De Peculiares

He llegado a mi límite

27 de enero de 2020

Maitena Usabiaga Sarasua

Tengo la suerte de trabajar rodeada de jóvenes que me enseñan infinito y me muestran su realidad y la comparten conmigo. Afortunada yo. Así que os quiero contar algo que me mostraron y lleva días dando vueltas en mí. Los límites. Cómo nos cuesta poner límites a las mujeres, qué mal lo podemos llegar a pasar por no poner límites a lxs demás, por miedo de hacerles daño o de simplemente perder su “amor”.

Os pongo en contexto. Estuvimos hablando sobre la autodefensa feminista, del derecho y capacidad de defendernos. Es la hostia comprobar que nos sentimos débiles porque así es como nos han tratado; cuidado con los chicos, no vuelvas sola a casa, te pongo una aplicación que nos dice dónde estás constantemente por tu seguridad... Nos hemos creído que no podemos defendernos, nos hemos creído que somos potencialmente víctimas de cualquiera que nos quiera hacernos daño, que somos débiles. Con esto no quiero pretender que no tengamos nuestro lado débil y que efectivamente, hay mucho cabrón que quiere hacernos daño, lo sé. Pero que sintamos el permiso para defendernos, de poder decir hasta aquí hemos llegado, nos puede salvar la a veces maldita vida. La jodida indefensión aprendida.

Seguimos charlando sobre ello y llegamos a un tema que me pareció muy interesante. Cómo nos tratamos entre colegas, entre tías. Están en una edad donde lo más importante es ser parte de algún grupo, sentirse aceptada, saber que eres alguien. No creo que esta etapa se supere nunca, no hay más que vernos. Pero su vivencia es muy intensa y así lo expresan. Empiezan a cuestionar su identidad, comienzan a dar lugar a sus deseos, a expresar que son sujetos eróticos, a explorar sus cuerpos y los otros.

Todo esto con la mirada fija y dura de las amigas. No sé cómo será en otros países, pero en Euskal Herria, las cuadrilas son una institución más y como todas las cosas, tienen lados positivos y negativos. Uno de ellos, es que se convierte en una especie de torre de control y a veces, como un jurado. Los movimientos que se salgan de lo establecido por el grupo, son juzgados y comentados por las demás. Todas sabes que se habla de ellas y que son criticadas, pero nadie dice ni pio.

Yo flipaba con ellas, nunca se habían dicho que algo les había molestado o que se sentían dañadas por lo que sea. Me decían que cuando les pasaba esto, iban a sus casas y lloraban solas. Al día siguiente, tan normal. Son mis amigas, pero no les voy a decir que algo me ha molestado porque va a dejar de ser mi amiga o le va a doler lo que le vaya a decir, no quiero hacerla daño.

Qué curioso. Somos capaces de recibir y sentir daño por alguien, pero luego nos horroriza hacer daño a alguien. Es que las mujeres no hacemos daño, ¿sabes? Tenemos que ser comprensivas y aguantar como perras. Joder, vaya mierda. Si entre nosotras no nos ponemos límites, cómo hostia vamos a hacerlo en la jungla de ahí fuera, donde hay demasiada gente que quiere aprovecharse de nosotras, de nuestro trabajo, de lo que sentimos, necesitamos...

No quería ponerme dramática, así que pensé que era cuestión de edad. Pero.... ¡¡tachaaaan!! Al día siguiente tuve una conversación demasiado similar con mis colegas. Colegas que están más cerca de los 50 que los 30. La conversación era casi igual. Vi nuestra incapacidad de poner límites, la incapacidad de ser honestas y decir ¡basta! De expresar que no nos gusta algo o que nos hemos sentido heridas por lo que sea. “Cómo le voy a decir eso.... cómo voy a decirle que cuando me ataca me duele, que me siento como si me humillaras. Si se lo digo, se sentirá mal y ya no me querrá”.

Joder de nuevo. Cómo es posible que no nos defendamos de los ataques de nuestras propias amigas. Creemos que poner límites es dañar y para mí significa todo lo contrario. Poner límites es amar. Primero, amarte a ti y segundo, amar a la otra persona; no voy a dejar que me hagas daño, me quiero y me respeto. ¿Qué la otra persona pueda sentirse dañada? Claro. A nadie le gusta escuchar que la persona que amamos se haya sentido dañada por nosotras, nos jode, pero si la amamos podemos aprender a amarla. Y si no quieren aprender, podemos decidir si invertir nuestro tiempo con ella o no.

Pero para poner límites, tenemos que romper la creencia de que hacerlo está mal. No tenemos el deber de soportarlo todo, ni de ser empáticas con todo el mundo, ni de perdonarlo todo... Podemos ser agresivas. Agresivas a la hora de expresar lo que sentimos, de no guardarlo todo dentro y llevarlo en nuestras súper mochilas. Veo a demasiadas mujeres cargando con todo el peso y veo que las jovenzuelas vienen con las mismas tendencias (en este tema). Darnos permiso para decir hasta aquí hemos llegado, puede cambiar y mucho nuestras vivencias. Dar permiso a las jóvenes para defenderse puede salvarles. Dejemos de limitarnos tanto y pongamos más límites.

De Peculiares

Voces en tu cabeza

19 de enero de 2020

Santiago Pérez Hernández

Decir; “yo soy una multitud” puede resultar confuso, incluso agobiante. Pero a veces te pasa, dentro de tu cabeza tienes una multitud que se agolpa. El agobio que sientes se debe a que todas las voces quieren hablar, y la mayoría de las veces, todos a la vez. Es importante aprender a ignorarles, como sino fueran parte de ti, pero llaman constantemente la atención, tu atención. Insisten, se repiten, te taladran como aquella canción.

Cuando escuchas esas voces, quizá pienses que estás severamente trastornado, pero la realidad es que no tiene porqué, de hecho, si lo piensas, le pasa a todo el mundo. Gente que habla sola, gente que mira su teléfono, y va a su bola. En realidad, ¿de qué estamos hablando? Pues de que todos tenemos conversaciones con nosotros mismos, y por mucho que queramos, hay voces que no podemos callar.

Seguro que en muchas ocasiones quieres hacer algo y otro “algo” te lo impide. Esto seguramente te generará impotencia y te plantearás si lo quieres hacer, por qué no lo haces. En otras ocasiones sabes que no lo tienes que hacer, pero aún así, lo acabas haciendo, te llamas tonto, ¡gilipollas!, pero lo acabas haciendo, y no lo entiendes.

La explicación nace en que las personas tenemos diferentes “yoes”, y no siempre están de acuerdo. Tu “yo” más niño, el adolescente, el crítico... Esas vocecitas hablan como si te conocieran. En realidad te conocen mejor que nadie, en realidad cada voz es una parte de ti.

Seguro que muchas veces has ardido en deseos de aplacarlas, de silenciarlas y sentarles en el banquillo. Pero casi nunca lo has conseguido. Eso pasa porque una parte de ti se ha congelado, no te permite avanzar, como si quisieras correr y estuvieras atado a una cuerda. Tú corres hacia delante y ella tira para que vuelvas.

Habitualmente es una parte de ti a la que nunca quieres mirar, porque es demasiado dolorosa. Volver ahí te hace daño, has combatido toda la vida por mantener esos recuerdos ocultos. Eran episodios que envolvías, metías en una caja, cerrabas con llave y te la tragabas. Sin masticar, para dentro. Y como todo lo que no digieres, tu cuerpo lo devolvía, y lo devolvió. Una y otra vez, porque tu empeño por tragar, solo era proporcional a la fuerza con lo que lo sacabas.

Pero nadie se daba cuenta, o eso creías tú. Si hablabas, si lo contabas, te sentiría muy débil, o eso creías. A veces dudas de que sea tu voz la que habla, porque estás congelado, porque hubo personas que hicieron de ti lo que les salió del haba. Dejándote cicatrices sin cerrar, queloides, cicatrices con trozos, cicatrozos.

Al final, saliste. Seguiste adelante, con un pie en el pasado y otro en el presente. Lograste verbalizarlo. Y rompiste la cuerda. Recuerda que sois un montón, el congelado, el hervido y el ahumado. Porque una multitud discutiendo son una guerra, pero unidos, sois bandera. Sé que te despides hablando bajito, sin gritar, tu “yo” se está descongelando, estás en ello.

De Peculiares

Cuando te dicen “haz vida normal” después del parto

26 de diciembre de 2019

Juncal Altzugarai

“Ahora ya puedes hacer vida normal”. Esta es la frase que escuchamos una gran mayoría de mujeres tras nuestra revisión ginecológica tras la famosa cuarentena. Si todo ha ido más o menos bien, no hay puntos infectados, ni nada raro, la recomendación suele ser que volvamos a nuestra vida de antes.

Es cierto que nadie, ni siquiera nuestras amigas más próximas, ni nuestras madres, tías, nos avisan de que es aún muy pronto para volver a hacer vida normal.

Me acuerdo yo de las ganas que tenía, tras mi primera maternidad, de que la ginecóloga me dijera que ya estaba todo bien y que “a la carga”. Recuerdo que lo primero que hice cuando salí de la consulta fue comprarme hidratante vaginal y preservativos. Yo quería celebrar que todo ya estaba como antes. TODO.  Sabía que la lubricación era más escasa en el postparto, pero poco más, la verdad. “Está todo perfecto, Juncal. Ya puedes hacer vida normal”. Fui a casa con esa frase resonando en mi cabeza, como si estuviera en Disneylandia.

Aquella noche, mi pareja y yo decidimos volver a tener relaciones sexuales con penetración. Hidratante, lubricante, condón y… dolor. Nadie me había avisado de eso. Me ardía la vagina. Tenía un dolor punzante, que me quemaba. Volvimos a intentarlo con todo el mimo del mundo, volvimos a acariciarnos, a besarnos, a tocarnos. Volvimos a intentar el coito. Agujas en mi vagina, como si me estuvieran mordiendo. Poco a poco lo conseguimos… casi sin dolor. Tampoco sentí nada más. NADA MÁS. Ni media sensación más que el ardor en la entrada de mi vagina. Como si todos los interruptores de sensaciones se hubiesen apagado. Nada. Él tampoco sintió nada… un rato después, entre risas ya, me dijo que había sido como meterla en un estadio de fútbol. El problema era que la cicatriz de mi episiotomía tenía algún punto de adherencia, lo que dificultaba la elasticidad de la zona y la hacía dolorosa. Además, la musculatura de mi suelo pélvico brillaba por su poco tono, por lo que la cavidad vaginal vivía desparramada, sin poder contraerse, ni poder tener control alguno sobre su fuerza.

Yo tenía la suerte de tener los conocimientos teóricos y me puse manos a la obra, masajeando mi periné, descongestionando la zona, trabajando la cicatriz de la episiotomía. Me puse a tope con los ejercicios de Kegel y poco a poco fui recuperando las sensaciones de antes de dar a luz.

Pero ¿qué pasa con todas esas mujeres que no tienen los conocimientos que tengo yo? ¿Es que nadie es capaz de decirles que no, que ahora ya no es como antes? Pues se ve, que en la gran mayoría de los casos, no. Con esto no quiero decir que no haya mujeres que vivan un postparto maravilloso sin ningún tipo de problema… ¡haberlas, haylas!

En los talleres de suelo pélvico que imparto, me he dado cuenta de cómo normalizamos situaciones que no lo son: vaginismo, dolor a la penetración, falta de sensibilidad vaginal, que se nos escape un poco de pis… Sobre todo, después del parto y de esa frase de “está ya todo bien, haz vida normal”. Mujeres que vuelven a correr, pero que se dan cuenta de que sienten un peso a la altura de su vagina, mujeres, que en el cumple de una de sus criaturas, saltan en la cama elástica y se dan cuenta de que tienen pérdidas de orina. Mujeres que sienten (como sentía yo) una punzada en la entrada de su vagina cuando tienen relaciones con penetración. Mujeres que normalizan todo eso, se lo callan y están, en ocasiones, años enteros viviendo con incomodidad estas situaciones.

Qué poco hablamos de los post partos y de cómo se nos queda el cuerpo tras dar a luz. Qué poco compartimos entre mujeres. Creo que es fundamental destapar que no somos las únicas, que seguro que a la mujer que tienes sentada al lado en el metro o en la oficina, también le pasa… o que ha pasado por eso en algún momento.

¿Sabes qué? Que estas cosas tienen remedio. Aunque vayamos periódicamente al ginecólogo, es importante que realices una revisión exhaustiva de tu suelo pélvico. Las fisioterapeutas especializadas te ayudamos a conectar con tu cuerpo, a detectar el problema y te damos pautas para poder solucionarlo. Es un trabajo muy agradecido, porque normalmente, en pocas sesiones y con algo de trabajo en casa, se sienten muy rápidamente los resultados. Conectar con tu suelo pélvico es conectar con tu yo más íntimo, con tu energía sexual, con tus placeres. Te ayuda a conocerte más profundamente y te ayuda a empoderarte. Es un trabajo muy potente, que en ocasiones, debemos acompañarlo de una sexóloga/psicóloga que nos ayude, también en otros planos que no son solamente el físico. Elige a alguien que te dé confianza para meterte de lleno en este proceso, porque va a facilitarte mucho las cosas.

De Peculiares

¿Y tú quién te crees para desearme?

2 de diciembre de 2019

Maitena Usabiaga Sarasua

Mi cabeza casi siempre (siempre es demasiado tiempo) es una bomba de relojería. Pienso todo el rato, las ideas vienen y van y últimamente una de los pensamientos lo está ocupando el deseo. ¿Qué nos está pasando a las mujeres, sobre todo, con el tema de que nos deseen? Percibo rechazo al hecho de que los hombres nos deseen. Nos hace sentir objetos, cosas, nos sentimos hasta violadas, intimidadas.

Las ideas siguen bailando dentro de mí y llego a la conclusión de que no es que nos deseen, sino cómo muestran su deseo. Y digo; “vale, según cómo me miran me mola más o me da puto asco”. Y es tal cual, enseguida lo sientes en el cuerpo, reacciona ante las miradas ajenas. Algunas muestras te pueden hacer sonreír y otras hacerte huir. Pero, ¿sabéis qué?, que cada vez veo a menos mujeres sonreír y no sé si es porque no encontramos miradas deseantes que nos gusten o porque las rechazamos todas.

El cómo importa, es evidente, pero no me parece suficiente como respuesta y sigo indagando. El dónde y el cuándo también son relevantes ¿verdad? No es igual sentir que te desean en tu puesto de trabajo que en tu casita, no es lo mismo cuando estás de fiesta a cuando estás paseando para respirar después de un día jodido. No es lo mismo, porque nosotras no siempre estamos igual ni queremos siempre lo mismo. Por tanto, llego a la conclusión de que la reacción que siento cada vez que me encuentro en esta tesitura, mi estado cuenta y mucho, porque reconozco que  no todos los días, ni yo, somos iguales.

Tengo la impresión de que ésta última conclusión muchas veces no se toma en cuenta. Intentamos regularizar lo de afuera y estamos haciendo poco caso o ninguno a lo de dentro, aunque me consta que muchas estamos terapeutizadas a muerte. También opino que nuestra reacción depende muchiiiisimo de quién nos desea. Si me muestra deseo quien yo deseo, de lujo, encantada de la vida, pero al contrario si me encuentro con alguien que aborrezco y muestra signos de deseo, le llamo puto baboso. Porque siento el asco en mi cuerpo, claro está, pero no me impide reflexionar sobre ello. Me doy cuenta de que dentro de mis esquemas mentales hay mujeres y hombres que deseo y, por tanto, me encanta que me deseen, y tengo a otra peña que no entra dentro de mis parámetros. Esos parámetros no siempre son compartidos con la normalidad heteropatriarcal, pero tengo unos parámetros, me guste o no. Reconocerlo es bien.

Sigo sumergiéndome y cuestionando mis reacciones y mis exigencias para con lxs demás. ¿Acaso mis no deseadxs no tienen derecho de desearme? ¿Desear es un derecho? Nosotras como nadie, sabemos lo que es vivir la represión del deseo. Nos podían desear, los hombres, pero parecía que no teníamos ni la capacidad de desear. Las mujeres no podían ni debían, y todavía muchas veces parece que tampoco, desear. Éramos sólo deseables pero no deseantes. Qué putada. Pero no porque que te deseen sea una putada, sino porque nos negaban la posibilidad de desear, de elegir, de tomar la iniciativa, a mostraros cachondas y seductoras. Ahora parece que lo que buscamos es la categoría de deseante y aborrecemos a la deseable. Porque creemos que el ser deseante conlleva intrinsicamente más poder. ¿Creéis que es así? ¿Ser deseable es una actitud pasiva? ¿a todas nos tiene que poner cachondas la misma manera y la misma gente? ¿y si a mí me pone muy pero que muy cachonda que me seduzcan? ¿por qué nos ofende que alguien muestre su deseo hacia nosotras?

Creo que podemos estar empoderadas reconociendo nuestro lado deseable, no reconocerlo ni aceptarlo es ocultar una cualidad importante. Ser vulnerables nos fortalece. No quiero caer en la trampa que los hombres se han tendido a ellos mismos, nosotras hemos aprendido que la vulnerabilidad es un tesoro que hay que guardar, cuidar y compartir con quien nos salga del coño (o de donde sea). Somos vulnerables y no pasa nada. A veces nos gusta sentirnos deseadas por alguien en concreto, en el lugar y con los modos que hace que se nos moje el coño. Y no, no siempre me apetece gestionar el deseo ajeno y no, todo el mundo no tiene derecho a expresar su opinión sobre mi cuerpo. Pero creo que el deseo lleva apellido masculino y pienso que, como en muchos aspectos de la vida, la revolución está en feminizar las cosas, no que nosotras queramos ser como ellos. Seguir perpetuando esquemas de dominación, ocultando nuestras vulnerabilidades, competir en todo, hacernos las duras y fuertes, independientes, individualistas...

Ser deseables no nos hace más débiles. Sentirnos vulnerables no nos quita valor. Es incómodo muchas veces, nos remueve por dentro y hay que atenderlo. Pero también podemos jugar, jugar para no hacernos daño y empoderarnos. Porque podemos responder, sentir, querer, no querer, enfadarnos, agradecer... No me gustaría vivir en un lugar donde los deseos no tuvieran su sitio, donde no se ligue, donde no se seduzca, donde no se juegue. El juego está cambiando porque así lo queremos, las reglas de antes ya no nos sirven y reclamamos la diversidad de los juegos y jugadorxs. Muchas no queremos seguir jugando a un juego impuesto, donde nuestros quereres no se han tomado en cuenta, donde nuestro papel es siempre el mismo y nosotras amigas, no somos iguales ni queremos lo mismo.

Conocernos, saber lo que nos gusta, lo que no, cómo lo queremos, de quién lo queremos, dónde, cuándo... son herramientas potentes para poder garantizar la creación de nuevos escenarios donde nos podamos vivir más plenamente. Los “deberes” nos han traído a un escenario donde priman los juicios, culpas, desconocimiento, mentiras y relaciones de poder unilaterales. Los “quereres” nos pueden llevar a nuevos escenarios donde nos sintamos vivas, activas, participantes, poderosas... Que no se nos vaya la olla, no dejemos de jugar.  Si no puedo jugar, no es mi revolución.

De Peculiares

El secreto mejor guardado sobre la virginidad

29 de noviembre de 2019

Laura Marcilla

Sobre la virginidad se han escrito ríos de tinta y dependiendo del momento se ha hablado de ella como algo sagrado que hay que conservar o como un lastre que hay que “perder” al llegar a cierta edad.

De hecho, en mi propia experiencia impartiendo talleres de educación sexual, me doy cuenta de que la virginidad y todo lo que la rodea es un tema recurrente y que ocupa una posición central en las preocupaciones de los adolescentes.

“¿Cómo puedo saber si mi pareja es virgen? ¿Cómo hago para que no me duela perder la virginidad? ¿A qué edad se debe perder la virginidad? ¿Cómo sabes cuando estás preparado para perder la virginidad? Etc…”

Esta y otras cuestiones aparecen a diario, generalmente revestidas con un tono de preocupación, de inquietud, de ansiedad e incluso de miedo. Existen muchas presiones en torno a las relaciones sexuales que a menudo empujan a la gente joven (y no tan joven) a realizar practicas que no desean o en momentos en los que no se sienten realmente dispuestos a ello.

Por esta razón considero que la información que estoy a punto de compartir puede ser una de las verdades más tranquilizadoras que existe en cuanto a sexualidad. Por favor, acompañadme con un imaginario redoble de tambores…: LA VIRGINIDAD NO EXISTE.

Así, tal cual lo leéis. La virginidad no existe, nos la hemos inventado. No se encuentra en ninguna parte de nuestro cuerpo, ni la podemos medir u observar. No está en el himen como nos han hecho creer durante mucho tiempo (de hecho, ni todas las vaginas tienen himen, ni este se tiene porque romper con una penetración). La virginidad no es algo que se pierda, porque nunca la hemos tenido, porque es solo un concepto (cargado de moralina) que las personas hemos popularizado para poder dividir a la gente en función de si han tenido relaciones sexuales o no. Y no cualquier tipo de relación sexual, no: penetración. Pene + vagina. ¿Qué pasa con las lesbianas? ¿Y con los gays? ¿Y con el resto de maravillosas prácticas sexuales que no parecen haberse ganado el honor de ser tan importantes como para quitarnos la etiqueta “virgen” de la frente?

Como decía, el concepto imaginario de virginidad solo tiene la importancia que le queramos dar, porque ni nos convertimos en personas diferentes tras nuestra primera penetración (si es que acaso queremos tenerla siquiera), ni tiene por qué ser más importante esta primera vez que otras primeras veces como el primer beso, la primera masturbación, el primer orgasmo o la primera vez que duermes al lado de alguien.

Y ojo, que no pretendo desmerecer lo importante que puede ser una primera vez en la vida de cualquiera. ¿Puede ser especial la primera relación sexual con otra persona? Por supuesto que sí, especialmente si vamos a ella con deseo y entusiasmo. Pero precisamente por ello me parece muy triste que se hable de ello como “perder” algo cuando lo que estamos haciendo es ganar experiencias.

Y lo más grave del asunto es que no nos limitamos a dividir a la gente en esas dos cajas inventadas de “virgen” o “no virgen”, sino que les juzgamos en función de la caja en la que están (en la que les hemos metido, más bien). Y ellos se sienten juzgados y juzgadas, por salidos, por guarras, por desesperados, por pringadas o por cualquier otro término que usemos contra alguien cuando tenemos información sobre su historial sexual (o la ausencia del mismo).

Así que, por favor, repetid conmigo bien alto que la virginidad no existe. Hasta que nos lo creamos de verdad y actuemos en consecuencia, hasta que la gente deje de sufrir por cuándo o cómo hacerlo para que la sociedad lo considere “correcto”, hasta que consigamos cambiar el tono de las preguntas de los jóvenes y, en vez de pedir consejos para que no duela, pidan consejos para disfrutar al máximo. Hasta que no necesiten la aprobación de nadie para elegir qué hacer o qué no hacer con sus cuerpos.

Y seguramente entonces, todos seremos más felices. Porque la virginidad no existe, pero todavía pesa, vaya que si pesa…

De Peculiares

Besar en la boca a los niños no tiene ninguna connotación sexual

19 de noviembre de 2019

Monica Leiva, Educandosobresexo

Besar a los hijos en los labios es una acción que provoca mucha controversia, para algunas personas es una muestra de amor y ternura y para otras es un gesto impensable e inadecuado aunque lo realicen los padres-madres. Muchos progenitores besan instintivamente en las mejillas, en la frente, en la nariz, en las manos, los pies y también en los labios a sus hijos; una zona particularmente sensible al tacto, que produce una sensación más intensa y por qué no decirlo, más placentera. Los besos provocan que nuestros cuerpos segreguen endorfinas, que son las sustancias producidas por el cerebro que proporciona una sensación de bienestar y felicidad.

Una de las creencias más extendidas entre los que son contrarios a este tipo de muestra de afecto es que los niños pueden “confundirse sexualmente” o ser “más promiscuos de mayores.”

La psicóloga Silvia Álava Sordo autora del libro “Queremos hijos felices” defiende la costumbre de besar a los hijos en los labios y afirma que “no conozco ningún estudio científico que diga que esto es malo” sin embargo sí que se ha demostrado que “la ausencia de cariño físico tiene un efecto negativo en los menores.

El beso visto en las distintas culturas

En países como España o Portugal es bastante común dar dos besos en las mejillas a modo de saludo o cuando conocemos a alguien, en cambio, en otros países se puede dar uno o tres. También hay países como China en los que el beso es un acto íntimo que se debe hacer en privado. Por lo que el beso en si no es más que un acto bueno o malo según el significado cultural que le demos.

Así un beso en la boca a un hijo pequeño puede ser una muestra de afecto o una obscenidad, eso depende del cristal con que se mire.

Que se dice desde la psicología

Entre los psicólogos hay tanto defensores como detractores de los besos en la boca. Quienes no están de acuerdo consideran que podrían generar en el menor confusión respecto a los roles existentes dentro de la familia. Los defensores afirman que los roles en una familia deben de estar marcados por otros aspectos y no solo por la forma de besarse.

La verdad es que no existe un estudio científico que diga que besar a los niños y niñas en los labios pueda generar algún trauma en los menores. Parece más una cuestión personal y una decisión que ha de tomar cada padre o madre en función de su criterio.

Besar en la manifestación afectiva por excelencia, junto con abrazos y caricias, es un lenguaje no verbal con el que comunicamos y trasmitimos sentimientos de amor, protección y tranquilidad a los pequeños. El afecto es una de las necesidades básicas de la infancia, al igual de importante que la alimentación, la higiene y el descanso.

Entonces, ¿no pasa nada si se besa a los niños en la boca?

A pesar de los beneficios, sí que hay ciertos riesgos al besar en la boca, ya que la saliva es un vehículo de bacterias y al besar en los labios existe el riesgo de contagiar alguna enfermedad como resfriados, gripes e incluso caries. En este caso, si estamos enfermos o tenemos alguna caries activa, es mejor dejar este tipo de besos para cuando se tenga mejor salud.

Los niños necesitan desarrollar una sexoafectividad sana y los besos son parte de ella. Se deben de sentir amados y protegidos. Los adultos no deberíamos sentirnos coaccionados por otros adultos sino que deberíamos de actuar según nuestra ética y moral y parece que besar en los labios a los niños no les causa ningún trauma.

Besar en los labios para los niños no tiene ninguna connotación sexual, si lo hacen de manera espontánea es por imitación o porque sienten cariño hacia esa persona. Es muy habitual ver niños de 3 o 4 años besándose en los labios como un juego.

Desde de mi punto de vista no me parece que sea malo besar a los niños en los labios. Creo que los menores son lo suficientemente inteligentes como para darse cuenta que los adultos solo besamos a las personas que queremos. Aunque nos imiten, no tiene porque ir besando a desconocidos y si así lo hicieran basta con explicarles que significa un beso en la boca en el mundo de las personas mayores para que entiendan que es un acto íntimo que solo se comparte con determinadas personas.

De Peculiares

Tú qué vas a opinar, puta

Día contra la violencia de género

17 de octubre de 2019

Maitena Usabiaga Sarasua

Voy a putear un rato. Me refiero a que voy un rato a joder, pero no entendido cómo hacer daño a alguien, sino a la jodienda. A sacar a mi puta a pasear. ¿Y por qué me apetece sacarla? Pues porque ayer estuve en una charla de un sindicato de trabajadoras sexuales llamada Otras y me han inspirado. Lo de “voy a putear un rato” lo dice una mujer de 90 y pico años que sigue dedicándose a la prostitución. Me hizo tanta gracia y me gusto tanto, que quería hacerle un guiño y mencionarla. Porque lo que no se menciona no existe y al parecer existen mujeres que se dedican a la prostitución y tan contentas. Sí, tan contentas, aunque nos cortocircuite el cerebro.

Este sindicato se creó para luchar a favor de los derechos laborales de las trabajadoras sexuales; actrices porno, strippers, prostitutas, bailarinas de pole dance... Un grupo de trabajadoras que está dando mucho de que hablar, porque al parecer todo el mundo se siente con la licencia de hablar de ellas y demasiadas veces por ellas. Era la primera vez que me encontraba en frente de una puta, pero no es la primera vez que hablo de ellas. Y esto hace que me pregunte: ¿Cuántas de nosotras conoce a alguien que trabaja como trabajadora sexual? ¿Por qué parece que todo el mundo sabe de ello y resulta que nadie habla con ellas?

Es la pregunta que le hice a la ponente, Concha. Y me contestó que era porque todo el mundo folla, y como folla todo el mundo, podemos hablar de ello. Hablamos de ellas como si fueran una pobrecitas, mujeres engañadas y desesperadas que no tienen otra que dedicarse a abrirse de piernas y vender su cuerpo. Porque sabemos que el cuerpo es un templo sagrado que no se debe compartir con cualquiera, ¿no? Hablamos de ellas como si todas fueran parte del tráfico de mujeres, como si todas estuvieran ahí porque un proxeneta las ha engañado y manipulado. Al fin y acabo, creemos que son gilipollas, mujeres sin criterio y explotadas. La mujer que tenía en frente no era gilipollas, ni tenía una pizca de tonta. Hablaba desde una posición empoderada, hablada de decidir trabajar de ello. Ella y muchas de sus compas deciden dedicarse a ello y lo que quieren es que el estado les de lo que les corresponde; protección laboral y social, un contrato que garantice los derechos laborales ya que tienen una relación laboral con sus clientes y, en muchos casos, con el empresario que lleva los clubs. ¿Es tanto pedir? Al parecer sí.

Están en contra de toda explotación, en contra de los proxenetas que siempre ganan dinero y nunca lo pierden, en contra de que nuestros derechos sean pisoteados, en contra del sistema capitalista patriarcal salvaje que ilegaliza a las personas. Pero ellas quieren que sus trabajos se reconozcan y piden ser una ciudadana más y no la última mierda de la sociedad. Porque ¿qué hay peor y más denigrante que ser puta, migrante y transexual? Dicen que ya no tienen nada que perder, porque nadie les reconoce nada, pero por ello, tienen todo que ganar y no se van a callar. Los jefecillos tienen que estar temblando porque es sabido que no les interesa para nada que haya trabajadoras empoderadas y menos que haya mujeres sin miedo dispuestas a luchar a lo grande.

Cuando decía que ya no tienen nada que perder, habló sobre las diferentes violencias que sufren como trabajadoras. A muchas nos vino a la cabeza la violencia ejercida por los puteros. Pues no amigas, ella ni los mencionó. Habló de la violencia policial, del estado, de la sociedad, de las ordenanzas municipales, de las sanciones económicas, deportaciones, de las retiradas de las custodias, de las amenazas institucionales, de la discriminación...

En los tiempos que se habla de feminismo liberal... ella hablaba de lucha obrera. Son trabajadoras, aunque mucha gente no las reconozca como tal. Decía que esta sociedad sigue siendo tremendamente clasista y racista. Clasista porque seguimos clasificando a las personas por su trabajo, su adquisición monetaria, sus apellidos, su estatus. Racista porque queremos que las gentes que no pertenecen a este maravilloso estado español trabajen en lo que nosotras no queremos trabajar y que cobren el mínimo sueldo posible y no tengan los mismos derechos. No quieren regularizar su estado actual, prefieren llamarlos ilegales y tenerlos en los suburbios aguantando situaciones tremendamente precarias e inhumanas.

La gente va a seguir queriendo venir a esta Europa que vende ser el primer mundo, donde todas las ciudadanas y ciudadanos vivimos en armonía y donde se puede ser feliz. Van a seguir viniendo porque ya nos encargamos de que en sus países la vida sea insostenible, porque el neoliberalismo no tiene intención de parar y seguiremos explotando sus tierras y su mano de obra casi gratis. Sabiendo que la migración es una realidad, sabiendo que la prostitución va a seguir existiendo ¿por qué no mejorar las condiciones de las protagonistas?

La ponente habló sobre el nacional abolicionismo. Se refería a todo este movimiento que se ha empeñado en machacar a las prostitutas y ahogarlas hasta puntos insospechados. Aquellas que hablan por ellas sin ni siquiera preocuparse en escucharlas. Ese movimiento que sigue favoreciendo al proxenetismo y la explotación. Porque si no mejoras las condiciones de vida y laborales de las trabajadoras, quien sigue beneficiándose siguen siendo los mismos, los explotadores. ¿Cómo hacemos que desaparezca una profesión? ¿Precarizando más a quien menos tiene? ¿Poniendo multas a las mujeres que ocupan las calles para sacarse el sueldo? Es sabido que cuanto menos tienes, más necesitas y si no te dejan trabajar en condiciones reguladas, lo vas a hacer de manera que se considere ilegal. Porque necesitamos comer, vivir en un espacio seguro, movernos, socializar... Está claro que mantener a las putas calladas y escondidas sigue beneficiando al propio estado. No quieren manchar su imagen en apoyar a las trabajadoras sexuales, pero al mismo tiempo, siguen permitiendo que estas mujeres trabajen en condiciones lamentables y sin protección. La moral, ante todo. El sexo sigue siendo sucio y sagrado.

De Peculiares

Y tú: ¿Follas o haces el amor?

Follar o hacer el amor

30 de septiembre de 2019

Yaiza Morales, Universopornico

Si buscas el significado de la palabra follar, lo primero que encuentras es algo así como “expresión vulgar para referirse al acto sexual”. El término vulgar, ya nos da una idea de cómo se le asocia un carácter un tanto negativo a esta práctica y hoy peculiares venimos a reivindicar justo lo contrario. El lenguaje que usamos tiene mucho poder. Durante muchos años se le ha otorgado un significado  peyorativo a la palabra follar y éste ha acabado calando, sin embargo, podemos darle una vuelta de tuerca más  y reapropiarnos del término confiriéndole un significado más afín a lo que es.

En más de una conversación hemos podido oír la típica pregunta ¿Follas o haces el amor? Pues las dos cosas y una de la mano de la otra. Me explico. Hay un mito muy extendido que asocia el follar con el sexo por sexo, desconectado de sentimientos, visceral y que se centra en la persecución básica de la liberación de endorfinas con el fin de obtener placer. Podríamos decir incluso que cuando follas con alguien, lo que buscas es tu placer y no el del otro, mientras que hacer el amor implica un sentimiento, un lazo de unión entre dos personas. Podríamos sostener que mientras que follar es algo más rudo y salvaje; hacer el amor está lleno de ternura. O esa es la primera imagen que nos viene a muchos a la cabeza al oír pronunciar esas dos palabras. Esa imagen preconcebida nos da a entender que follar no está tan bien, y que, por el contrario, hacer el amor es la forma correcta o socialmente aceptada de hacerlo. La gente bien hace el amor. Follar es cosa de prostitutas.

A nuestro modo de ver, follar y hacer el amor son dos cosas distintas y una no quita a la otra. Hay una idea romántica y heteronormativa detrás del concepto de hacer el amor lo cual ha contribuido a limitar mucho el significado total de la expresión.  Con esta limitación se ha entrado en una dicotomía entre las personas que follan y las que hacen el amor, entre lo socialmente aceptado y lo malo o no tan bueno; y de ese modo, se asocia la palabra follar a una connotación negativa. A lo largo de la historia podemos nombrar diferentes morales sexuales. Así, hablamos de moral reproductiva (necesidad y gusto de reproducirnos), relacional (el objetivo principal es una relación de pareja) y recreativa (basada en el disfrute y en alcanzar tus objetivos y no lo socialmente impuesto). Hoy en día, nuestra sociedad vive a caballo entre la reproductiva y la relacional y este factor es el que da pie a la dualidad existente entre follar y hacer el amor.

¿Por qué cuando le preguntamos a alguien que qué significa hacer el amor se piensa automáticamente en algo sexual? ¿Por qué si es así, se marca esa diferencia con follar si al final reducimos conceptos a un mismo significante? ¿Qué tiene de malo follar? ¿Y qué de bueno hacer el amor?

He aquí una valoración peculiar: Para hacer el amor no hacen falta los genitales, ni siquiera las bocas o las lenguas enroscadas o el contacto piel con piel. Para hacer el amor no hace falta el sexo, aunque pueda ser un buen ingrediente. Hacer el amor a alguien en su significado original es quererle bien, es tenerle en consideración, preocuparte por él, querer que esa persona esté a gusto y se sienta contigo que está en casa. Hacer el amor con alguien es compartir momentos, risas, penas, estar a su lado, disfrutar de veros contentos y acompañaros cuando no lo estéis. Tenderos una mano mutua sin ningún tipo de expectativas y hacer camino uno al lado del otro.

Dentro de ese hacer el amor puede entrar también el follar (sin basarnos en coitocentrismos si no en el amplio espectro de la palabra; besos, caricias, juegos varios…). Porque sí, cuando estás a gusto con alguien y quieres compartir experiencias pues también follas. A veces más rudo a veces con mayor ternura, otras combinando, pero partiendo de una mirada recreativa; de interacción, de juego, de satisfacción de todos los que juegan; porque el follar, es un juego cooperativo en el que si tú ganas, el otro también gana y ganamos todos. Y así, de alguna forma desmontamos la división entre follar y hacer el amor.

De Peculiares

Los penes que no queremos ver

Los penes que no queremos ver

25 de septiembre de 2019

Laura Marcilla

Llegas de las vacaciones, respiras hondo y te enfrentas a todos los mensajes acumulados durante las semanas de descanso. ¿Y qué espera agazapado entre los mensajes triviales y educados? Efectivamente: una foto de un enhiesto miembro viril que nadie había invitado a la fiesta post veraniega.

Bueno, pues este es sólo un ejemplo de las muchas formas en las que se pueden recibir fotos sexuales no consentidas, también coloquialmente conocidas como “fotopollas”. El hecho de que el nombre de estas fotos incluya la palabra “polla” es precisamente porque son los hombres cis quienes habitualmente recurren a esta práctica. ¿Conocéis a alguien que haya recibido una “fotovulva” o “fotocoño” no deseada? Bueno, podría ser, porque hay de todo en el mundo, pero parece ser que estos casos son estadísticamente despreciables.

Según los datos, más de la mitad de las mujeres han recibido en alguna ocasión este tipo de imágenes no deseadas, y también cerca de la mitad de los hombres afirman haber mandado fotos de sus genitales. Muchas de estas fotos habrán sido mandadas de forma consentida, dentro de lo que se denomina “sexting” (aproximadamente el 25% de los jóvenes afirma practicarlo), pero otro porcentaje sea posiblemente enviado en un contexto en el que la otra persona no espera (ni desea) este tipo de contacto.

Me gustaría aclarar que las “fotopollas” no son, bajo ningún concepto, un tipo de sexting. El sexting, para que sepamos a que nos referimos, es una práctica de cibersexo a través de aplicaciones o redes sociales, a menudo incluyendo fotos de carácter íntimo. Entonces, ¿por qué las “fotopollas” no entran en esta categoría? Por lo mismo por lo que una violación no es una forma de sexo, sino de violencia. Cuando no hay consentimiento, no podemos hablar de sexo. El mutuo deseo es requisito indispensable para que sea una práctica sana, por lo que mandar una foto de tu pene a alguien que no la desea no es un tipo de “sexting”, ni una forma de ligar. Es, simple y llanamente, acoso.

Los expertos entienden que el machismo es una de las bases por las que este tipo de interacciones se perpetúan y suelen ser siempre llevadas a cabo por hombres. De ahí que la educación sexual sea tan importante para fomentar formas de relacionarnos en las que nadie se sienta atacado, incómodo, ofendido o vulnerable.

Parece también que los hombres homosexuales y bisexuales, suelen tener menos problemas a la hora de recibir estas fotos inesperadas, lo cual no quiere decir que haya vía libre para mandárselo a estas personas sin su permiso, ya que sigue siendo una falta de respeto y puede haber hombres también a los que les moleste este trato. Aunque se dice que en grindr y algunas plataformas de flirteo entre hombres es una práctica común y más aceptada, no deja de ser una maniobra arriesgada cuando no tenemos la certeza de que la otra persona esté predispuesta a ver este tipo de contenido. ¡Con lo bonito y placentero que puede ser el sexting cuando se realiza de mutuo acuerdo! Porque el sexting, aunque haya sido ampliamente demonizado por los riesgos que entraña, no es sino una práctica sexual más. Como tal, tiene sus riesgos y también sus beneficios, pero tomando ciertas precauciones y practicándola de forma segura, no hay razón para no poder disfrutar de ella.

mensajes @somospeculiaresVolviendo a esta invasión de fotos de penes que está teniendo lugar en múltiples redes sociales existen muchas preguntas: ¿por qué la gente lo hace? ¿hay alguna forma de evitarlas? ¿qué se puede hacer al respecto cuando se reciben? Y… de verdad, ¿por qué la gente se empeña en seguir haciéndolo?

Vale, hay alguna pregunta repetida, pero creo que es la duda más grande que nos hemos planteado las personas que recibimos estos “kínder sorpresa”: ¿POR QUÉ?

No hay una sola razón que sirva por sí misma para explicar todas las “fotopollas” y los motivos de quienes las envían. Algunas hipótesis apuntan a que es una forma de ciberexhibicionismo, como la típica escena del hombre en gabardina en una esquina, pero en su versión online. En este sentido, a pesar del componente sexual del exhibicionismo, hay que entenderlo sobre todo como una muestra de poder y dominación, más que una búsqueda de un intercambio erótico.

También hay a quienes apuntan a la falta de habilidades de seducción de algunos hombres. De nuevo, hay de todo en el mundo, y pudiera ser que alguno de los que lo realiza sí esté buscando un acercamiento sexual con intención de ligar (especialmente en los contextos que mencionaba antes de hombres que tienen sexo con hombres), pero, en general, me parece que incluso las personas con habilidades sociales poco desarrolladas pueden intuir que ésta no es la forma más inteligente para intentar seducir a alguien. Se puede ser tímido, se puede ser torpe ligando, y no por ello se tiene por qué ser irrespetuoso con la otra persona.

Es interesante señalar que, al ser un comportamiento que se realiza en solo unos segundos, la misma persona puede realizar un envío masivo de este tipo de fotos. Quizá en lo que más tarde sea en tomarse una foto que le guste, con la prototípica erección, y un ángulo que considere favorecedor, etc. Pero una vez que la foto ha sido tomada, se tarda prácticamente lo mismo en mandárselo a una mujer que a veinte. Con esto quiero decir que muchas de las personas que hacen esto no tienen un único objetivo definido, sino que lo hacen “al por mayor”, como si de una estrategia de marketing masivo se tratase. Y en cierto modo, puede que aquí resida el por qué de que estas personas continúen haciéndolo. Si, desde una cuenta anónima, puedo mandar mil mensajes y no recibir ningún castigo por 999 de ellos, y de tan solo uno de esos mensajes recibo la respuesta que esperaba o algún tipo de refuerzo positivo, parece que puede “compensarme” lo obtenido en comparación con el poco esfuerzo que me ha supuesto hacerlo. Incluso si me cierran la cuenta, ¿cuánto se tarda en abrir una nueva? Este tipo de factores hay que tenerlos en cuenta para diseñar medidas que eviten este tipo de acoso online y, sobre todo, su reincidencia por parte de los mismos acosadores.

En cuanto a las personas que reciben este tipo de contactos indeseados, parece que aquí tampoco se discrimina demasiado. El único factor que hace que sea más posible recibir “fotopollas” es ser mujer. Pero un gran porcentaje de las mujeres de cualquier edad, orientación sexual o profesión las ha recibido alguna vez. Así que si eres mujer y tienes la suerte de no haber pasado por este trance todavía, no lo digas muy alto, porque podría pasarte hoy mismo. Parece que ciertos hashtags, o las personas que publican contenido relacionado con la sexualidad, pueden ser un blanco más común, de manera que las sexólogas, junto con actrices porno, sexbloggers, trabajadoras sexuales y otros grupos profesionales relacionados con el sexo, solemos ser víctimas más frecuentes de estos mensajes. A veces aparece la foto sin más, sin un saludo ni una introducción, y otras veces viene disfrazada de consulta inocente, o de una conversación sencilla que acaba desembocando en una excusa cualquiera para enseñar el pajarito. Sea como sea, y a riesgo de repetirme, si no hay consentimiento, sigue siendo acoso. ¿O vosotros soléis mandarles fotos de vuestras muelas a los dentistas que hay en redes sociales?

El hecho de que este fenómeno sea tan común genera cierta sensación de indefensión en las personas que lo sufren. ¿No se puede hacer nada al respecto? Lo cierto es que estas fotos de genitales suponen una infracción del artículo 37.5 de la Ley de Seguridad Ciudadana, por lo que en teoría se puede denunciar. Bien es verdad que en la práctica es difícil asegurar que la persona que haya mandado las fotos llegue a sufrir las consecuencias, pero nosotros tenemos la capacidad de intentar hacer valer nuestros derechos. Especialmente si la persona que recibe estos contenidos es menor de edad o sufre algún tipo de discapacidad, en cuyo caso, el envío de estas imágenes es un delito recogido en los artículos 185 y 186 del Código Penal, y puede ser penado con hasta dos años de prisión.

En la vida real, muchas personas no se animan a denunciar estos hechos por la vía legal por el engorro que supone la burocracia frente a las pocas posibilidades de éxito. Personalmente, soy de la opinión de que si todas las personas nos pusiéramos de acuerdo para denunciar estos hechos, y le diéramos visibilidad a estas denuncias por las mismas redes sociales por las que ocurren, quizá podríamos ayudar a crear conciencia de que no es solo algo desagradable, sino también ilegal.

Otras personas (la mayoría) optan por alternativas más sencillas, como bloquear, denunciar la cuenta en la plataforma correspondiente, o incluso compartir públicamente pantallazos del suceso. Desgraciadamente, ninguna de estas medidas garantiza que no vaya a ocurrirte de nuevo en el futuro (lo digo por experiencia propia), y a menudo la compañía ni siquiera elimina la cuenta que se ha saltado la normativa. En lo relativo a compartir capturas de pantallas, puede ser aconsejable tachar el nombre de usuario o la foto de perfil de la otra persona. No se trata de una manera de proteger su identidad porque “pobrecito, no vayan a ir a meterse con él”, más bien es una forma de asegurarse de que no seas tú quien acabe en un problema por haber compartido estos datos públicamente, ya que ni siquiera entre juristas existe consenso sobre si podría ser perseguible o no este tipo de respuesta.

Existen también recomendaciones en otro sentido, sobre no contestar, ni siquiera para bloquear, a la persona que te ha obsequiado con una foto no deseada de sus genitales. Se supone que la idea de esto es no darle la menor importancia al evento, para que el mensajero no pueda conseguir una simbólica superioridad gracias a la sensación de haber conseguido molestarte. Sea como sea, cada persona es quien debe valorar las opciones y decidir cómo actuar ante estos abusos.

Mientras tanto, solo nos queda seguir luchando por que la educación sexual integral deje de ser una utopía, y sea una realidad que contribuya a mejorar la manera en que nos relacionamos. Poco a poco, quizá algún día consigamos que el acoso y la violencia de cualquier tipo desaparezcan, o al menos se reduzcan lo suficiente como para que deje de tener sentido escribir artículos denunciando los penes que no queremos ver.

NOTA DE LA AUTORA: Recientemente he iniciado en redes sociales una campaña para dar visibilidad a este fenómeno. Bajo el hashtag #Fotopollasporelmundo publico las situaciones en las que yo, como sexóloga, he sufrido este tipo de acoso, e invito a todas las personas que deseen hacer lo mismo a usar este lema si creen que puede ayudarles en su denuncia de esta realidad.

De Peculiares

Respuestas peculiares para personas bifóbicas

Respuestas peculiares para personas bifóbicas

23 de septiembre de 2019

Norma J. Brau

Hoy 23 de septiembre es el Día de la Visibilidad Bisexual, también podríamos abreviarlo llamándolo día de la BIsivilidad. Aunque nos hubiese encantado ponernos sexológicamente profundas y densas, los tiempos son los que son y hoy nos ceñimos a ser más bien reivindicativas. Por eso, hoy queremos compartir contigo las respuestas a frases bífobas que muchas personas bisexuales enfrentamos.

Sabemos de sobra que no toda la bifobia es intencionada. Es decir, igual que en otras cuestiones, el desconocimiento y la falta de fuentes fiables son detonantes de muchas situaciones incómodas. No toda la gente que tiene creencias bífobas es bífoba. En realidad, el sistema está tan bien montado que la gran mayoría de la gente no es consciente de las creencias erróneas que le han inculcado. 

No obstante, también hay elementos, seres (habrá que llamarlos) humanos que se regocijan en ser personas bífobas, en seguir perpetuando mitos hirientes y seguir obstaculizando una plena y satisfactoria vivencia de la diversidad sexual existente. Para esas personas que piensan tocarte la moral, tenemos respuestas peculiares:

 

  • Tú lo que estás es confundida. Aclárate, o tías o tíos.

Respuesta peculiar: “Confundida estaba sí, al pensar que ibas a empatizar con mi situación.”

Con lo que cuesta salir del armario, escoger con quiénes hacerlo y además, ¿tener que aguantar feos de este tipo? Mira, el chasco te lo llevas, la decepción también, pero no hay mal que cien años dure y quien te quería ahora te excluye, mejor que vuele. 

 

  • Pero, ¿50-50? Porque yo no he conocido a nadie que sea 50-50…

Respuesta peculiar: “¿Y tú sólo te has liado con personas de las características que dices que son las que prefieres?” 

Ahora va a resultar que quienes las prefieren morenas no se pueden liar con rubias y que vamos a contabilizar hasta las miradas y ligoteos. Que me pueda sentir atraída o enamorar o gustar de alguien indistintamente de su identidad no significa que haya un reparto “equitativo”. Amén de que vaya concepto más binario de la identidad tienes, cari. 

 

  • Es una fase, ya se te pasará (A veces aderezado con: “ya saldrás del armario”)

Respuesta peculiar: “Claro, como la varicela, la bisexualitis se pasa… ¡que ojo, igual también te la contagio!”

A palabras necias, oídos sordos y respuestas peculiares. Gentes varias del mundo mundial, ya estamos saliendo del armario nombrándonos y presentándonos como bis. Obviamente, las etiquetas cada vez fluyen más y, ¿quién sabe? puede que en mi camino y viaje me redescubra, pero ignorar la bisexualidad como orientación… Pues eso, que os molaría que fuese sólo de vuestra acera pero resulta que soy paso de zebra. 

 

  • Eso es que te pierde el vicio, ¡promiscua!

Respuesta peculiar: Biciosa, con B de “Burra, como tú me pones”

Llega un momento y un punto de las discusiones absurdas que la mejor venganza es nuestra mayor y mejor sonrisa. Ser bisexual sólo señala que puede que tengas más probabilidad de que alguien te guste. De ahí, a que te frotes hasta con las paredes, hay un trecho y, en mi caso, ni jarta a vino. Es más, a veces ser bisexual genera por esta clase de mitos mayor desconfianza en posibles parejas, cuando cualquiera ya con unos añitos debería ser consciente que la fidelidad (sea en las formas que la pareja ha acordado) no depende de la orientación.

Si tenéis más frases bífobas a las que contestar, nosotras súper encantadas de leerlas en comentarios y de poder seguir contestándolas en futuras ediciones, ¡feliz día de la Visibilidad Bisexual, peculiares!