo tiempo– también ejercen acciones que nos diferenciarán sexualmente.

Un ejemplo actual sería el baloncesto. Cada vez que en una cancha una pelota pasa de arriba hacia abajo por una aro metálico sujeto horizontalmente a un tablero vertical del que pende una red tubular sin fondo, infinidad de aficionados, en virtud de sus procesos simbólicos de identidad e identificación, estallan en un tumulto eufórico que produce secreciones masivas de determinados neurotransmisores y hormonas. Además, la tensión agresiva del partido –dado que como la mayor parte de los deportes, el baloncesto es simbólicamente una guerra entre mi bando y el bando rival– activa todos los mecanismos de la competitividad, el combate y la fiereza. Con lo uno y con lo otro, a través de la euforia y del combate simbólico, se disparan los niveles de producción androgénica, propiciando así la masculinización de ciertas regiones cerebrales, ya sea de manera temporal –por activación– o, menos probable, per secula seculorum –por  organización–.

 

"Llegados a este punto, tarde o temprano tiende a asaltarnos un doble interrogante: ¿Tener más caracteres sexuales masculinos o masculinizados implica ser más masculino?"

 

Llegados a este punto, tarde o temprano tiende a asaltarnos un doble interrogante: ¿Tener más caracteres sexuales masculinos o masculinizados implica ser más masculino? ¿Tener más caracteres sexuales femeninos o feminizados implica ser más femenina? O dicho de otro modo: ¿Un hombre con pelo en el pecho es más hombre que uno sin vello? ¿Una mujer con dos ovarios es más mujer que una con dos huevos?

Ciertamente, esta inquietante doble pregunta –que es doble porque hace referencia a dos ideas diferentes y diferenciables y no porque para su formulación se hayan utilizado dos interrogantes– posee a su vez una doble respuesta. Si se entienden lo masculino y lo femenino como aquellos conjuntos de caracteres sexuales resultantes de la acción diferenciadora del sexo que esencialmente solo existen en relación –es decir, que lo masculino sin lo femenino y lo femenino sin lo masculino tienen el mismo (sin)sentido que el norte sin el sur y el sur sin el norte o arriba sin abajo y abajo sin arriba–, la respuesta es sí, lógicamente. Pero en cambio, si se entiende la masculinidad y la feminidad no solo como la forma, sino principalmente como la percepción de vivirse como el hombre o la mujer que se es, respectivamente, la respuesta es un no rotundo.

Estas respuestas contradictorias resultantes de una deducción correcta a partir de premisas congruentes son fruto de la doble lectura que plantea la formulación de este interrogante. Es decir, se trata de una pregunta trampa que entrampa la respuesta: de una paradoja. Por tanto, como cualquier otra paradoja, esta solo puede ser resuelta replanteándola desde fuera y separando estrictamente los niveles lógicos de la misma, según la Teoría de los Tipos Lógicos.

 

"Las definiciones paradójicas de las palabras masculino y femenino son las que producen tal antinomia semántica. La forma de resolverla consistiría, pues, en dotar a cada de definición de un término exclusivo y excluyente"

 

En el caso que nos atañe, las definiciones paradójicas de las palabras masculino y femenino son las que producen tal antinomia semántica. La forma de resolverla consistiría, pues, en dotar a cada de definición de un término exclusivo y excluyente. En la Sexología Sustantiva esto se logra a través de las palabras ándrico y gínico. Mientras que las primeras –masculino y femenino– se utilizan para referirse a la percepción de vivirse como el hombre o la mujer que se es, las segundas –ándrico y gínico– se reservan para hacer mención al conjunto de caracteres sexuales típicamente de los machos y al conjunto de caracteres sexuales típicamente de las hembras. Sin embargo, siendo sinceros, poco resuelve esta resolución, pues aunque etimológicamente las primeras provengan del latín y las segundas del griego, semánticamente se hace referencia a los mismos conceptos: lo relativo al hombre y lo relativo a la mujer.

Honestamente, este asunto de la masculinidad y la feminidad –es decir, de la sexualidad entendida como la forma pero sobre todo como la percepción de vivirse como el hombre o la mujer que se es–, por su desafiante complejidad, se merece un artículo exclusivo y en profundidad y no unas tristes líneas robadas en las postrimerías de uno condenado a terminar. Como excusa inexcusable solo puedo prometer que llegará.

Fuere como fuere, se dice –y es enteramente cierto– que las diferencias sexuales dentro de cada uno de los sexos son tantas como las diferencias sexuales entre ambos sexos. No obstante, se ha usado esta evidencia –que es innegable– para negar la propia existencia de la acción diferenciadora del sexo e incluso la propia existencia de dos sexos en la especie humana: para negar lo ándrico y lo gínico. Ahora bien, este hecho indudable –la intersexualidad universal de los sujetos sexuados– no niega el sexo como agente diferenciador ni niega la existencia de dos sexos diferentes y diferenciables. Mas lo que sí niega es una antigua idea que aún está presente en la ciencia: el dimorfismo; es decir, aquella tesis que parte de que hay dos grupos sexuales homogéneos que son diferentes entre sí.

 

"La intersexualidad universal de los sujetos sexuados no niega el sexo como agente diferenciador ni niega la existencia de dos sexos diferentes y diferenciables; mas lo que sí niega es una antigua idea que aún está presente en la ciencia: el dimorfismo"

 

Dicho lo cual –y regresando a los ejemplos estereotípicos citados anteriormente–, se puede afirmar a ciencia cierta y sobre una sólida base que los  genitales se diferencian sexualmente. Es más, se puede reafirmar y confirmar que el pene es una característica sexual masculina –ándrica– y la vulva una característica sexual femenina –gínica–, en la medida que su desarrollo está condicionado al menos por las hormonas sexuantes –por la influencia de la testosterona y hormona antimulleriana, en el caso del primero, y por la carencia de ellas, en el caso de la segunda–. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de barrer, dado que ni el sistema endocrino, ni la genética ni el cerebro predisponen un sesgo sexual hacia la acción de barrer. Ahora bien, que barrer no sea una característica sexuada no implica que no existan diferencias sexuales en lo que a la forma de barrer se refiere. O dicho de otro modo: hay una forma masculina de barrer y una forma femenina de barrer, aunque barrer de por sí no sea ni masculino ni femenino.

En definitiva, conducta, emoción, simbolismo, ambiente, feromona, sistema inmune, sistema endocrino, sistema nervioso… Todos ellos conforman unas interacciones complejas que tienen capacidades sexuantes. Por supuesto, esta no es una respuesta definitiva. Para empezar, porque en la Ciencia no hay nada definitivo. Pero sobre todo, porque todavía no alcanzamos a comprender gran parte de todos los agentes sexuantes que dotan de esencia a los sexos. Mas si la Ciencia avanza no es tanto por sus respuestas como por sus preguntas, por lo que espero que este artículo suscite más preguntas que respuestas.

De Peculiares

¿Los juguetes tienen sexo? Diferencia sexual y juego infantil

"Désele a cualquier niño humano las muñecas que se quieran como regalo de Olentzero o Reyes. Désele también a cualquier niña los camiones, tanques o espadas que se precisen. Será estupendo. Cada niño y niña jugará como le dé la gana, dirigido tan solo por su programa interno de juego y relación con el mundo"

José Luis Beiztegui

18 de diciembre de 2017

Con el objeto de disertar brevemente sobre este vivo, actual y sustancioso tema, a saber, las concomitancias y correlaciones que se dan entre el sexo y la elección y conducción del juego infantil, me propongo visitar tres estaciones ilustrativas para culminar en un punto final donde estableceré las conclusiones al respecto. En primer lugar, y como primera estación, seré crítico acerca de cierta mitología de la naturaleza humana que pretende seguir “poniendo todos los huevos” del ser y devenir humano en manos de la sociedad, la cultura, las expectativas sociales, la crianza, la educación y similares. Por otro lado, ya transitando por la segunda y tercera estación, haré referencia a diferencias sexuales evidentes y a fenomenología (s)experimental de amplio espectro que nos ilustrará sobre el sesgo sexual en casi todo, pero más en exclusiva en el área del juego infantil. Por último, como ya he advertido, inferiré de lo dicho unas cuantas conclusiones finales.

 

“El sexo no es el destino, pero es una buena probabilidad estadística”

 

 

I - La tabla rasa o la impostura ambientalista-consoladora

Impostura: “Fingimiento o engaño con apariencia de verdad”. Avanzado el siglo XXI, seguir sosteniendo ideas como las que mantenía el paleontólogo y biólogo evolucionista Stephen JayGould allá por los años 80 del pasado siglo, y que me sirve como imagen paradigmática de similares posicionamientos en una gran y mayoritaria constelación de psicólogos, sociólogos, filósofos y pensadores a lo largo de estos dos últimos siglos, me parece un dislate de enorme proporción. Lo resumo en una frase: “The human brainiscapable of a full range of behaviors and predisposedtonone" / "El cerebro humano es capaz de un rango  completo de comportamientos y está predispuesto a ninguno” (JayGould).

 

 

 

Estimo que decir “está predispuesto a ninguno” es seguir vagando en la quimera meliflua e idealista de que el humano es una blankslate (tabla rasa), como titulara el científico cognitivo y lingüista Steven Pinker su libro de 2003. Desconozco qué le pasaba al bueno de Stephen por su cabeza para proferir semejante desatino, pero la ausencia de matización y  gradualidad en su aseveración se me torna aberrante y desproporcionada. Si hubiera dicho lo mismo, pero modificando de alguna manera su extremismo adjetivo, el resultante hubiera sido otro y a mi entender,  estando menos o más de acuerdo, más acertado. Yo podría afirmar, llegado el caso y junto a un JayGould más prudente, algo así como: “El cerebro humano es capaz de un rango completo de comportamientos y está predispuesto solo a algunos/genuinamente a todos/incipientemente a muchos…”.

 

“Todavía hoy día gravitamos en una pesada atmósfera que avala, respalda y refuerza estas maximalistas posiciones sobre el cerebro humano como materia nívea e inmaculada que solo se “activará y moldeará” tras el nacimiento”

 

De cualquier manera, ni Stephen dijo esto ni le tengo a mano para poder discutirlo. La cuestión es que, desgraciadamente, todavía hoy día gravitamos en una pesada atmósfera que avala, respalda y refuerza estas maximalistas posiciones sobre el cerebro humano como materia nívea e inmaculada, materia que solo se “activará y moldeará” tras el nacimiento, influida por la aburrida letanía de siempre: educación, cultura, crianza, contexto vital y social, familia, etc. Es decir, antes de nacer no hubo nada. Al abrir los ojos al mundo, ¡oh!, llegará todo. Llegarán los tropismos y disposiciones, llegarán las topografías y cartografías, llegarán las aptitudes y los talentos y llegarán las suertes y las desgracias. Solamente aplicando el más primario y básico común sentido –al menos el mío–, no dejan de alucinarme semejantes asertos.

Nada de predisposiciones, nada de talentos, nada de instintos, nada de marcajes biológicos, nada de potencialidades y umbrales y, por supuesto, nada de sexo. Afirmo categóricamente que seguir manteniendo estas tesis con la ciencia cabalgando ya a lomos de la segunda década del siglo XXI, llovido lo llovido y andado lo andado, es un absoluto disparate. Es más, es una impostura y un embuste de tamaño sideral que solo puede ser comprendido a la luz de la más desvergonzada ignorancia o la más rampante mala fe, ve tú a saber conducida por qué siniestros intereses.

 

“Seguir manteniendo estas tesis con la ciencia cabalgando ya a lomos de la segunda década del siglo XXI, llovido lo llovido y andado lo andado, es un absoluto disparate”

 

Efectivamente, sí, no somos pizarras en blanco al nacer y por cuestiones de espacio y tiempo basta con apelar, amén de lo que posteriormente exponga, al buen sentido común de cualquiera que contemple la realidad con la serenidad y sensatez que merece. Con solo abrir los ojos vale. Los documentos científicos de todo orden disciplinar que certifican y demuestran esto en diversas categorías son ubérrimos, innumerables y tercos. Estamos sometidos, pues, a innumerables fuerzas biológicas prenatales que recibimos como si fuéramos sacos de arena golpeados, sin ninguna capacidad de control y que moldean nuestros circuitos y nuestra mente de una manera intensa y organizadora.

Deducir de esto que toda la ingente e intrincada realidad humana se pueda explicar a la sombra determinista de formateos cerebrales innatos es, obviamente, una estupidez y una majadería. Pero igual de falaz y estúpido es sostener lo contrario, esto es, que todo ha de explicarse bajo los condicionamientos ambientales, contextuales, experienciales o sociales que al individuo le circundan; es decir, bajo el yugo de una particular tábula rasa. Si alguien quiere con esto hacer política ambientalista-consoladora, con su pan se lo coma. Si alguien quiere manipularlo todo y argumentar que esto lleva directamente a la injusticia cósmica, peor para él. Y si a alguien le salen granos pensando en que en ciertas instancias no somos clones desde que nacemos, que vaya al dermatólogo. La realidad es la que es y el no querer verla es ignorancia y terquedad absurda.

 

II - Diferencia sexual

“Las diferencias entre ambos sexos no se limitan solo a aquellas que podemos reconocer a simple vista. La neurociencia muestra que hombres y mujeres no nacen como hojas en blanco, sino que la naturaleza crea dos sexos con cualidades cognitivas diferentes debido a que la composición química, la anatomía, el riego sanguíneo y el metabolismo de sendos cerebros son distintos”, Rubia, 2007.

 

"Deducir de esto que toda la ingente e intrincada realidad humana se pueda explicar a la sombra determinista de formateos cerebrales innatos es, obviamente, una estupidez y una majadería. Pero igual de falaz y estúpido es hacerlo bajo el yugo de una particular tábula rasa"

 

Con la intención de ser sintético, obviando la necesidad de tener que introducirme en grandes nudos explicativos sexológicos que rebasarían ampliamente el objeto y finalidad de este artículo (procesos de sexuación de marcado carácter innato, agentes sexuantes implicados en el formateo cerebral, hitos organizativos cerebrales sexuantes, aspectos neurosexológicos varios, etc.), describiré tan solo un listado de algunas plurales, claras e irrefutables diferencias sexuales de marcado carácter innato-neurológico (en todo caso, conjuntivas e intersexuales, pero no por ello menos sujetas a un “sesgo sexual” claro y evidente). He aquí unos cuantos ejemplos. Indoctidiscant et amentmeminisseperiti. Podríamos seguir y seguir y no parar de seguir para seguir continuando siguiendo. Pero prosigamos hacia nuestro objetivo.

La conectividad entre ambos hemisferios es diferente en hombres y mujeres. En el cerebro femenino ambos hemisferios tienden a estar más conectados entre sí, lo cual permite una mayor facilidad para simultanear tareas y pensamientos. No es así en el caso del cerebro masculino, el cual no tiene tantas conexiones entre ambos hemisferios, por lo que se ve obligado a lateralizar más sus funciones dificultando así la realización de varias actividades al mismo tiempo. Sin embargo, esta mayor lateralidad del cerebro masculino permite a los hombres abstraerse cognitivamente cuando realizan una tarea concreta. A su vez, ellas muestran una mayor habilidad en el habla y el lenguaje, especialmente en la infancia, gracias a esa mayor conectividad entre hemisferios (Baron-Cohen, 2005).
Las niñas tienden a mostrar mayor precocidad en las habilidades lingüísticas frente a los niños. Esto ocurre debido a que el hemisferio izquierdo adquiere la madurez antes en las mujeres. A los seis meses de edad las niñas muestran ya más actividad eléctrica en este hemisferio que en el derecho al oír sonidos lingüísticos. A los veinte meses su vocabulario es el triple que el de los niños. Cuando empiezan a hablar, articulan mejor, elaboran frases más largas y complejas, con más calificativos, más plásticas y más fluidez. Las niñas añaden más detalles y calificativos, con descripciones más plásticas y expresivas cuando hablan o escriben. Se han realizado estudios que han comprobado que esta diferencia en la habilidad lingüística entre niños y niñas tiene lugar independientemente de la cultura o de la raza (Baron-Cohen, 2005; Calvo, 2009).
La habilidad espacial está unida a la testosterona. Por ello, en la pubertad los niños empiezan a destacar sobre las niñas en geometría o dibujo técnico.
Los chicos tienden a usar más el espacio cuando aprenden, especialmente en edades tempranas. Cuando se sientan juntos, el chico generalmente acaba invadiendo el espacio de la chica, pero no al revés. El movimiento ayuda a los chicos a controlar y estimular su cerebro. Su comportamiento inquieto esta generado por sus bajos niveles de serotonina y su mayor metabolismo. Las pausas, darles cosas que hacer o dejar que manipulen objetos en silencio, pueden ayudar a que su cerebro este estimulado sin que moleste. Generalmente las chicas no necesitan moverse mucho mientras aprenden. Los niños muestran más interés por explorar el espacio, mostrando incluso un comportamiento dominante del mismo invadiendo el espacio de los demás, especialmente de las chicas. La testosterona favorece el crecimiento muscular que impulsa a los niños a moverse. El movimiento ayuda a estimular el cerebro y liberar impulsos, por lo que los niños aprenden mientras se mueven. Debido a esta necesidad de movimiento los niños necesitan más descansos en la jornada escolar, donde se les permita moverse y así poder concentrarse.
Las investigaciones neurológicas han revelado que las chicas tienden a sufrir la mayoría de las depresiones y los chicos se inclinan al consumo de drogas y alcohol. Estas diferencias se deberían a factores hormonales y neurológicos (Gurian, 2006). Los trastornos de alimentación están relacionados con la química hormonal y cerebral. Los chicos no experimentan un ciclo sexual, ni la presión de estrógenos y progesterona, ni tampoco los ciclos de serotonina y por tanto sufren menos trastornos de la alimentación. El cerebro femenino no sufre tantos problemas de atención debido a su énfasis en el desarrollo del hemisferio izquierdo y su mayor segregación de serotonina las hace menos proclives al trastorno de hiperactividad. “La anorexia nerviosa está vinculada al sexo femenino de manera rotunda: el 90-95% de las personas afectadas son mujeres de entre 12 y 25 años” (Rubia, 2007, p. 132).
Los chicos son más proclives al retraso mental y las discapacidades de aprendizaje que las chicas. En la dislexia, el número de chicos afectados es significativamente mayor” (Rubia, 2007, p. 172). Otro trastorno que afecta más a hombres que a mujeres es la tartamudez, donde el 75 por ciento de los casos diagnosticados son niños (Rubia,2007, p. 180).
El cerebro masculino tiende a lateralizar su actividad y por eso sufre más trastornos del aprendizaje, mientras que el cerebro femenino usa más corticales para las funciones del aprendizaje, por eso una zona complementa a otra si esta sufre un defecto, lo cual no pasa en el cerebro masculino por esa lateralización. Muchos chicos serían diagnosticados de TDAH por no comprender el funcionamiento de su cerebro. Por cada cuatro niños que son diagnosticados de TDAH sólo lo es una niña, diferencia significativa que puede esconder las diferencias cerebrales y en el modo de aprender.
Uno de los ejemplos más impresionantes ligado al sexo es el del autismo: afecta diez veces más a chicos que a chicas, al menos en el síndrome de Asperger’ (Rubia, 2007, p. 173). Para Baron-Cohen, los trastornos del espectro autista y especialmente el Asperger, es consecuencia de un cerebro extremadamente masculino; es decir, de llevar al extremo absoluto las características que mayoritariamente tienen los hombres de sistematización combinado con una nula o casi nula existencia de empatía, característica femenina (Baron-Cohen, 2005, p. 152)
En relación a la vista, existen también algunas diferencias en la percepción visual entre niñas y niños. Mujeres y niñas cuentan con un mayor número de células cónicas y cilíndricas en la retina que los hombres, por lo que los fotorreceptores son capaces de detectar una gama más amplia de colores. Esta diferencia en el número de receptores es consecuencia del cromosoma X, encargado de suministrarlas, por lo que las mujeres al poseer dos X en su ADN tienen más de estas células. Las diferencias en la percepción visual afectan también al campo visual. El mayor número de células cónicas da a las mujeres una visión periférica más amplia, en algunos casos incluso de casi 180º. Los hombres, sin embargo, tienen una visión túnel, lo que les permite ver con precisión y claridad aquello que se encuentra delante de ellos aunque esté alejado, así como tener un mejor sentido de la perspectiva (Baron-Cohen, 2005).
Hombres y mujeres tienen también una diferente percepción del dolor y de la temperatura. Las mujeres tienen una sensibilidad táctil superior y reaccionan de forma más rápida y aguda al dolor; sin embargo su resistencia a largo plazo es mayor. En cuanto a la temperatura, las niñas suelen tener frio antes que los niños, cuyo sistema nervioso simpático predominante está preparado para reaccionar mejor ante el frío. (Sax, 2006, p.182)

 

III - Monos juguetones

No creo que hagan falta muchos más argumentos ni demostraciones para defender, digan lo que digan y pese a quien pese,  el hecho cierto de que no somos en modo alguno pizarras blancas al nacer y que la pintura sexual sea quizá una de las más empecinadas en embadurnar y colorear los pasillos y paredes de nuestro cerebro mucho antes del instante mismo en el que vemos la primera luz. La última y más diminuta célula de nuestro organismo está indefectiblemente sexuada. Nada quita para que después, pasados los segundos, los días y años, ese edificio de infinita altura prosiga coloreando sus diferentes estancias con sus propias reglas, a su forma y a su modo, en virtud de otros agentes programadores y configuradores. En tan laberíntico y tortuoso proceso, lo sociocultural tendrá su peso y también podrá pintar ciertas estancias, pero bajo el estricto yugo y dictado de sus instrucciones arquitectónico-biológicas, sean estas las que sean para cada momento y función.

 
"Lo sociocultural tendrá su peso y también podrá pintar ciertas estancias, pero bajo el estricto yugo y dictado de sus instrucciones arquitectónico-biológicas, sean estas las que sean para cada momento y función"

 

Entrando ya de lleno en los asuntos del juego infantil y la posible presencia de sexuadas predisposiciones ante el mismo, no nos queda otra que retrotraernos a datos y experimentación que pueda clarificar e irradiar algo de luz en las hipótesis iniciales que podamos mantener atendiendo a lo ya dicho y blandiendo el sesgo sexual como bastión y soporte. Para este cometido, voy a referirme a dos experimentos publicados en Evolution and Human Behavior y en Hormones and behaviour, en 2002 y 2008, respectivamente. El segundo, replicó e intentó contrastar y verificar los resultados del primero.

 

Experimento Monos/as Verdes y juego 

Ante 44 monos verdes machos y 44 monos verdes hembras, Gerianne Alexander y Melissa Hines, de las Universidad de Texas y Londres (2002), respectivamente, presentaron dos juguetes estereotípicamente masculinos (pelota-coche de policía), dos juguetes estereotípicamente femeninos (muñeca-olla de cocina) y dos juguetes neutros (libro ilustrado y perro de peluche). Se evaluó la preferencia de los monos por cada juguete registrando cuánto tiempo pasaron con cada uno. Los datos demostraron que los monos verdes macho expresaron un interés significativamente mayor en los juguetes estereotipados como masculinos y las monas verdes mostraron un interés significativamente mayor en los juguetes estereotipados como femeninos. Los dos sexos no difirieron en su preferencia por los juguetes neutrales.

El artículo de Alexander y Hines contiene una maravillosa imagen de un mono verde que realiza una inspección anogenital (examina el área genital de la muñeca en un intento de determinar si es masculina o femenina) y otro mono verde macho empujando el automóvil de policía de un lado a otro.

 

"Estos monos verdes nunca fueron socializados por los humanos y nunca antes habían visto estos juguetes en sus vidas; sin embargo, no solo mostraban la misma preferencia sexual por los juguetes, sino que la forma en que jugaban con ellos también era idéntica a la de los niños y niñas"

 

Nunca estos monos fueron socializados por los humanos y nunca antes habían visto estos juguetes en sus vidas. Sin embargo, no solo los monos verdes machos y hembras mostraban la misma preferencia sexual por los juguetes, sino que la forma en que jugaban con estos juguetes también era idéntica a la de los niños y niñas.

Según Melissa Hines, “la consecuencia del experimento es que lo que hace a un juguete más femenino y lo que hace a un juguete más masculino no son tan solo los estereotipos sociales, sino más bien algo innato que atrae a niños y niñas hacia diferentes tipos de juguetes”

Gerianne Alexander, por su parte, cree que los hallazgos sugieren que hay ciertos aspectos de los objetos que atraen a los sexos específicos y que estos aspectos pueden estar relacionados con las funciones masculinas y femeninas tradicionales que se remontan a los albores de la especie. Los juguetes preferidos por los niños –la pelota y el coche– se describen como objetos con la capacidad de ser utilizados de forma activa y propulsarse a través del espacio. Aunque las razones específicas detrás de las preferencias de los monos aún no se han determinado, dice, podrían existir preferencias por estos objetos ya que ofrecen mayores oportunidades para el juego áspero y activo, algo característico del juego masculino. Los hombres, por lo tanto, pueden haber evolucionado en sus preferencias hacia los objetos que invitan al movimiento.

 

Swaab: "La elección de los juguetes por parte de los monos demuestra que el mecanismo en el que se basa se remonta a decenas de millones de años en nuestra historia evolutiva"

 

Así mismo, tal y como señala Dick Swaab, neurobiólogo en la Universidad de Amsterdam, en su libro Somos nuestro cerebro: “La diferencia sexual en la elección de los juguetes por parte de los monos demuestra que el mecanismo en el que se basa se remonta a decenas de millones de años en nuestra historia evolutiva. El pico de testosterona que se produce normalmente en los varones estando en el útero parece el responsable de las diferencias sexuales en el juego. Las niñas que en el seno materno producen demasiada testosterona a causa del mencionado trastorno de las glándulas suprarrenales, las HSC, muestran una inusual preferencia por jugar con niños varones, se sienten más atraídas por los juguetes masculinos y tienen un juego más impetuoso que el que se acostumbra a ver en las niñas”.

*Mono de la especie “Chlorocebussabaeus”, de la familia Cercopithecidae, con pelaje de color dorado verdoso. Como curiosa particularidad, a los machos les adorna un escroto de color azul pálido.

 

Experimento Monos/as Rhesus y juego 

 Replicando el experimento anterior, Hasett, Siebert y Wallen, de la Universidad de Emory, EE.UU. (2008), investigaron las preferencias que mostraban 34 monos y monas macacos Rhesus jóvenes (de 1 a 4 años de edad) por juguetes estereotípicamente masculinos (vagón, camión y automóvil) y estereotípicamente femeninos (juguetes de peluche). La idea era comprobar si se darían los mismos resultados que los dados en el experimento de Alexander y Hines. Los resultados fueron similares, pero con matices en lo que a plasticidad lúdica se refiere.

 

Los monos Rhesus macho claramente también preferían jugar con los juguetes estereotipados como masculinos y las monas prefirieron interactuar con los juguetes estereotípicamente femeninos"

 

Los monos Rhesus macho claramente preferían jugar (pasaron bastante más tiempo) con los juguetes estereotipados como masculinos (vagón, automóvil y camión) y las monas Rhesus prefirieron interactuar con los juguetes estereotípicamente femeninos (ositos y muñecos de peluche), pero con la salvedad de que la diferencia en la preferencia de estas últimas por los juguetes femeninos no fue estadísticamente tan significativa ni contundente.

*Mono de la especie “Macaca mulata”, de la familia Cercopithecidae, típico, común desde Afganistan al norte de la India y China meridional. Como curiosidad, el factor “Rh” del grupo sanguíneo toma su nombre de este macaco, siendo en este animal donde se identificó este factor por primera vez. Humanos y Rhesus comparten cerca del 93% de ADN y un ancestro común 25 millones de años atrás.

 

IV - Conclusiones

La pizarra viene escrita

Existen claros agentes (celulares, genéticos, hormonales, neurológicos, etc.) que configuran y conforman el soporte básico de lo que cada uno será, sosteniendo la topografía básica de cada individuo humano, por cierto, indefectiblemente sexuado, o sea, indubitadamente tocado, grabado y formateado. La diversidad, la pluralidad, la diferencia y la policromía no son, pues, la excepción, sino la pertinaz regla en la instrucción biológica de nuestra especie, tanto desde una perspectiva filogenética como ontogenética. Cientos de procesos bioquímicos hierven detrás de las cortinas esculpiendo y moldeando cada una de las naturalezas que luego serán biografías sexuadas, removidas a sí mismo por otros factores sexuantes que también generarán tropismos formateantes en una danza circular única, quiasmática e inextricable.

 

"La pizarra viene ya parcialmente escrita. Es un hecho. No hace falta celebrarlo. Tan sólo observarlo y anotarlo"

 

Negar que venimos al mundo con esquemas previos, estructuras, instintos, umbrales de potencialidad, sesgos sexuales diferenciadores y diversificadores, es negar una evidencia y, por tanto, es ser heraldos de una impostura. Mantener la impostura permaneciendo ciegos a la evidencia es para hacérselo mirar. Por tanto, como mínimo, la pizarra viene ya parcialmente escrita. Es un hecho. No hace falta celebrarlo. Tan sólo observarlo y anotarlo. Y seguir el camino, libres de polvo y paja.

 

El sesgo sexual es un hecho

Hecho constatable y constatado. Incontestable y apodíctico. El cerebro se masculiniza o se feminiza, ambas a la vez y en mayor o menor medida, a partir de multitud de complejos procesos sexuantes tanto de orden innato como postnato. El sexo es bioquímica, neurobiología, genética, embriología y endocrinología. El sexo es, por tanto, testosterona, androstendiona, estradiol, aromatasa, colesterol, estrógeno, hidrocarburos policíclicos, oxitocina, dopamina, cromosomas, etc. Y el sexo es también crianza, modelaje experiencial, biografía parlante. También cultivo, cultura, contexto, moral social, religión, aprendizaje, ambiente, interacciones infinitas que nos hacen seres sexuados únicos e irrepetibles.

 

"El cerebro se masculiniza o se feminiza, ambas a la vez y en mayor o menor medida, a partir de multitud de complejos procesos sexuantes tanto de orden innato como postnato"

 

La disciplina que ha de estudiar semejante circuito de baile y sus totalidades emergentes es la Sexología, dama y señora nuestra. Que, verbigracia, los cerebros hipertestosteronizados (hipermasculinizados) jueguen irremediablemente al mus con el autismo y síndromes asociados no es una mera coincidencia. No es azar, no es baladí, no lo procura la ciencia infusa. Que de cada diez humanos autistas lo sean niños en un 85%, tampoco.

 

Del juego infantil y sus asuntos

Observemos cualquier casa, patio o parque y contemplemos cómo juegan al mundo grupos de niños y de niñas de dos, tres, cuatro, seis, ocho, diez o doce años, qué más da. Cuáles son sus movimientos, cuáles sus conversaciones, cuáles sus diálogos con los objetos, cuáles los mundos simbólicos que afloran en cada interacción lúdico-recreativa. Digo, y digo bien, cómo juegan al mundo y no a qué juegan del mundo. Nuestros monos y monas, ya casi estrellas rutilantes, no tenían idea alguna de estereotipos ni de lo que es una muñeca, un coche o un vagón con ruedas. Por consiguiente, la elección preferente del objeto no se debió a ninguna significación connotada cultural o ambientalmente. En este sentido, da igual una muñeca o una caja vacía de paracetamol. No se prefieren los juguetes en cuanto tal, en cuanto a los códigos simbólicos inherentes a ellos mismos, sino que son los preferidos en cuanto a las posibilidades interactivas y dialógicas que emergen de ellos y de sus características propias.

 

"Da igual una muñeca o una caja vacía de paracetamol, porque los juguetes no se prefieren en cuanto a los códigos simbólicos inherentes a ellos mismos, sino que son los preferidos en cuanto a las posibilidades interactivas y dialógicas que emergen de ellos y de sus características propias"

 

El vagón con ruedas, el coche y el camión posibilitan en mayor medida una actividad relacional en movimiento, activa, física, sin límites espaciales. La muñeca o los peluches no posibilitan per se este tipo de interacción y, por tanto, son desdeñadas por los monos machos. Pongamos ruedas a la muñeca y los resultados del estudio se habrían modificado completamente. Con ruedas o sin ruedas, las monas tienen un programa interno diferente al de los monos. Ellas jugarán de un determinado modo y ellos de otro. Por cierto, parece ser que las monas eran algo más plásticas a la hora de seleccionar sus juguetes y jugar con ellos (no se cuenta su modo concreto de interaccionar con el objeto). Un dato más que apoya la versatilidad y plasticidad de lo femenino en casi todo. Monas, niñas y mujeres, también algunos hombres, repelen lo rígido. Monos, niños y hombres, también algunas mujeres,  se agarran a un clavo, aunque esté ardiendo.

 

"Despertemos de una vez y dejemos a las niñas y a los niños en paz. Poner puertas doctrinales al campo es un error mayúsculo. Cabe todo. Niño con muñeca y niña con espadón, niño disfrazado de dragqueen y niña camionera conductora de tráiler. Pero también cabe, cómo no, niña mesando los cabellos de su muñeca y niño despendolado con su coche de policía capturando a malos"

 

En cualquier caso, no hay problema. Es fácil. Désele a cualquier niño humano las muñecas que se quieran como regalo de Olentzero o Reyes. Désele también a cualquier niña los camiones, tanques o espadas que se precisen. Será estupendo. Cada niño y niña jugará como le dé la gana, dirigido tan solo por su programa interno de juego y relación con el mundo. Más hacia allí o más hacia acá, pero eso es lo que hará. Despertemos de una vez y dejemos a las niñas y a los niños en paz. Poner puertas doctrinales al campo es un error mayúsculo. Que jueguen a lo que y como les plazca. Que pidan en su carta lo que se les ponga donde tú y yo sabemos. Cabe todo. Niño con muñeca y niña con espadón, niño disfrazado de dragqueen y niña camionera conductora de tráiler. Pero también cabe, cómo no, niña mesando los cabellos de su muñeca y niño despendolado con su coche de policía capturando a malos. Cada uno expresará lo que es y siente y educar a través del juego tan solo es eso: posibilitar que cada niño y niña sea lo que quiera ser y se relacione con sus juguetes como solo él sabe, siente y quiere.

 

"De tanto fijarnos en el dedo hemos terminado olvidando que allí, adelante, arriba, hay una estrella fija de un fulgor cegador"

 

José Luis Beiztegui Ruiz de Erentxun

Sexólogo y Psicólogo

De Peculiares

Menos turbación

"Al unirse una práctica muy genera­lizada pero se­creta, con una prohibición muy consensuada y pública, con unas “probadas” consecuencias tan nocivas, el resultado producido fue: "más tur­bación"
Joserra Landarroitajauregi

30 de octubre de 2017

La masturbación ha sido probablemente la práctica erótica más perseguida en la historia de Occidente. A ello han contribuido dos grandes errores históricos: uno teológico y otro médico. El teológico se ha producido por una mala interpretación de la Biblia. El médico por una mala in­ter­­pretación de los datos de la rea­lidad. El uno insistió en la idea de pecado y las consecuencias eternas. El otro, en la idea de enfermedad y las consecuencias físicas y mentales.

Todavía en la actualidad puede escucharse la expresión Ona­nismo para re­fe­­rirse a la masturbación. No tenemos la menor idea de si Onán se masturbaba o no porque la Biblia no dice absolutamente nada al respecto. Lo que sí refleja el Antiguo Tes­ta­mento con toda claridad es que inte­rrumpía el coito derramando su semen sobre la tierra con el fin de no fecundar a la fértil viuda de su difunto hermano. Y por ello, contrariando la ley hebrea que le obligaba a darle hijos a ésta. Este episodio bíblico, una vez mal­in­terpretado, ha servido de base para la estigmatización de las prácticas autoeróticas y para asociar a Onán con el nefando pecado solitario. No entro aquí sobre el juicio moral vetustotestamentario, pero aclaro que lo que el Génesis dice que Onán practicaba era un coitus interruptus con eyaculación extravaginal. Hizo pues justo y exactamente lo que inexorablemente se repite hasta la saciedad en cualquier cinta pornográfica actual: que el semen se derrame visiblemente. Exactamente la misma conducta, aunque las motivaciones no fuesen las mismas.

 
"Lo que Onán practicaba era un coitus interruptus con eyaculación extravaginal. Hizo pues justo y exactamente lo que inexorablemente se repite hasta la saciedad en cualquier cinta pornográfica actual: que el semen se derrame visiblemente"

 

El segundo error fue cometido por la Medicina de principios del siglo XIX y aquí se lo atribuiremos a uno de sus más insig­nes representantes: el Dr. Tissot. Este médico francés especialista en en­fermedades de los nervios (psiquiatra diríamos hoy) trabajaba en un manicomio de Lausana. Allí cayó en la cuenta de que la gran mayoría de sus internos se mastur­baba. Puesto que presuponía que la población "normal" no lo ha­cía, concluyó que el "onanismo" era la génesis de todos los males que él dia­riamente constataba (locura, alucinaciones, cegueras, melancolía, etc.). El argumento tuvo éxito y se extendió urbi et orbe.

Si el Sr. Tissot hubiera co­no­cido la frecuencia masturbatoria de la población "normal", quizás hu­biera de­di­­cado sus energías en otra dirección. Sin em­bargo los suyos no eran tiempos de estudios sociológicos sobre prác­ti­cas eróticas. Claro que por ser una práctica privada y ocul­tada, tampoco hubiera sido fácil la investigación.

 

"Aquellos peligros sanitarios y morales fueron tomados por tan graves y estigmatizadores que se menospreciaron los muchísimos daños que la cruzada anti-onanista produjo durante todo el siglo XIX y buena parte del XX"

 

Si hubiese experimentado consigo mismo seguramente habría comprobado que cuanto creía era alucinación. Pero creyéndolo cierto ¡a ver quién reunía el valor suficiente para exponerse a tales peligros! Y aquellos peligros sanitarios y morales fueron tomados por tan graves y estigmatizadores que se menospreciaron los muchísimos daños que la cruzada anti-onanista produjo durante todo el siglo XIX y buena parte del XX.

Como puede imaginarse, al unirse una práctica muy genera­lizada pero se­creta, con una prohibición muy consensuada y pública, con unas “probadas” consecuencias tan nocivas, el resultado producido fue: "más tur­bación". Así que durante todo el siglo XIX fueron generándose: más tur­ba­ción científica, más turbación religiosa, más turbación mental y otras múltiples turba­ciones hasta nuestros días. Frente a tanta turbación recibida, pongamos algo de luz con algunos datos. El primero de ellos: que hablamos de una conducta del todo inocua. Inocua hoy e inocua en el siglo XIX. Lo que no es inocuo es la estigmatización, la culpa y la angustia. Y los que resultan sumamente tóxicos son los constructores de estigma, los agentes culpabilizadores y los fabricantes de angustia.

 

"Durante todo el s. XIX fueron generándose: más tur­ba­ción científica, más turbación religiosa, más turbación mental y otras múltiples turba­ciones hasta nuestros días"

 

Sabemos que en torno al 97 % de los hombres y el 62 % de las mujeres la han practicado –con más o menos frecuencia– en alguna ocasión. La etapa de comienzo en los hombres es casi invariablemente la puber­tad y la adoles­cencia. Sin embargo muchas mujeres co­mien­zan su ac­tividad mastur­ba­toria en la juventud o en la época adulta. Desde luego ellas casi siempre empiezan a tocarse después de que alguien las haya tocado. Sin embargo, ellos suelen venir muy tocados por sí mismos antes de que alguien les toque. Los hombres suelen masturbarse estimulando directamente su pene hasta lograr la eyaculación. Las mujeres suelen estimular su clítoris acompañándose con frecuencia con otras estimulaciones de la vulva, la vagina, los senos, los muslos o las nalgas. 

La representación que solemos tener de la masturba­ción femenina su­pone la intro­ducción de objetos o dedos en la vagina. Por supuesto que a veces es así. Por muchas razones y una de ellas porque las representaciones generan realidades. Sin embargo esta representación se corresponde más con las fanta­sías masculinas que con las prácticas femeninas.

 

"La representación que solemos tener de que la masturba­ción femenina su­pone la intro­ducción de objetos o dedos en la vagina se corresponde más con las fanta­sías masculinas que con las prácticas femeninas"

 

En la actualidad sabemos que cualquiera que sea su fre­cuencia, su téc­nica o su finalidad la masturbación no produce absolutamente ningún efecto nocivo salvo la culpabilidad en aquellas personas que practicándola la consideran sucia, mala o pecaminosa. Sabemos que en estas personas lo pernicioso no es la masturbación, sino los fantasmas a ella asociados cuales son: culpa, estigmatización y angustia. Así pues evítense tales lacras.

Sabemos así mismo que el autoerotismo es el escenario más habi­tual y más eficaz del apren­dizaje orgásmico. A tener orgasmos, se aprende. Y la mayoría de las personas lo aprenden mediante autoex­ploración íntima y pri­vada, en la relación de escucha y comuni­cación que uno establece con su propio cuerpo.

 

"La masturbación no produce absolutamente ningún efecto nocivo salvo la culpabilidad en aquellas personas que practicándola la consideran sucia, mala o pecaminosa"

 

Por supuesto no puede –a veces se hace– concluirse con la fórmula imperativa: "hay que masturbarse". En el terreno de la sexualidad nada más nefasto que las exigen­cias, las obliga­ciones, las prescripciones y las normas externas. Si antes inseminamos estigma, culpa y angustia a los muchos que "sí", no hagamos ahora lo mismo con los pocos que "no".

Este artículo, cedido por Joserra Landarroitajauregi, pertenece al libro 'Sexorum Scientia Vulgata'
De Peculiares

Cuando el malestar se convierte en bienestar

"Estamos conociendo la primera generación de niñas y niños en situación de transexualidad que están pudiendo vivir su infancia con su identidad sexual respetada y aceptada"
Aingeru Mayor

23 de septiembre de 2017

La identidad sexual no se puede adivinar desde fuera del sujeto; solo puede ser expresada desde dentro. Y en todo caso lo que desde fuera se puede hacer es escuchar esa expresión y, a partir de ahí, aceptarla y acompañarla… o cuestionarla y negarla. Cuando su identidad pasa de ser negada a ser respetada su malestar se convierte en bienestar. Esto lo saben muy bien las ya cientos de familias de menores en situación de transexualidad del estado español que en los últimos años y, organizadas en diferentes asociaciones, están dando testimonio de ello. Pero, ¿sabemos desde la literatura científica algo de esas niñas y niños a quienes sí se les ha respetado su identidad y han realizado el tránsito?

Contamos ya con la primera publicación que empieza a poner un poco de luz sobre ello: Mental Health of Transgender Children Who Are Supported in Their Identities (Olson et al., 2016). En su estudio con 73 niñas y niños en situación de transexualidad de entre 3 y 12 años, que viven de acuerdo a su identidad sentida –y dicha identidad es aceptada por todo su entorno, es decir, que han hecho el tránsito–, Olson y su equipo encuentran que estas niñas y niños tienen niveles normativos de depresión y niveles de ansiedad solo un poco más altos que la media; y que tienen índices de psicopatalogías internalizadas notablemente más bajos que los que arrojan otros estudios con menores con “disforia de género” que no han hecho el tránsito.

 

"Los niñas y niños en situación de transexualidad que viven de acuerdo a su identidad sentida –y dicha identidad es aceptada por todo su entorno tienen niveles normativos de depresión y niveles de ansiedad solo un poco más altos que la media" 

 

Es decir, lo que esta investigación comienza a señalar es que los menores transexuales que han realizado el tránsito y a quienes se acepta su identidad tienen indicadores de calidad de vida similares a la media y mucho mejores que los de aquellos que no han hecho el tránsito y cuya identidad no es aceptada. Así que quizá es hora de emprender proyectos de investigación para estudiar el fenómeno de la transexualidad de manera rigurosa y desde una mirada comprensiva; es decir, que tenga ánimo de comprender estas realidades, para poder así, entre otras cosas, identificarlas correctamente y atender sus necesidades adecuadamente.

Mientras tanto, ojalá estas niñas y niños sean escuchados por sus familias y respetados en su identidad y en la diversidad de maneras de la expresión de la misma, para poder crecer no con el sufrimiento de la negación, sino con el necesario e imprescindible acompañamiento desde la aceptación.

 

De Peculiares

Transexualidad en la infancia: desenmascarando la falsedad del 80% de ‘desistimientos’

"Más que una cuestión de persistencias y desistimientos, en realidad nos encontramos ante una cuestión de criterios diagnósticos imprecisos"
Aingeru Mayor

23 de septiembre de 2017

En la mayoría de los casos los chicos tienen pene y las chicas tienen vulva. Por eso en el momento del nacimiento se miran los genitales: para suponer cual será el sexo del recién nacido, cuál será su identidad sexual. Cuestión que solo podremos conocer con certeza cuando, con la conquista del lenguaje, a partir de los dos años, empiece a hablar y a expresarse, afirmando “soy un niño” o “soy una niña”. Porque la identidad sexual no se puede adivinar desde fuera del sujeto; solo puede ser expresada desde dentro. Y en todo caso lo que desde fuera se puede hacer es escuchar esa expresión y, a partir de ahí, aceptarla y acompañarla… o cuestionarla y negarla.

En algunas ocasiones quien suponíamos que era un niño (porque tenía pene) resulta que es una niña (porque expresa que lo es). Y viceversa. Porque la identidad sexual no se encuentra en los genitales. Es a esta realidad a la que nos referimos cuando hablamos de transexualidad.

Desde el ámbito psiquiátrico se usa, de manera ambigua y muy poco precisa, el desafortunado término disforia de género (DG) para referirse a esta realidad, entre otras, desde una mirada patologizante. Pero la transexualidad no es ni una enfermedad ni un trastorno ni una anomalía. Tampoco es una decisión o una elección. La transexualidad es un hecho de diversidad. Y es importante no confundirla con los denominados comportamientos de género no normativos; es decir, niños a los que, por ejemplo, les gustan los vestidos o jugar con muñecas, o niñas que juegan al balón o prefieren llevar el pelo corto.

 

"La identidad sexual no se puede adivinar desde fuera del sujeto; solo puede ser expresada desde dentro

 

Hasta hace muy poquitos años la transexualidad infantil, la existencia de niñas con pene y niños con vulva, no solo era invisible, sino que además era impensable. A día de hoy, afortunadamente para esas niñas y niños, podemos pensar esta realidad y, por lo tanto, acompañarla.

 

Ante la pregunta de cómo acompañarles, una posibilidad es aceptar la identidad sentida y expresada y la peculiar manera de ser de cada quien, acompañando el tránsito para que puedan vivir de acuerdo a su sexo. De hecho, estamos conociendo la primera generación de niñas y niños en situación de transexualidad que están pudiendo vivir su infancia con su identidad sexual respetada y aceptada.

Desde la literatura “científica” sobre disforia de género, algunos autores vienen planteando que esta opción no es razonable porque, según afirman en sus publicaciones, la mayoría de los niños con disforía de género “desisten” en la pubertad. Por ejemplo, en el Documento de posicionamiento: Disforia de Género en la infancia y la adolescencia (Esteva et al. 2015), firmado por responsables de diferentes Unidades de Género del estado español, se afirma: “Los datos de persistencia indican que una gran mayoría (80-95%) de niños prepuberales que dicen sentirse del sexo contrario al de nacimiento, no seguirá experimentando tras la pubertad la disforia de género”.

 
"Hasta hace muy poquitos años la transexualidad infantil, la existencia de niñas con pene y niños con vulva, no solo era invisible, sino que además era impensable

 

Resulta ser un porcentaje abrumador que no concuerda para nada con la realidad expresada desde las distintas asociaciones de familias de menores transexuales del estado español que han ido surgiendo en los últimos años: entre sus familias no ha habido ni un solo caso de desistimiento –y estamos hablando ya de más de 500 familias–. Parece, por lo tanto, necesario revisar las referencias que se dan, para ver de dónde sale ese dato del 80-95% de desistimientos.

La investigación liderada por Esteva realiza dicha afirmación citando tres estudios de los que, sorprendentemente, uno de ellos no proporciona datos de desistimientos en la infancia (Cohen-Kettenis, 2001), mientras que los otros dos encuentran porcentajes considerablemente inferiores: 63% y 45,3% (Steensma et al. 2011 y  Steensma et al. 2013, respectivamente). Y es que, curiosamente, dicha aseveración no se basa en los resultados de los estudios a los que hace referencia, sino en datos que se mencionan en las introducciones de dichos artículos.

Podemos ver, así, que esa afirmación ha sido casi literalmente traducida y copiada de la introducción de Cohen-Kettenis et al. (2008), donde se puede leer: “Symptoms of GID at prepubertal ages decrease or even disappear in a considerable percentage of children (estimates range from 80–95%)”, dato que se acompaña de la referencia a tres artículos: uno de ellos (Cohen-Kettenis, 2001) ofrece un porcentaje del 42,6% y los otros dos (Zucker y Bradley, 1995 y Drummond et al. 2008) dan un 80%.

 

"Además de que el 95% no aparece en la bibliografía por ningún lado, lo que nos encontramos es un gran abanico de porcentajes (entre 42,6% y 80%)" 

 

En las introducciones de los otros dos artículos (Steensma et al. 2011 y Steensma et al. 2013) a los que hacen referencia Esteva et al. (2015) se habla de un 84,2%, dato que se recopila de 10 estudios, 7 de ellos anteriores a 1990. Por lo tanto, además de que el 95% no aparece por ningún lado, lo que nos encontramos es un gran abanico de porcentajes (entre 42,6% y 80%), algunos recogidos de estudios muy antiguos, sobre los que resulta necesario reflexionar si queremos sacar alguna conclusión con rigor.

De hecho, Drummond et al. (2008) apuntan que el porcentaje que arroja su estudio (80%) puede que sea demasiado alto por el peso que se da en los criterios para diagnosticar disforia de género a los comportamientos superficiales de identificación cruzada de género –o comportamientos de género no normativos–.

 

"Drummond apunta que el porcentaje que arroja su estudio (80%) puede que sea demasiado alto por el peso que se da en los criterios a los comportamientos de género no normativos

 

Coincidimos con Drummond en que el origen de esta disparidad en los datos y la existencia misma de la idea de desistimiento parece provenir de los criterios diagnósticos de disforia de género del DSM, que son los que usan los diferentes estudios. Especialmente es importante reflexionar sobre el criterio principal, que en la última versión del DSM-V es considerado criterio sine qua non, y que queda formulado así: “The experience of a strong desire to be of another gender or an insistence to be another gender”. Podemos observar que este criterio mezcla, usando la conjunción disyuntiva o, dos realidades diferentes:

               a) La “vivencia de un fuerte deseo de ser del otro género”, que haría referencia a los denominados comportamientos de género no normativos: niñas con vulva y niños con pene que viven con malestar las “imposiciones de género” que no van con su forma de ser y expresarse. Por ejemplo, un niño a quien le guste maquillarse y, porque se burlan de él, expresa que desearía ser niña, no porque lo sea, sino porque si fuese niña no le molestarían por el hecho de maquillarse y le dejarían en paz ser como es.

               b) La “insistencia en ser del otro género”, que haría referencia a lo que conocemos por transexualidad: niñas con pene y niños con vulva que insisten en ser del sexo que son –aunque los demás crean y afirmen lo contrario–.

En la pubertad, las chicas masculinas y lo chicos femeninos no suelen sentir malestar hacia sus cambios corporales y no demandan ningún tratamiento médico, por lo que dejan de ser diagnosticados de disforia de género. Son los que desisten. En cambio, las chicas y chicos transexuales siguen siéndolo en la pubertad es decir, quienes decían “yo soy del otro sexo” –en realidad lo que dicen es “yo soy del sexo que soy, y no del que vosotros decís que soy"– lo seguirán diciendo. En muchos casos, ante el malestar generado por el desarrollo de caracteres sexuales secundarios no deseados, demandan tratamientos médicos. Y se les mantiene el diagnostico de disforia de género. Son los que persisten.

 

"Quienes desisten cumplen la primera parte del criterio del DSM (deseo de ser) y los que persisten cumplían la segunda (insistencia en ser)" 

 

Steensma et al. (2011, 2013), estudiando los factores asociados con la persistencia, hallan un resultado muy esclarecedor: “Quienes persisten explícitamente indicaron que sentían que eran del otro sexo, quienes desisten indicaron que se identificaban como chicos femeninos o como chicas masculinas que solo deseaban ser del otro sexo”). Es decir, quienes desisten cumplían la primera parte del criterio del DSM (deseo de ser) y los que persisten cumplían la segunda (insistencia en ser). Y es que la fuente de la confusión que estamos analizando proviene de esa conjunción disyuntiva del criterio sine qua non del DSM que mezcla dos realidades del todo diferentes bajo un mismo “diagnóstico”.

Steensma et al. (2011, 2013) muestran asimismo otro dato de gran interés: de los casos de su muestra en los que se hizo  en la infancia el tránsito completo, ninguno desistió. Más que una cuestión de persistencias y desistimientos, en realidad nos encontramos ante una cuestión de criterios diagnósticos imprecisos que llevan a una errónea identificación de caso. Porque los que supuestamente desisten, no desisten de nada. Lo que ha sucedido es que se les metió en un saco –el de la disforia de género– del que posteriormente les sacan. Claro que quizá resulte duro para los expertos asumir públicamente que yerran en el diagnóstico en un 80-95% de los casos...

 

"Más que una cuestión de persistencias y desistimientos, en realidad nos encontramos ante una cuestión de criterios diagnósticos imprecisos que llevan a una errónea identificación de caso" 

 

A día de hoy las unidades de género en el estado español parece que están empezando a identificar mejor las dos realidades que se han venido confundiendo y, seguramente por ello, están encontrando porcentajes de desistimientos mucho más bajos. Por ejemplo, Nuria Asenjo-Araque, de la Unidad de Género del Hospital Ramon y Cajal de Madrid, que es la segunda autora del Documento de posicionamiento (Esteva el al. 2015), firma ese mismo año otro artículo (Asenjo-Araque eta al. 2015) en el que dan cuenta de los 45 casos de menores que han atendido en su Unidad en los últimos años. En el mismo afirman que “el número total de casos de menores de 18 años (...) en los que persiste el diagnóstico y que continúan siguiendo el tratamiento en la UTIG es de 43 (95% del total).” Es decir, en su muestra de niños y adolescentes desisten solo el 5%.

Es más, si revisamos detenidamente su estudio, encontramos que aclaran que “el número de menores que abandonaron la UTIG antes de la mayoría de edad es de 2 (4,4%) por motivos de cambio de residencia”. O sea que los que para los autores “desisten”, en realidad es que les han perdido la pista porque fueron a vivir a otra comunidad autónoma. Si usamos un poco de rigor científico, esos casos de los que ya no se tiene conocimiento no se deberían contabilizar en los resultados. Lo que significa que en su muestra el porcentaje de desistimientos es del 0%.

Si bien no se puede sacar de este estudio ninguna conclusión definitiva, puesto que por una lado no se trata de un estudio de seguimiento y, por otro, de los 45 casos solo 5 eran menores de 11 años cuando acudieron por primera vez a la Unidad, resulta curioso que este llamativo porcentaje nulo de desistimientos que no coincide con los datos presentes en la literatura no sea mencionado ni en el Abstract ni en las conclusiones de su artículo: lo dejan ahí perdido en un párrafo en mitad del artículo.

Asimismo también es destacable que en otros dos lugares del artículo se refieren a ese dato diciendo: “encontramos un alto porcentaje de menores que continúan su seguimiento después de la mayoría de edad” y “nuestros datos hasta la fecha objetivan un número elevado de casos de menores vistos en edades tempranas, en los que se confirma y se mantiene su diagnóstico de disforia de género, después de la mayoría de edad. ¡¿Cómo “alto porcentaje” o “número elevado de casos” si se trata del 100% de su muestra?!

Hemos de añadir en esta reflexión que en el Documento de posicionamiento (Esteva el al. 2015), tras afirmar el 80-95% de desistimientos añaden: “Por consiguiente las valoraciones psicológicas en niños deben ser más cuidadosas aún que en adultos, deben ser realizadas por personal especializado en DG y deben evitar en lo posible intervenciones médicas dañinas o irreversibles”.

 

"En la infancia los niños y niñas en situación de transexualidad no necesitan ningún tratamiento. Bueno, en realidad sí que necesitan un tratamiento: necesitan un buen tratamiento, que se les trate bien" 

 

Los autores del artículo, responsables de distintas Unidades de Género, son quienes mejor saben que con los niños prepuberales no se realiza ninguna intervención médica, menos aún dañina o irreversible. Y que las primeras intervenciones médicas, en todo caso, se hacen en el principio de la pubertad con los bloqueadores hormonales. ¿Por qué realizan entonces dicha afirmación, que no tiene ningún sentido y, eso sí, genera una sensación de alarma?

En la infancia los niños y niñas en situación de transexualidad no necesitan ningún tratamiento médico. Bueno, en realidad sí que necesitan un tratamiento: necesitan un buen tratamiento; es decir, que se les trate bien. Lo que necesitan, igual que el resto de niñas y niños, es un acompañamiento que respete su identidad y la expresión de la misma. Porque lo que genera malestar en estas niñas y niños no es su situación de transexualidad, sino la negación de la misma.

 

Este artículo es una ampliación del artículo publicado en la Revista de Endocrinología Pediátrica por Mayor y Beranuy (2017), en respuesta al Documento de Posicionamiento de Esteva et al. (2015). Nuestro comentario fue a su vez respondido en el mismo número de dicha Revista por Esteva y López-Siguero (2017). Invitamos a leer dicha respuesta poniendo atención en la profundidad de los argumentos esgrimidos.
Esteva I, Asenjo N, Hurtado F, Fernández-Rodríguez M, Vidal A, Moreno-Pérez O, Lucio MJ, López JP y Grupo GIDSEEN. Disforia de Género en la infancia y la adolescencia. Grupo de identidad y diferenciación sexual de la sociedad española de endocrinología y nutrición (GIDSEEN). Rev Esp Endocrinol Pediatr. 2015;1(6):45-48. http://www.endocrinologiapediatrica.org/revistas/P1-E15/P1-E15-S590-A275.pdf Cohen-Kettenis PT, Delemarre-van de Waal HA, Gooren LJG. The treatment of adolescent transsexuals: changing insights. J Sex Med. 2008;5:1892-7. https://www.researchgate.net/publication/5290785_The_Treatment_of_Adolescent_Transsexuals_Changing_Insights Steensma TD, McGuire JK, Kreukels BP, Beekman AJ, Cohen-Kettenis PT. Factors associated with desistence and persistence of Childhood Gender Dyshphoria: A Quantitative Follow-Up Study. J Am Acad Child Adolesc Psychiatry. 2013;52(6):582-90 Steensma TD, Biemond R, de Boer F & Cohen-Kettenis PT. Desisting and Persisting gender dysphoria after childhood: A qualitative follow-up study. Clin Child Psychol Psychiatry. 2011;16(4);499-516. Zucker KJ, Bradley SJ. Gender identity disorder and psychosexual problems in children and adolescents. New York/London: Guilford Press; 1995:283–301. Drummond KD, Bradley SJ, Peterson-Badali M, Zucker KJ. A follow-up study of girls with gender identity disorder. Dev Psychol 2008;44:34–45. Cohen-Kettenis PT. Gender identity disorder in the DSM? J Am Acad Child Psy. 2001;40:391. American Psychiatric Association. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (Fifth Edition). Washington: APA;2013. Asenjo-Araque N, García-Gibert C, Rodríguez-Molina JM, Becerra-Fernández A, Lucio-Pérez MJ y Grupo GIDSEEN. Disforia de género en la infancia y adolescencia: una revisión de su abordaje, diagnóstico y persistencia. Revista de Psicología Clínica en Niños y Adolescentes 2015;2(1):33-36. http://www.revistapcna.com/sites/default/files/14-19.pdf Mayor A y Beranuy M. Comentario a: Documento de posicionamiento: Disforia de Género en la infancia y la adolescencia. Grupo de Identidad y Diferenciación Sexual de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (GIDSEEN). Rev Esp Endocrinol Pediatr 2017;8(1):59-60. http://www.endocrinologiapediatrica.org/revistas/P1-E21/P1-E21-S950-A412.pdf Esteva I. y López-Siguero JP. Respuesta a 'Comentario a: Documento de posicionamiento: Disforia de Género en la infancia y la adolescencia. Grupo de Identidad y Diferenciación Sexual de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (GIDSEEN)' Rev Esp Endocrinol Pediatr 2017;8(1):61-61. http://www.endocrinologiapediatrica.org/revistas/P1-E21/P1-E21-S950-A416.pdf