De Peculiares

Dependencia emocional: ¿qué es, se puede superar?

17 de febrero de 2020

Monica Leiva

En nuestra cultura popular la dependencia emocional es algo que está muy presente, lo podemos apreciar en multitud de canciones y películas en las cuales se confunde amar con depender. Este tipo de relación la tenemos tan interiorizada que no nos damos cuenta de lo tóxico y nociva que pueden ser para quien la sufre.

¿De qué estamos hablando?

Para empezar debemos de distinguir entre dependencia emocional y adicción al amor ya que son términos que implican conceptos diferentes y que podrían llegarse a confundir. La adicción al amor sería la necesidad de tener siempre la sensación de enamoramiento sin que sea una persona concreta, en cambio, cuando nos referimos a dependencia emocional, hablamos de alguien que se aferra a otra persona y hará lo necesario por mantener la relación con ella.

La dependencia emocional es un estado psicológico que normalmente se relaciona con las relaciones de pareja, aunque también se puede extrapolar al entorno familiar y social de la persona. Su origen muchas veces está en una relación insana con las figuras de apego en la infancia lo que dificultará un desarrollo adecuado de la autonomía personal.

Es una realidad que ocurre en muchas ocasiones en las relaciones de pareja. Es frecuente que en una relación sentimental haya vinculación emocional este los miembros que normalmente es un vínculo sano que permite la independencia de las dos personas. No será así cuando uno de los dos miembros de la pareja siente una exagerada necesidad de recibir atención de la otra persona, limitado la libertad de ambas. La limitación será por ambas partes porque la parte dependiente necesita continuamente la aprobación de su pareja y a la no dependiente se le exige estar de manera permanente con la otra persona lo que le dificultará en su autonomía.

¿Soy una persona con dependencia emocional?

Detrás de esta dependencia se esconde una baja autoestima, la persona se siente inferior o menos competente que las demás para llevar la vida que desea. Es un estado que puede llegar a ser patológico, cuando la persona siente que no puede vivir sin su pareja. El dependiente o la dependiente emocional busca complacer y ser amado o amada a cualquier precio por la otra persona. Necesita su amor y reconocimiento para sentir que su vida tiene sentido.

En las personas con este tipo de dependencia se pueden encontrar algunos rasgos característicos:

  • Celos excesivos ya que cree que no merece el amor de su compañero, sentirá el peligro de ser abandonado por la otra persona
  • Necesidad de complacer, hace todo lo posible para atraer la atención hacia su persona
  • Negar sus propios deseos, haciendo todo tipo de cambios y sacrificios para complacer a su pareja
  • Necesidad continúa de pruebas de amor debido a sus carencias afectivas que le hacen esta siempre insatisfecha

El sufrimiento de ser dependiente emocional

Hay una serie de consecuencias para la persona que viven una relación de dependencia:

  • Pueden aparecer trastornos psicológicos como la ansiedad y la depresión, como situaciones de acoso, de violencia domestica
  • La persona siente una sensación de vacío
  • Tiene dificultad para tomar decisiones son la validación de la otra persona, dificultad para asumir sus responsabilidades Tiende a culpar a los otros de sus miedos.
  • Su falta de seguridad hará que tenga temor a las situaciones conflictivas, no tiene la valentía de defender sus opiniones y sus convicciones
  • Preocupación por la mirada y la reacción de la otra persona
  • Temor a la soledad, al estar con uno mismo

¿Se puede superar la dependencia emocional?

Las relaciones con dependencia emocional suelen ser tortuosas y destructivas, la persona dependiente idealiza en exceso a su pareja. Aunque la relación provoque un gran sufrimiento hará todo lo posible para que no se rompa.

Entender que una relación no es estar en todo momento juntos o juntas, o que el amor no significa decir nunca que no y amoldarse a las actividades y preferencias de la otra persona es un gran paso para superar esta dependencia.

Cuando nos hemos acostumbrado a esta dinámica no es fácil cambiarla, pero podemos trabajar poco a poco para poder conseguir el control de nuestras vidas. Si vemos que no podemos siempre es recomendable buscar ayuda psicológica.

Muchas veces no somos conscientes del problema, solo cuándo lo identifiquemos podremos empezar a buscarle solución. Es importante trabajar la autoestima y reflexionar sobre retos que hemos conseguido sin la necesidad de nuestra pareja y como los hemos superado, y mejorar las habilidades sociales e interpersonales.

Así conseguiremos la independencia emocional.

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Educación sexual: ¿Pornografía y fábrica de homosexuales?

29 de enero de 2020

Laura Marcilla

Terminando el primer mes del año me entristece enormemente que uno de los temas más recurrentes en los debates de actualidad sea la educación sexual. Y no porque estemos hablando de cómo mejorarla, de cómo ampliarla, de realizar quizá programas de educación sexual en la televisión nacional (como hacen otros muchos países). No, porque volvemos a poner en duda, en pleno siglo XXI, que sea necesario un derecho tan básico (recogido por la ONU, la OMS, la UNESCO y varias leyes educativas y convenios internacionales).

Después de más de 30 años funcionando la educación sexual en nuestro país, de repente, de la nada, se ha convertido en un problema. ¿Por qué? ¿De dónde surge la necesidad de repensar estas medidas educativas? ¿Ha habido algún escándalo? ¿Acaso se han detectado mala praxis o profesionales que acumulen quejas o denuncias? Pues resulta que no, pero parece ser que de un día para otro el veto parental (el llamado “pin parental” por sus defensores) se ha convertido en una medida de extrema necesidad para evitar que llenemos la cabeza de los jóvenes de ideologías y adoctrinamientos.

Imagino que las personas que nos acusan a los educadores sexuales de tamaña desfachatez no son conscientes de que somos seres humanos corrientes y que, incluso si nuestra intención fuera realmente adoctrinar o lavar la mente a los adolescentes, las dos o tres horas que nos permiten (con suerte) estar en el aula no darían para lograrlo de manera efectiva.

Sobra decir que la educación sexual no es incompatible con ninguna religión o sistema de creencias y que nuestra intención no es contradecir la educación recibida en el hogar. Todo lo contrario, animamos a los padres y madres a que hagan educación sexual también en casa y nos encantaría encontrarnos a menos jóvenes con dudas y mitos sobre sexualidad porque hayan tenido la oportunidad de aprender de sus familias en lugar de hacerlo en la pornografía.

A menudo ofrecemos talleres para padres y madres en los que nos ofrecemos a resolver las dudas que ellos mismos puedan tener a raíz de su escasa educación sexual y en los que ofrecemos recursos interesantes, como libros o películas, para sacar estos temas poco a poco y de manera natural con los hijos e hijas. ¿Y cual es la triste realidad? Que estos talleres para familias rara vez llegan a materializarse porque lo más frecuente es que los padres no deseen asistir o no estén interesados en conocer las dudas que nos plantean los chicos y chicas en el aula. Y de verdad lo digo, ojalá se involucrasen más para no tener que responder tan a menudo dudas anónimas de gente joven que no tiene claro cuáles son las prácticas de riesgo y cómo evitarlas y me lo preguntan a mí porque (cito literalmente) “en internet leo de todo y a mis padres no se lo puedo preguntar ni muerta”.

Ser padre o madre es algo maravilloso, pero, por desgracia, no te otorga mágicamente superpoderes y conocimientos sobre todos los temas relevantes para poder enfrentarte a la realidad de la crianza sin fallos ni necesidad de nuevos aprendizajes. Nuestra labor no pretende ser un sustituto de la educación en familia, sino un complemento, especialmente en esta época en la que internet, que debería facilitarnos adquirir nueva información, nos aturulla con infoxicación, bulos y medias verdades.

Y precisamente por culpa de los bulos estamos donde estamos, por los que dicen que enseñamos a los niños y niñas a masturbarse, que les ponemos videos pornográficos, que incitamos a la zoofilia y a la pederastia, que los animamos a tener relaciones sexuales muy pronto o que intentamos convertirles en homosexuales.

De verdad, suena tan absurdo que me cuesta hasta escribirlo. Pero hay ríos de tinta y vídeos enardecidos denunciando esto como si nuestro trabajo fuera una fábrica de perversiones.

En primer lugar, me pregunto: las personas que asimilan estos bulos y los difunden, ¿cuál creen que es el propósito de esas supuestas intervenciones? ¿De qué nos serviría a los educadores sexuales, o a la sociedad en general, los resultados de esa hipotética educación pervertidora?

Más allá de no tener sentido estas afirmaciones, ¿de verdad podemos creernos que esto ocurre sin consecuencias en un país democrático donde todas esas cosas aparecen recogidas como delitos? Y no en un taller aislado o dos, no. En toda una serie de talleres que parece que se imparten, con el beneplácito de docentes y directores de centros educativos, a lo largo y ancho del país, con un secretismo tal que no existen documentos ni pruebas que lo avalen.

Ah, bueno, sí que hay algunas pruebas. Tergiversadas, por supuesto. Vídeos que se están difundiendo como si se hubieran impartido a menores cuando realmente son intervenciones que se han realizado con familias o en la Universidad, de manera voluntaria, además.

Lo más escandaloso que se puede ver en un taller de educación sexual, de esos que sí existen en la vida real, es a una persona enseñando a poner un preservativo para evitar embarazos no planificados o infecciones de transmisión sexual. Y eso es lo más heavy que podemos encontrarnos. El resto suele ser visibilizar a las personas del colectivo LGBTI+, romper mitos sobre la diversidad sexual, derribar estereotipos de género, prevenir los celos y las conductas violentas en pareja, ofrecer recursos para personas que hayan podido sufrir discriminación o agresiones sexuales…

Podemos pasarnos horas y horas ejerciendo nuestro trabajo sin mencionar siquiera las relaciones sexuales o los genitales, porque lo sexual, aunque nos cueste asimilarlo, trasciende la erótica. En realidad, si aparecen conceptos como orgías o masturbación en la clase suele ser porque los propios jóvenes lo mencionan para resolver alguna duda que les haya surgido a raíz del consumo de pornografía y nuestra intervención va dirigida a asegurarnos de que no se crean a pies juntillas todo lo que vean en internet. Ah, bueno, y a explicarles como se llaman correctamente sus genitales, ya que muchos de ellos y ellas solo se atreven a usar eufemismos, como si decir pene o vulva fuera algo sucio.

Todos y cada uno de los días en los que imparto talleres de educación sexual, salgo convencida de la necesidad de estas clases. También los profesores y profesoras nos confirman a menudo esta impresión. Porque sí, permanecen en el aula durante nuestra actividad y son testigos mudos de que la realidad de nuestro trabajo no se acerca ni de refilón a las barbaridades que cuentan que promovemos.

Imagino que hay muchos intereses detrás de generar un debate sobre algo que no tiene sustento real, más que las mentiras que se han empeñado en difundir. En una sociedad donde no se permite que la verdad estropee un buen titular y donde pasamos más tiempo desmintiendo bulos que ofreciendo nuevos conocimientos, la educación sexual va a seguir siendo cada día más necesaria. Y estoy segura de que, después de varias semanas (quizá meses, nunca se sabe) en los que tendremos que defender a capa y espada nuestra labor, el derecho a la educación sexual prevalecerá por encima de los miedos infundados de quienes vierten falsedades. Siendo optimista, confío en que salgamos reforzados de esta contienda y, una vez reafirmada la necesidad de la educación sexual, el debate se centre en cómo mejorarla y hacerla más accesible en todos los centros educativos, para que no haya un solo niño o niña que acabe la etapa escolar sin haber recibido su correspondiente dosis de educación sexual.

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He llegado a mi límite

27 de enero de 2020

Maitena Usabiaga Sarasua

Tengo la suerte de trabajar rodeada de jóvenes que me enseñan infinito y me muestran su realidad y la comparten conmigo. Afortunada yo. Así que os quiero contar algo que me mostraron y lleva días dando vueltas en mí. Los límites. Cómo nos cuesta poner límites a las mujeres, qué mal lo podemos llegar a pasar por no poner límites a lxs demás, por miedo de hacerles daño o de simplemente perder su “amor”.

Os pongo en contexto. Estuvimos hablando sobre la autodefensa feminista, del derecho y capacidad de defendernos. Es la hostia comprobar que nos sentimos débiles porque así es como nos han tratado; cuidado con los chicos, no vuelvas sola a casa, te pongo una aplicación que nos dice dónde estás constantemente por tu seguridad... Nos hemos creído que no podemos defendernos, nos hemos creído que somos potencialmente víctimas de cualquiera que nos quiera hacernos daño, que somos débiles. Con esto no quiero pretender que no tengamos nuestro lado débil y que efectivamente, hay mucho cabrón que quiere hacernos daño, lo sé. Pero que sintamos el permiso para defendernos, de poder decir hasta aquí hemos llegado, nos puede salvar la a veces maldita vida. La jodida indefensión aprendida.

Seguimos charlando sobre ello y llegamos a un tema que me pareció muy interesante. Cómo nos tratamos entre colegas, entre tías. Están en una edad donde lo más importante es ser parte de algún grupo, sentirse aceptada, saber que eres alguien. No creo que esta etapa se supere nunca, no hay más que vernos. Pero su vivencia es muy intensa y así lo expresan. Empiezan a cuestionar su identidad, comienzan a dar lugar a sus deseos, a expresar que son sujetos eróticos, a explorar sus cuerpos y los otros.

Todo esto con la mirada fija y dura de las amigas. No sé cómo será en otros países, pero en Euskal Herria, las cuadrilas son una institución más y como todas las cosas, tienen lados positivos y negativos. Uno de ellos, es que se convierte en una especie de torre de control y a veces, como un jurado. Los movimientos que se salgan de lo establecido por el grupo, son juzgados y comentados por las demás. Todas sabes que se habla de ellas y que son criticadas, pero nadie dice ni pio.

Yo flipaba con ellas, nunca se habían dicho que algo les había molestado o que se sentían dañadas por lo que sea. Me decían que cuando les pasaba esto, iban a sus casas y lloraban solas. Al día siguiente, tan normal. Son mis amigas, pero no les voy a decir que algo me ha molestado porque va a dejar de ser mi amiga o le va a doler lo que le vaya a decir, no quiero hacerla daño.

Qué curioso. Somos capaces de recibir y sentir daño por alguien, pero luego nos horroriza hacer daño a alguien. Es que las mujeres no hacemos daño, ¿sabes? Tenemos que ser comprensivas y aguantar como perras. Joder, vaya mierda. Si entre nosotras no nos ponemos límites, cómo hostia vamos a hacerlo en la jungla de ahí fuera, donde hay demasiada gente que quiere aprovecharse de nosotras, de nuestro trabajo, de lo que sentimos, necesitamos...

No quería ponerme dramática, así que pensé que era cuestión de edad. Pero.... ¡¡tachaaaan!! Al día siguiente tuve una conversación demasiado similar con mis colegas. Colegas que están más cerca de los 50 que los 30. La conversación era casi igual. Vi nuestra incapacidad de poner límites, la incapacidad de ser honestas y decir ¡basta! De expresar que no nos gusta algo o que nos hemos sentido heridas por lo que sea. “Cómo le voy a decir eso.... cómo voy a decirle que cuando me ataca me duele, que me siento como si me humillaras. Si se lo digo, se sentirá mal y ya no me querrá”.

Joder de nuevo. Cómo es posible que no nos defendamos de los ataques de nuestras propias amigas. Creemos que poner límites es dañar y para mí significa todo lo contrario. Poner límites es amar. Primero, amarte a ti y segundo, amar a la otra persona; no voy a dejar que me hagas daño, me quiero y me respeto. ¿Qué la otra persona pueda sentirse dañada? Claro. A nadie le gusta escuchar que la persona que amamos se haya sentido dañada por nosotras, nos jode, pero si la amamos podemos aprender a amarla. Y si no quieren aprender, podemos decidir si invertir nuestro tiempo con ella o no.

Pero para poner límites, tenemos que romper la creencia de que hacerlo está mal. No tenemos el deber de soportarlo todo, ni de ser empáticas con todo el mundo, ni de perdonarlo todo... Podemos ser agresivas. Agresivas a la hora de expresar lo que sentimos, de no guardarlo todo dentro y llevarlo en nuestras súper mochilas. Veo a demasiadas mujeres cargando con todo el peso y veo que las jovenzuelas vienen con las mismas tendencias (en este tema). Darnos permiso para decir hasta aquí hemos llegado, puede cambiar y mucho nuestras vivencias. Dar permiso a las jóvenes para defenderse puede salvarles. Dejemos de limitarnos tanto y pongamos más límites.

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Voces en tu cabeza

19 de enero de 2020

Santiago Pérez Hernández

Decir; “yo soy una multitud” puede resultar confuso, incluso agobiante. Pero a veces te pasa, dentro de tu cabeza tienes una multitud que se agolpa. El agobio que sientes se debe a que todas las voces quieren hablar, y la mayoría de las veces, todos a la vez. Es importante aprender a ignorarles, como sino fueran parte de ti, pero llaman constantemente la atención, tu atención. Insisten, se repiten, te taladran como aquella canción.

Cuando escuchas esas voces, quizá pienses que estás severamente trastornado, pero la realidad es que no tiene porqué, de hecho, si lo piensas, le pasa a todo el mundo. Gente que habla sola, gente que mira su teléfono, y va a su bola. En realidad, ¿de qué estamos hablando? Pues de que todos tenemos conversaciones con nosotros mismos, y por mucho que queramos, hay voces que no podemos callar.

Seguro que en muchas ocasiones quieres hacer algo y otro “algo” te lo impide. Esto seguramente te generará impotencia y te plantearás si lo quieres hacer, por qué no lo haces. En otras ocasiones sabes que no lo tienes que hacer, pero aún así, lo acabas haciendo, te llamas tonto, ¡gilipollas!, pero lo acabas haciendo, y no lo entiendes.

La explicación nace en que las personas tenemos diferentes “yoes”, y no siempre están de acuerdo. Tu “yo” más niño, el adolescente, el crítico... Esas vocecitas hablan como si te conocieran. En realidad te conocen mejor que nadie, en realidad cada voz es una parte de ti.

Seguro que muchas veces has ardido en deseos de aplacarlas, de silenciarlas y sentarles en el banquillo. Pero casi nunca lo has conseguido. Eso pasa porque una parte de ti se ha congelado, no te permite avanzar, como si quisieras correr y estuvieras atado a una cuerda. Tú corres hacia delante y ella tira para que vuelvas.

Habitualmente es una parte de ti a la que nunca quieres mirar, porque es demasiado dolorosa. Volver ahí te hace daño, has combatido toda la vida por mantener esos recuerdos ocultos. Eran episodios que envolvías, metías en una caja, cerrabas con llave y te la tragabas. Sin masticar, para dentro. Y como todo lo que no digieres, tu cuerpo lo devolvía, y lo devolvió. Una y otra vez, porque tu empeño por tragar, solo era proporcional a la fuerza con lo que lo sacabas.

Pero nadie se daba cuenta, o eso creías tú. Si hablabas, si lo contabas, te sentiría muy débil, o eso creías. A veces dudas de que sea tu voz la que habla, porque estás congelado, porque hubo personas que hicieron de ti lo que les salió del haba. Dejándote cicatrices sin cerrar, queloides, cicatrices con trozos, cicatrozos.

Al final, saliste. Seguiste adelante, con un pie en el pasado y otro en el presente. Lograste verbalizarlo. Y rompiste la cuerda. Recuerda que sois un montón, el congelado, el hervido y el ahumado. Porque una multitud discutiendo son una guerra, pero unidos, sois bandera. Sé que te despides hablando bajito, sin gritar, tu “yo” se está descongelando, estás en ello.

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Sexo anal: cómo explorar “el lado oscuro de la fuerza”

8 de enero de 2020

Norma J. Brau

Comienza el año y con él los propósitos de año nuevo. Si este año te has propuesto el sexo anal como uno de ellos, no pierdas los siguientes tips para una exploración desde el más puro nivel padawan para convertirte en todo un Jedi (o Sith) en el arte de la erótica que incluye a nuestro ano.

Una servidora aún está asimilando el final de la saga Star Wars. Por ello, y en precioso homenaje a la misma y con la intención de dignificar y poner en valor el placer relacionado con el ano, he decidido clasificar los tips para la exploración anal mediante frases de las películas… ¡o modificaciones! He aquí mis cinco frases galácticas para explorar en tu lado oscuro de la fuerza:

“Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes” - Maestro Yoda

Un clásico de nuestro querido Maestro verde que quiero recuperar para recordar lo más importante en toda práctica erótica (por nuestra cuenta o en compañía): ir a por ello. 

Pero recordad, jóvenes padawans, en la sexualidad, siempre, la fuerza necesaria para la decisión nos la dará el deseo. Es decir, tener ganas sin presiones ni expectativas nos permitirá una exploración gozosa, adaptada a nuestro cuerpo y necesidades. 

Para ponernos exigencias ya tenemos otros aspectos de la vida, así que, ya sabes, si lo haces, que sea porque te pica la curiosidad, porque alguna gracia le has visto, porque quieres ver qué pasa.

“Entrénate a ti mismo para dejar ir todo aquello que temes perder” - Maestro Yoda

Vamos con otra gran frase del Maestro por antonomasia de la saga. Aunque el objetivo final sea disfrutar de tu ano en compañía, el autoconocimiento es un buen punto de partida. Cuanto más sepamos sobre cómo le gusta a nuestro cuerpo, mejor sabremos transmitirlo a la/s persona/s con quienes estemos. 

Así, dejándonos llevar, perdemos de forma voluntaria el control, lo mismo que luego tendremos que dejar llevar en compañía. Y es que este es uno de los aspectos que más miedo suele dar: que nos despojen del control en lugar de perderlo gozosamente.

“Concéntrate en el momento. Siente, no pienses, usa tu instinto” - Qui-Gon Jinn

Quienes tengan vulva y, más concretamente, quienes tengan vagina y hayan intentado alguna vez meterse algo lo tendrán muy presente (espero): la relajación es la clave. 

Cuando estamos con la misma tensión que un gato cuando bufa, es muy probable que haya músculos de nuestro cuerpo que se tensen de forma involuntaria… ¡ese no es el camino!

Recuerda que he hablado en este post sobre explorarte. La exploración no es la conquista de una cima, es un paseo por la selva. Sin prisas, con calma y detenimiento, poquito a poco.

Si estás comenzando y temes que cualquiera te pille, vas con el tiempo justo (o pegado al culo, ¡nunca mejor dicho!) o estás con la mente en otra cosa… probablemente, no sea el mejor momento, ni en el que más disfrutaras.

Haz que esta experiencia sea un autorregalo, no un deber. 

“Soy prisionero del beso que nunca debiste darme” – Anakin Skywalker

Meter, meter, meter… si es que estoy segura que hasta ahora sólo has pensado en meter cosas en tu ano, ¿es meter lo único que se puede hacer? Obviamente no.

Sabemos que en soledad es un poco difícil, pero te queremos sugerir una práctica aún algo desconocidilla para cuando lo hagas en compañía: el beso negro (o griego o como lo quieras llamar). 

Los besos y las caricias son una forma dulce, cuidadosa y muy íntima de comenzar a explorar esta zona de nuestro cuerpo en compañía. ¡No te limites a la idea de meter y meter y verás cómo puedes volverte fan de esta práctica!

¡Que el lubricante te acompañe! 

Obviamente, la fuerza no es buena acompañante, así que me he tomado la licencia poética de modificar la gran épica frase. Pero, además de lubricación, he aquí otros elementos que te serán de ayuda:

  • Juguetes de todos los tamaños y tipos

Nunca nos cansamos de recordar que hay juguetes específicos para la penetración anal. La base del juguete siempre debe ser más ancha que la parte más ancha del juguete para que funcione como tope. 

Puedes usar tanto dildos como plugs (con joya, con colita, personalizado a tu gusto...). Los materiales como el cristal y el metal, aunque más fríos, pueden ser más amigables por su mayor suavidad.

Lo más recomendable es comenzar por tus propios dedos (o de quien te acompañe) e ir poco a poco avanzando desde los juguetes más pequeños hasta los más grandes que tu cuerpo encuentre placenteros. 

  • Los arneses pueden ser tus fieles compañeros de andadura

Juguetes como los dildos pueden introducirse manualmente o, cuando estamos con alguien, esa persona puede ponérselos a la altura de su pelvis mediante un arnés.

El juego con arneses (o, si se prefiere el uso de un pene) puede permitir que otros aspectos sensoriales sigan siendo cuidados, dado que liberan las manos para que puedan seguir acariciando el resto de tu cuerpo… ¡o lo que prefieras!

  • Una última nota sobre la lubricación

Recuerda que los lubricantes de silicona (incompatibles con los juguetes del mismo material) aseguran una mayor lubricación y de mayor duración que los que tienen base de agua. 

Por otro lado, puede que quieras valorar la opción de lubricantes oleosos, pero recuerda que no son compatibles con el uso del preservativo.

Por último, y una duda que a veces nos asalta, ¿lubricante con o sin relajante muscular? ¡Uf, difícil y personal elección! Lo que debes tener claro, antes de tomar la decisión, es que si pierdes la sensibilidad, puede que se hagan heridas y malestares que notarás en cuanto pase el efecto relajante.

En definitiva, la exploración del lado oscuro de la fuerza es toda una aventura que, en contra de lo que muchas veces pensamos, puede estar llena de placer y satisfacción. Sin embargo, como muchas otras, especialmente cuando hablamos de penetración, es una práctica que realizada sin cuidado y de manera brusca puede dar más dolores de cabeza que otra cosa.

Seguro que si lo tomas con calma, sin presiones y a modo de exploración, como dijo Luke Skywalker… “Las cosas no pasarán como tú crees”. 

De Peculiares

¿Por qué te sientes culpable de tener fantasías eróticas?

30 de diciembre de 2019

Monica Leiva, Educandosobresexo

A veces tenemos pensamientos de índole sexual que nos resultan inaceptables y molestos porque nos provocan conflictos con nuestros valores aprendidos. Esas fantasías que valoramos como negativas suelen ser las que reflejan relaciones sexuales con violencia, dominación o sumisión. Las fantasías pueden sorprendernos y parecer confusas ya que a veces no guardan parecido con nuestros deseos conscientes. Fantasear con parejas múltiples o encuentros violentos, por ejemplo. Si sentimos excitación delante algunas fantasías que no se desean en la vida real, podemos sentir malestar e incluso llegar a creernos que somos seres perversos y enfermos. Así, bastantes personas se preocupan con sus fantasías sexuales, se cuestionan si es normal fantasear con depende que y se pueden sentir culpables de tenerlas y que estas les generen placer.

Pero tener fantasías sexuales es normal y saludable. Si una cosa nos caracteriza a los seres humanos es nuestra capacidad para crear situaciones y mundos imaginarios. Esta capacidad está presente en todo lo que realizamos en nuestra vida, incluyendo el sexo por supuesto. Fantasear es una capacidad humana, que muchas veces dejamos aparcada e incluso infravaloramos como propia de la infancia o de personas que se pueden “permitir perder el tiempo”. Como dice el psicólogo catalán Antoni Bolinches “en cuestiones de sexualidad, la imaginación es capaz de volar más alto que la realidad” Usando las fantasías enriquecemos nuestra vida sexual y aprendemos más de nosotros y nosotras mismxs. La aceptación y disfrute de las fantasías nos hará conocernos y aceptarnos mejor.

Ya lo decía la escritora Megan Maxwell “Todo el mundo tiene fantasías, pero no hablan de ellas por pudor”, el pudor o más bien el temor a ser juzgadxs como “rarxs” o a no ser entendidxs por los demás.

Las fantasías eróticas tienen su utilidad

El objetivo de las fantasías sexuales sería la de liberar las tensiones del día a día, estimular la imaginación para crear un mundo de fantasía y, sobretodo, usarlas para pasarlo bien.

¿Es necesario llevarla a cabo? Depende de cada uno y cada una. La fantasía es una cosa completamente íntima y privada mientras no la convirtamos en acción y cómo producto de nuestra imaginación podemos decidir si se queda en nuestros pensamientos o la externalizamos. A veces la fantasía quiere quedarse en fantasía simplemente y no hace falta hacerla en la vida real, ya que la imaginación supera a la realidad y pasarla al mundo real nos puede decepcionar. Todo en nuestra cabeza es más rico y ocurre de una manera ideal, y si la fantasía es una situación compartida a lo mejor la reacción de la otra persona u otras personas no cumplen con nuestras expectativas o nos ocurren imprevistos que nos estaban en nuestra mente y podemos acabar decepcionándonos.

Si es bueno tener fantasías, ¿por qué me hacen sentir mal?

Las fantasías sexuales son fantasías y como tales nos puede ayudar a evadirnos como también a enriquecer nuestras vidas eróticas... Si tú sientes que alguna te hace sentir mal deberías analizar el motivo por el cual ocurre esto.

El sexo y la culpa muchas veces vienen de la mano, si nos sentimos culpables de nuestros ‘pensamientos es porque nos estamos hipervigilando sin necesidad de una fuerza externa represiva ¿Por qué ocurre? Se sabe que le sexo es la faceta humana que más se ha querido controlar desde la moralidad de nuestra sociedad y producto de ello es que lleguemos a sentirnos mal por nuestros pensamientos eróticos cuando creemos que “se salen de la norma”.

Lo que debemos de tener claro es que aunque hay cosas de nuestro imaginario erótico que deseamos llevar a la práctica hay otras que nunca desearíamos que sucedieran de verdad, son las fantasías eróticas que se quedan en nuestra cabeza como fantasías y nunca llegan a cumplirse. A la moralidad de nuestra sociedad esta distinción parece que no exista, el simple hecho de imaginar ya es malo y esto produce es que nos sintámonos culpables de todo lo que nos pasa por la cabeza, pero al igual que si podemos sentirnos responsables de nuestras acciones, no tenernos porque sentirnos culpable de nuestras fantasías ni tan siquiera dar explicaciones de las mismas, ya que están en nuestra cabeza.

Somos el animal sexual más extravagante que existe en el planeta y la mayor parte del tiempo practicamos el sexo como diversión por lo que para una sexualidad sana ha de existir la imaginación y el juego. Dejemos volar la imaginación erótica privada y particular y disfrutemos del enriquecimiento erótico que provocan.

De Peculiares

Cuando te dicen “haz vida normal” después del parto

26 de diciembre de 2019

Juncal Altzugarai

“Ahora ya puedes hacer vida normal”. Esta es la frase que escuchamos una gran mayoría de mujeres tras nuestra revisión ginecológica tras la famosa cuarentena. Si todo ha ido más o menos bien, no hay puntos infectados, ni nada raro, la recomendación suele ser que volvamos a nuestra vida de antes.

Es cierto que nadie, ni siquiera nuestras amigas más próximas, ni nuestras madres, tías, nos avisan de que es aún muy pronto para volver a hacer vida normal.

Me acuerdo yo de las ganas que tenía, tras mi primera maternidad, de que la ginecóloga me dijera que ya estaba todo bien y que “a la carga”. Recuerdo que lo primero que hice cuando salí de la consulta fue comprarme hidratante vaginal y preservativos. Yo quería celebrar que todo ya estaba como antes. TODO.  Sabía que la lubricación era más escasa en el postparto, pero poco más, la verdad. “Está todo perfecto, Juncal. Ya puedes hacer vida normal”. Fui a casa con esa frase resonando en mi cabeza, como si estuviera en Disneylandia.

Aquella noche, mi pareja y yo decidimos volver a tener relaciones sexuales con penetración. Hidratante, lubricante, condón y… dolor. Nadie me había avisado de eso. Me ardía la vagina. Tenía un dolor punzante, que me quemaba. Volvimos a intentarlo con todo el mimo del mundo, volvimos a acariciarnos, a besarnos, a tocarnos. Volvimos a intentar el coito. Agujas en mi vagina, como si me estuvieran mordiendo. Poco a poco lo conseguimos… casi sin dolor. Tampoco sentí nada más. NADA MÁS. Ni media sensación más que el ardor en la entrada de mi vagina. Como si todos los interruptores de sensaciones se hubiesen apagado. Nada. Él tampoco sintió nada… un rato después, entre risas ya, me dijo que había sido como meterla en un estadio de fútbol. El problema era que la cicatriz de mi episiotomía tenía algún punto de adherencia, lo que dificultaba la elasticidad de la zona y la hacía dolorosa. Además, la musculatura de mi suelo pélvico brillaba por su poco tono, por lo que la cavidad vaginal vivía desparramada, sin poder contraerse, ni poder tener control alguno sobre su fuerza.

Yo tenía la suerte de tener los conocimientos teóricos y me puse manos a la obra, masajeando mi periné, descongestionando la zona, trabajando la cicatriz de la episiotomía. Me puse a tope con los ejercicios de Kegel y poco a poco fui recuperando las sensaciones de antes de dar a luz.

Pero ¿qué pasa con todas esas mujeres que no tienen los conocimientos que tengo yo? ¿Es que nadie es capaz de decirles que no, que ahora ya no es como antes? Pues se ve, que en la gran mayoría de los casos, no. Con esto no quiero decir que no haya mujeres que vivan un postparto maravilloso sin ningún tipo de problema… ¡haberlas, haylas!

En los talleres de suelo pélvico que imparto, me he dado cuenta de cómo normalizamos situaciones que no lo son: vaginismo, dolor a la penetración, falta de sensibilidad vaginal, que se nos escape un poco de pis… Sobre todo, después del parto y de esa frase de “está ya todo bien, haz vida normal”. Mujeres que vuelven a correr, pero que se dan cuenta de que sienten un peso a la altura de su vagina, mujeres, que en el cumple de una de sus criaturas, saltan en la cama elástica y se dan cuenta de que tienen pérdidas de orina. Mujeres que sienten (como sentía yo) una punzada en la entrada de su vagina cuando tienen relaciones con penetración. Mujeres que normalizan todo eso, se lo callan y están, en ocasiones, años enteros viviendo con incomodidad estas situaciones.

Qué poco hablamos de los post partos y de cómo se nos queda el cuerpo tras dar a luz. Qué poco compartimos entre mujeres. Creo que es fundamental destapar que no somos las únicas, que seguro que a la mujer que tienes sentada al lado en el metro o en la oficina, también le pasa… o que ha pasado por eso en algún momento.

¿Sabes qué? Que estas cosas tienen remedio. Aunque vayamos periódicamente al ginecólogo, es importante que realices una revisión exhaustiva de tu suelo pélvico. Las fisioterapeutas especializadas te ayudamos a conectar con tu cuerpo, a detectar el problema y te damos pautas para poder solucionarlo. Es un trabajo muy agradecido, porque normalmente, en pocas sesiones y con algo de trabajo en casa, se sienten muy rápidamente los resultados. Conectar con tu suelo pélvico es conectar con tu yo más íntimo, con tu energía sexual, con tus placeres. Te ayuda a conocerte más profundamente y te ayuda a empoderarte. Es un trabajo muy potente, que en ocasiones, debemos acompañarlo de una sexóloga/psicóloga que nos ayude, también en otros planos que no son solamente el físico. Elige a alguien que te dé confianza para meterte de lleno en este proceso, porque va a facilitarte mucho las cosas.

De Peculiares

La historia de las brujas, mujeres librepensantes

4 de diciembre de 2019

Yaiza Morales

Las mujeres siempre hemos sido sanadoras y hemos transmitido nuestros saberes y experiencias entre vecinas y de madre a hija. Desde tiempos inmemoriales, las mujeres sabían cómo asistir en los partos, procurar abortos y actuaban como enfermeras aplicando sus conocimientos sobre hierbas medicinales y lo que hoy en día conocemos como los remedios de la abuela. Su trabajo en éste ámbito era tan poco reconocido que no aparece en los libros; o no al menos de un modo a tener en cuenta.

La historia que de ellas nos ha llegado, ha sido contada por sus perseguidores y teñida de maldad y un sinfín de atributos ridículos que han contribuido a mitificar la leyenda de las brujas.

Sabemos que las gentes de los pueblos las llamaban mujeres sabias aunque para las autoridades eran consideradas brujas o charlatanas y así pasaron a la historia.

La represión de estas mujeres sabias fue una lucha política; tanto por motivos de clase como por el hecho de que fue una lucha entre sexos. Las sanadoras o brujas fueron condenadas principalmente por su condición de mujeres. En la oposición encontrábamos los poderes de las clases dominantes tales como la Iglesia o las instituciones, universidades…

Por parte de la Iglesia se creó la Santa Inquisición que era básicamente una caza de brujas y el papel que éstas desempeñaban pasó a ser satanizado en contraposición con los médicos académicos (que por supuesto eran todos hombres), y que por otro lado eran designados por los altos poderes soberanos y las autoridades seculares. Es desde entonces que el aspecto de mujer relacionado con los cuidados y el famoso sexto sentido se ha rodeado de un halo de superstición asociándolo con la brujería.

La caza de brujas que se inició allá por el siglo XIV ha tenido consecuencias tan duraderas que llegan hasta nuestros días. Tanto que podríamos afirmar, en cierto modo, que los aquelarres medievales y el exterminio de las mal llamadas brujas, tienen bastante que ver con la actual lucha feminista. Por eso contar nuestra historia como realmente aconteció es una parte importante de esa lucha.

Desde que se iniciara la persecución de las brujas como tal en época del feudalismo, sus ideas arrasaron el territorio de lo que en esos tiempos ocupaba la Europa Occidental y se llegaron a registrar en algunas ciudades un promedio de 600 ejecuciones anuales por motivos de brujería.

Curiosamente sabemos que también entraba dentro del cómputo de la mal llamada brujería cualquier comportamiento que se desviara de la “normalidad” así que, pese a que el 85% de las ejecuciones que se llevaban a cabo eran de mujeres ya fueran niñas, adultas o ancianas, un porcentaje más reducido aunque significable también se llevó por delante a hombres bajo las mismas excusas. La acusación de brujería abarcó un sinfín de delitos, desde la subversión política y la herejía religiosa hasta la inmoralidad y la blasfemia

La persecución de las brujas coincide en tiempo y lugar con periodos de gran agitación social así que podríamos deducir que la población en general estaba conmocionada y con lo cual más enfurecida. Eso siempre lleva a la radicalización de los comportamientos y en algunos casos a una mayor sed de encontrar un culpable de la situación sobre quien descargar la ira.

Pero curiosamente la caza de brujas no fue un linchamiento popular sino más bien una campaña súper regulada y respaldada por la ley y como ya hemos comentado antes por la Iglesia. Se creó hasta una guía para la ocasión llamada Maleficarum Malleus; algo así como Martillo de Brujas que fue escrito en 1484 y en el que quedaban recogidos tanto los procedimientos a aplicar como las cualidades y comportamientos típicos de una bruja.

Se habla ya en esa época de la histeria femenina que supuestamente y en ese caso, era la desencadenante de esos comportamientos. En el libro se especificaban diferentes métodos de tortura que eran útiles para conseguir información sustancial sobre brujería tanto de las propias brujas como a vecinos que supuestamente hubieran observado alguna actitud sospechosa en alguien.

Entre estas actitudes existen 3 que se consideraban acusaciones irrefutables de brujería:

– Mujeres que tuvieran una actitud que se pudiera considerar sexual hacia los hombres. Es decir, que pudieran tentar y engañar a los hombres con sus atributos y sus prácticas con intenciones diferentes a procrear.

– Mujeres que estuvieran organizadas o tejieran una red de ayuda entre sí.

– Mujeres que supuestamente tenían poderes mágicos sobre la salud. Es decir, que podían curar a los demás.

En estas acusaciones podemos ver una actitud claramente misógina que lo que pretendía era desacreditar a cualquier mujer que pudiera dar la impresión de tener un pensamiento propio; de expresarse libremente o de poder demostrar estar en igualdad de condiciones que un hombre.

Pese a los avances que hemos experimentado en la historia, ¿Creéis que esta lucha se diferencia mucho de la que vivimos hoy en día?

De Peculiares

¿Y tú quién te crees para desearme?

2 de diciembre de 2019

Maitena Usabiaga Sarasua

Mi cabeza casi siempre (siempre es demasiado tiempo) es una bomba de relojería. Pienso todo el rato, las ideas vienen y van y últimamente una de los pensamientos lo está ocupando el deseo. ¿Qué nos está pasando a las mujeres, sobre todo, con el tema de que nos deseen? Percibo rechazo al hecho de que los hombres nos deseen. Nos hace sentir objetos, cosas, nos sentimos hasta violadas, intimidadas.

Las ideas siguen bailando dentro de mí y llego a la conclusión de que no es que nos deseen, sino cómo muestran su deseo. Y digo; “vale, según cómo me miran me mola más o me da puto asco”. Y es tal cual, enseguida lo sientes en el cuerpo, reacciona ante las miradas ajenas. Algunas muestras te pueden hacer sonreír y otras hacerte huir. Pero, ¿sabéis qué?, que cada vez veo a menos mujeres sonreír y no sé si es porque no encontramos miradas deseantes que nos gusten o porque las rechazamos todas.

El cómo importa, es evidente, pero no me parece suficiente como respuesta y sigo indagando. El dónde y el cuándo también son relevantes ¿verdad? No es igual sentir que te desean en tu puesto de trabajo que en tu casita, no es lo mismo cuando estás de fiesta a cuando estás paseando para respirar después de un día jodido. No es lo mismo, porque nosotras no siempre estamos igual ni queremos siempre lo mismo. Por tanto, llego a la conclusión de que la reacción que siento cada vez que me encuentro en esta tesitura, mi estado cuenta y mucho, porque reconozco que  no todos los días, ni yo, somos iguales.

Tengo la impresión de que ésta última conclusión muchas veces no se toma en cuenta. Intentamos regularizar lo de afuera y estamos haciendo poco caso o ninguno a lo de dentro, aunque me consta que muchas estamos terapeutizadas a muerte. También opino que nuestra reacción depende muchiiiisimo de quién nos desea. Si me muestra deseo quien yo deseo, de lujo, encantada de la vida, pero al contrario si me encuentro con alguien que aborrezco y muestra signos de deseo, le llamo puto baboso. Porque siento el asco en mi cuerpo, claro está, pero no me impide reflexionar sobre ello. Me doy cuenta de que dentro de mis esquemas mentales hay mujeres y hombres que deseo y, por tanto, me encanta que me deseen, y tengo a otra peña que no entra dentro de mis parámetros. Esos parámetros no siempre son compartidos con la normalidad heteropatriarcal, pero tengo unos parámetros, me guste o no. Reconocerlo es bien.

Sigo sumergiéndome y cuestionando mis reacciones y mis exigencias para con lxs demás. ¿Acaso mis no deseadxs no tienen derecho de desearme? ¿Desear es un derecho? Nosotras como nadie, sabemos lo que es vivir la represión del deseo. Nos podían desear, los hombres, pero parecía que no teníamos ni la capacidad de desear. Las mujeres no podían ni debían, y todavía muchas veces parece que tampoco, desear. Éramos sólo deseables pero no deseantes. Qué putada. Pero no porque que te deseen sea una putada, sino porque nos negaban la posibilidad de desear, de elegir, de tomar la iniciativa, a mostraros cachondas y seductoras. Ahora parece que lo que buscamos es la categoría de deseante y aborrecemos a la deseable. Porque creemos que el ser deseante conlleva intrinsicamente más poder. ¿Creéis que es así? ¿Ser deseable es una actitud pasiva? ¿a todas nos tiene que poner cachondas la misma manera y la misma gente? ¿y si a mí me pone muy pero que muy cachonda que me seduzcan? ¿por qué nos ofende que alguien muestre su deseo hacia nosotras?

Creo que podemos estar empoderadas reconociendo nuestro lado deseable, no reconocerlo ni aceptarlo es ocultar una cualidad importante. Ser vulnerables nos fortalece. No quiero caer en la trampa que los hombres se han tendido a ellos mismos, nosotras hemos aprendido que la vulnerabilidad es un tesoro que hay que guardar, cuidar y compartir con quien nos salga del coño (o de donde sea). Somos vulnerables y no pasa nada. A veces nos gusta sentirnos deseadas por alguien en concreto, en el lugar y con los modos que hace que se nos moje el coño. Y no, no siempre me apetece gestionar el deseo ajeno y no, todo el mundo no tiene derecho a expresar su opinión sobre mi cuerpo. Pero creo que el deseo lleva apellido masculino y pienso que, como en muchos aspectos de la vida, la revolución está en feminizar las cosas, no que nosotras queramos ser como ellos. Seguir perpetuando esquemas de dominación, ocultando nuestras vulnerabilidades, competir en todo, hacernos las duras y fuertes, independientes, individualistas...

Ser deseables no nos hace más débiles. Sentirnos vulnerables no nos quita valor. Es incómodo muchas veces, nos remueve por dentro y hay que atenderlo. Pero también podemos jugar, jugar para no hacernos daño y empoderarnos. Porque podemos responder, sentir, querer, no querer, enfadarnos, agradecer... No me gustaría vivir en un lugar donde los deseos no tuvieran su sitio, donde no se ligue, donde no se seduzca, donde no se juegue. El juego está cambiando porque así lo queremos, las reglas de antes ya no nos sirven y reclamamos la diversidad de los juegos y jugadorxs. Muchas no queremos seguir jugando a un juego impuesto, donde nuestros quereres no se han tomado en cuenta, donde nuestro papel es siempre el mismo y nosotras amigas, no somos iguales ni queremos lo mismo.

Conocernos, saber lo que nos gusta, lo que no, cómo lo queremos, de quién lo queremos, dónde, cuándo... son herramientas potentes para poder garantizar la creación de nuevos escenarios donde nos podamos vivir más plenamente. Los “deberes” nos han traído a un escenario donde priman los juicios, culpas, desconocimiento, mentiras y relaciones de poder unilaterales. Los “quereres” nos pueden llevar a nuevos escenarios donde nos sintamos vivas, activas, participantes, poderosas... Que no se nos vaya la olla, no dejemos de jugar.  Si no puedo jugar, no es mi revolución.

De Peculiares

El secreto mejor guardado sobre la virginidad

29 de noviembre de 2019

Laura Marcilla

Sobre la virginidad se han escrito ríos de tinta y dependiendo del momento se ha hablado de ella como algo sagrado que hay que conservar o como un lastre que hay que “perder” al llegar a cierta edad.

De hecho, en mi propia experiencia impartiendo talleres de educación sexual, me doy cuenta de que la virginidad y todo lo que la rodea es un tema recurrente y que ocupa una posición central en las preocupaciones de los adolescentes.

“¿Cómo puedo saber si mi pareja es virgen? ¿Cómo hago para que no me duela perder la virginidad? ¿A qué edad se debe perder la virginidad? ¿Cómo sabes cuando estás preparado para perder la virginidad? Etc…”

Esta y otras cuestiones aparecen a diario, generalmente revestidas con un tono de preocupación, de inquietud, de ansiedad e incluso de miedo. Existen muchas presiones en torno a las relaciones sexuales que a menudo empujan a la gente joven (y no tan joven) a realizar practicas que no desean o en momentos en los que no se sienten realmente dispuestos a ello.

Por esta razón considero que la información que estoy a punto de compartir puede ser una de las verdades más tranquilizadoras que existe en cuanto a sexualidad. Por favor, acompañadme con un imaginario redoble de tambores…: LA VIRGINIDAD NO EXISTE.

Así, tal cual lo leéis. La virginidad no existe, nos la hemos inventado. No se encuentra en ninguna parte de nuestro cuerpo, ni la podemos medir u observar. No está en el himen como nos han hecho creer durante mucho tiempo (de hecho, ni todas las vaginas tienen himen, ni este se tiene porque romper con una penetración). La virginidad no es algo que se pierda, porque nunca la hemos tenido, porque es solo un concepto (cargado de moralina) que las personas hemos popularizado para poder dividir a la gente en función de si han tenido relaciones sexuales o no. Y no cualquier tipo de relación sexual, no: penetración. Pene + vagina. ¿Qué pasa con las lesbianas? ¿Y con los gays? ¿Y con el resto de maravillosas prácticas sexuales que no parecen haberse ganado el honor de ser tan importantes como para quitarnos la etiqueta “virgen” de la frente?

Como decía, el concepto imaginario de virginidad solo tiene la importancia que le queramos dar, porque ni nos convertimos en personas diferentes tras nuestra primera penetración (si es que acaso queremos tenerla siquiera), ni tiene por qué ser más importante esta primera vez que otras primeras veces como el primer beso, la primera masturbación, el primer orgasmo o la primera vez que duermes al lado de alguien.

Y ojo, que no pretendo desmerecer lo importante que puede ser una primera vez en la vida de cualquiera. ¿Puede ser especial la primera relación sexual con otra persona? Por supuesto que sí, especialmente si vamos a ella con deseo y entusiasmo. Pero precisamente por ello me parece muy triste que se hable de ello como “perder” algo cuando lo que estamos haciendo es ganar experiencias.

Y lo más grave del asunto es que no nos limitamos a dividir a la gente en esas dos cajas inventadas de “virgen” o “no virgen”, sino que les juzgamos en función de la caja en la que están (en la que les hemos metido, más bien). Y ellos se sienten juzgados y juzgadas, por salidos, por guarras, por desesperados, por pringadas o por cualquier otro término que usemos contra alguien cuando tenemos información sobre su historial sexual (o la ausencia del mismo).

Así que, por favor, repetid conmigo bien alto que la virginidad no existe. Hasta que nos lo creamos de verdad y actuemos en consecuencia, hasta que la gente deje de sufrir por cuándo o cómo hacerlo para que la sociedad lo considere “correcto”, hasta que consigamos cambiar el tono de las preguntas de los jóvenes y, en vez de pedir consejos para que no duela, pidan consejos para disfrutar al máximo. Hasta que no necesiten la aprobación de nadie para elegir qué hacer o qué no hacer con sus cuerpos.

Y seguramente entonces, todos seremos más felices. Porque la virginidad no existe, pero todavía pesa, vaya que si pesa…