De Peculiares

COVID19: Obedientemente solidarias

20 de marzo de 2020

Maitena Usabiaga Sarasua

Quiero vomitar. Estoy hasta el coño de leer y escuchar: “no es pa tanto esto de estar 15 días en casa.” Aprovecha, es una oportunidad que te cagas para cuidarte, estar con lxs tuyxs, hacer aquellas cosas que normalmente no tienes tiempo de hacer...” ¡Una  maravilla joder! ¿Por qué no lo hemos hecho antes si es tan guay?

Y además parece que ha sido una decisión nuestra, hemos decidido parar y cuidar el planeta, limpiar el aire, darnos tiempo para cuidarnos, de ser de repente una sociedad súper solidaria, de valorar el trabajo de las aquellas que cuidan de nosotras... Me da asco tanta hipocresía, porque para empezar quedarnos en casa es lo más individualista y egoísta que podemos hacer. 

Lo que pasa de puertas adentro, nos importa una mierda, ¡apañatelas! No es casualidad que esta Europa reaccione de esta manera y no de otra, porque sí amigas, se puede hacer algo diferente con lo que está pasando, siempre se puede. Pero como no creo en las casualidades y sí en las causalidades, me cuestiono la eficacia de estas medidas, desconfío de aquellos que toman las decisiones por mí, desconfío de este sistema que ahora es la hostia de majo y sólo pretende cuidarnos, nada más. El capitalismo se ha pintado la cara de buena gente y nos lo hemos comido con patatas.

 No vayamos de tan guays y aceptemos que esta decisión no la hemos tomado nosotras. Los que supuestamente nos representan son los que lo han tomado por ti y lo han hecho de manera que tú sigas pensando que lo has hecho tú porque eres una ciudadana ejemplar y solidaria. Y no digo que no lo seas, pero quedarte en casa por miedo a enfermar y morir, no te hace solidaria de un día a otro. 

Lo que pasa es que tenemos al puto ejército controlando las calles, a policías poniendo multas estratosféricas a aquellas que son rebeldes y salen a la calle a tomar el aire, hemos cerrado fronteras, hemos paralizado a todo un estado sin dejar que las trabajadoras podamos tener dinero para sobrevivir, tenemos a toda una ciudadanía haciendo de policías y jueces por nosotras y entre nosotras. 

De un día a otro nos dicen que hay un enemigo acechando por las calles y es muuuy peligroso, el más peligroso de los últimos tiempos. Tiene tanto poder que es capaz de encerrar a toda una población, pero tranqui, es por tu seguridad. ¡Ah! Pero puedes ir a comprar y a trabajar, que ahí el enemigo no ataca al parecer. 

Es curioso cómo nos estamos tratando entre nosotras. Gritamos a aquella que ha salido a correr ¡Insolidaria! ¡Infectada! ¡Vete a tu casa! Cuánto potencial interno nos saca a la policía que llevamos dentro… ¡eh! Somos grandes juezas y represoras, eso se está demostrando. Pero con los que están tomando decisiones que afectan directamente en nuestras vidas, nadie les dice nada y nadie se cuestiona nada, son los que nos van a salvar de esta gran epidemia. 

El éxito reside justo en esta sensación que tenemos de controlar la situación: si me quedo en casa, me salvo. Si voy a la calle: muero. Es como si por un proceso interno largo y profundo, hubiéramos decidido por solidaridad cuidarnos entre nosotras y parar. No ha sido así y hemos reaccionado obedientemente a sus mandatos. Han dicho en la radio que tenemos que ser una sociedad disciplinada para hacer frente a este gran enemigo en forma de virus. 

Yo no quiero vivir en una sociedad obediente, quiero vivir en una que sea crítica, que piense y cuestione. Me atrevo a decir que las consecuencias de este encerramiento van a ser más graves que las consecuencias del coronavirus: pobreza, conflictos relacionales, daños emocionales, nuevos métodos de control, precariedad, desigualdad, miedo, desconfianza... 

Tener un pensamiento crítico no te convierte en insolidaria, no somos malas personas. Han conseguido que lo sintamos así, si tenemos preguntas y dudas con lo que estamos haciendo nos tachan de irresponsables, dicen que no nos tomamos en serio la salud... en fin. Y tenemos razones para estar enfadadas. 

Están restringiendo nuestros derechos en nombre de la salud y ante esto tenemos que reaccionar ejemplarmente: calladas y obedientes. Y además, tienes la responsabilidad individual de llevarlo bien porque ¡puedes aprovechar esta gran oportunidad para estar contigo misma y con la familia! ¡¡Yupi!!! 

Eso sólo podemos hacerlo las más privilegiadas. Aquellas que viven en una casa de mierda no pueden hacerlo, las que viven con sus agresores, las que no tienen más remedio de compartir casa con peña que ni siquiera mira, aquellas que sufren de ansiedad, miedo, tristeza, pánico, aquellas que necesitan trabajar porque si no, no van a poder dar de comer a sus criaturas. Y no, no todo el mundo puede trabajar desde casa. 

Desde mi casa privilegiada no quiero acabar sin nombrar a todas las iniciativas populares de cuidados que han surgido estos días. Movimientos que en muchos lugares no están siendo apoyados por las instituciones. Y movimientos que sí se han creado desde la solidaridad buscando llegar a aquellas que no lo tienen nada fácil para sobrevivir a estas medidas, movimientos que buscan el cuidado y hacen porque su pueblo esté lo mejor posible a cambio de 0 euros, no ingresando y gastando. Gracias. Tomate un ratito para pensar y cuestionar lo que pasa, ¿tienes tiempo de sobra verdad?

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¿Eres consciente de lo que implica ser feminista?

Foto de Lara Santaella

6 de marzo de 2020

Yaiza Morales

Ante la ola feminista que vivimos, y después de vivenciar varios temas relacionados con ello, me planteo una pregunta y es la siguiente: ¿Cómo afecta el femistómetro a la lucha? Me explico.

Nos llueven a diario por todos lados, redes sociales, círculos de amistad, libros, revistas, charlas... opiniones e información que puede llegar a ser contradictoria sobre lo que se supone que implica ser feminista. Actitudes o cosas que se supone que una feminista hace, dice o piensa. 

Podemos llegar a sentir cierta presión por parte del feminismo teórico al vernos de algún modo obligadas a cumplir unos estándares que aunque no sea de forma implícita, nos hacen sentir que no somos suficientemente feministas si no los cumplimos. Y esa presión se nota y es evidente. Yo la veo y la he padecido y resulta que al tratar el tema con varias personas, coinciden conmigo y ésto me da miedito y me preocupa a partes iguales porque para empezar; esta idea no cumple con el concepto BÁSICO o que al menos yo considero básico de los feminismos que es la Sororidad.

Partiendo de la base de que cada persona es distinta con una realidad y unas vivencias diferentes y nos encontramos en circunstancias que nada tienen que ver con las del resto; así mismo, cada una entendemos este movimiento y esta lucha de manera diversa  aunque siempre haya unos nexos de unión.

Desde mi punto de vista, uno de los mayores problemas dentro del feminismo o feminismos es que hay muchas ideas contrapuestas y siempre hay quien pretende imponer las suyas como únicas o definitivas. Por ejemplo; habrá quien diga que maquillarse es una imposición del patriarcado y está mal, que vestirse con ropa sexy es cosificar a la mujer, que depilarse es ceder a las imposiciones machistas que nos acompañan desde crías… Y habrá quien opine lo contrario no por eso dejando de considerarse feminista. 

Todo esto sin contar las que opinan que tal o cual persona no puede ser feminista u opinar de feminismos ya sea porque no tiene vagina, porque el sexo  o el cuerpo con el que nació no coincide con cómo se siente o cualquier otro argumento vano para descatalogar la lucha del resto. Es agotador, contraproducente y poco real pensar en cumplir una cantidad ingente de requisitos para considerarse feminista. Como bien dice mi amiga y hermana Rocío: “No llevar el feminismo como un tema abierto a discusión e interpretación es un error fatal.”

Para mí, lo importante y primordial es la conciencia de nuestros actos y sobretodo de saber hacia que flancos vamos a enfocar nuestra lucha o luchas. Es decir; ser consciente de lo que implica ser feminista, de lo que conlleva y de lo que estamos dispuestas o nos vemos capaces de hacer. Tomarnos el feminismo más como política de lo personal y emocional y menos como dogma. 

Con esto no digo q no sea importante ni necesario contar con un marco teórico que ayude a comprender el porqué de la lucha. Todas esas situaciones de violencia hacia la mujer que se han perpetrado y se continúan llevando a cabo, que de alguna manera estructuran el mundo en el que vivimos y que tanto recibimos como reproducimos; es muy importante conocerlas ya que, sabiendo de ellas podemos entre otras cosas, cuidarnos de no repetirlas. 

Tratar de enseñar sobre feminismos de una manera global como si existiera una única realidad, no sirve más que para radicalizar lo que algunas creen que es mejor y para  sentirse por encima del resto construyendo jerarquías verticales dentro del movimiento al más puro estilo patriarcal. Y entonces, como dice mi amiga Norma, es que algo estamos haciendo mal.

“Feminismo de boca para afuera pero no de corazón para adentro: Mal”. Felina dixit

Para mí, la cuestión feminista tiene más que ver con hacer política la reivindicación de nuestros derechos, nuestros espacios, nuestras decisiones y nuestros cuidados individualmente que no con toda esta teoría aprendida y que nos disgrega más que unirnos. Si una persona, por el motivo que sea no conoce, no quiere o no puede tener en cuenta las teorías feministas, lo peor que podemos hacer como colectivo y como seres sororos que somos o decimos ser; es demonizarla, atacarla o menospreciarla porque esos comportamientos nos demuestran cuan poco alejadas estamos en realidad del sistema patriarcal del que tanto pregonamos huír.

En la lucha feminista, cada una debería marcar sin juicio externo alguno el nivel de exigencia o implicación que quiera; y éste a su vez no tiene porque ser inmóvil. Me explico. Si en un determinado momento de la vida vemos que, individualmente, podemos ir adelante con varias luchas simultáneas, pues adelante; pero si no, NO PASA NADA. Como muy bien dice mi querida Aurora:  

“Entender una opresión, no tiene por que significar que en este preciso instante de mi vida yo pueda sostener emocionalmente enfrentarme a ello.Una cosa es lo que has conocido y sabes y comprendes y otra lo q puedas reproducir”

Como súmum de ésta reivindicación, considero el vivir conscientemente y en consecuencia. Tratar de ver qué nos gusta y que no de nuestra vida y en todo caso,hacer algo por mejorarla. Buscar la libertad de construirnos como las mujeres que queremos ser (cada una con lo suyo, que ya es) y no como nos han dicho toda la vida que las cosas eran; cortadas a gusto y patrón del patriarcado. ¿Si nos dedicamos más a decirnos unas a otras que está bien y que no para ser feminista que estamos haciendo sino reproducir lo que toda la vida hemos mamado en vez de construir algo nuevo, diferente y diverso juntas?

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Hasta el coño del Satisfayer

24 de febrero de 2020

Maitena Usabiaga Sarasua

No me ha contratado ninguna empresa ni ninguna marca para escribir lo que voy a expresar y tampoco es que quiera comenzar una campaña en contra de este producto, sino que esta moda hace que me plantee ciertas cuestiones. ¿Por qué interesa que este producto que promete mucho placer esté al alcance de todas? ¿Qué tipo de experiencias vende? ¿Se trata de una revolución? ¿Nuestros orgasmos en manos de una maquinita?

Lo primero que escuché con este maravilloso producto es que nos ofrece muchos orgasmos en muy poco tiempo. Paremos un rato. Los valores que buscamos y encontramos cuando compramos algo así son cuantitativos; tiempo y cantidad. Llamadme loca, pero me suena a capitalismo rancio. ¿Qué guapo tener muchos orgasmos en muy poco tiempo verdad? Así seguimos teniendo tiempo para todo lo demás, pero estamos de lujo porque nos hemos corrido mogollón y nos sentimos realizadas. Partiendo de esta premisa se me ocurren algunas consecuencias negativas en esta revolución que queremos llevar a cabo donde buscamos el reconocimiento de la diversidad, la legitimidad de todos los cuerpos, la visibilización de deseos, la equidad, la denuncia de un sistema opresor, cambiar el capital por el bienestar y el cuidado...

Por un lado, asociar orgasmo con satisfacción plena me parece como poco peligroso. Venimos (y seguimos) de valores morales que asocian el orgasmo como el punto máximo del placer, donde los encuentros eróticos acaban cuando él se corre, donde el coito sigue siendo la práctica última y todo lo demás se convierte en preliminar, donde los genitales siguen teniendo un papel principal en los encuentros... Tenemos la misma partitura para tan diversas identidades, modos y matices.

Y peña, podemos flipar en colorines con un encuentro sin tener un orgasmo, podemos tener orgasmos de mierda en encuentros que no valen para nada, tenemos la capacidad de sentir placer más allá de los genitales, jugar sin límites y sin guion... Pero seguimos insistiendo y queremos cada vez más, volvernos como ellos. Porque ellos se han condenado a sus penes, quieren acabar cuando se corren, quieren follar mucho y con cuantas más mejor. Se trata de una erótica falocentrista, coitocentrista y heterosexual, por supuesto.

¿Y qué es lo que nos han vendido? Pues un juguetito que nos da muchos orgasmos en muy poco tiempo. Guapísimo. Ahora la puta ama es aquella que tiene 12 orgasmos en 5 minutos. Y no digo que no lo sea, pero me preocupa el tema, no quiero volverme como ellos. Orgasmar es la hostia, sí, pero no creo que con eso nuestros encuentros mejoren de por sí. Creo que la revolución es no llamar a algunas prácticas preliminares, creo que es interesante desgenitalizar la erótica, no poner el orgasmo como fin último y deseado, valorar la voluptosidad de los cuerpos, valorar el hecho de jugar por jugar y no para conseguir ninguna meta concreta.

Por llamarlo de alguna manera, me gustaría feminizar la erótica, valorar aquellas cosas que amplían el abanico a todas las peculiaridades que existen y no dejar a nadie fuera. Qué pasa con aquellas que no orgasman, con aquellas que su clítoris no es la principal fuente de placer, aquellas que tienen prácticas no genitales, aquellas que no tienen más de un orgasmo...

Tengo la impresión de que nos la han metido de nuevo, que caemos en el mercado de la rapidez y del producto y nos desvía de nuestro camino. Seguir utilizando sus mismos términos como medidores de placer me parece un error: orgasmo no es igual a un encuentro satisfactorio. Lo siento, pero no lo es. No tener orgasmos no significa no haber disfrutado, lo siento de nuevo. Entiendo que el coño ha sido invisibilizado, el clítoris ni te cuento y soy militante de su reconocimiento y uso. Pero cuidado por el camino que es muy fácil caer en las mismas trampas que ellos han caído. Utilicemos (o no) estas herramientas como parte del juego, como herramienta para el autocoñocimiento, pero no como fin último. La revolución está en ampliar, no en centralizar.

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Educación sexual: ¿Pornografía y fábrica de homosexuales?

29 de enero de 2020

Laura Marcilla

Terminando el primer mes del año me entristece enormemente que uno de los temas más recurrentes en los debates de actualidad sea la educación sexual. Y no porque estemos hablando de cómo mejorarla, de cómo ampliarla, de realizar quizá programas de educación sexual en la televisión nacional (como hacen otros muchos países). No, porque volvemos a poner en duda, en pleno siglo XXI, que sea necesario un derecho tan básico (recogido por la ONU, la OMS, la UNESCO y varias leyes educativas y convenios internacionales).

Después de más de 30 años funcionando la educación sexual en nuestro país, de repente, de la nada, se ha convertido en un problema. ¿Por qué? ¿De dónde surge la necesidad de repensar estas medidas educativas? ¿Ha habido algún escándalo? ¿Acaso se han detectado mala praxis o profesionales que acumulen quejas o denuncias? Pues resulta que no, pero parece ser que de un día para otro el veto parental (el llamado “pin parental” por sus defensores) se ha convertido en una medida de extrema necesidad para evitar que llenemos la cabeza de los jóvenes de ideologías y adoctrinamientos.

Imagino que las personas que nos acusan a los educadores sexuales de tamaña desfachatez no son conscientes de que somos seres humanos corrientes y que, incluso si nuestra intención fuera realmente adoctrinar o lavar la mente a los adolescentes, las dos o tres horas que nos permiten (con suerte) estar en el aula no darían para lograrlo de manera efectiva.

Sobra decir que la educación sexual no es incompatible con ninguna religión o sistema de creencias y que nuestra intención no es contradecir la educación recibida en el hogar. Todo lo contrario, animamos a los padres y madres a que hagan educación sexual también en casa y nos encantaría encontrarnos a menos jóvenes con dudas y mitos sobre sexualidad porque hayan tenido la oportunidad de aprender de sus familias en lugar de hacerlo en la pornografía.

A menudo ofrecemos talleres para padres y madres en los que nos ofrecemos a resolver las dudas que ellos mismos puedan tener a raíz de su escasa educación sexual y en los que ofrecemos recursos interesantes, como libros o películas, para sacar estos temas poco a poco y de manera natural con los hijos e hijas. ¿Y cual es la triste realidad? Que estos talleres para familias rara vez llegan a materializarse porque lo más frecuente es que los padres no deseen asistir o no estén interesados en conocer las dudas que nos plantean los chicos y chicas en el aula. Y de verdad lo digo, ojalá se involucrasen más para no tener que responder tan a menudo dudas anónimas de gente joven que no tiene claro cuáles son las prácticas de riesgo y cómo evitarlas y me lo preguntan a mí porque (cito literalmente) “en internet leo de todo y a mis padres no se lo puedo preguntar ni muerta”.

Ser padre o madre es algo maravilloso, pero, por desgracia, no te otorga mágicamente superpoderes y conocimientos sobre todos los temas relevantes para poder enfrentarte a la realidad de la crianza sin fallos ni necesidad de nuevos aprendizajes. Nuestra labor no pretende ser un sustituto de la educación en familia, sino un complemento, especialmente en esta época en la que internet, que debería facilitarnos adquirir nueva información, nos aturulla con infoxicación, bulos y medias verdades.

Y precisamente por culpa de los bulos estamos donde estamos, por los que dicen que enseñamos a los niños y niñas a masturbarse, que les ponemos videos pornográficos, que incitamos a la zoofilia y a la pederastia, que los animamos a tener relaciones sexuales muy pronto o que intentamos convertirles en homosexuales.

De verdad, suena tan absurdo que me cuesta hasta escribirlo. Pero hay ríos de tinta y vídeos enardecidos denunciando esto como si nuestro trabajo fuera una fábrica de perversiones.

En primer lugar, me pregunto: las personas que asimilan estos bulos y los difunden, ¿cuál creen que es el propósito de esas supuestas intervenciones? ¿De qué nos serviría a los educadores sexuales, o a la sociedad en general, los resultados de esa hipotética educación pervertidora?

Más allá de no tener sentido estas afirmaciones, ¿de verdad podemos creernos que esto ocurre sin consecuencias en un país democrático donde todas esas cosas aparecen recogidas como delitos? Y no en un taller aislado o dos, no. En toda una serie de talleres que parece que se imparten, con el beneplácito de docentes y directores de centros educativos, a lo largo y ancho del país, con un secretismo tal que no existen documentos ni pruebas que lo avalen.

Ah, bueno, sí que hay algunas pruebas. Tergiversadas, por supuesto. Vídeos que se están difundiendo como si se hubieran impartido a menores cuando realmente son intervenciones que se han realizado con familias o en la Universidad, de manera voluntaria, además.

Lo más escandaloso que se puede ver en un taller de educación sexual, de esos que sí existen en la vida real, es a una persona enseñando a poner un preservativo para evitar embarazos no planificados o infecciones de transmisión sexual. Y eso es lo más heavy que podemos encontrarnos. El resto suele ser visibilizar a las personas del colectivo LGBTI+, romper mitos sobre la diversidad sexual, derribar estereotipos de género, prevenir los celos y las conductas violentas en pareja, ofrecer recursos para personas que hayan podido sufrir discriminación o agresiones sexuales…

Podemos pasarnos horas y horas ejerciendo nuestro trabajo sin mencionar siquiera las relaciones sexuales o los genitales, porque lo sexual, aunque nos cueste asimilarlo, trasciende la erótica. En realidad, si aparecen conceptos como orgías o masturbación en la clase suele ser porque los propios jóvenes lo mencionan para resolver alguna duda que les haya surgido a raíz del consumo de pornografía y nuestra intervención va dirigida a asegurarnos de que no se crean a pies juntillas todo lo que vean en internet. Ah, bueno, y a explicarles como se llaman correctamente sus genitales, ya que muchos de ellos y ellas solo se atreven a usar eufemismos, como si decir pene o vulva fuera algo sucio.

Todos y cada uno de los días en los que imparto talleres de educación sexual, salgo convencida de la necesidad de estas clases. También los profesores y profesoras nos confirman a menudo esta impresión. Porque sí, permanecen en el aula durante nuestra actividad y son testigos mudos de que la realidad de nuestro trabajo no se acerca ni de refilón a las barbaridades que cuentan que promovemos.

Imagino que hay muchos intereses detrás de generar un debate sobre algo que no tiene sustento real, más que las mentiras que se han empeñado en difundir. En una sociedad donde no se permite que la verdad estropee un buen titular y donde pasamos más tiempo desmintiendo bulos que ofreciendo nuevos conocimientos, la educación sexual va a seguir siendo cada día más necesaria. Y estoy segura de que, después de varias semanas (quizá meses, nunca se sabe) en los que tendremos que defender a capa y espada nuestra labor, el derecho a la educación sexual prevalecerá por encima de los miedos infundados de quienes vierten falsedades. Siendo optimista, confío en que salgamos reforzados de esta contienda y, una vez reafirmada la necesidad de la educación sexual, el debate se centre en cómo mejorarla y hacerla más accesible en todos los centros educativos, para que no haya un solo niño o niña que acabe la etapa escolar sin haber recibido su correspondiente dosis de educación sexual.

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He llegado a mi límite

27 de enero de 2020

Maitena Usabiaga Sarasua

Tengo la suerte de trabajar rodeada de jóvenes que me enseñan infinito y me muestran su realidad y la comparten conmigo. Afortunada yo. Así que os quiero contar algo que me mostraron y lleva días dando vueltas en mí. Los límites. Cómo nos cuesta poner límites a las mujeres, qué mal lo podemos llegar a pasar por no poner límites a lxs demás, por miedo de hacerles daño o de simplemente perder su “amor”.

Os pongo en contexto. Estuvimos hablando sobre la autodefensa feminista, del derecho y capacidad de defendernos. Es la hostia comprobar que nos sentimos débiles porque así es como nos han tratado; cuidado con los chicos, no vuelvas sola a casa, te pongo una aplicación que nos dice dónde estás constantemente por tu seguridad... Nos hemos creído que no podemos defendernos, nos hemos creído que somos potencialmente víctimas de cualquiera que nos quiera hacernos daño, que somos débiles. Con esto no quiero pretender que no tengamos nuestro lado débil y que efectivamente, hay mucho cabrón que quiere hacernos daño, lo sé. Pero que sintamos el permiso para defendernos, de poder decir hasta aquí hemos llegado, nos puede salvar la a veces maldita vida. La jodida indefensión aprendida.

Seguimos charlando sobre ello y llegamos a un tema que me pareció muy interesante. Cómo nos tratamos entre colegas, entre tías. Están en una edad donde lo más importante es ser parte de algún grupo, sentirse aceptada, saber que eres alguien. No creo que esta etapa se supere nunca, no hay más que vernos. Pero su vivencia es muy intensa y así lo expresan. Empiezan a cuestionar su identidad, comienzan a dar lugar a sus deseos, a expresar que son sujetos eróticos, a explorar sus cuerpos y los otros.

Todo esto con la mirada fija y dura de las amigas. No sé cómo será en otros países, pero en Euskal Herria, las cuadrilas son una institución más y como todas las cosas, tienen lados positivos y negativos. Uno de ellos, es que se convierte en una especie de torre de control y a veces, como un jurado. Los movimientos que se salgan de lo establecido por el grupo, son juzgados y comentados por las demás. Todas sabes que se habla de ellas y que son criticadas, pero nadie dice ni pio.

Yo flipaba con ellas, nunca se habían dicho que algo les había molestado o que se sentían dañadas por lo que sea. Me decían que cuando les pasaba esto, iban a sus casas y lloraban solas. Al día siguiente, tan normal. Son mis amigas, pero no les voy a decir que algo me ha molestado porque va a dejar de ser mi amiga o le va a doler lo que le vaya a decir, no quiero hacerla daño.

Qué curioso. Somos capaces de recibir y sentir daño por alguien, pero luego nos horroriza hacer daño a alguien. Es que las mujeres no hacemos daño, ¿sabes? Tenemos que ser comprensivas y aguantar como perras. Joder, vaya mierda. Si entre nosotras no nos ponemos límites, cómo hostia vamos a hacerlo en la jungla de ahí fuera, donde hay demasiada gente que quiere aprovecharse de nosotras, de nuestro trabajo, de lo que sentimos, necesitamos...

No quería ponerme dramática, así que pensé que era cuestión de edad. Pero.... ¡¡tachaaaan!! Al día siguiente tuve una conversación demasiado similar con mis colegas. Colegas que están más cerca de los 50 que los 30. La conversación era casi igual. Vi nuestra incapacidad de poner límites, la incapacidad de ser honestas y decir ¡basta! De expresar que no nos gusta algo o que nos hemos sentido heridas por lo que sea. “Cómo le voy a decir eso.... cómo voy a decirle que cuando me ataca me duele, que me siento como si me humillaras. Si se lo digo, se sentirá mal y ya no me querrá”.

Joder de nuevo. Cómo es posible que no nos defendamos de los ataques de nuestras propias amigas. Creemos que poner límites es dañar y para mí significa todo lo contrario. Poner límites es amar. Primero, amarte a ti y segundo, amar a la otra persona; no voy a dejar que me hagas daño, me quiero y me respeto. ¿Qué la otra persona pueda sentirse dañada? Claro. A nadie le gusta escuchar que la persona que amamos se haya sentido dañada por nosotras, nos jode, pero si la amamos podemos aprender a amarla. Y si no quieren aprender, podemos decidir si invertir nuestro tiempo con ella o no.

Pero para poner límites, tenemos que romper la creencia de que hacerlo está mal. No tenemos el deber de soportarlo todo, ni de ser empáticas con todo el mundo, ni de perdonarlo todo... Podemos ser agresivas. Agresivas a la hora de expresar lo que sentimos, de no guardarlo todo dentro y llevarlo en nuestras súper mochilas. Veo a demasiadas mujeres cargando con todo el peso y veo que las jovenzuelas vienen con las mismas tendencias (en este tema). Darnos permiso para decir hasta aquí hemos llegado, puede cambiar y mucho nuestras vivencias. Dar permiso a las jóvenes para defenderse puede salvarles. Dejemos de limitarnos tanto y pongamos más límites.

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Voces en tu cabeza

19 de enero de 2020

Santiago Pérez Hernández

Decir; “yo soy una multitud” puede resultar confuso, incluso agobiante. Pero a veces te pasa, dentro de tu cabeza tienes una multitud que se agolpa. El agobio que sientes se debe a que todas las voces quieren hablar, y la mayoría de las veces, todos a la vez. Es importante aprender a ignorarles, como sino fueran parte de ti, pero llaman constantemente la atención, tu atención. Insisten, se repiten, te taladran como aquella canción.

Cuando escuchas esas voces, quizá pienses que estás severamente trastornado, pero la realidad es que no tiene porqué, de hecho, si lo piensas, le pasa a todo el mundo. Gente que habla sola, gente que mira su teléfono, y va a su bola. En realidad, ¿de qué estamos hablando? Pues de que todos tenemos conversaciones con nosotros mismos, y por mucho que queramos, hay voces que no podemos callar.

Seguro que en muchas ocasiones quieres hacer algo y otro “algo” te lo impide. Esto seguramente te generará impotencia y te plantearás si lo quieres hacer, por qué no lo haces. En otras ocasiones sabes que no lo tienes que hacer, pero aún así, lo acabas haciendo, te llamas tonto, ¡gilipollas!, pero lo acabas haciendo, y no lo entiendes.

La explicación nace en que las personas tenemos diferentes “yoes”, y no siempre están de acuerdo. Tu “yo” más niño, el adolescente, el crítico... Esas vocecitas hablan como si te conocieran. En realidad te conocen mejor que nadie, en realidad cada voz es una parte de ti.

Seguro que muchas veces has ardido en deseos de aplacarlas, de silenciarlas y sentarles en el banquillo. Pero casi nunca lo has conseguido. Eso pasa porque una parte de ti se ha congelado, no te permite avanzar, como si quisieras correr y estuvieras atado a una cuerda. Tú corres hacia delante y ella tira para que vuelvas.

Habitualmente es una parte de ti a la que nunca quieres mirar, porque es demasiado dolorosa. Volver ahí te hace daño, has combatido toda la vida por mantener esos recuerdos ocultos. Eran episodios que envolvías, metías en una caja, cerrabas con llave y te la tragabas. Sin masticar, para dentro. Y como todo lo que no digieres, tu cuerpo lo devolvía, y lo devolvió. Una y otra vez, porque tu empeño por tragar, solo era proporcional a la fuerza con lo que lo sacabas.

Pero nadie se daba cuenta, o eso creías tú. Si hablabas, si lo contabas, te sentiría muy débil, o eso creías. A veces dudas de que sea tu voz la que habla, porque estás congelado, porque hubo personas que hicieron de ti lo que les salió del haba. Dejándote cicatrices sin cerrar, queloides, cicatrices con trozos, cicatrozos.

Al final, saliste. Seguiste adelante, con un pie en el pasado y otro en el presente. Lograste verbalizarlo. Y rompiste la cuerda. Recuerda que sois un montón, el congelado, el hervido y el ahumado. Porque una multitud discutiendo son una guerra, pero unidos, sois bandera. Sé que te despides hablando bajito, sin gritar, tu “yo” se está descongelando, estás en ello.

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Cuando te dicen “haz vida normal” después del parto

26 de diciembre de 2019

Juncal Altzugarai

“Ahora ya puedes hacer vida normal”. Esta es la frase que escuchamos una gran mayoría de mujeres tras nuestra revisión ginecológica tras la famosa cuarentena. Si todo ha ido más o menos bien, no hay puntos infectados, ni nada raro, la recomendación suele ser que volvamos a nuestra vida de antes.

Es cierto que nadie, ni siquiera nuestras amigas más próximas, ni nuestras madres, tías, nos avisan de que es aún muy pronto para volver a hacer vida normal.

Me acuerdo yo de las ganas que tenía, tras mi primera maternidad, de que la ginecóloga me dijera que ya estaba todo bien y que “a la carga”. Recuerdo que lo primero que hice cuando salí de la consulta fue comprarme hidratante vaginal y preservativos. Yo quería celebrar que todo ya estaba como antes. TODO.  Sabía que la lubricación era más escasa en el postparto, pero poco más, la verdad. “Está todo perfecto, Juncal. Ya puedes hacer vida normal”. Fui a casa con esa frase resonando en mi cabeza, como si estuviera en Disneylandia.

Aquella noche, mi pareja y yo decidimos volver a tener relaciones sexuales con penetración. Hidratante, lubricante, condón y… dolor. Nadie me había avisado de eso. Me ardía la vagina. Tenía un dolor punzante, que me quemaba. Volvimos a intentarlo con todo el mimo del mundo, volvimos a acariciarnos, a besarnos, a tocarnos. Volvimos a intentar el coito. Agujas en mi vagina, como si me estuvieran mordiendo. Poco a poco lo conseguimos… casi sin dolor. Tampoco sentí nada más. NADA MÁS. Ni media sensación más que el ardor en la entrada de mi vagina. Como si todos los interruptores de sensaciones se hubiesen apagado. Nada. Él tampoco sintió nada… un rato después, entre risas ya, me dijo que había sido como meterla en un estadio de fútbol. El problema era que la cicatriz de mi episiotomía tenía algún punto de adherencia, lo que dificultaba la elasticidad de la zona y la hacía dolorosa. Además, la musculatura de mi suelo pélvico brillaba por su poco tono, por lo que la cavidad vaginal vivía desparramada, sin poder contraerse, ni poder tener control alguno sobre su fuerza.

Yo tenía la suerte de tener los conocimientos teóricos y me puse manos a la obra, masajeando mi periné, descongestionando la zona, trabajando la cicatriz de la episiotomía. Me puse a tope con los ejercicios de Kegel y poco a poco fui recuperando las sensaciones de antes de dar a luz.

Pero ¿qué pasa con todas esas mujeres que no tienen los conocimientos que tengo yo? ¿Es que nadie es capaz de decirles que no, que ahora ya no es como antes? Pues se ve, que en la gran mayoría de los casos, no. Con esto no quiero decir que no haya mujeres que vivan un postparto maravilloso sin ningún tipo de problema… ¡haberlas, haylas!

En los talleres de suelo pélvico que imparto, me he dado cuenta de cómo normalizamos situaciones que no lo son: vaginismo, dolor a la penetración, falta de sensibilidad vaginal, que se nos escape un poco de pis… Sobre todo, después del parto y de esa frase de “está ya todo bien, haz vida normal”. Mujeres que vuelven a correr, pero que se dan cuenta de que sienten un peso a la altura de su vagina, mujeres, que en el cumple de una de sus criaturas, saltan en la cama elástica y se dan cuenta de que tienen pérdidas de orina. Mujeres que sienten (como sentía yo) una punzada en la entrada de su vagina cuando tienen relaciones con penetración. Mujeres que normalizan todo eso, se lo callan y están, en ocasiones, años enteros viviendo con incomodidad estas situaciones.

Qué poco hablamos de los post partos y de cómo se nos queda el cuerpo tras dar a luz. Qué poco compartimos entre mujeres. Creo que es fundamental destapar que no somos las únicas, que seguro que a la mujer que tienes sentada al lado en el metro o en la oficina, también le pasa… o que ha pasado por eso en algún momento.

¿Sabes qué? Que estas cosas tienen remedio. Aunque vayamos periódicamente al ginecólogo, es importante que realices una revisión exhaustiva de tu suelo pélvico. Las fisioterapeutas especializadas te ayudamos a conectar con tu cuerpo, a detectar el problema y te damos pautas para poder solucionarlo. Es un trabajo muy agradecido, porque normalmente, en pocas sesiones y con algo de trabajo en casa, se sienten muy rápidamente los resultados. Conectar con tu suelo pélvico es conectar con tu yo más íntimo, con tu energía sexual, con tus placeres. Te ayuda a conocerte más profundamente y te ayuda a empoderarte. Es un trabajo muy potente, que en ocasiones, debemos acompañarlo de una sexóloga/psicóloga que nos ayude, también en otros planos que no son solamente el físico. Elige a alguien que te dé confianza para meterte de lleno en este proceso, porque va a facilitarte mucho las cosas.

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¿Y tú quién te crees para desearme?

2 de diciembre de 2019

Maitena Usabiaga Sarasua

Mi cabeza casi siempre (siempre es demasiado tiempo) es una bomba de relojería. Pienso todo el rato, las ideas vienen y van y últimamente una de los pensamientos lo está ocupando el deseo. ¿Qué nos está pasando a las mujeres, sobre todo, con el tema de que nos deseen? Percibo rechazo al hecho de que los hombres nos deseen. Nos hace sentir objetos, cosas, nos sentimos hasta violadas, intimidadas.

Las ideas siguen bailando dentro de mí y llego a la conclusión de que no es que nos deseen, sino cómo muestran su deseo. Y digo; “vale, según cómo me miran me mola más o me da puto asco”. Y es tal cual, enseguida lo sientes en el cuerpo, reacciona ante las miradas ajenas. Algunas muestras te pueden hacer sonreír y otras hacerte huir. Pero, ¿sabéis qué?, que cada vez veo a menos mujeres sonreír y no sé si es porque no encontramos miradas deseantes que nos gusten o porque las rechazamos todas.

El cómo importa, es evidente, pero no me parece suficiente como respuesta y sigo indagando. El dónde y el cuándo también son relevantes ¿verdad? No es igual sentir que te desean en tu puesto de trabajo que en tu casita, no es lo mismo cuando estás de fiesta a cuando estás paseando para respirar después de un día jodido. No es lo mismo, porque nosotras no siempre estamos igual ni queremos siempre lo mismo. Por tanto, llego a la conclusión de que la reacción que siento cada vez que me encuentro en esta tesitura, mi estado cuenta y mucho, porque reconozco que  no todos los días, ni yo, somos iguales.

Tengo la impresión de que ésta última conclusión muchas veces no se toma en cuenta. Intentamos regularizar lo de afuera y estamos haciendo poco caso o ninguno a lo de dentro, aunque me consta que muchas estamos terapeutizadas a muerte. También opino que nuestra reacción depende muchiiiisimo de quién nos desea. Si me muestra deseo quien yo deseo, de lujo, encantada de la vida, pero al contrario si me encuentro con alguien que aborrezco y muestra signos de deseo, le llamo puto baboso. Porque siento el asco en mi cuerpo, claro está, pero no me impide reflexionar sobre ello. Me doy cuenta de que dentro de mis esquemas mentales hay mujeres y hombres que deseo y, por tanto, me encanta que me deseen, y tengo a otra peña que no entra dentro de mis parámetros. Esos parámetros no siempre son compartidos con la normalidad heteropatriarcal, pero tengo unos parámetros, me guste o no. Reconocerlo es bien.

Sigo sumergiéndome y cuestionando mis reacciones y mis exigencias para con lxs demás. ¿Acaso mis no deseadxs no tienen derecho de desearme? ¿Desear es un derecho? Nosotras como nadie, sabemos lo que es vivir la represión del deseo. Nos podían desear, los hombres, pero parecía que no teníamos ni la capacidad de desear. Las mujeres no podían ni debían, y todavía muchas veces parece que tampoco, desear. Éramos sólo deseables pero no deseantes. Qué putada. Pero no porque que te deseen sea una putada, sino porque nos negaban la posibilidad de desear, de elegir, de tomar la iniciativa, a mostraros cachondas y seductoras. Ahora parece que lo que buscamos es la categoría de deseante y aborrecemos a la deseable. Porque creemos que el ser deseante conlleva intrinsicamente más poder. ¿Creéis que es así? ¿Ser deseable es una actitud pasiva? ¿a todas nos tiene que poner cachondas la misma manera y la misma gente? ¿y si a mí me pone muy pero que muy cachonda que me seduzcan? ¿por qué nos ofende que alguien muestre su deseo hacia nosotras?

Creo que podemos estar empoderadas reconociendo nuestro lado deseable, no reconocerlo ni aceptarlo es ocultar una cualidad importante. Ser vulnerables nos fortalece. No quiero caer en la trampa que los hombres se han tendido a ellos mismos, nosotras hemos aprendido que la vulnerabilidad es un tesoro que hay que guardar, cuidar y compartir con quien nos salga del coño (o de donde sea). Somos vulnerables y no pasa nada. A veces nos gusta sentirnos deseadas por alguien en concreto, en el lugar y con los modos que hace que se nos moje el coño. Y no, no siempre me apetece gestionar el deseo ajeno y no, todo el mundo no tiene derecho a expresar su opinión sobre mi cuerpo. Pero creo que el deseo lleva apellido masculino y pienso que, como en muchos aspectos de la vida, la revolución está en feminizar las cosas, no que nosotras queramos ser como ellos. Seguir perpetuando esquemas de dominación, ocultando nuestras vulnerabilidades, competir en todo, hacernos las duras y fuertes, independientes, individualistas...

Ser deseables no nos hace más débiles. Sentirnos vulnerables no nos quita valor. Es incómodo muchas veces, nos remueve por dentro y hay que atenderlo. Pero también podemos jugar, jugar para no hacernos daño y empoderarnos. Porque podemos responder, sentir, querer, no querer, enfadarnos, agradecer... No me gustaría vivir en un lugar donde los deseos no tuvieran su sitio, donde no se ligue, donde no se seduzca, donde no se juegue. El juego está cambiando porque así lo queremos, las reglas de antes ya no nos sirven y reclamamos la diversidad de los juegos y jugadorxs. Muchas no queremos seguir jugando a un juego impuesto, donde nuestros quereres no se han tomado en cuenta, donde nuestro papel es siempre el mismo y nosotras amigas, no somos iguales ni queremos lo mismo.

Conocernos, saber lo que nos gusta, lo que no, cómo lo queremos, de quién lo queremos, dónde, cuándo... son herramientas potentes para poder garantizar la creación de nuevos escenarios donde nos podamos vivir más plenamente. Los “deberes” nos han traído a un escenario donde priman los juicios, culpas, desconocimiento, mentiras y relaciones de poder unilaterales. Los “quereres” nos pueden llevar a nuevos escenarios donde nos sintamos vivas, activas, participantes, poderosas... Que no se nos vaya la olla, no dejemos de jugar.  Si no puedo jugar, no es mi revolución.

De Peculiares

El secreto mejor guardado sobre la virginidad

29 de noviembre de 2019

Laura Marcilla

Sobre la virginidad se han escrito ríos de tinta y dependiendo del momento se ha hablado de ella como algo sagrado que hay que conservar o como un lastre que hay que “perder” al llegar a cierta edad.

De hecho, en mi propia experiencia impartiendo talleres de educación sexual, me doy cuenta de que la virginidad y todo lo que la rodea es un tema recurrente y que ocupa una posición central en las preocupaciones de los adolescentes.

“¿Cómo puedo saber si mi pareja es virgen? ¿Cómo hago para que no me duela perder la virginidad? ¿A qué edad se debe perder la virginidad? ¿Cómo sabes cuando estás preparado para perder la virginidad? Etc…”

Esta y otras cuestiones aparecen a diario, generalmente revestidas con un tono de preocupación, de inquietud, de ansiedad e incluso de miedo. Existen muchas presiones en torno a las relaciones sexuales que a menudo empujan a la gente joven (y no tan joven) a realizar practicas que no desean o en momentos en los que no se sienten realmente dispuestos a ello.

Por esta razón considero que la información que estoy a punto de compartir puede ser una de las verdades más tranquilizadoras que existe en cuanto a sexualidad. Por favor, acompañadme con un imaginario redoble de tambores…: LA VIRGINIDAD NO EXISTE.

Así, tal cual lo leéis. La virginidad no existe, nos la hemos inventado. No se encuentra en ninguna parte de nuestro cuerpo, ni la podemos medir u observar. No está en el himen como nos han hecho creer durante mucho tiempo (de hecho, ni todas las vaginas tienen himen, ni este se tiene porque romper con una penetración). La virginidad no es algo que se pierda, porque nunca la hemos tenido, porque es solo un concepto (cargado de moralina) que las personas hemos popularizado para poder dividir a la gente en función de si han tenido relaciones sexuales o no. Y no cualquier tipo de relación sexual, no: penetración. Pene + vagina. ¿Qué pasa con las lesbianas? ¿Y con los gays? ¿Y con el resto de maravillosas prácticas sexuales que no parecen haberse ganado el honor de ser tan importantes como para quitarnos la etiqueta “virgen” de la frente?

Como decía, el concepto imaginario de virginidad solo tiene la importancia que le queramos dar, porque ni nos convertimos en personas diferentes tras nuestra primera penetración (si es que acaso queremos tenerla siquiera), ni tiene por qué ser más importante esta primera vez que otras primeras veces como el primer beso, la primera masturbación, el primer orgasmo o la primera vez que duermes al lado de alguien.

Y ojo, que no pretendo desmerecer lo importante que puede ser una primera vez en la vida de cualquiera. ¿Puede ser especial la primera relación sexual con otra persona? Por supuesto que sí, especialmente si vamos a ella con deseo y entusiasmo. Pero precisamente por ello me parece muy triste que se hable de ello como “perder” algo cuando lo que estamos haciendo es ganar experiencias.

Y lo más grave del asunto es que no nos limitamos a dividir a la gente en esas dos cajas inventadas de “virgen” o “no virgen”, sino que les juzgamos en función de la caja en la que están (en la que les hemos metido, más bien). Y ellos se sienten juzgados y juzgadas, por salidos, por guarras, por desesperados, por pringadas o por cualquier otro término que usemos contra alguien cuando tenemos información sobre su historial sexual (o la ausencia del mismo).

Así que, por favor, repetid conmigo bien alto que la virginidad no existe. Hasta que nos lo creamos de verdad y actuemos en consecuencia, hasta que la gente deje de sufrir por cuándo o cómo hacerlo para que la sociedad lo considere “correcto”, hasta que consigamos cambiar el tono de las preguntas de los jóvenes y, en vez de pedir consejos para que no duela, pidan consejos para disfrutar al máximo. Hasta que no necesiten la aprobación de nadie para elegir qué hacer o qué no hacer con sus cuerpos.

Y seguramente entonces, todos seremos más felices. Porque la virginidad no existe, pero todavía pesa, vaya que si pesa…

De Peculiares

Besar en la boca a los niños no tiene ninguna connotación sexual

19 de noviembre de 2019

Monica Leiva, Educandosobresexo

Besar a los hijos en los labios es una acción que provoca mucha controversia, para algunas personas es una muestra de amor y ternura y para otras es un gesto impensable e inadecuado aunque lo realicen los padres-madres. Muchos progenitores besan instintivamente en las mejillas, en la frente, en la nariz, en las manos, los pies y también en los labios a sus hijos; una zona particularmente sensible al tacto, que produce una sensación más intensa y por qué no decirlo, más placentera. Los besos provocan que nuestros cuerpos segreguen endorfinas, que son las sustancias producidas por el cerebro que proporciona una sensación de bienestar y felicidad.

Una de las creencias más extendidas entre los que son contrarios a este tipo de muestra de afecto es que los niños pueden “confundirse sexualmente” o ser “más promiscuos de mayores.”

La psicóloga Silvia Álava Sordo autora del libro “Queremos hijos felices” defiende la costumbre de besar a los hijos en los labios y afirma que “no conozco ningún estudio científico que diga que esto es malo” sin embargo sí que se ha demostrado que “la ausencia de cariño físico tiene un efecto negativo en los menores.

El beso visto en las distintas culturas

En países como España o Portugal es bastante común dar dos besos en las mejillas a modo de saludo o cuando conocemos a alguien, en cambio, en otros países se puede dar uno o tres. También hay países como China en los que el beso es un acto íntimo que se debe hacer en privado. Por lo que el beso en si no es más que un acto bueno o malo según el significado cultural que le demos.

Así un beso en la boca a un hijo pequeño puede ser una muestra de afecto o una obscenidad, eso depende del cristal con que se mire.

Que se dice desde la psicología

Entre los psicólogos hay tanto defensores como detractores de los besos en la boca. Quienes no están de acuerdo consideran que podrían generar en el menor confusión respecto a los roles existentes dentro de la familia. Los defensores afirman que los roles en una familia deben de estar marcados por otros aspectos y no solo por la forma de besarse.

La verdad es que no existe un estudio científico que diga que besar a los niños y niñas en los labios pueda generar algún trauma en los menores. Parece más una cuestión personal y una decisión que ha de tomar cada padre o madre en función de su criterio.

Besar en la manifestación afectiva por excelencia, junto con abrazos y caricias, es un lenguaje no verbal con el que comunicamos y trasmitimos sentimientos de amor, protección y tranquilidad a los pequeños. El afecto es una de las necesidades básicas de la infancia, al igual de importante que la alimentación, la higiene y el descanso.

Entonces, ¿no pasa nada si se besa a los niños en la boca?

A pesar de los beneficios, sí que hay ciertos riesgos al besar en la boca, ya que la saliva es un vehículo de bacterias y al besar en los labios existe el riesgo de contagiar alguna enfermedad como resfriados, gripes e incluso caries. En este caso, si estamos enfermos o tenemos alguna caries activa, es mejor dejar este tipo de besos para cuando se tenga mejor salud.

Los niños necesitan desarrollar una sexoafectividad sana y los besos son parte de ella. Se deben de sentir amados y protegidos. Los adultos no deberíamos sentirnos coaccionados por otros adultos sino que deberíamos de actuar según nuestra ética y moral y parece que besar en los labios a los niños no les causa ningún trauma.

Besar en los labios para los niños no tiene ninguna connotación sexual, si lo hacen de manera espontánea es por imitación o porque sienten cariño hacia esa persona. Es muy habitual ver niños de 3 o 4 años besándose en los labios como un juego.

Desde de mi punto de vista no me parece que sea malo besar a los niños en los labios. Creo que los menores son lo suficientemente inteligentes como para darse cuenta que los adultos solo besamos a las personas que queremos. Aunque nos imiten, no tiene porque ir besando a desconocidos y si así lo hicieran basta con explicarles que significa un beso en la boca en el mundo de las personas mayores para que entiendan que es un acto íntimo que solo se comparte con determinadas personas.