De Peculiares

He llegado a mi límite

27 de enero de 2020

Maitena Usabiaga Sarasua

Tengo la suerte de trabajar rodeada de jóvenes que me enseñan infinito y me muestran su realidad y la comparten conmigo. Afortunada yo. Así que os quiero contar algo que me mostraron y lleva días dando vueltas en mí. Los límites. Cómo nos cuesta poner límites a las mujeres, qué mal lo podemos llegar a pasar por no poner límites a lxs demás, por miedo de hacerles daño o de simplemente perder su “amor”.

Os pongo en contexto. Estuvimos hablando sobre la autodefensa feminista, del derecho y capacidad de defendernos. Es la hostia comprobar que nos sentimos débiles porque así es como nos han tratado; cuidado con los chicos, no vuelvas sola a casa, te pongo una aplicación que nos dice dónde estás constantemente por tu seguridad... Nos hemos creído que no podemos defendernos, nos hemos creído que somos potencialmente víctimas de cualquiera que nos quiera hacernos daño, que somos débiles. Con esto no quiero pretender que no tengamos nuestro lado débil y que efectivamente, hay mucho cabrón que quiere hacernos daño, lo sé. Pero que sintamos el permiso para defendernos, de poder decir hasta aquí hemos llegado, nos puede salvar la a veces maldita vida. La jodida indefensión aprendida.

Seguimos charlando sobre ello y llegamos a un tema que me pareció muy interesante. Cómo nos tratamos entre colegas, entre tías. Están en una edad donde lo más importante es ser parte de algún grupo, sentirse aceptada, saber que eres alguien. No creo que esta etapa se supere nunca, no hay más que vernos. Pero su vivencia es muy intensa y así lo expresan. Empiezan a cuestionar su identidad, comienzan a dar lugar a sus deseos, a expresar que son sujetos eróticos, a explorar sus cuerpos y los otros.

Todo esto con la mirada fija y dura de las amigas. No sé cómo será en otros países, pero en Euskal Herria, las cuadrilas son una institución más y como todas las cosas, tienen lados positivos y negativos. Uno de ellos, es que se convierte en una especie de torre de control y a veces, como un jurado. Los movimientos que se salgan de lo establecido por el grupo, son juzgados y comentados por las demás. Todas sabes que se habla de ellas y que son criticadas, pero nadie dice ni pio.

Yo flipaba con ellas, nunca se habían dicho que algo les había molestado o que se sentían dañadas por lo que sea. Me decían que cuando les pasaba esto, iban a sus casas y lloraban solas. Al día siguiente, tan normal. Son mis amigas, pero no les voy a decir que algo me ha molestado porque va a dejar de ser mi amiga o le va a doler lo que le vaya a decir, no quiero hacerla daño.

Qué curioso. Somos capaces de recibir y sentir daño por alguien, pero luego nos horroriza hacer daño a alguien. Es que las mujeres no hacemos daño, ¿sabes? Tenemos que ser comprensivas y aguantar como perras. Joder, vaya mierda. Si entre nosotras no nos ponemos límites, cómo hostia vamos a hacerlo en la jungla de ahí fuera, donde hay demasiada gente que quiere aprovecharse de nosotras, de nuestro trabajo, de lo que sentimos, necesitamos...

No quería ponerme dramática, así que pensé que era cuestión de edad. Pero.... ¡¡tachaaaan!! Al día siguiente tuve una conversación demasiado similar con mis colegas. Colegas que están más cerca de los 50 que los 30. La conversación era casi igual. Vi nuestra incapacidad de poner límites, la incapacidad de ser honestas y decir ¡basta! De expresar que no nos gusta algo o que nos hemos sentido heridas por lo que sea. “Cómo le voy a decir eso.... cómo voy a decirle que cuando me ataca me duele, que me siento como si me humillaras. Si se lo digo, se sentirá mal y ya no me querrá”.

Joder de nuevo. Cómo es posible que no nos defendamos de los ataques de nuestras propias amigas. Creemos que poner límites es dañar y para mí significa todo lo contrario. Poner límites es amar. Primero, amarte a ti y segundo, amar a la otra persona; no voy a dejar que me hagas daño, me quiero y me respeto. ¿Qué la otra persona pueda sentirse dañada? Claro. A nadie le gusta escuchar que la persona que amamos se haya sentido dañada por nosotras, nos jode, pero si la amamos podemos aprender a amarla. Y si no quieren aprender, podemos decidir si invertir nuestro tiempo con ella o no.

Pero para poner límites, tenemos que romper la creencia de que hacerlo está mal. No tenemos el deber de soportarlo todo, ni de ser empáticas con todo el mundo, ni de perdonarlo todo... Podemos ser agresivas. Agresivas a la hora de expresar lo que sentimos, de no guardarlo todo dentro y llevarlo en nuestras súper mochilas. Veo a demasiadas mujeres cargando con todo el peso y veo que las jovenzuelas vienen con las mismas tendencias (en este tema). Darnos permiso para decir hasta aquí hemos llegado, puede cambiar y mucho nuestras vivencias. Dar permiso a las jóvenes para defenderse puede salvarles. Dejemos de limitarnos tanto y pongamos más límites.

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Voces en tu cabeza

19 de enero de 2020

Santiago Pérez Hernández

Decir; “yo soy una multitud” puede resultar confuso, incluso agobiante. Pero a veces te pasa, dentro de tu cabeza tienes una multitud que se agolpa. El agobio que sientes se debe a que todas las voces quieren hablar, y la mayoría de las veces, todos a la vez. Es importante aprender a ignorarles, como sino fueran parte de ti, pero llaman constantemente la atención, tu atención. Insisten, se repiten, te taladran como aquella canción.

Cuando escuchas esas voces, quizá pienses que estás severamente trastornado, pero la realidad es que no tiene porqué, de hecho, si lo piensas, le pasa a todo el mundo. Gente que habla sola, gente que mira su teléfono, y va a su bola. En realidad, ¿de qué estamos hablando? Pues de que todos tenemos conversaciones con nosotros mismos, y por mucho que queramos, hay voces que no podemos callar.

Seguro que en muchas ocasiones quieres hacer algo y otro “algo” te lo impide. Esto seguramente te generará impotencia y te plantearás si lo quieres hacer, por qué no lo haces. En otras ocasiones sabes que no lo tienes que hacer, pero aún así, lo acabas haciendo, te llamas tonto, ¡gilipollas!, pero lo acabas haciendo, y no lo entiendes.

La explicación nace en que las personas tenemos diferentes “yoes”, y no siempre están de acuerdo. Tu “yo” más niño, el adolescente, el crítico... Esas vocecitas hablan como si te conocieran. En realidad te conocen mejor que nadie, en realidad cada voz es una parte de ti.

Seguro que muchas veces has ardido en deseos de aplacarlas, de silenciarlas y sentarles en el banquillo. Pero casi nunca lo has conseguido. Eso pasa porque una parte de ti se ha congelado, no te permite avanzar, como si quisieras correr y estuvieras atado a una cuerda. Tú corres hacia delante y ella tira para que vuelvas.

Habitualmente es una parte de ti a la que nunca quieres mirar, porque es demasiado dolorosa. Volver ahí te hace daño, has combatido toda la vida por mantener esos recuerdos ocultos. Eran episodios que envolvías, metías en una caja, cerrabas con llave y te la tragabas. Sin masticar, para dentro. Y como todo lo que no digieres, tu cuerpo lo devolvía, y lo devolvió. Una y otra vez, porque tu empeño por tragar, solo era proporcional a la fuerza con lo que lo sacabas.

Pero nadie se daba cuenta, o eso creías tú. Si hablabas, si lo contabas, te sentiría muy débil, o eso creías. A veces dudas de que sea tu voz la que habla, porque estás congelado, porque hubo personas que hicieron de ti lo que les salió del haba. Dejándote cicatrices sin cerrar, queloides, cicatrices con trozos, cicatrozos.

Al final, saliste. Seguiste adelante, con un pie en el pasado y otro en el presente. Lograste verbalizarlo. Y rompiste la cuerda. Recuerda que sois un montón, el congelado, el hervido y el ahumado. Porque una multitud discutiendo son una guerra, pero unidos, sois bandera. Sé que te despides hablando bajito, sin gritar, tu “yo” se está descongelando, estás en ello.

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Sexo anal: cómo explorar “el lado oscuro de la fuerza”

8 de enero de 2020

Norma J. Brau

Comienza el año y con él los propósitos de año nuevo. Si este año te has propuesto el sexo anal como uno de ellos, no pierdas los siguientes tips para una exploración desde el más puro nivel padawan para convertirte en todo un Jedi (o Sith) en el arte de la erótica que incluye a nuestro ano.

Una servidora aún está asimilando el final de la saga Star Wars. Por ello, y en precioso homenaje a la misma y con la intención de dignificar y poner en valor el placer relacionado con el ano, he decidido clasificar los tips para la exploración anal mediante frases de las películas… ¡o modificaciones! He aquí mis cinco frases galácticas para explorar en tu lado oscuro de la fuerza:

“Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes” - Maestro Yoda

Un clásico de nuestro querido Maestro verde que quiero recuperar para recordar lo más importante en toda práctica erótica (por nuestra cuenta o en compañía): ir a por ello. 

Pero recordad, jóvenes padawans, en la sexualidad, siempre, la fuerza necesaria para la decisión nos la dará el deseo. Es decir, tener ganas sin presiones ni expectativas nos permitirá una exploración gozosa, adaptada a nuestro cuerpo y necesidades. 

Para ponernos exigencias ya tenemos otros aspectos de la vida, así que, ya sabes, si lo haces, que sea porque te pica la curiosidad, porque alguna gracia le has visto, porque quieres ver qué pasa.

“Entrénate a ti mismo para dejar ir todo aquello que temes perder” - Maestro Yoda

Vamos con otra gran frase del Maestro por antonomasia de la saga. Aunque el objetivo final sea disfrutar de tu ano en compañía, el autoconocimiento es un buen punto de partida. Cuanto más sepamos sobre cómo le gusta a nuestro cuerpo, mejor sabremos transmitirlo a la/s persona/s con quienes estemos. 

Así, dejándonos llevar, perdemos de forma voluntaria el control, lo mismo que luego tendremos que dejar llevar en compañía. Y es que este es uno de los aspectos que más miedo suele dar: que nos despojen del control en lugar de perderlo gozosamente.

“Concéntrate en el momento. Siente, no pienses, usa tu instinto” - Qui-Gon Jinn

Quienes tengan vulva y, más concretamente, quienes tengan vagina y hayan intentado alguna vez meterse algo lo tendrán muy presente (espero): la relajación es la clave. 

Cuando estamos con la misma tensión que un gato cuando bufa, es muy probable que haya músculos de nuestro cuerpo que se tensen de forma involuntaria… ¡ese no es el camino!

Recuerda que he hablado en este post sobre explorarte. La exploración no es la conquista de una cima, es un paseo por la selva. Sin prisas, con calma y detenimiento, poquito a poco.

Si estás comenzando y temes que cualquiera te pille, vas con el tiempo justo (o pegado al culo, ¡nunca mejor dicho!) o estás con la mente en otra cosa… probablemente, no sea el mejor momento, ni en el que más disfrutaras.

Haz que esta experiencia sea un autorregalo, no un deber. 

“Soy prisionero del beso que nunca debiste darme” – Anakin Skywalker

Meter, meter, meter… si es que estoy segura que hasta ahora sólo has pensado en meter cosas en tu ano, ¿es meter lo único que se puede hacer? Obviamente no.

Sabemos que en soledad es un poco difícil, pero te queremos sugerir una práctica aún algo desconocidilla para cuando lo hagas en compañía: el beso negro (o griego o como lo quieras llamar). 

Los besos y las caricias son una forma dulce, cuidadosa y muy íntima de comenzar a explorar esta zona de nuestro cuerpo en compañía. ¡No te limites a la idea de meter y meter y verás cómo puedes volverte fan de esta práctica!

¡Que el lubricante te acompañe! 

Obviamente, la fuerza no es buena acompañante, así que me he tomado la licencia poética de modificar la gran épica frase. Pero, además de lubricación, he aquí otros elementos que te serán de ayuda:

  • Juguetes de todos los tamaños y tipos

Nunca nos cansamos de recordar que hay juguetes específicos para la penetración anal. La base del juguete siempre debe ser más ancha que la parte más ancha del juguete para que funcione como tope. 

Puedes usar tanto dildos como plugs (con joya, con colita, personalizado a tu gusto...). Los materiales como el cristal y el metal, aunque más fríos, pueden ser más amigables por su mayor suavidad.

Lo más recomendable es comenzar por tus propios dedos (o de quien te acompañe) e ir poco a poco avanzando desde los juguetes más pequeños hasta los más grandes que tu cuerpo encuentre placenteros. 

  • Los arneses pueden ser tus fieles compañeros de andadura

Juguetes como los dildos pueden introducirse manualmente o, cuando estamos con alguien, esa persona puede ponérselos a la altura de su pelvis mediante un arnés.

El juego con arneses (o, si se prefiere el uso de un pene) puede permitir que otros aspectos sensoriales sigan siendo cuidados, dado que liberan las manos para que puedan seguir acariciando el resto de tu cuerpo… ¡o lo que prefieras!

  • Una última nota sobre la lubricación

Recuerda que los lubricantes de silicona (incompatibles con los juguetes del mismo material) aseguran una mayor lubricación y de mayor duración que los que tienen base de agua. 

Por otro lado, puede que quieras valorar la opción de lubricantes oleosos, pero recuerda que no son compatibles con el uso del preservativo.

Por último, y una duda que a veces nos asalta, ¿lubricante con o sin relajante muscular? ¡Uf, difícil y personal elección! Lo que debes tener claro, antes de tomar la decisión, es que si pierdes la sensibilidad, puede que se hagan heridas y malestares que notarás en cuanto pase el efecto relajante.

En definitiva, la exploración del lado oscuro de la fuerza es toda una aventura que, en contra de lo que muchas veces pensamos, puede estar llena de placer y satisfacción. Sin embargo, como muchas otras, especialmente cuando hablamos de penetración, es una práctica que realizada sin cuidado y de manera brusca puede dar más dolores de cabeza que otra cosa.

Seguro que si lo tomas con calma, sin presiones y a modo de exploración, como dijo Luke Skywalker… “Las cosas no pasarán como tú crees”. 

De Peculiares

¿Por qué te sientes culpable de tener fantasías eróticas?

30 de diciembre de 2019

Monica Leiva, Educandosobresexo

A veces tenemos pensamientos de índole sexual que nos resultan inaceptables y molestos porque nos provocan conflictos con nuestros valores aprendidos. Esas fantasías que valoramos como negativas suelen ser las que reflejan relaciones sexuales con violencia, dominación o sumisión. Las fantasías pueden sorprendernos y parecer confusas ya que a veces no guardan parecido con nuestros deseos conscientes. Fantasear con parejas múltiples o encuentros violentos, por ejemplo. Si sentimos excitación delante algunas fantasías que no se desean en la vida real, podemos sentir malestar e incluso llegar a creernos que somos seres perversos y enfermos. Así, bastantes personas se preocupan con sus fantasías sexuales, se cuestionan si es normal fantasear con depende que y se pueden sentir culpables de tenerlas y que estas les generen placer.

Pero tener fantasías sexuales es normal y saludable. Si una cosa nos caracteriza a los seres humanos es nuestra capacidad para crear situaciones y mundos imaginarios. Esta capacidad está presente en todo lo que realizamos en nuestra vida, incluyendo el sexo por supuesto. Fantasear es una capacidad humana, que muchas veces dejamos aparcada e incluso infravaloramos como propia de la infancia o de personas que se pueden “permitir perder el tiempo”. Como dice el psicólogo catalán Antoni Bolinches “en cuestiones de sexualidad, la imaginación es capaz de volar más alto que la realidad” Usando las fantasías enriquecemos nuestra vida sexual y aprendemos más de nosotros y nosotras mismxs. La aceptación y disfrute de las fantasías nos hará conocernos y aceptarnos mejor.

Ya lo decía la escritora Megan Maxwell “Todo el mundo tiene fantasías, pero no hablan de ellas por pudor”, el pudor o más bien el temor a ser juzgadxs como “rarxs” o a no ser entendidxs por los demás.

Las fantasías eróticas tienen su utilidad

El objetivo de las fantasías sexuales sería la de liberar las tensiones del día a día, estimular la imaginación para crear un mundo de fantasía y, sobretodo, usarlas para pasarlo bien.

¿Es necesario llevarla a cabo? Depende de cada uno y cada una. La fantasía es una cosa completamente íntima y privada mientras no la convirtamos en acción y cómo producto de nuestra imaginación podemos decidir si se queda en nuestros pensamientos o la externalizamos. A veces la fantasía quiere quedarse en fantasía simplemente y no hace falta hacerla en la vida real, ya que la imaginación supera a la realidad y pasarla al mundo real nos puede decepcionar. Todo en nuestra cabeza es más rico y ocurre de una manera ideal, y si la fantasía es una situación compartida a lo mejor la reacción de la otra persona u otras personas no cumplen con nuestras expectativas o nos ocurren imprevistos que nos estaban en nuestra mente y podemos acabar decepcionándonos.

Si es bueno tener fantasías, ¿por qué me hacen sentir mal?

Las fantasías sexuales son fantasías y como tales nos puede ayudar a evadirnos como también a enriquecer nuestras vidas eróticas... Si tú sientes que alguna te hace sentir mal deberías analizar el motivo por el cual ocurre esto.

El sexo y la culpa muchas veces vienen de la mano, si nos sentimos culpables de nuestros ‘pensamientos es porque nos estamos hipervigilando sin necesidad de una fuerza externa represiva ¿Por qué ocurre? Se sabe que le sexo es la faceta humana que más se ha querido controlar desde la moralidad de nuestra sociedad y producto de ello es que lleguemos a sentirnos mal por nuestros pensamientos eróticos cuando creemos que “se salen de la norma”.

Lo que debemos de tener claro es que aunque hay cosas de nuestro imaginario erótico que deseamos llevar a la práctica hay otras que nunca desearíamos que sucedieran de verdad, son las fantasías eróticas que se quedan en nuestra cabeza como fantasías y nunca llegan a cumplirse. A la moralidad de nuestra sociedad esta distinción parece que no exista, el simple hecho de imaginar ya es malo y esto produce es que nos sintámonos culpables de todo lo que nos pasa por la cabeza, pero al igual que si podemos sentirnos responsables de nuestras acciones, no tenernos porque sentirnos culpable de nuestras fantasías ni tan siquiera dar explicaciones de las mismas, ya que están en nuestra cabeza.

Somos el animal sexual más extravagante que existe en el planeta y la mayor parte del tiempo practicamos el sexo como diversión por lo que para una sexualidad sana ha de existir la imaginación y el juego. Dejemos volar la imaginación erótica privada y particular y disfrutemos del enriquecimiento erótico que provocan.

De Peculiares

Cuando te dicen “haz vida normal” después del parto

26 de diciembre de 2019

Juncal Altzugarai

“Ahora ya puedes hacer vida normal”. Esta es la frase que escuchamos una gran mayoría de mujeres tras nuestra revisión ginecológica tras la famosa cuarentena. Si todo ha ido más o menos bien, no hay puntos infectados, ni nada raro, la recomendación suele ser que volvamos a nuestra vida de antes.

Es cierto que nadie, ni siquiera nuestras amigas más próximas, ni nuestras madres, tías, nos avisan de que es aún muy pronto para volver a hacer vida normal.

Me acuerdo yo de las ganas que tenía, tras mi primera maternidad, de que la ginecóloga me dijera que ya estaba todo bien y que “a la carga”. Recuerdo que lo primero que hice cuando salí de la consulta fue comprarme hidratante vaginal y preservativos. Yo quería celebrar que todo ya estaba como antes. TODO.  Sabía que la lubricación era más escasa en el postparto, pero poco más, la verdad. “Está todo perfecto, Juncal. Ya puedes hacer vida normal”. Fui a casa con esa frase resonando en mi cabeza, como si estuviera en Disneylandia.

Aquella noche, mi pareja y yo decidimos volver a tener relaciones sexuales con penetración. Hidratante, lubricante, condón y… dolor. Nadie me había avisado de eso. Me ardía la vagina. Tenía un dolor punzante, que me quemaba. Volvimos a intentarlo con todo el mimo del mundo, volvimos a acariciarnos, a besarnos, a tocarnos. Volvimos a intentar el coito. Agujas en mi vagina, como si me estuvieran mordiendo. Poco a poco lo conseguimos… casi sin dolor. Tampoco sentí nada más. NADA MÁS. Ni media sensación más que el ardor en la entrada de mi vagina. Como si todos los interruptores de sensaciones se hubiesen apagado. Nada. Él tampoco sintió nada… un rato después, entre risas ya, me dijo que había sido como meterla en un estadio de fútbol. El problema era que la cicatriz de mi episiotomía tenía algún punto de adherencia, lo que dificultaba la elasticidad de la zona y la hacía dolorosa. Además, la musculatura de mi suelo pélvico brillaba por su poco tono, por lo que la cavidad vaginal vivía desparramada, sin poder contraerse, ni poder tener control alguno sobre su fuerza.

Yo tenía la suerte de tener los conocimientos teóricos y me puse manos a la obra, masajeando mi periné, descongestionando la zona, trabajando la cicatriz de la episiotomía. Me puse a tope con los ejercicios de Kegel y poco a poco fui recuperando las sensaciones de antes de dar a luz.

Pero ¿qué pasa con todas esas mujeres que no tienen los conocimientos que tengo yo? ¿Es que nadie es capaz de decirles que no, que ahora ya no es como antes? Pues se ve, que en la gran mayoría de los casos, no. Con esto no quiero decir que no haya mujeres que vivan un postparto maravilloso sin ningún tipo de problema… ¡haberlas, haylas!

En los talleres de suelo pélvico que imparto, me he dado cuenta de cómo normalizamos situaciones que no lo son: vaginismo, dolor a la penetración, falta de sensibilidad vaginal, que se nos escape un poco de pis… Sobre todo, después del parto y de esa frase de “está ya todo bien, haz vida normal”. Mujeres que vuelven a correr, pero que se dan cuenta de que sienten un peso a la altura de su vagina, mujeres, que en el cumple de una de sus criaturas, saltan en la cama elástica y se dan cuenta de que tienen pérdidas de orina. Mujeres que sienten (como sentía yo) una punzada en la entrada de su vagina cuando tienen relaciones con penetración. Mujeres que normalizan todo eso, se lo callan y están, en ocasiones, años enteros viviendo con incomodidad estas situaciones.

Qué poco hablamos de los post partos y de cómo se nos queda el cuerpo tras dar a luz. Qué poco compartimos entre mujeres. Creo que es fundamental destapar que no somos las únicas, que seguro que a la mujer que tienes sentada al lado en el metro o en la oficina, también le pasa… o que ha pasado por eso en algún momento.

¿Sabes qué? Que estas cosas tienen remedio. Aunque vayamos periódicamente al ginecólogo, es importante que realices una revisión exhaustiva de tu suelo pélvico. Las fisioterapeutas especializadas te ayudamos a conectar con tu cuerpo, a detectar el problema y te damos pautas para poder solucionarlo. Es un trabajo muy agradecido, porque normalmente, en pocas sesiones y con algo de trabajo en casa, se sienten muy rápidamente los resultados. Conectar con tu suelo pélvico es conectar con tu yo más íntimo, con tu energía sexual, con tus placeres. Te ayuda a conocerte más profundamente y te ayuda a empoderarte. Es un trabajo muy potente, que en ocasiones, debemos acompañarlo de una sexóloga/psicóloga que nos ayude, también en otros planos que no son solamente el físico. Elige a alguien que te dé confianza para meterte de lleno en este proceso, porque va a facilitarte mucho las cosas.

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La historia de las brujas, mujeres librepensantes

4 de diciembre de 2019

Yaiza Morales

Las mujeres siempre hemos sido sanadoras y hemos transmitido nuestros saberes y experiencias entre vecinas y de madre a hija. Desde tiempos inmemoriales, las mujeres sabían cómo asistir en los partos, procurar abortos y actuaban como enfermeras aplicando sus conocimientos sobre hierbas medicinales y lo que hoy en día conocemos como los remedios de la abuela. Su trabajo en éste ámbito era tan poco reconocido que no aparece en los libros; o no al menos de un modo a tener en cuenta.

La historia que de ellas nos ha llegado, ha sido contada por sus perseguidores y teñida de maldad y un sinfín de atributos ridículos que han contribuido a mitificar la leyenda de las brujas.

Sabemos que las gentes de los pueblos las llamaban mujeres sabias aunque para las autoridades eran consideradas brujas o charlatanas y así pasaron a la historia.

La represión de estas mujeres sabias fue una lucha política; tanto por motivos de clase como por el hecho de que fue una lucha entre sexos. Las sanadoras o brujas fueron condenadas principalmente por su condición de mujeres. En la oposición encontrábamos los poderes de las clases dominantes tales como la Iglesia o las instituciones, universidades…

Por parte de la Iglesia se creó la Santa Inquisición que era básicamente una caza de brujas y el papel que éstas desempeñaban pasó a ser satanizado en contraposición con los médicos académicos (que por supuesto eran todos hombres), y que por otro lado eran designados por los altos poderes soberanos y las autoridades seculares. Es desde entonces que el aspecto de mujer relacionado con los cuidados y el famoso sexto sentido se ha rodeado de un halo de superstición asociándolo con la brujería.

La caza de brujas que se inició allá por el siglo XIV ha tenido consecuencias tan duraderas que llegan hasta nuestros días. Tanto que podríamos afirmar, en cierto modo, que los aquelarres medievales y el exterminio de las mal llamadas brujas, tienen bastante que ver con la actual lucha feminista. Por eso contar nuestra historia como realmente aconteció es una parte importante de esa lucha.

Desde que se iniciara la persecución de las brujas como tal en época del feudalismo, sus ideas arrasaron el territorio de lo que en esos tiempos ocupaba la Europa Occidental y se llegaron a registrar en algunas ciudades un promedio de 600 ejecuciones anuales por motivos de brujería.

Curiosamente sabemos que también entraba dentro del cómputo de la mal llamada brujería cualquier comportamiento que se desviara de la “normalidad” así que, pese a que el 85% de las ejecuciones que se llevaban a cabo eran de mujeres ya fueran niñas, adultas o ancianas, un porcentaje más reducido aunque significable también se llevó por delante a hombres bajo las mismas excusas. La acusación de brujería abarcó un sinfín de delitos, desde la subversión política y la herejía religiosa hasta la inmoralidad y la blasfemia

La persecución de las brujas coincide en tiempo y lugar con periodos de gran agitación social así que podríamos deducir que la población en general estaba conmocionada y con lo cual más enfurecida. Eso siempre lleva a la radicalización de los comportamientos y en algunos casos a una mayor sed de encontrar un culpable de la situación sobre quien descargar la ira.

Pero curiosamente la caza de brujas no fue un linchamiento popular sino más bien una campaña súper regulada y respaldada por la ley y como ya hemos comentado antes por la Iglesia. Se creó hasta una guía para la ocasión llamada Maleficarum Malleus; algo así como Martillo de Brujas que fue escrito en 1484 y en el que quedaban recogidos tanto los procedimientos a aplicar como las cualidades y comportamientos típicos de una bruja.

Se habla ya en esa época de la histeria femenina que supuestamente y en ese caso, era la desencadenante de esos comportamientos. En el libro se especificaban diferentes métodos de tortura que eran útiles para conseguir información sustancial sobre brujería tanto de las propias brujas como a vecinos que supuestamente hubieran observado alguna actitud sospechosa en alguien.

Entre estas actitudes existen 3 que se consideraban acusaciones irrefutables de brujería:

– Mujeres que tuvieran una actitud que se pudiera considerar sexual hacia los hombres. Es decir, que pudieran tentar y engañar a los hombres con sus atributos y sus prácticas con intenciones diferentes a procrear.

– Mujeres que estuvieran organizadas o tejieran una red de ayuda entre sí.

– Mujeres que supuestamente tenían poderes mágicos sobre la salud. Es decir, que podían curar a los demás.

En estas acusaciones podemos ver una actitud claramente misógina que lo que pretendía era desacreditar a cualquier mujer que pudiera dar la impresión de tener un pensamiento propio; de expresarse libremente o de poder demostrar estar en igualdad de condiciones que un hombre.

Pese a los avances que hemos experimentado en la historia, ¿Creéis que esta lucha se diferencia mucho de la que vivimos hoy en día?

De Peculiares

¿Y tú quién te crees para desearme?

2 de diciembre de 2019

Maitena Usabiaga Sarasua

Mi cabeza casi siempre (siempre es demasiado tiempo) es una bomba de relojería. Pienso todo el rato, las ideas vienen y van y últimamente una de los pensamientos lo está ocupando el deseo. ¿Qué nos está pasando a las mujeres, sobre todo, con el tema de que nos deseen? Percibo rechazo al hecho de que los hombres nos deseen. Nos hace sentir objetos, cosas, nos sentimos hasta violadas, intimidadas.

Las ideas siguen bailando dentro de mí y llego a la conclusión de que no es que nos deseen, sino cómo muestran su deseo. Y digo; “vale, según cómo me miran me mola más o me da puto asco”. Y es tal cual, enseguida lo sientes en el cuerpo, reacciona ante las miradas ajenas. Algunas muestras te pueden hacer sonreír y otras hacerte huir. Pero, ¿sabéis qué?, que cada vez veo a menos mujeres sonreír y no sé si es porque no encontramos miradas deseantes que nos gusten o porque las rechazamos todas.

El cómo importa, es evidente, pero no me parece suficiente como respuesta y sigo indagando. El dónde y el cuándo también son relevantes ¿verdad? No es igual sentir que te desean en tu puesto de trabajo que en tu casita, no es lo mismo cuando estás de fiesta a cuando estás paseando para respirar después de un día jodido. No es lo mismo, porque nosotras no siempre estamos igual ni queremos siempre lo mismo. Por tanto, llego a la conclusión de que la reacción que siento cada vez que me encuentro en esta tesitura, mi estado cuenta y mucho, porque reconozco que  no todos los días, ni yo, somos iguales.

Tengo la impresión de que ésta última conclusión muchas veces no se toma en cuenta. Intentamos regularizar lo de afuera y estamos haciendo poco caso o ninguno a lo de dentro, aunque me consta que muchas estamos terapeutizadas a muerte. También opino que nuestra reacción depende muchiiiisimo de quién nos desea. Si me muestra deseo quien yo deseo, de lujo, encantada de la vida, pero al contrario si me encuentro con alguien que aborrezco y muestra signos de deseo, le llamo puto baboso. Porque siento el asco en mi cuerpo, claro está, pero no me impide reflexionar sobre ello. Me doy cuenta de que dentro de mis esquemas mentales hay mujeres y hombres que deseo y, por tanto, me encanta que me deseen, y tengo a otra peña que no entra dentro de mis parámetros. Esos parámetros no siempre son compartidos con la normalidad heteropatriarcal, pero tengo unos parámetros, me guste o no. Reconocerlo es bien.

Sigo sumergiéndome y cuestionando mis reacciones y mis exigencias para con lxs demás. ¿Acaso mis no deseadxs no tienen derecho de desearme? ¿Desear es un derecho? Nosotras como nadie, sabemos lo que es vivir la represión del deseo. Nos podían desear, los hombres, pero parecía que no teníamos ni la capacidad de desear. Las mujeres no podían ni debían, y todavía muchas veces parece que tampoco, desear. Éramos sólo deseables pero no deseantes. Qué putada. Pero no porque que te deseen sea una putada, sino porque nos negaban la posibilidad de desear, de elegir, de tomar la iniciativa, a mostraros cachondas y seductoras. Ahora parece que lo que buscamos es la categoría de deseante y aborrecemos a la deseable. Porque creemos que el ser deseante conlleva intrinsicamente más poder. ¿Creéis que es así? ¿Ser deseable es una actitud pasiva? ¿a todas nos tiene que poner cachondas la misma manera y la misma gente? ¿y si a mí me pone muy pero que muy cachonda que me seduzcan? ¿por qué nos ofende que alguien muestre su deseo hacia nosotras?

Creo que podemos estar empoderadas reconociendo nuestro lado deseable, no reconocerlo ni aceptarlo es ocultar una cualidad importante. Ser vulnerables nos fortalece. No quiero caer en la trampa que los hombres se han tendido a ellos mismos, nosotras hemos aprendido que la vulnerabilidad es un tesoro que hay que guardar, cuidar y compartir con quien nos salga del coño (o de donde sea). Somos vulnerables y no pasa nada. A veces nos gusta sentirnos deseadas por alguien en concreto, en el lugar y con los modos que hace que se nos moje el coño. Y no, no siempre me apetece gestionar el deseo ajeno y no, todo el mundo no tiene derecho a expresar su opinión sobre mi cuerpo. Pero creo que el deseo lleva apellido masculino y pienso que, como en muchos aspectos de la vida, la revolución está en feminizar las cosas, no que nosotras queramos ser como ellos. Seguir perpetuando esquemas de dominación, ocultando nuestras vulnerabilidades, competir en todo, hacernos las duras y fuertes, independientes, individualistas...

Ser deseables no nos hace más débiles. Sentirnos vulnerables no nos quita valor. Es incómodo muchas veces, nos remueve por dentro y hay que atenderlo. Pero también podemos jugar, jugar para no hacernos daño y empoderarnos. Porque podemos responder, sentir, querer, no querer, enfadarnos, agradecer... No me gustaría vivir en un lugar donde los deseos no tuvieran su sitio, donde no se ligue, donde no se seduzca, donde no se juegue. El juego está cambiando porque así lo queremos, las reglas de antes ya no nos sirven y reclamamos la diversidad de los juegos y jugadorxs. Muchas no queremos seguir jugando a un juego impuesto, donde nuestros quereres no se han tomado en cuenta, donde nuestro papel es siempre el mismo y nosotras amigas, no somos iguales ni queremos lo mismo.

Conocernos, saber lo que nos gusta, lo que no, cómo lo queremos, de quién lo queremos, dónde, cuándo... son herramientas potentes para poder garantizar la creación de nuevos escenarios donde nos podamos vivir más plenamente. Los “deberes” nos han traído a un escenario donde priman los juicios, culpas, desconocimiento, mentiras y relaciones de poder unilaterales. Los “quereres” nos pueden llevar a nuevos escenarios donde nos sintamos vivas, activas, participantes, poderosas... Que no se nos vaya la olla, no dejemos de jugar.  Si no puedo jugar, no es mi revolución.

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El secreto mejor guardado sobre la virginidad

29 de noviembre de 2019

Laura Marcilla

Sobre la virginidad se han escrito ríos de tinta y dependiendo del momento se ha hablado de ella como algo sagrado que hay que conservar o como un lastre que hay que “perder” al llegar a cierta edad.

De hecho, en mi propia experiencia impartiendo talleres de educación sexual, me doy cuenta de que la virginidad y todo lo que la rodea es un tema recurrente y que ocupa una posición central en las preocupaciones de los adolescentes.

“¿Cómo puedo saber si mi pareja es virgen? ¿Cómo hago para que no me duela perder la virginidad? ¿A qué edad se debe perder la virginidad? ¿Cómo sabes cuando estás preparado para perder la virginidad? Etc…”

Esta y otras cuestiones aparecen a diario, generalmente revestidas con un tono de preocupación, de inquietud, de ansiedad e incluso de miedo. Existen muchas presiones en torno a las relaciones sexuales que a menudo empujan a la gente joven (y no tan joven) a realizar practicas que no desean o en momentos en los que no se sienten realmente dispuestos a ello.

Por esta razón considero que la información que estoy a punto de compartir puede ser una de las verdades más tranquilizadoras que existe en cuanto a sexualidad. Por favor, acompañadme con un imaginario redoble de tambores…: LA VIRGINIDAD NO EXISTE.

Así, tal cual lo leéis. La virginidad no existe, nos la hemos inventado. No se encuentra en ninguna parte de nuestro cuerpo, ni la podemos medir u observar. No está en el himen como nos han hecho creer durante mucho tiempo (de hecho, ni todas las vaginas tienen himen, ni este se tiene porque romper con una penetración). La virginidad no es algo que se pierda, porque nunca la hemos tenido, porque es solo un concepto (cargado de moralina) que las personas hemos popularizado para poder dividir a la gente en función de si han tenido relaciones sexuales o no. Y no cualquier tipo de relación sexual, no: penetración. Pene + vagina. ¿Qué pasa con las lesbianas? ¿Y con los gays? ¿Y con el resto de maravillosas prácticas sexuales que no parecen haberse ganado el honor de ser tan importantes como para quitarnos la etiqueta “virgen” de la frente?

Como decía, el concepto imaginario de virginidad solo tiene la importancia que le queramos dar, porque ni nos convertimos en personas diferentes tras nuestra primera penetración (si es que acaso queremos tenerla siquiera), ni tiene por qué ser más importante esta primera vez que otras primeras veces como el primer beso, la primera masturbación, el primer orgasmo o la primera vez que duermes al lado de alguien.

Y ojo, que no pretendo desmerecer lo importante que puede ser una primera vez en la vida de cualquiera. ¿Puede ser especial la primera relación sexual con otra persona? Por supuesto que sí, especialmente si vamos a ella con deseo y entusiasmo. Pero precisamente por ello me parece muy triste que se hable de ello como “perder” algo cuando lo que estamos haciendo es ganar experiencias.

Y lo más grave del asunto es que no nos limitamos a dividir a la gente en esas dos cajas inventadas de “virgen” o “no virgen”, sino que les juzgamos en función de la caja en la que están (en la que les hemos metido, más bien). Y ellos se sienten juzgados y juzgadas, por salidos, por guarras, por desesperados, por pringadas o por cualquier otro término que usemos contra alguien cuando tenemos información sobre su historial sexual (o la ausencia del mismo).

Así que, por favor, repetid conmigo bien alto que la virginidad no existe. Hasta que nos lo creamos de verdad y actuemos en consecuencia, hasta que la gente deje de sufrir por cuándo o cómo hacerlo para que la sociedad lo considere “correcto”, hasta que consigamos cambiar el tono de las preguntas de los jóvenes y, en vez de pedir consejos para que no duela, pidan consejos para disfrutar al máximo. Hasta que no necesiten la aprobación de nadie para elegir qué hacer o qué no hacer con sus cuerpos.

Y seguramente entonces, todos seremos más felices. Porque la virginidad no existe, pero todavía pesa, vaya que si pesa…

De Peculiares

Cómo el Tantra te puede ayudar a estar más conectado/a con el presente

27 de noviembre de 2019

Dhyan Rafik, www.bloombarcelona.com

La vida que tenemos en nuestro día a día es muy acelerada y expuesta a un bombardeo de impulsos. Tenemos millones de cosas por hacer, y entre nuestras tareas, o en ellas mismo, nosotros aún colocamos más estímulos. Nos levantamos con el sonido del despertador o del celular pensando qué ponernos en función de lo que vamos a hacer ese día, preparamos el desayuno escuchando música o las noticias de la radio, tomamos el café leyendo el periódico o viendo la televisión, bajamos a la calle ya con los auriculares puestos y en el metro escuchamos música, vemos vídeos, respondemos mensajes... y todo eso antes de llegar al trabajo.

Tenemos una capacidad enorme para vivir disociados del momento presente. Nuestro cuerpo está en un lugar, pero nuestra mente en otro. Es normal que esto ocurra y es una habilidad que tenemos que aprovechar, pero hacerlo de forma sistemática nos lleva a realizarlo de forma automática, sin control, en cualquier situación, incluso en nuestras relaciones sexuales. Si nos parece normal cepillarnos los dientes y pensar en la entrevista que tendremos en lugar de percibir como me estoy cepillando, si nos parece lógico estar comiendo y preocuparnos por las desgracias que ocurren en el mundo, en lugar de prestar atención al gusto, textura y aroma de la comida que ingerimos, si nos parece razonable estar en el metro y jugar a un videojuego o chatear en lugar de hablar con otras personas o percibir el paso de las estaciones, nos lleva a hacer el amor y estar pensando en cualquier otra cosa o hasta fantasear con otras personas, en lugar de sentir plenamente el momento presente con quien lo estamos compartiendo.

Nuestra realidad debería ser distinta. Cuerpo y mente conectados, permitiendo alinear lo que sentimos con lo que pensamos. De ese modo, al cuerpo y a la mente se le suma la emoción. Conseguimos así percibir las emociones que nos llegan, sentir lo que nuestro cuerpo nos trae y nuestra mente presente, no evadida, consigue procesar y a veces hasta comprender. Se trata de hacer callar nuestra mente, no dejar que nos lleve a otro lugar, disolver el ego y nos permita sentir plenamente, sea lo que sea que estemos viviendo.

El Tantra, así como el sexo tántrico están cargado de mitos y malos entendidos. El Tantra no es una religión, por lo que no trabaja con dogmas, trabaja con principios. Uno de sus principios podría responder a la frase: "haz lo que hagas plenamente". Es decir, cuando hagas una cosa haz sólo eso. Dedícale tu atención plena. Si tomas baño, toma sólo baño. No pienses en otras cosas. Percibe la temperatura del agua, cómo reacciona tu piel a ese calor o frío, cómo se desliza el agua por las diferentes partes de tu cuerpo, la leve caricia que hace en forma de pequeños ríos por tu piel, como se acumula el agua en forma de gotas en unos lugares y otros no…

Realizar pequeños ejercicios de plena presencia nos ayuda a ser más conscientes de lo que hacemos, cómo lo hacemos y lo que sentimos haciéndolo. Traer esa presencia en lo que hacemos nos permite una mayor conexión con nosotros y también con las personas con las que compartimos nuestra vida y esos momentos de intimidad, cariño y placer. Una de las prácticas más habituales entre los tántricos para entrenar esa plena presencia es a través de la meditación. Ejercicios para abstraerse de todo, salir de nuestros pensamientos, y tan solo respirar, sentir, percibir. Nosotros destinamos poco o ningún tiempo a no hacer nada, a entrenar ese estado de atención, percepción, contemplación. Cuando no hacemos nada nos da la sensación de que estamos perdiendo el tiempo, y en realidad perdemos mucho más al no permitirnos esos momentos de no pensar, no hacer, sólo ser.

El cuerpo es sabio. Hay una sabiduría en cada una de nuestras células. Cuando nos cortamos no es el médico quien nos cura. Él nos junta la herida con unos puntos, pero es nuestro propio cuerpo el que cicatriza la herida y nos cura. El cuerpo nos habla, pero hemos perdido la habilidad de escucharlo. Y como no lo escuchamos termina gritándonos, poniéndose enfermo. Cuidar del cuerpo no es sólo comer alimentos saludables y hacer ejercicio. Además necesitamos momentos para escucharlo, escucharnos, sentirnos. Y con todo ese ruido que colocamos en nuestras vidas no hay espacio para esa conexión con nosotros mismos y mucho menos con los otros. Necesitamos momentos para silenciar el mundo y escuchar nuestro mundo interior. Darnos un tiempo para sentirnos, conectarnos, estar presentes y dejar que toda esa sabiduría que ya está en nosotros pueda aflorar.

En el Tantra en general, y cuando practicamos sexo tántrico en particular, buscamos esos estados. Momentos donde conectamos intensamente con nosotros y con la otra persona con la que estamos. Para ello, destinamos un tiempo razonable, alejados de todo ese ruido. Y empezamos conectándonos con la otra persona a través de la mirada. Una mirada intensa, permanente, fija, donde no pensamos, no enjuiciamos, no hacemos nada, sólo observamos, percibimos la belleza del otro por ser como es, sintiéndolo, reconociéndolo y reconociéndonos a nosotros mismos a través de la presencia y mirada del otro. Esto es, traer presencia, ser presencia en cuerpo y alma. Presencia en todos los sentidos.

A través de la mirada establecemos contacto visual. Contacto con tacto. Tocamos de forma amorosa, sutil, profunda. La mirada es la puerta de entrada al alma del otro, donde lo vemos, dónde lo escuchamos, dónde sentimos su permisión o su negación, su complicidad o su incomodidad, su voluntad de más o de que termine ya, su éxtasis o su dolor. Todo empieza por una mirada. Mirar al otro es dotarlo de existencia. Cuando vemos algo que no queremos que exista dejarnos de mirarlo. La presencia de un indigente o un mendigo nos hace mirar para otro lado, porque lo que no tienen visibilidad no existe para nosotros, como si realmente dejara de existir.

En la meditación muchas veces el primer paso para estar presente es desconectar de nuestra mirada. Cerramos los ojos para no ver, no traer tanta información, para así sentir mejor. Cuando meditamos con otra persona, y hacer el amor es meditar con el otro, después de cerrar los ojos los abrimos y los concentramos en los de la otra persona. Con la mirada nos conectamos y nos volvemos uno. Te veo y me veo en tu pupila. Estoy en tu mirada, estoy en ti y tú estás en mi mirada, estás en mí. La unión empezó. Estamos el uno en el otro, presentes, viéndonos, sintiéndonos, permitiendo que nuestro amor fluya del uno al otro, que podamos sentir esa unión divina que nos lleva a la unidad.

Es por ello que, a pesar de que podamos tener esa habilidad de estar en un programa multitarea, haciendo varias cosas al mismo tiempo y aún pensando en otras distintas simultáneamente, tenemos que preservar espacios para la desconexión y así permitir la reconexión con nosotros y nuestros seres queridos. Ellos lo van a agradecer, nuestro cuerpo lo va a agradecer y nosotros mismos lo vamos a agradecer por la mayor conexión establecida y placer sentido. Y es tan sencillo y complicado al mismo tiempo, porque no se trata de aprender cosas nuevas, sino de desaprender, de dejar de hacer cosas, de focalizar en una sola y aprovecharla plenamente. El Tantra nos trae el placer de las cosas simples, tan simples como una mirada llena de presencia y amor.

De Peculiares

Besar en la boca a los niños no tiene ninguna connotación sexual

19 de noviembre de 2019

Monica Leiva, Educandosobresexo

Besar a los hijos en los labios es una acción que provoca mucha controversia, para algunas personas es una muestra de amor y ternura y para otras es un gesto impensable e inadecuado aunque lo realicen los padres-madres. Muchos progenitores besan instintivamente en las mejillas, en la frente, en la nariz, en las manos, los pies y también en los labios a sus hijos; una zona particularmente sensible al tacto, que produce una sensación más intensa y por qué no decirlo, más placentera. Los besos provocan que nuestros cuerpos segreguen endorfinas, que son las sustancias producidas por el cerebro que proporciona una sensación de bienestar y felicidad.

Una de las creencias más extendidas entre los que son contrarios a este tipo de muestra de afecto es que los niños pueden “confundirse sexualmente” o ser “más promiscuos de mayores.”

La psicóloga Silvia Álava Sordo autora del libro “Queremos hijos felices” defiende la costumbre de besar a los hijos en los labios y afirma que “no conozco ningún estudio científico que diga que esto es malo” sin embargo sí que se ha demostrado que “la ausencia de cariño físico tiene un efecto negativo en los menores.

El beso visto en las distintas culturas

En países como España o Portugal es bastante común dar dos besos en las mejillas a modo de saludo o cuando conocemos a alguien, en cambio, en otros países se puede dar uno o tres. También hay países como China en los que el beso es un acto íntimo que se debe hacer en privado. Por lo que el beso en si no es más que un acto bueno o malo según el significado cultural que le demos.

Así un beso en la boca a un hijo pequeño puede ser una muestra de afecto o una obscenidad, eso depende del cristal con que se mire.

Que se dice desde la psicología

Entre los psicólogos hay tanto defensores como detractores de los besos en la boca. Quienes no están de acuerdo consideran que podrían generar en el menor confusión respecto a los roles existentes dentro de la familia. Los defensores afirman que los roles en una familia deben de estar marcados por otros aspectos y no solo por la forma de besarse.

La verdad es que no existe un estudio científico que diga que besar a los niños y niñas en los labios pueda generar algún trauma en los menores. Parece más una cuestión personal y una decisión que ha de tomar cada padre o madre en función de su criterio.

Besar en la manifestación afectiva por excelencia, junto con abrazos y caricias, es un lenguaje no verbal con el que comunicamos y trasmitimos sentimientos de amor, protección y tranquilidad a los pequeños. El afecto es una de las necesidades básicas de la infancia, al igual de importante que la alimentación, la higiene y el descanso.

Entonces, ¿no pasa nada si se besa a los niños en la boca?

A pesar de los beneficios, sí que hay ciertos riesgos al besar en la boca, ya que la saliva es un vehículo de bacterias y al besar en los labios existe el riesgo de contagiar alguna enfermedad como resfriados, gripes e incluso caries. En este caso, si estamos enfermos o tenemos alguna caries activa, es mejor dejar este tipo de besos para cuando se tenga mejor salud.

Los niños necesitan desarrollar una sexoafectividad sana y los besos son parte de ella. Se deben de sentir amados y protegidos. Los adultos no deberíamos sentirnos coaccionados por otros adultos sino que deberíamos de actuar según nuestra ética y moral y parece que besar en los labios a los niños no les causa ningún trauma.

Besar en los labios para los niños no tiene ninguna connotación sexual, si lo hacen de manera espontánea es por imitación o porque sienten cariño hacia esa persona. Es muy habitual ver niños de 3 o 4 años besándose en los labios como un juego.

Desde de mi punto de vista no me parece que sea malo besar a los niños en los labios. Creo que los menores son lo suficientemente inteligentes como para darse cuenta que los adultos solo besamos a las personas que queremos. Aunque nos imiten, no tiene porque ir besando a desconocidos y si así lo hicieran basta con explicarles que significa un beso en la boca en el mundo de las personas mayores para que entiendan que es un acto íntimo que solo se comparte con determinadas personas.