De Peculiares

A ciegas

 

 

 "No dejaba de rozarme sobre su pantalón. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. Los besos nos fundían y nos calentaban más."

MELANIE QUINTANA MOLERO

Lo conocí en la biblioteca de la universidad donde ambos estudiábamos Veterinaria. Los dos escogimos la misma carrera, aunque con diferentes perspectivas y no con las mismas facilidades para ello. Le observaba anonadada desde mi mesa, escondida tras los libros. Me encantaba verle pasar los dedos sobre las páginas, esa sensibilidad que le hacía ver de algún modo y mi cabeza fantaseaba con que hiciera lo mismo sobre mi piel.

Las semanas pasaban, no recuerdo cuánto tiempo invertí mirándole. Sus manos fornidas recorrían aquellos textos de una manera en la que no podía dejar de imaginar cómo sería estar con alguien que no pudiera verme.

Semanas más tarde reuní el suficiente valor como para acercarme y hablarle. Me senté a su lado y desplegué sobre la mesa todos mis apuntes, respiré profundamente, esperando coger las fuerzas que me faltaban y dije:

– Hola.

– ¡Ah! Hola, eres tú. Pensé que nunca te acercarías a saludarme. – Su respuesta me dejo del todo perpleja. Me lo dijo con una seguridad inusitada mientras sonreía de medio lado. ¿Acaso sabe quién soy? Si nunca me ha visto, no ha podido ser capaz de ver como le miraba siempre desde el otro lado de la biblioteca… ¿no?

– Tu perfume… es el que te ha delatado. – Vaya, pensé, y no pude evitar olerme a mi misma.

Una mueca imperceptible para él se dibujaba en la comisura de mis labios. Nos presentamos con un apretón de manos, seguido de un beso robado en la mejilla por su parte. Me parecía un tío de lo más interesante y atrevido. Era guapo y definitivamente estaba fuerte, de lejos parecía un chico malote con gafas de sol de esos que tanto nos pone a las chicas.

Mientras hablábamos de temas relacionados con las clases y materias que nos tocaban estudiar ese semestre, no podía dejar de estudiar su físico descaradamente. Tenía unas manos firmes, robustas y muy varoniles. No pude evitar pensar en cómo tocarían mi cuerpo esas manos.

Sonó el timbre y el ruido me sacó de la burbuja que me había creado. Al hacer amago de retirar la silla y ante una inevitable despedida, me agarró de la mano y se me puso la piel de gallina.

– Me gustaría mucho invitarte a cenar mañana. Podríamos estudiar juntos. A mi compañero de habitación no creo que le moleste. – Me dijo mientras abría su bastón y acariciaba mi brazo a modo de despedida. – Tragué saliva, mi corazón se volvió loco ante su caricia.

– Claro. – No pude decir nada más. La piel de la espalda se me estaba erizando. – Mañana al acabar las clases nos vemos aquí mismo. – Mierdaaa… soy retrasada, pensé al instante. –Disculpa no quería ser grosera. A veces se me olvida que…

– ¡Tranquila! – Me dijo con voz calmada. – Lo cierto es que me encantaría verte aquí. – Obviamente iba con segundas. Me quedé petrificada observando su amplia sonrisa, hasta que vi que se inclinaba hacía mi. – Ha sido un placer Elena… – Me susurró al oído y se despidió con un beso en la mejilla. Pude percibir como sus fosas nasales se abrían para exhalar todo mi perfume al acercarse y se me volvió a erizar la piel.

Pasé la noche en vela pensando en lo que había ocurrido. No sabía nada de él, sólo que era un chico mono con una voz melodiosamente sensual que estudiaba en la misma facultad que yo. Tenía la sensación de que jugaba con ventaja sobre mí, como si pudiera ver más que yo. Todo él tenía un aire misterioso muy embriagador.

Recordé sus fuertes manos mientras me acariciaba el brazo antes de despedirse y cómo me hicieron estremecer. Un calor súbito comenzó a quemarme los muslos y no pude evitar masturbarme. Una y otra vez.

A eso de las 20:00 el timbre volvió a sonar, recogí mis apuntes y me dirigí con paso acelerado a la biblioteca. Caminaba por el pasillo nerviosa cuando lo vi a lo lejos acompañado de su perro lazarillo. Me puse frente a él sonriendo como una boba al perro, me encantan los perros. No me dio tiempo a decir nada.

– Buenas noches señorita Chanell nº 5. ¿Lista para cenar? He pedido comida japonesa en el restaurante del campus. Nos la subirán dentro de un rato. Espero que te gusté. – Había acertado con la cena. Este chico prometía…

– Buenas noches Adrián. Parece que vamos a ser tres. – Le dije mientras acariciaba al perro.

– Se llama Kira. Es mi compañera de habitación. – Así que no le iba a molestar que fuéramos…ya.

Durante el trayecto, mientras conversábamos de todo y de nada, pude apreciar cómo la gente nos miraba. Pero no sabía si a mí, a él o a la perra. No sé, yo solo tenía ojos para su boca. Intenté imaginar cómo sería mi vida sin la vista y agudicé todo lo que pude mis otros sentidos. Acaricié la barra de las escaleras apreciando el frío metal, puse mi atención en el viento y en las conversaciones de mi alrededor.

Adrián tenía una habitación muy sencilla y diáfana, sin muchos muebles. Kira abrió la puerta con su hocico y encendió las luces con su pata. Sin duda era más lista que mi compañera de habitación, Marta.

Me ofreció sentarme y poco después nos pusimos a estudiar. Al poco rato llegó la cena. Me gustó mucho el sushi pero lo que más me gustó fue la forma en la que él me enseño a apreciar más los sabores: comiendo con las manos.

– Si no te importa me gustaría que estemos en igualdad de condiciones. – No entendía nada… y él se dio cuenta. – Me gustaría vendarte los ojos para que aprecies la cena como yo lo hago.

Me pareció una idea fantástica. Cada bocado inundaba mi paladar de sabor mientras Adrián con su voz sensual me deleitaba explicando los secretos de la cocina japonesa. Era culto, inteligente y tenía ese punto de misterio que me encantaba.

La cena fue todo un festín de sabores para mis sentidos. Me sentía enormemente excitada con la venda puesta. Pero no quería parecer demasiado lanzada.

– Tu respiración te delata. – Soltó de repente y me acarició el muslo con sumo cuidado, deslizando todos sus dedos sobre mi piel. Ahora sí que estaba tremendamente excitada… así que no me lo pensé. Me lancé a por su boca como una loba hacía su presa.

Me sentía borracha de vino, de sabores, de sentidos y de él, de su sabor. Me devolvió el beso de manera arrolladora agarrando mi cabeza por la nuca y acercándome más hacia él, como si nos quisiéramos devorar el uno al otro. Le deseaba más que a nadie en el mundo. Le deseaba con todos mis sentidos, literalmente, y más en aquel instante en el que no podía ver.

Nos besamos un buen rato. Nuestras lenguas se entrelazaban. Sus manos dejaron de prestar atención a mi pelo y de deslizaron por mi espalda, invitándome a más.

– Tienes una piel especialmente delicada, fina y preciosa. Me encanta el olor de tu cabello y como se te erizan los pezones solo con oír mi voz. – Me dijo en un momento en el que paramos para tomar aire. No pude evitar soltar un gemido ahogado y le empujé sobre el respaldo del sofá, para colocarme a horcajadas sobre él.

Mi vulva se expuso completamente a él arcaizando su erección sobre la ropa. Su boca entreabierta sobre la mía anunciaba el desenlace. Note que le gustaba deleitarse escuchando el compás de mi respiración y dejándome mover libremente sobre él.

No dejaba de rozarme sobre su pantalón. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. Los besos nos fundían y nos calentaban más. Le agarraba del pelo, de los hombros, de los brazos, quería hacerlo mío, liberarme sobre él. Estaba tan excitado como yo, notaba su pene duro como una piedra, apunto de explotar. Y eso fue lo que sucedió, nos corrimos los dos a la vez, sincronizados con los movimientos de mi pelvis.

Cogimos aire para respirar, no era habitual que me corriera en un encuentro al mismo tiempo que mi amante. Aquello fue una explosión de sensaciones. No quería alejarme de su boca, así que le volví a besar, esta vez, fue un beso cariñoso.

– Es mi primera vez a ciegas. – Le dije, y ambos empezamos a reír. Aquello sin duda alguna era el principio de algo.

De Peculiares

Mientras duermes

 

 

 "Y entonces empecé a tocarme lentamente, aguantando la respiración, sin apenas moverme para que ella no se despertase. Levantaba la sábana con cuidado, y podía ver sus piernas desnudas, ¡oh, sus piernas!"

ISILLA LM

Me encanta observarla mientras duerme. Ya es costumbre que se duerma ella antes que yo. Me gusta observar su cara redondita, sus ojos cerrados con esas pestañas tan largas, que te pueden arropar. Su respiración pausada, relajada, tranquila. Parece la niña más buena que he conocido nunca. Y no digo que no lo sea, pero tiene esa mezcla diametralmente opuesta, que la hace tan especial. Despierta es fuego, es pasión, es intensidad. Dormida es quietud, es paz, es un peluche al que dan ganas de abrazar. Despierta es un huracán al que quieres empotrar contra la pared. Dormida me sale la ternura y lo único que quiero es protegerla.

Bueno, lo único no. Porque más de un día y más de dos, me han dado ganas de masturbarme mientras ella yace entre los brazos de Morfeo. Alguna vez se lo dejé caer, en plan enseñándola vídeos de tíos teniendo sexo con tías que parecen dormidas. Es la risa, porque ambos sabemos que es todo mentira, y que nadie duerme en verdad. Pero la idea siempre me ha excitado, y quería saber lo que pensaba al respecto. “Me hace gracia, no sé, pero si me follas a altas horas de la madrugada y en pleno sueño REM, no esperes que mi cuerpo responda acorde al tuyo”. Y nos reímos. Y ahí se quedó.

Pero el otro día, tuve que hacerlo. Estaba seguro que dormía profundamente. Ya me sé sus ritmos respiratorios mientras está soñando. En realidad me sé un montón de cosas sobre ella, porque para qué me voy a engañar, me tiene loco. Así que empecé a fantasear con cosas que me gustan; con imágenes de otras veces que hemos follado; con lugares recónditos de la ciudad donde nos hemos metido mano; con el cine. Ay, el cine. Ya estaba semi empalmado, pero cuando evoqué los recuerdos de un día en el cine, se me puso el rabo más tieso que un pájaro muerto. Vaya comparación, pero en serio más dura que el cerrojo de un penal. Y entonces empecé a tocarme lentamente, aguantando la respiración, sin apenas moverme para que ella no se despertase. Levantaba la sábana con cuidado, y podía ver sus piernas desnudas, ¡oh, sus piernas! Son tan lindas, son las piernas más bonitas que he visto en mi vida. Largas, redondeadas, y tiene la piel tan suave… parece porcelana, parece una nube. Esa piel, en serio, no es ni medio normal. Llevaba solo la ropa interior y como estaba de lado, sus preciosos pechos redondos tenían una posición perfecta. Me aventuré y le rocé con la mano. Me hubiera encantado meter mi cara entre sus tetas y lamérselas hasta el día del juicio final. Pero fui bueno y solo rocé levemente su tersa piel, cebándome un poco más con el precioso canalillo que su busto me ofrecía.

Seguía tocándome la polla a un buen ritmo, bajando mi prepucio muy despacio, observando la cabeza de mi glande, brillante por el líquido que emergía de ella: una gota transparente a modo de lágrima, me recorría el frenillo y se precipitó a mi bajo vientre.

No sabía si me excitaba más: pensar que se podía despertar; darme prisa por si se despertaba y no le hacía gracia la idea de verme pajeándome; o que se despertase y empezase a lamerme la polla con su preciosa boca. Empecé a marcar un ritmo más rápido, no podía contener los gemidos que salían de mi garganta, a la vez la miraba, tan dulce, ajena a lo que estaba sucediendo, y mientras esa vorágine de sensaciones fluía de mí, no hacía más que venirse imágenes a mi cabeza de otras veces que hemos follado.

No duré mucho más. Vale que el tiempo es relativo, pero en serio estaba tan a fuego. Fue de las mejores pajas que me he hecho en mi vida. Empecé a subir y bajar el prepucio a más velocidad, empecé a notar esa mezcla entre calambres y placer que me recorre desde los pies a la cabeza, mi respiración era más agitada y estaba a punto de desbordarme. Entonces paré, porque se movió y me asusté, y pensé que me estaba oyendo o la estaba molestando. Pero cuando cambió su postura me di cuenta que seguía durmiendo profundamente. Dios, así se la habría clavado, profundamente. Bajé el ritmo, porque me iba a correr. Hacía movimientos rítmicos y pausados, de forma lenta, y bajando todo lo que podía la piel de mi pene. Entonces la lefa comenzó a salir a borbotones, como cuando haces bechamel y empieza a cuajar la mezcla. Mi pecho estaba lleno de semen, el cual limpié con la camiseta que me había quitado hacía un rato, y una risa floja me entró de repente. ¡Qué gusto, joder!

Nunca pensé que sería capaz de hacerlo. Siempre fue una fantasía, porque me excitaba mucho la idea de masturbarme con alguien dormido. Pero la realidad superó con creces las expectativas. A los dos minutos dormí como si mi cuerpo acabase de completar una maratón.

Cuando desperté no estaba seguro de si lo había soñado, me costaba recordar si había sido real o no, puesto que me parecía tan alucinante que no podía ser verdad. No dije nada al abrir los ojos, me quedé quieto, evocando de nuevo lo que fuera que hubiese pasado horas antes. Volví a dormir ya que miré el reloj y era pronto. Cuando por fin me levanté para prepararme café, vi una nota en la nevera: “He metido la camiseta que tenías tirada en el suelo, ¿qué cenaste anoche, que estaba tan sucia? Te veo en la comida, buen día BB”.

De Peculiares

Mírame a los ojos

 
 

 

 

 "Hacía dos años del accidente que había dejado a Mateo en silla de ruedas, y su vida sexual dio un giro absoluto. Mentirían si dijeran que no fue duro. Aquello estuvo a punto de acabar con su relación."

LAURA MARCILLA

 

 

 

Relato ganador del Concurso de Relatos "Eroticopao", organizado por el Colegio Oficial de Psicólogos de Andalucía Occidental.

No le había dicho nada a su pareja. Casi se sentía como si le estuviera engañando. Estuvo excitada todo el día, sin poder concentrarse en el trabajo, recreando en su mente lo que tenía planeado para aquella noche. Su mente vagaba entre lencerías de encaje, velas, música suave...

Al llegar a casa dedicó más de una hora a mimarse y acicalarse, a prepararse para una noche especial. Se dejó embriagar por la espuma y las sales de baño. Untó todo su cuerpo en crema al salir de la bañera. Se roció con un perfume nuevo que había comprado para la ocasión. Se maquilló los labios con carmín y enmarcó sus ojos en unas enormes pestañas. Eligió un disco de jazz y abrió una botella de tinto. Las medias con liguero y el batín de seda eran los únicos que cubrían su cuerpo. Estaba tan ansiosa que no parecía ser consciente del frío, e ignoraba incluso las señales de sus pezones que despuntaban descarados bajo la tela.

El corazón le dio un vuelco cuando escuchó la llave en la cerradura.

Su novio entró en la habitación con una expresión de desconcierto.

– ¿Y todo esto? – preguntó frunciendo el ceño – No me habías dicho que fueras a organizar una cita hoy.

– Porque esta es una cita diferente – le respondió arrodillándose ante su silla de ruedas –. Hoy vamos a ser solo tú y yo.

*

Hacía dos años del accidente que había dejado a Mateo en silla de ruedas, y su vida sexual dio un giro absoluto. Mentirían si dijeran que no fue duro. Aquello estuvo a punto de acabar con su relación. Pero como todas las crisis, también les abrió nuevas posibilidades que ellos supieron aprovechar.

Mateo siempre había sido dominante en la cama. Le gustaba darle órdenes, y a ella le gustaba fingir que las obedecía a regañadientes.

A raíz de la nueva situación de Mateo, decidieron dar el paso y probar algo que había salido en muchas conversaciones sin llegar a materializarse. Julia empezó a acostarse con otras personas ante la atenta mirada de su novio.

Mateo no se limitaba a ser un observador impasible. Él era el director de orquesta. A menudo ni siquiera tocaba a Julia en todo el encuentro, pero los dos, y el invitado de esa noche, sabían perfectamente quién estaba al mando.

– Métete su polla en la boca, pero no dejes de mirarme a mí – solía decir al principio.

– No se te ocurra gemir, no tienes permitido hacer ningún ruido.

– Ponla contra la pared, y azótala con esto – ordenaba a veces quitándose su propio cinturón.

Y sobre todo: “Mírame”. “Mírame a los ojos”. Este mandamiento se repetía en todos los encuentros en el momento del orgasmo. Cuando Julia se corría siempre eran los ojos de Mateo su última visión antes de dejarse ir, para que no olvidase que, fuera de quien fuera el cuerpo que tenía entre las piernas, el placer lo obtenía gracias a él.

Era un juego divertido que les unía profundamente. Hacía sentir a Mateo poderoso. Hacía sentir a Julia una maravillosa pérdida de control al dejar sus actos en manos de otra persona.

Tras los primeros encuentros, tras haber perdido el miedo a que Mateo se viniera abajo, se atrevió a preguntarle:

– ¿Qué te excita a ti de todo esto?

– El poder es el más potente de los afrodisíacos – le dijo -. Y no hay mayor poder que entregarte a otra persona y saber que, en esos momentos, me perteneces por completo. Me perteneces más que nunca.

*

No obstante, en los últimos meses Julia había echado de menos el tacto de las manos de Mateo. Cada vez se animaba a incorporarse a la escena con menos frecuencia. A menudo la observaba desde un rincón en la penumbra, y solo se acercaba para sostenerle la mirada en los segundos antes de la explosión del clímax. Como un artista que observa desde cerca el resultado de su obra.

Las sesiones de sexo eran exquisitas. El placer se desbordaba por todos los sentidos. Pero Julia quería algo más que placer. Quería recuperar la intimidad con la persona que le proporcionaba los orgasmos más vibrantes sin siquiera tocarla.

Por eso, esta noche, sería ella quien llevase la batuta.

Mateo se mostró inseguro al principio. Le invadieron unos nervios que no recordaba haber tenido en mucho tiempo. Ambos se sentían un poco novatos, un poco perdidos, un poco adolescentes. Ella tenía ganas de experimentar, él estaba preocupado por no poder dejarse llevar.

Le condujo de la mano hasta el dormitorio, y le ayudó a sentarse en la cama con la espalda apoyada en la pared.

Horas después, ninguno de los dos sabría decir exactamente todo lo que había pasado. Tendidos en sudor jadeaban con una sonrisa en la cara, mientras intentaban recuperar el aliento.

Los recuerdos de Julia saltaban de escena en escena al azar: ella bailando mientras él la observaba por encima del borde de la copa de vino. Sintiéndose deseada y deseante, libre para improvisar los siguientes movimientos.

Habían rodado por la cama, empapados en aceite de masajes y vino derramado sobre los pechos de ella.

Habían lamido cada centímetro de sus cuerpos, aunque no se negaron el capricho de dedicar más tiempo a determinadas zonas: a los pechos, al cuello, al torso, incluso a los dedos de los pies. Los dientes de Mateo marcaron las nalgas de Julia, y Julia hizo lo propio con sus uñas en la espalda de Mateo.

También había estado de pie sobre la cama, con una pierna a cada lado del cuerpo de Mateo, empujando su cabeza con furia contra su clítoris, y acariciándole el pelo.

Y tiempo después (podrían haber sido horas o quizá solo minutos), cuando la mano derecha de Mateo empezó a provocar temblores de éxtasis, mientras la izquierda le pellizcaba un pezón, Julia le sostuvo la cara entre las manos y esta vez fue ella quien ordenó con voz firme.

– Mírame. Mírame a los ojos.

De Peculiares
Imagen de Lee Price

 

 

FANTASÍAS TEXTUALES

 

Viaja, experimenta, muerde, azota, ata, sueña, crece, crea, conquista, salta, corre, pelea, da vueltas en circulo, cae al vacío, sueña, crea, lubrica, avanza, empuja, orgasma, respira. 

No me mires así, esta es mi fantasía. 

Buscamos todo tipo de fantasías eróticas, aquellas que te ericen la piel, las que te dejen con ganas de más, las que utilices para masturbarte, para ir en el autobús o cuando piensas en esa persona especial. ¡Sí, justo esas! Aquellas más intimas, las que no conocen ni tus mejores amigos. Aquellas que son tuyas, de tu propiedad. 

La idea es publicar un libro donde se refleje y se recoja la variedad y la diversidad de nuestras mentes, de nuestros cuerpos, de nuestras fantasías, y que podamos abrir la mente o excitar a otros. Compartir. 

Si quieres preguntar por el proyecto ponte en contacto con nosotras a través de: patrimonioerotico@gmail.com y si te animas a formar parte de este proyecto solo tienes que poner por escrito aquello con lo que tu mente disfruta. ¿Te atreves?

¿Te animas a que tu fantasía aparezca en un libro?

* Campo obligatorio

Descripción física o personal, lo que consideres que es importante a tener en cuenta en tu fantasía
De Peculiares

Reencuentro

Relato erótico
  
"Unos labios que besan una cabeza brillante.
Sabe a mar, a vida, a intimidad. Una lengua.
Recorre el tronco de abajo a arriba. Repasando
cada poro de su extensa piel"

AMANITA

Una casa pequeña, sin puertas. Una cama vacía más bien grande. Él está de pie, al fondo, esperándola con esa sonrisa que a ella le pone nerviosa y le excita a la par. Hace que le suba una corriente eléctrica desde la espalda hasta la nuca. Se dan dos besos. ¿Quieres algo? "Tu boca" piensa. Una cerveza, por favor.
 
Hablan un rato, más bien él habla, ella asiente y ríe, pero no sabe muy bien qué le está contando. Sólo piensa en ese cuello, lo mira, lo quiere lamer; le mira a los ojos, sonríe. Él dibuja dos líneas blancas en un CD donde apenas se aprecia el grupo musical. Ella primero. Introduce esa línea por su pequeña nariz, despacio, dejando que pase lentamente, como le gusta. Luego él. Hace lo mismo con su nariz pero él es más rápido, más duro, como le gusta.
 
Siguen hablando, ella tiene calor, se quita parte de la ropa. Él la observa con los mismos ojos que un niño se asoma al escaparate de una pastelería. Hablan un poco más, y entonces ella se acerca rápidamente a él, se le sube a las piernas; sólo lleva las bragas dejando entrever su redondo culo, que él ya contempló minutos antes.
 
Sus bocas se juntan con ansia, se besan. Dos lenguas. Se rozan, se acarician. Ella abre los ojos y le observa dos segundos. Él los tiene cerrados. Siguen besándose como si no hubiera un mañana. Porque quizá no lo haya. No quiere pensar en eso. Cuatro manos. Se palpan, se buscan, se soban. 
Él se levanta con ella encima de sus piernas. La tira encima de la cama, se ríen. Le quita las bragas deprisa, está impaciente. Él se desnuda. Ella le contempla. Hacía tiempo que no veía ese torso tan suave y sin vello.
 
Una boca, una vulva, ella gime, él se esmera. La acaricia, la mima, la roza, la saborea, la absorbe. Dos dedos. Una vagina. Humedad. Un movimiento constante, continuo. Gemidos. Orgasmo. Dos bocas. Dos lenguas. Se comen impacientes, juegan, se hacen de rabiar. 
 
Ella se tumba encima. Una lengua. Kilómetros de piel de terciopelo. Un cuello. Quisiera quedarse ahí para siempre. Al menos por esa noche. La misma lengua. Una clavícula. Jadeos. Un pene. Una mano. Está duro. Rígido. Le saluda derramando un líquido transparente. Lo agarra con firmeza. Una vulva. Se rozan. Se acarician. Una punta se introduce y se queda quieta. Él se muerde el labio inferior. Ella vuelve a sacarla y se ríe. Espera unos segundos. La vuelve a meter. Su vagina va tragando lentamente ese falo duro, como tanto les gusta, muy despacio, dejando que sus entrañas sientan cada centímetro de piel. Dos bocas se precipitan. De un golpe se introduce hasta el fondo. Ambos gimen. Desde fuera se ve un movimiento continuo, acompasado, cada vez más rápido. Dos bocas. Un orgasmo. Ella tiembla y luego ríe.
 
Dos cuerpos. Mucha piel. Sudor. Suspiros. Jadeos. Besos que roban trocitos del otro. Cuatro manos. Caricias. Palmadas en el culo. Uñas que rasgan espaldas. Ella se sienta y él se pone de rodillas. Un pene. Una boca. Unos labios que besan una cabeza brillante. Sabe a mar, a vida, a intimidad. Una lengua. Recorre el tronco de abajo a arriba. Repasando cada poro de su extensa piel. Una cabeza sube y baja, desciende y vuelve a resurgir. Le come la vida, le saborea, le absorbe, le chupa, le lame. Un gemido. Cada vez más fuerte, cada vez más rápido. Un orgasmo.
 
De pronto una fuente cálida como de espuma de mar brota por un agujero y resbala al interior de su garganta. Una lengua. Se relame. Dos bocas. Se besan. Cuatro ojos. Se observan. Ambos ríen. Una cama. Dos cuerpos caen a plomo. Respiran. Cogen aire. Un corazón late más rápido de lo habitual. Un cuerpo se mueve. Se viste. Se marcha. De ese corazón salen dos lágrimas. Hasta otro día. O no.
De Peculiares

Amigos profesionales y personales

relato erótico
  
"Me encanta la verdad, lo que pasa
que nunca he querido dar un paso hacia
algo más, por no perder dicha amistad
'profesional'"

Quedé una noche con un grupo de amig@s en un bar al que vamos mucho en el Barrio Salamanca, unos vinos y algo de picar, con una charla amena y muchas risas.

Éramos 5 amigos, más una amiga que conozco desde hace mucho y con la que siempre he hablado para ayudarnos con temas del trabajo nada más. Ella vive muy cerca de donde quedamos, así que se apuntó esa noche, una mujer que siempre he considerado muy madura y con mucha personalidad, independiente y con mucho carácter. Me encanta la verdad, lo que pasa que nunca he querido dar un paso hacia algo más, por no perder dicha amistad 'profesional'. La noche fue larga, estuvo genial, los vinos, las conversaciones subidas de todo, los bailes y esa complicidad profesional trasladada a la noche.

La acompañé a su casa en el coche y la conversación antes de subir, en la que nos confesamos que ambos teníamos ‘follamigos’ para disfrutar de vez en cuando, hizo que habláramos de que tener un orgasmo con alguien no era malo, para nada, y me agarró la cara, me dio un beso y me dijo: "Ves, no pasa nada, es un simple beso…", y luego me dio otro, hasta que rompimos esa barrera cuando me dijo: "Sube y nos disfrutamos como amigos".

Comenzamos por tomar una ducha, relajándonos y propiciando un ambiente íntimo, erótico y romántico, solo con el placer de cuidarnos, sin sexo de momento, para estar limpios antes de pasar al acto amoroso de la amistad sin tabúes. Al secarse la piel, ella levantó los brazos para pasar la toalla y pude observar que sus axilas no estaban depiladas, eso me excitó muchísimo y ella me preguntó con esa forma propia de su personalidad: "¿Te importa? Es que en invierno no suelo depilarme mucho esa parte." "Para nada", respondí, es una parte muy excitante de una mujer, siempre que esa mujer te atraiga sexualmente, tal vez puedo decir que tengo un fetiche con esa parte femenina.

Luego procedí a acariciarla con suavidad y bajar hasta sus axilas, allí los dos de pie en el baño, acariciándolas, besándolas y lamiéndoselas. No tenéis idea de la gran sensibilidad que hay en las axilas. Eso la excitó muchísimo, le dije que era uno de mis fetiches secretos: “¿Sabes que el olor natural, limpio de las axilas de la mujer (y de hombre) ejercen un atractivo sexual primitivo muy poderoso en el otro sexo?” (Claro que no hablo del desagradable olor del sudor de todo el día, sucio lleno de bacterias o contaminado por dietas grasas, picantes, estrés o ajo. El sudor fresco y limpio no tiene un olor desagradable y contiene feromonas que atraen al sexo opuesto por el olfato, al grado de que muchas veces un hombre no sabe porqué le agrada tanto estar con una mujer determinada y viceversa).

Estaba tan lubricada, mucho, que ambos disfrutamos juntos de esa amistad profesional y personal, empapados en sus jugos y trasladando esa confianza profesional a lo personal, ya sabemos algo más de nuestras intimidades… un nuevo fetiche descubierto.

De Peculiares

Sí, mi Ama

Sí, mi ama relato erótico
  
"Para quien no lo haya visto jamás,
es un espectáculo ver a un hombre chorreando
de excitación, muy curioso. Es como
verles derretirse… por ti"

NORMA J. BRAU

 

Quien busque una historia de lujo y desenfreno puede dar media vuelta. Pese a que me encantaría disponer de los artilugios y los espacios de un señor con una habitación roja, yo no los tengo. Aunque tampoco me han hecho falta para doblegar a los hombres que se han puesto a mis pies. Soy una chica sencilla. Rondando la treintena. Si me ves por la calle, cuando voy a la compra, a mi trabajo, con mi pareja a tomar algo… ni te imaginarías lo que se esconde tras mi cara risueña.

Soy lo que muchos hombres ansían y lo que pocos encuentran. Sí, lo que muchos, más de los que sospecharías y más de los que imaginarías, desean en secreto. Soy una mujer Dominante y vivo de ello. Aunque cualquiera de las historias de mis encuentros laborales puede ser harto graciosa y esperpéntica, no quiero hablar de ellas. Ello me obligaría a pedir permiso a quienes me contratan y, obviamente, eso de pedir permiso no va conmigo.

Lo que os quiero contar es uno de mis encuentros eróticos. Una noche habitual en mi vida. Mi pareja y yo llevamos ya ocho años dentro del BDSM. Cualquiera diría que en 8 años la magia se agota, las ideas se esfuman y la originalidad se pierde. Pero no sucede así cuando la pasión es auténtica, y la mía lo es; tanto la que tengo por mi pareja como la que tengo por el BDSM.

No es del todo habitual que entre semana me lo curre de esta manera, pero aquel día fue especial, aquel día me sentía con energía extra y quise sorprenderle. La sorpresa, esa gran herramienta para la toma de control de la situación. Uno de mis fetiches. Actuar cuando no se me espera.

A fin de cuentas, dominar a un sumiso es un entrenamiento. Como aquel que se realiza con soldados, animales de diferentes tipos. Pretende ir perfeccionando su actitud y tu técnica, para así poder incrementar el disfrute.

Estaba esperando a mi pareja en nuestra amplia habitación. Batín de seda hasta medio muslo cerrado con un lazo, piernas desnudas y unos tacones de la marca Pleaser de tipo sandalia que dejaban al aire mis pies con una pedicura recién obtenida. ‘Bogotá Blackberry’ para mis uñas de OPI a juego con ‘Anonized Ruby’ de Sleek en mis labios. Escuché la puerta y me sonreí, sólo con media cara, esa sonrisa que le excita y a la vez tanto le aterra.

– Ya estoy en casa, ¿dónde estás, cariño?

– En la habitación – la sorna fue notoria en mi respuesta y su miedo se podía oler en el aire.

En cuanto vio mi cuerpo iluminado a media luz, mi sonrisa, mis brazos cruzados bajo mi pecho, no hubo que explicar nada. Lo bueno de un buen adiestramiento es que te ahorra charla estúpida. Él bajó la mirada y comenzó a desvestirse. De forma continuada pero pausada, queriendo ocultar su deseo; objetivo en el cual su pene ya le traicionaba.

– Yo también me alegro de verte. – él tenía claro que me dirigía a su pene, ni intentó mirarme.

Una vez desnudo completamente, se arrodilló, de piernas abiertas, con las palmas posadas boca arriba y la cabeza gacha. Me acerqué sigilosa y de camino cogí su collar y su correa, que se encontraban sobre la cama. Me agaché y mientras se lo abrochaba susurré: “Vamos a ver de qué eres capaz”.

Dándole la espalda y tirando de la correa tiré de él hacia la cama. Le ordené que se tumbara boca abajo. Una vez se dispuso, solté la correa, no sería necesaria tanta parafernalia hoy. Nuestra cama lucía maravillosa con la bajera de látex negra y las correas de sujeción. Primero até sus pies, después sus manos. Una vez inmovilizado, tirando de su collar para obligarle a mirarme le dije: “A cuatro patas”.

Ver a un hombre desnudo, depilado, con su pene duramente erecto, excitado y temeroso de qué vendrá después es una bella estampa de la que no todas las personas saben disfrutar. Pero no hay mayor deleite que saber que puedes hacer lo que sea, que su placer está en tus manos y que él se está entregando por completo.

Entre la cama y la pared a la que daba la espalda, nos cabía una mesita auxiliar, con ruedas. Tanta prisa tuvo el pobre que ni se fijó que estaba llena de juguetes, pero con un pañuelo que los cubría para que todos fuesen sorpresa. Moví la mesita auxiliar hasta media altura de la cama, sin decir ni una palabra, tarareando alguna canción que escuché ese día en la radio. Él seguía sudando.

De un tirón, cual hábil camarera de los años cincuenta, tiré del pañuelo y exclamé: “Tarán”. Pero era una trampa. Yo estaba ante la mesita auxiliar y era imposible que él viese nada. Di un giro de 180 grados y até el pañuelo sobre sus ojos para impedirle la visión: “La curiosidad mató al gato, minino mío”.

Me detuve un segundo a observarle. Era aún más atractivo. Su tez blanca contrastaba con el látex negro. Su nerviosismo con mi total dominio de la situación. Tomé dos de mis joyas favoritas: las pinzas japonesas. No hacen falta grandes instrumentos para generar dolores intensos. Me desaté la bata y me puse de rodillas tras su culo. Suspiró. Estaba excitadísimo y expectante.

Me acerqué y notó mi piel desnuda, su cuerpo se erizó: el juego comenzaba. Me deshice de la bata y con ella alrededor de su cuello tiré de él hacia mí. Siempre atado, pero siempre con margen de movimiento. A veces la inmovilización total es realmente divertida, otras veces es la entrega en su inmovilidad voluntaria lo que te hace disfrutar.

“Quédate así arrodillado un segundo”. Pinza izquierda, “aah”; pinza derecha, otro quejido similar. Posé mi mano derecha sobre su cabeza y la empujé suavemente, sin fuerza, para que él entendiera que quería que volviese a estar a cuatro patas.

Deslicé mi dedo índice y corazón por su espalda y fui a por el siguiente juguete a la mesita. La rueda de Waterberg. Otra de las herramientas pequeñas pero matonas. Primero la utilicé como quien simplemente quiere que le noten sobrevolando. Eso ya arqueó su espalda, acercando el culo contra mi pelvis. De repente las pinzas le dejaron de doler; había una nueva preocupación.

La segunda vuelta, en la que dibujé un ocho sobre su espalda fue más lenta, también más profunda. Esas vueltas en las que te das cuenta que la maldita ruedecita provoca un dolor muy agudo, pero también muy continuado. De las que dejan huella en la piel y en su recuerdo. “A la tercera va la vencida”. Firmé con mi nombre de Domme donde su espalda perdía su nombre. Despacio, sin prisa, provocando una mayor tensión en mi sumiso pero también el comienzo de un mayor nivel de excitación.

Acabado mi garabato, solté el juguete y me agarré a sus nalgas arañándolas: “Ahora vamos a igualar este culete”. La sonrisa malvada se me notaba en el tono de la voz, no hacía falta que él pudiera mirarme. Además, hay veces que cuanta más intriga se genere en la fase de espera, mejores resultados se obtienen. Ya me entendéis. Y si no me entendéis, ahora os lo explico.

Mis juguetes favoritos son la fusta y el flogger. Me gusta bastante el impact play, pero si es con un instrumento para que a mí no me pique la mano; mejor. Además, el flogger me permite mayor maniobrabilidad, sin tener que cambiar de posición puedo repartir a diestro y siniestro. Por eso él sabe que seguro que alguno uso u ambos… pero si no ve cuál usaré, su excitación aumenta. Así fue esta vez también.

Tras quitarle cuidadosamente las pinzas, ya que sus dientecitos hacen que realmente se incrusten en la piel, y acariciar suavemente sus pezones, fui a por mi juguete predilecto. Tomé el flogger, pero andaba pausadamente por la habitación sin ir directa a lo que sabía que ocurriría. Verifiqué asomando mi cabeza por un lateral a la altura de su pene: efectivamente, además de duro ahora estaba ‘babeante’. Para quien no lo haya visto jamás, es un espectáculo ver a un hombre chorreando de excitación, muy curioso. Es como verles derretirse… por ti.

“Tranquilo cachorro o acabarás antes de que empiece yo”, le tembló todo. Mi voz dulce y sarcástica a la vez puede ser una gran arma de seducción para quienes disfrutan de la humillación. Fui despacio detrás de él mientras él salía del escalofrío de placer que sintió al oír mi voz. “Cuéntalos conmigo, pequeño”. Fueron unos maravillosos azotes in crescendo. Nunca empiezo muy suave, pero siempre voy subiendo, como por escaloncitos, poquito a poco, dentro de sus límites. Viendo cómo le cuesta más centrarse en contar pero notando cómo se calienta más con los golpes.

Aunque excitado, se encontraba agotado y lo sabía. “Hoy no seré tannnn dura”. Volví a la mesita para, en contra de lo que tenía previsto, coger una crema que ya había dejado allí. Volví a la cama, esta vez a la par de su cara y le destapé los ojos. Eran devoción pura.

“Has sido muy buen chico, ahora descansaremos un poco antes de darte el premio, ¿sí?”, sonreí con la dulzura propia de la parte del cuidado. “Sí, mi Ama”. Le solté las manos, le ofrecí agua y después de que bebiera y le soltara los tobillos, le indiqué que se tumbara.

Excitado, dócil, dispuesto a todo. Era una estampa maravillosa a contemplar mientras yo reconfortaba su trasero con la crema que había cogido y lo amasaba con un masaje. Al dominar, no hay que ser una furia, hay que regular, adaptarse, ofrecer lo que cada cual necesita y en ese momento mi chico necesitaba un masaje y yo encantada de dárselo en su suculento culo. Una pena que no necesitase un mordisco.

Él gemía de placer mientras yo le dedicaba el masaje. Pero pronto llegaron un par de olores a su nariz y no pudo evitar la pregunta, así que antes de mirar donde nadie le había permitido, tomó la palabra: “¿Me permite una pregunta, mi Señora?”. Asentí dulcemente con un sonido de garganta mientras seguía masajeándole. “Huelo a jengibre, ¿estoy en lo cierto?”. Acabé de masajearle, intercambié la crema por el cacho de jengibre que estaba en parte pelado y me acerqué a la parte donde descansaba su cabeza otra vez. “Hueles bien, pareces un sabueso”, le dije guiñándole un ojo.

De camino a mi posición anterior, cogí un último juguetito. No hacía falta decir cuál era. Sabía de sobra que el único que le consolaría el calor que el jengibre provocaría en su interior sería el strap-on. Sin hacer que se volviera a poner a cuatro patas, le hice abrir sus piernas. Me relamí los labios solo de pensar en lo que venía.

Cuando introduces un par de centímetros de jengibre en el cuerpo de una persona, la reacción no es inmediata, pero sí rápida. Enseguida lo notó y quiso estremecerse, moverse, pero estaba prohibido. Ese era nuestro juego.

Mientras él quería poder hacer algo más que gimotear yo agitaba mi mano de forma que emitía casi una vibración, provocando que el jengibre vibrase dentro de él, tocándole por todas partes en su interior. El calor y el escozor eran insufribles. “Mi Ama, por favor” acertó a suplicar. “Sshhh”, él miró detrás mientras yo acompañaba mi respuesta con el dedo índice izquierdo sobre mi boca.

Dos minutos después el gimoteo ya era algo más que un sonido ahogado. Paré en seco, saqué el jengibre y mientras me ponía el arnés le dije: “Tranquilo cielo, ahora te apago el fuego”. Él no pudo evitar girarse para atenderme y aproveché la situación para escupir sobre el dildo de goma o más bien para dejar que mi saliva cayera. Aquello le volvía loco y le hacía soñar con que hiciese lo mismo con él.

Sonreía cual malvada de película mientras esparcía la saliva por todo el dildo. “Disfruta”. Fue mi última palabra. Palabra que le hizo gemir esperando la introducción del dildo en su ano. Fue paulatina, como todas las primeras entradas. Me eché sobre su espalda mientras seguía moviendo mis caderas suavemente. “Avísame cuando no puedas más”.

Su erección no podía ser mayor, ni tampoco su babeo. Él notaba su bajo vientre más que mojado por la reacción de su cuerpo a tanta estimulación. Sus gimoteos de escozor pasaron a ser gemidos de tranquilidad, de calma y de disfrute. Llevaba tiempo deseando el final y al fin estaba ahí. No sé si pasaron tres o cinco minutos, sé que no fue mucho y que yo llevaba al menos dos con un movimiento más intenso. “Señora…”, no acertó a acabar. Se escuchó una risa en mi garganta y me quité de golpe.

“Ooooh…”. Un orgasmo arruinado. Cuando orgasmas, pero no te acompañan en todo este proceso con más estimulación. Es como si alguien descorchase una botella de champán y luego no saliese con toda la potencia necesaria… No todo iba a ser disfrute en esta sesión, no solo en sus términos. Quien orgasma disfruta pero sólo a medias, es como un orgasmo sin toda la grandiosidad que se espera de él.

Me deshice de los tacones y del arnés. El seguía tumbado sobre su vientre. “Hazme hueco”, dije. Cuando se puso de lado se vio el charco que estaba medio pegado a su vientre. Pasé una toalla que tenía en la mesita sobre el mismo y me tumbé. Le miré a los ojos, le acaricié la mejilla y le susurré sonriente: “Has estado genial, pequeño”.

 

Tacón Pleaser

Pleaser es una marca de zapatos conocida por sus altísimos tacones aptos para bailes como el pole dance y similares.

 


Collar

Los collares y las correas son utilizadas dentro del BDSM no sólo cuando son requeridos para un tipo de juego, también para reflejar la sumisión de la persona portadora del collar. De hecho ‘poner el collar’ o ‘ser portador/a de un collar’ (to be encollared) es una muestra de reflejar la vinculación y la pertenencia de esa persona sumisa hacia su Ama/o.

 


Esposas

No todo son esposas en este mundo. Hay muchos sistemas de restricción de movimiento y uno de ellos son los sistemas de correas de sujeción adaptables para todos los tamaños de cama. Prácticos, fáciles y discretos, apto para personas principiantes y gente con prisas. 

 


 

Pinzas

Pinzas con cierre por presión propia por el tipo de diseño que tienen. Son perfectas para la tortura de pezones, especialmente por su zona de agarre que es dentellada.

 


 

Rueda

 Rueda inventada por Robert Waterberg, neurólogo, y que aparte de  juguete erótico es un utensilio médico para comprobar los reflejos y la sensibilidad.

 


 

Fusta

Instrumento conocido por su utilización en la equitación por quienes montan a caballo.

 


 

Flogger

Látigo de múltiples colas, las cuales no pueden contarse a simple vista por ser tantas.

 


 

Arnés

Un arnés que permite poner un dildo o un vibrador. También los hay que tienen dildos que la persona que porta el arnés puede introducirse en la vagina o el pene. En este caso es un arnés simple con un dildo hacia fuera.

 


 

 

De Peculiares

El chico de ojos verdes – Pólvora; Capítulo I

  
"¡Joder seré sincera!, sentía como
mi cuerpo deseaba su boca" 

MELANIE QUINTANA MOLERO

 

Un año antes del final

 

Lunes, 5:30

Mi reloj andaba mal, tenía la sensación de que se había parado. Bostecé hasta que una lagrimilla inundó mi ojo derecho. Cuidadosamente retiré la lágrima bajo el Rimmel, no quería parecer un oso panda. Volví a mirar el reloj. Mierda. Le di tres golpecitos con la uña del dedo índice sobre la esfera del cristal, como si eso fuera a hacer que funcionara. Efectivamente, se había parado. Me tiré como si mi cuerpo fuera plomo sobre los asientos de la sala de espera. Menuda noche. Me pesaba la cabeza así que la dejé caer hacia atrás hasta notar la fría pared sobre mi coronilla y cerré los parpados hasta notar cómo el Rimmel hacia que se pegasen mis pestañas. Necesitaba irme a casa, oler a sábanas limpias y acurrucarme allí un mes. Treinta horas de guardia eran demasiadas.

Megan…¡Megan! Abrí los ojos de golpe, notaba cómo alguien me daba golpecitos en el hombro mientras susurraba mi nombre. Cuando conseguí enfocar reconocí a Elsa. Carraspeé. Me había quedado dormida con la boca abierta de par en par.

 – Tía te has quedado dormida en medio de la sala de urgencias – decía entre susurros y carcajadas.

– ¿Cuánto llevo dormida? – me levanté a trompicones, mi cuerpo aún no se había despertado.

– No sé…quizás media hora – Elsa no podía parar de reír, para ella la situación debía de ser bastante cómica, aunque, era yo la que le hacía gracia en estado natural.

– ¿Me ha visto alguien más? – pregunté acariciándome mi dolorido cuello entre carraspeos.

– Creo que no, deberías irte, ¿cuánto tiempo llevas aquí? – puso una mano en mi espalda mientras me acompañaba a la salida con una gran sonrisa en la cara, era una buena chica.

– Sí, creo que tienes razón, necesito descansar. Cerraré mi turno y me iré– le contesté devolviéndole la sonrisa.

 

Lunes, 6:15

Esperaba encontrar algún bar abierto de camino, si no me tomaba un café bien cargado me iba a quedar dormida allí mismo, en la parada del autobús. Estaba tardando más de la cuenta. No podía evitar mirar en la dirección por la que debería de aparecer el conductor de todas las mañanas, pero nada, solo oscuridad y un par de farolas a las que habría que cambiarles las bombillas. Volví a mirar mi reloj de forma automática. Efectivamente… seguía parado. Genial… No sabía qué hora era, podría haberlo perdido y estar allí de pie una hora. Mi cuerpo no estaba preparado para eso así que en un impulso estúpido decidí ir andando.

Tras veinte minutos, lo que me parecieron años caminando, avisté en lo alto del único edificio que sobresalía en la manzana siguiente la ventana de mi pequeño piso en la ciudad. No llevaba allí mucho, ni siquiera me había dado tiempo a quitar el fosforescente cartel naranja de ‘Se alquila’ del balcón. Me llevé una mano a la cara y la arrastré por ella mientras solté lo que me pareció un gruñido. ¡Estaba tannn lejos! Crucé la calle y me puse como propósito llegar antes de que saliera el sol. El sueño se estaba apoderando de mis ojos, tomaba decisiones por impulso, instintivamente: gira aquí, ‘no cruces’ está rojo, un pie tras otro, toma esta calle…

Me equivoqué, las calles se parecían y acabé en una que no tenía salida. Resignada volví sobre mis pasos, estaba agotada, quería llegar cuanto antes así que aceleré y giré la esquina a toda velocidad. Fue justo en esa milésima de segundo en la que tomé la decisión de girar y gracias a todas las malas decisiones que tomé esa noche, cuando cambió mi vida.

– ¡Levanta las manos! ¡Venga! ¡Dame tu cartera! – el tipo que chillaba y escupía al hacerlo me estaba apuntando con una pistola calibre 49 y parecía muy dispuesto a usarla. Parecía no haberse duchado en semanas, pero su abrigo era caro y estaba limpio. Fruncí el ceño ante tal contradicción. Pensó que me negaba a hacerle caso así que agitó la pistola en un movimiento firme y decidido y dio un paso más hacia mí. Levanté mis manos mientras oía cómo mi corazón latía a toda velocidad. Él seguía chillándome - ¡No me mires! ¡He dicho que no me mires! ¡Dame tu cartera…vamos!

Metí mi temblorosa mano en el bolsillo derecho de mi abrigo granate, no acostumbraba a llevar bolso y tampoco dinero cuando iba a trabajar. Agarré fuerte la cartera y mientras me seguía chillando las mismas cosas, cada vez más cerca, la saqué y se la di. Volví a levantar las manos a la altura de los hombros. La cartera me daba igual, quería salir de allí viva. Al abrir la cartera descubrió que tenía el bono del autobús, mi DNI y cinco euros, lo que le decepcionó bastante. Enfadado se metió la cartera en el bolsillo de su caro abrigo y volvió a apuntarme con su arma, esta vez, notaba el frío cañón sobre la frente. Cerré los ojos temiéndome lo peor.

El tipo se acercó tanto que era capaz de oler su apestoso aliento a whisky. Con el impulso del arma sobre mi frente, me hizo retroceder la cabeza hacia atrás. Podía ver los primeros rayos de luz en el cielo a través de los huecos que dejaba el arma y su mano. Empezó a olerme como si fuera un perro. Metiendo la nariz en mi cuello. Nunca me había sentido tan vulnerable. Agarró mi pelo y se lo llevó a la cara en un gesto que me pareció de una persona recién salida del manicomio. Oliéndolo, aspirando mi olor. Me recordó al Joker. Me temblaba todo, estaba muy nerviosa con aquella pistola en mi cabeza. En un intento desesperado por acabar con aquella situación, intenté hablar con él.

– No…n..no tengo nada más – la voz se correspondía con el miedo que estaba sintiendo mi cuerpo. Tiró de mi pelo hasta que pudo mirarme directamente a los ojos. Era alto así que yo seguía destrozándome la nuca. Pude observar sus amarillentos dientes y el inmenso iris cubriendo sus pupilas. Recorrió con el cañón mis mejillas, acariciándolas con fuerza, hasta llegar a mi boca. Se tomó su tiempo en el recorrido. Me miraba con la boca entreabierta, sin duda alguna, aquello le estaba excitando. Recorrió mis labios con ella observando cada milímetro de mi cara hasta detenerse en medio mi labio inferior. Ábrela. Definitivamente aquello le estaba excitando y yo me negaba a abrir la boca. Se quedó observándome durante un minuto y dejé de notar el arma.

Su cara pasó de la excitación a la ira en menos de un segundo. Cogió impulso y golpeó con todas sus fuerzas la culata de la pistola sobre mi cabeza, haciendo que cayera al suelo al instante. El tiempo se relantizó. Oía los latidos de mi corazón al mismo tiempo que el vao, completamente blanco, salía de mi boca al intentar respirar con fuerza. Un latido por segundo. Me llevé instintivamente la mano hacia donde me había golpeado. Sangraba de manera compulsiva. Notaba la sangre caer sobre mi ojo derecho dificultándome la visión. Quería gritar, pero mi cuerpo me lo impedía, mi garganta no era capaz de emitir ningún sonido. Se agachó, volvió a agarrarme del pelo y tiró del él para que pudiera mirarle a la cara.

– ¡Levántate puta! Vas a dejar que te fooolle…eh. Y lo vas a disfrutaaaar…porque eres una putitaaaa salida – alargaba las vocales en un tono en el que creía que estaba imponiéndome y poniéndome a la vez. El muy cabrón agarró mi pelo con la mano en la que no llevaba el arma y me levantó como si fuera un muñeco de trapo. Aquel tipo tenía mucha fuerza y yo estaba paralizada del terror que me provocaba aquel arma en manos de alguien tan desquiciado como él.

Intentaba deshacerse de mi ropa a trompicones mientras yo tiraba de todo en dirección contraria. Temía que me volviera a golpear y me dejara inconsciente. Bajó el arma para poderme agarrar mejor y fue entonces cuando reaccioné. No iba a dejar que me tocara ni un minuto más. Cogí impulso y con todas mis fuerzas, mezcladas con la adrenalina que recorría mi ser, golpeé mi cabeza contra su nariz. Cuando alzó la mano para llevársela allí donde ahora él sangraba de manera compulsiva, golpeé mi rodilla con fuerza sobre su erección y…

 

Lunes, 7:00

Sangre por todos lados. Un ruido seco hizo que pitaran mis oídos. Tenía la cara llena de sangre. Todo iba a cámara lenta. Aparecieron tres chicos montados en motos, uno de ellos había disparado en la cabeza al que me apuntaba minutos antes a mí. El impacto hizo que me quedara cubierta de sangre. Se bajaron de las motos mientras yo seguía allí, paralizada. Me costaba respirar. Uno de ellos, al bajar, vino directo hacia mí. Su paso era firme e imponente mientras se retiraba el casco que le cubría la cara. Esa fue la primera vez que le miré a los ojos, aquellos ojos verdes. Por un instante me quedé hipnotizada, solo era capaz de mirarle a él, dejé de escuchar todo a mi alrededor. Se quedó justo delante de mí. Movía sus labios como si estuviera diciendo algo pero yo no escuchaba nada.

– ¿Estás bien? Eh, ¿que si estás bien? – El sonido de su voz grave me devolvió a aquel instante, pero aún no podía contestar. No era capaz de articular palabra.

– ¡Jefe! Esta tía los tiene bien puestos… le ha roto la nariz al muy capullo – otro de los que había aparecido con el que me miraba fijamente se estaba riendo a carcajadas mientras se dirigía a él, pero en ningún momento retiró la mirada. El chico de ojos verdes seguía mirándome fijamente. Era alto y joven, no sé, posiblemente 27. Moreno y fuerte, con unos ojos increíblemente hipnotizantes.

– ¿Cómo te llamas? – me preguntó con la misma seguridad que mostraba su postura. Intenté separar los labios para poder hablar, al ver ese gesto en mí una sonrisa pícara volvió a provocar que la cerrara. Era muy atractivo. Estaba segura que provocaría ese estado de parálisis cerebral en todo aquél que le mirase y que él lo sabía.

– Mee…Megan – contesté medio tartamudeando.

– Vaaale Megan – prosiguió – esto es lo que va a pasar ahora. Voy a llevarte a casa y vas a olvidar que esto ha ocurrido. Nadie se puede enterar de lo que ha pasado aquí. Si hablas…acabarás como él, ¿me entiendes? – ¡Pues claro que le entendía! Pero seguía sin ser capaz de articular palabra. Se dio cuenta del efecto hipnosis que estaba provocando en mí y volvió a sonreír – Asiente si me entiendes.

Y eso fue lo que hice, asentir. Me cogió de la mano y volví a no escuchar nada. Estaba en shock. Los otros dos chicos que habían venido con él obedecían las órdenes que les iba dando en el recorrido hasta llegar a su moto. “Sí jefe”, contestaron casi a la vez.

Se puso el casco con la misma seguridad con la que se lo había quitado y me dijo con una voz que hizo que se me removieran las tripas: Sube. Era imposible no obedecerle. Cual sumisa, sin hacer más preguntas, obedecí sus órdenes. Agárrate fuerte. Y no dudé en hacerlo. Recuerdo el sonido de la moto al arrancar y su cálido olor al acercarme. Me agarró la pierna izquierda con su mano y girándose para que le pudiera oír mejor me preguntó dónde vivía y le respondí como si fuera un robot. Al soltar mi pierna la acarició ligeramente y no pude evitar estremecerme. ¿Pero qué leches me pasa?

Conocía bien las calles, se notaba. Aceleró la moto y la llevó hasta el límite, posiblemente en un intento de impresionarme, pensé, aunque en mí solamente estaba provocando pánico. Me acercó al portal. Me ayudó a bajar de la moto ofreciéndome una de sus manos como apoyo, sin dejar de mirarme a los ojos a través del casco, y se quedó sobre ella hasta que entré en el portal después de que se me cayeran dos veces las llaves al suelo. Juraría que le escuché reír mientras contemplaba la escena.

el chico de ojos verdes relato erótico

Lunes, 9:00

¿Cuánto tiempo llevaba bajo el agua de la ducha? Fue la canción de Ed Sheeran, Make It Rain, la que me devolvió a la realidad. Era una de mis preferidas. Me había quedado sentada bajo el agua mirando a la nada demasiado tiempo. ¿Qué acababa de pasar? Aún no me creía nada de lo que había vivido, como si lo hubiera soñado y juro, que deseé haberlo hecho.

Giré el grifo de la ducha y me dispuse a salir, ya era hora de hacerlo. No pude evitar mirarme en el espejo del lavabo. Llevaba unas semanas de mierda, trabajando sin parar en el hospital, tenía la sensación de que había adelgazado y que había perdido pecho. Haberme cortado el pelo sobre los hombros tampoco ayudaba mucho a que mi reflejo no diera pena o terror así de mojada. Escuché cómo una gota de sangre se estrellaba sobre el suelo del baño. Me acerqué al espejo para mirar más de cerca de dónde venía. Tenía una brecha en la cabeza. Agghh. Cómo dolía, sin duda alguna necesitaba puntos. Mierda, mi día no va a mejorar. No podía dejar abierta la brecha…tendría que volver al hospital. Me puse una gasa de mala manera, como pude, y me vestí con lo primero que tenía a mano. Un pantalón vaquero, unas deportivas blancas y el jersey verde más grande que tenía para no rozarme la cabeza. Cogí las llaves al salir y cuando iba a cerrar la puerta de casa decidí ir en taxi. No me la jugaba más por hoy.

 

Lunes, 9:30

Tenía la sensación de que alguien me estaba siguiendo.

 

Lunes, 11:30

– ¡Gracias Elsa! No sé qué hubiera hecho sin ti – Elsa me estaba acompañando de nuevo a la salida del hospital después de coserme con mucho cariño la brecha de la cabeza.

– De verdad que no entiendo cómo te has podido hacer semejante brecha saliendo de la ducha, tía eres la persona más torpe que conozco – y quizás fuera verdad. Esa fue la gran mentira que le conté a Elsa. Las palabras del chico de ojos verdes taladraban mi cerebro cada vez que intentaba racionalizar lo que me había pasado. Verbalizarlo…eso sí que era otro nivel. Si hablas acabarás como él. Definitivamente prefería fingir que era la persona más torpe del mundo antes de volver a tener una pistola sobre mi cabeza.

– ¡Intentaré no volverme a duchar! – contesté con mi clásico tono de humor.

– Creo que prefiero volver a coserte la cabeza – reímos las dos a carcajadas. Elsa era la única persona en el hospital que entendía mi humor. Los demás vivían en un mundo demasiado serio como para permitirse reír.

Nos abrazamos al despedirnos y me quedé mirándola hasta que cogió el ascensor y me saludó con la mano como lo hacía siempre, como un soldado cabo. La verdad es que era divertida.

Me giré aún con la sonrisa en la cara, absorbiendo aquel instante de felicidad que me había hecho olvidar por un instante lo mal que había ido mi día y eso que solo acababa de empezar. Pero al girarme, allí estaba él, apoyado con una mano sobre la pared donde se terminaban de abrir las puertas de cristal del hospital, con una mirada que no sabría muy bien cómo definir. Era una mezcla de picardía con devoción. Llegué a pensar que era un reflejo de la emoción que yo había sentido instantes antes. Sentí cómo mi estómago se volvía a encoger al verlo. A los dos segundos dejé que el instinto se apoderara de mí y salí corriendo en dirección contraria.

Oía mis zapatillas rechinar sobre el suelo del hospital mientras corría lo más rápido que podía por los pasillos, cómo él me seguía y también cómo la distancia entre los dos cada vez era más corta. Conseguí llegar a la puerta de la escalera de incendios, pero los segundos que tardé en abrirla fueron los que le dieron ventaja a él. Según estaba cerrando noté cómo su mano hacía presión sobre la puerta en dirección contraria. Con un simple empujón logró apartarme, entrar y cerrar tras de sí. Abrí los ojos de par en par, no tenía ni idea de porqué estaba allí, ni lo que quería de mí. Alargó una de sus manos con un movimiento estratégico para que yo no le pudiera frenar y me agarró el cuello con su mano. El impacto hizo que yo quedará contra la pared con su grande y fuerte mano rodeando mi cuello. Intenté deshacerme de ella con la fuerza de mis dos brazos, pero era incapaz de moverla ni un milímetro.

Apoyó el antebrazo del brazo que le quedaba libre sobre la pared y se acercó a mí tanto que el aire no corría entre nosotros. Yo respiraba con dificultad, pero no porque me estuviera ahogando, ni siquiera me estaba haciendo daño, simplemente me estaba manteniendo quieta, me estaba ahogando por mi propia respiración nada acompasada.

Se quedó mirándome a los ojos más de un minuto, buscando que le correspondiera la mirada. Lo hice…y volví a quedarme hipnotizada. Estaba tan cerca que podía sentir su cuerpo haciendo presión contra el mío. Compartíamos la respiración. Él no paraba de mirarme a los labios y de nuevo a los ojos, lentamente, en silencio. Lo sorprendente era que no tenía miedo, era otra sensación la que me recorría el cuerpo. Sentía seguridad y una extraña confianza en él. ¡Joder seré sincera!, sentía como mi cuerpo deseaba su boca.

– No he dicho nada…lo juro – interrumpí el silencio que nos envolvía y que hacía que solo se nos escuchara respirar. Pensé que por eso estaba allí, para asegurarse que tenía la boca cerrada. Volvió a mirarme a la boca y soltó una carcajada mientras se quedaba observando lo que decía.

– Encontré tu cartera en el bolsillo de su abrigo, venía a devolvértela, pensé que necesitarías la tarjeta del autobús, venir en taxi todos los días te va a salir muy caro – no eran paranoias mías, me estaba siguiendo. Volvió a sonreír.

Solté mi mano derecha de la muñeca que aún sujetaba mi cuello y se la puse sobre el pecho con un gesto suave, casi como una caricia, para que se apartara, intentando decirle con la mano que no me iba a ir, que podía soltarme. Volvió a posar su mirada en mi boca, pero esta vez noté como soltaba una especie de gemido leve y retenido. Los dos nos quedamos hipnotizados con la boca del otro pero ninguno se movió.

Se apartó muy lentamente, dejando caer su mano en una caricia sobre mi pecho imitando la posición que tenía la mía. Esta vez fui yo la que retuve el gemido. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó mi cartera y la posó sobre mi mano.

– Gracias – volvimos a mirarnos a los ojos cuando hablé.

– De nada – contestó frunciendo el ceño y mirándome extrañado.

No tardo en darse la vuelta para marcharse. Agarró el pomo de la puerta de emergencias y empujó para que la puerta se abriera, no sin antes volverme a mirar durante un segundo. Instintivamente y no sabría decir porqué, sonreí y él también. Salió, cerró la puerta y se fue.

 

Lunes, 12:00

Volvía a tener la cartera en mis manos y el corazón a mil. Me quedé durante varios minutos mirando a la nada en aquellas escaleras. Cuando recuperé la conciencia volví a mirar mi reloj de forma automática. Seguía parado.

De Peculiares

Locas como tú

 
 
 "No prometo hacerte el amor porque eso no se
me da nada bien, pero podemos follar durante
las noches que hagan falta para hacer
como que nos queremos"

 

N. A. S. B.

 

Me dijeron que las locas como tú eran especiales y, ¡joder que si lo eran! No sabía lo ardiente y fogosa que eras hasta que pude morder tus labios carnosos. Empezamos con un beso. Seguí por tu cuello mientras deslizaba mi mano entre tú entrepierna notando lo húmeda que estabas.

La parte trasera de tu Ford Focus del año 2000 sabe lo mucho que me gustó follarte con la lengua y morderte los muslos, mientras te observaba con mi mirada, esa que tú decías que era fuego. Me pedías que mi lengua no dejara de lamer tu clitoris, mientras susurrabas que mis dedos eran los mejores que habías tenido dentro de tu coño.

Te gustaba cuando te lamía los pezones. A mí me encantaba lamerlos y morderlos. Te excitaba, y me encantaba cuando tenías cogida mi polla en tus manos. Me pones a mil. Me miras y tu mirada de perra me pone aún más si cabe.

Déjame decirte que tus mejores orgasmos han sido con mi lengua. Lo sé. También que sin tocarte, solo besándote, te tiemblan las piernas. Para qué engañarnos, estabas cachonda y muy húmeda cuando mis dedos te tocaban mientras te besaba. Las locas como tú son de esas que no se encuentran, ni los locos de amor como yo
tampoco.

¿Recuerdas la vez que nos separamos? Yo sí. También recuerdo la reconciliación. Fue tan especial como excitante. Sentirte arañándome la espalda mientras estaba entre tus piernas penetrándote una y otra vez, lentamente, sientiendo tu piel, tus caricias y tus besos como tú los míos en ese mismo instante. Fue el principio de una conexión. Noté cómo tu cuerpo temblaba y tus orgasmos eran míos y quiero que lo sigan siendo. 

Déjame decirte que mis besos no calmarán las ganas de irte, pero tranquila princesa, no prometo hacerte el amor porque eso no se me da nada bien, pero podemos follar durante las noches que hagan falta para hacer como que nos queremos.

De Peculiares

Pólvora

libro pólvora por Melanie Quintana
 
 
 "Me puse de puntillas para poder abrazar su altura
y mientras nos envolvía aquel instante,
mi mente fantaseó con una vida paralela,
donde no hubiera armas, ni venganzas,
ni letales puños"

 

MELANIE QUINTANA MOLERO

 

Viernes, 19:30

 ¡¿Derek?! Olí su perfume según cerré la puerta. Su inconfundible perfume mezclado con sangre y pólvora. El tintineo de las llaves marcaba mis pasos en el piso, como si de un leve cascabel se tratara. Ayudar a un delincuente no me pegaba nada, pero Derek era diferente. Una parte de mí, y todavía no sabía hasta qué punto, creía que podía sacarle de la calle, de tanta delincuencia. Era mi lado más maternal, aunque también el más salvaje, el que me impulsaba a seguir haciéndolo.

Le encontré sentado sobre mi cama. Su mirada se encontró con la mía al cruzar el marco de la puerta. En ese momento supe que algo iba mal, la forma en que me estaba mirando. Aquella manera suya de pedirme perdón. No tardé en darme cuenta de que sangraba. Su mano hacía presión sobre su abdomen evitando que se desangrara.

– ¿Estás bien? ¡Dios mío, Derek! ¿Qué ha pasado? ­– mi voz temblaba más que mi mano cuando me agaché delante de él suplicando que me dejara ver la herida.

– Tenía que hacerlo… – nuestras miradas se volvieron a encontrar, pero esta vez la mía suplicaba respuestas – teníamos un negocio limpio, tenía que salir bien. ¡Joder! Si él no hubiera aparecido, habría sido perfecto, sin flecos.

– ¿Él? – pregunté con miedo.

– Richard – una respuesta corta dentro de una mirada encendida. Era rabia lo que veía en él. Rabia y desesperación. No quise saber más. Era mejor no saber nada, o al menos eso me decía a mí misma. Se dio cuenta de mi reacción cuando dejé que el silencio nos arropara a ambos por varios minutos.

– Déjame que te cure – no volví a alzar la mirada. No quería hacerlo.

Me levanté del suelo, me retiré el abrigo y lo posé sobre el sillón de la esquina. Noté su peso al caer y fue como si yo misma me estuviera quitando aquel peso de encima. Como si dejara que mi yo racional se posara sobre aquel sillón. Algo que estaba convirtiendo en costumbre. Cogí mi equipo quirúrgico y me subí a la cama, junto a él. Túmbate. Fue una orden clara, con una voz rasgada a punto de romperse por el llanto. Me contuve. No quería que me viera llorar. Obedeció sin rechistar. Se tumbó lentamente sobre la cama y empecé a curarle la herida. Él se limitó a mirarme. A mirar como mi rostro se contenía, inexpresivo. Era otra herida de bala. La tercera este año. ¿Cuánto más podría aguantar este tipo de vida?

 

Sábado, 23:15

Volvía a casa. Hacía frío. Soplaba el vao caliente de mis pulmones sobre mis manos intentando calentarlas mientras cruzaba la calle, cuando recordé la primera vez que me crucé con Derek. Esa noche cambió mi vida. Ahora todo era tan diferente, aquel hombre que tanto había despertado en mí, se estaba convirtiendo en una sombra.

Ayer se marchó tan rápido. Gracias. Eso fue lo único que dijo. Se levantó, me besó en la frente y se marchó. Me dejo allí, sentada sobre la cama, con las manos llenas de sangre, como si de una pesadilla se tratase. Una vez más.

Al girar la esquina la música retumbaba en mis oídos. Aquella discoteca estaba repleta de gente. La cola para entrar daba la vuelta a la manzana. Y allí estaba. La vida dándome otra bofetada en la cara. Derek entrando a la discoteca de Richard con dos de su banda. ¿Pero qué coño le pasaba por la cabeza?

Me armé de valor. Ya estaba harta, tenía que acabar con esto. Me negaba a estar así ni un minuto más. Mis pasos acompañaban al ritmo de mi corazón acelerado. Me acerqué al portero, saqué todo el dinero de mi cartera y me compré el acceso VIP.

Escuchaba mis latidos por encima de la música a todo volumen. No tardé mucho en localizarle. Aparté a la gente de mi camino como si fuera una bola de demolición apunto de cargarse un edificio, legué hasta él y le agarré fuerte el brazo. Con todas mis fuerzas. Se giró con brusquedad sin esperar que fuera yo. La ira se me escapaba por los ojos cayendo con fuerza sobre mis mejillas. Vi como su rostro pasaba del enfado al desconcierto en menos de un segundo. Como su boca se intentaba abrir reaccionando con palabras mudas a lo que estaba pasando. Un nudo en la garganta me impedía respirar. Nos quedamos allí mirándonos durante dos minutos. Lo que me parecieron horas.

– Se acabó – aún sigo sin saber cómo logré pronunciar aquellas palabras – no puedo más.

Me giré tan rápido como mi cuerpo tardó en reaccionar, solté su brazo lentamente como si le dejara caer por la borda y viera cómo se ahogaba en el mar, y volví a convertirme en una bola de demolición hasta llegar a la parte de atrás del local. Las lágrimas me impedían ver con claridad. Abrí la puerta con el hombro, utilizando toda mi fuerza, golpeándola contra la pared y alterando a las tres chicas que estaban fumando junto a ella.

Según salí, noté cómo tiraban de mí en dirección contraria. Arrastrándome de nuevo dentro de la discoteca. Volviendo al ruido y al calor de aquel lugar. Era Derek quien tiraba como si fuera papel combatiendo contra una piedra. Me metió bajo el escenario. Yo simplemente me dejaba llevar por su fuerza. No podía verle la cara, ni siquiera sabía qué emoción era la que me estaba arrastrando.

Cuando llegamos justo a la mitad, en la zona más oscura y silenciosa, me soltó. Y sin darse la vuelta, como si no pudiera mirarme, levantó las manos y se agarró el pelo. Un movimiento que solía hacer cuando estaba nervioso. Estaba desconcertada. No sabía qué decir. Así que me quede inmóvil. Mirándole.

Se dio la vuelta como si fuera lo más difícil que hubiera hecho nunca. Fue entonces cuando me di cuenta de que realmente lo fue. Nunca le había visto llorar y menos de aquella forma en la que lo estaba haciendo. No dijo nada. Me miraba sin poder decir nada. Yo seguía allí, paralizada, sin saber qué hacer.

Chequeando mi reacción se abalanzó sobre mí, sobre mi boca. Me agarró la cara y me besó como nunca antes lo había hecho. Con desesperación. Sentir sus sinceros y húmedos labios hizo que desaparecieran todas mis barreras de protección. Y como aquel abrigo cayendo sobre el sillón, volví a notar cómo mi yo racional caía sobre mis pies. Sentir su vulnerabilidad me hizo creer, una vez más, que era posible acabar con aquella vida. Y como un huracán arrasando con todo lo que han construido otros, seis palabras hicieron falta para acabar conmigo. No te vayas de mi vida.

Entonces fue mi boca la que buscaba la suya, mientras mis manos se enredaban en su pelo. Me puse de puntillas para poder abrazar su altura y mientras nos envolvía aquel instante, mi mente fantaseó con una vida paralela, donde no hubiera armas, ni venganzas, ni letales puños. Me dejé llevar por aquella fantasía, dejando que la boca de Derek, sus brazos, la forma en la que me abrazaba, nos fundiera en ese intenso y apasionado beso. Junto a su olor. Su inconfundible perfume mezclado con sangre y pólvora.

Mi mente dejó de pensar y fue mi cuerpo el que tomó el control. En ese instante solo estaba aquel hombre al que amaba más que a mi vida, lavándome la cara con su sufrimiento. Nos miramos durante un instante y el mundo se convirtió en nosotros. No había música, ni ruido, ni armas. Solo nosotros. Y fue como aquella primera noche, en la que éramos carne y fuego. El deseo me empezó a subir por donde antes había caído mi imaginario abrigo. Subía por los muslos como un torbellino y, tras hacerme peder mi estabilidad emocional, decidió acunar en mi vulva. Estábamos tan cerca el uno del otro que su erección era parte de mí. Los besos eran cada vez más apasionados y furiosos, anhelantes. Como si desesperadamente quisiésemos ser uno.

Nos sobraban los abrigos. Sin separarnos las bocas nos deshicimos de ellos a trompicones. Las manos volvieron a agarrar nuestras cabezas. Él tiraba de mi pelo con fuerza, levantándome, sujetándome, uniéndonos más. Yo seguía de puntillas agarrada a su nuca con todas mis fuerzas, mientras que con la otra mano intentaba torpemente levantar aquella camiseta negra tan pegada a su duro torso. Él arrastró su grande y fornida mano a través de mi espalda, arrastrando todo a su paso hasta llegar a mi cintura donde se detuvo unos minutos para agarrarme con fuerza y soltar un leve gemido separando mi boca unos milímetros de la suya. No podíamos respirar, pero nos negábamos a hacerlo.

Llevó ambas manos hacía mi culo, agarró fuerte mis nalgas y me elevó sin esfuerzo, colocándome sobre una de las barras que sujetaban el escenario. Notaba cómo mi humedad y mi cuerpo le deseaban. Necesitaba sentirle dentro de mí. Con fuerza tiré de su camiseta logrando deshacerme de ella, revelando la herida que la noche pasada cosí. Derek parecía no ser conciente de ella, como si ese dolor fuera mínimo comparado con el dolor de perderme. Tiró de mi blusa blanca con fuerza, rompiendo absolutamente todos los botones y liberando mis pezones, azotados por el frío y el calor del momento. Su boca dejó de besar la mía para besarlos a ellos. Me retorcía de placer, alzándolos para que no parase de chuparlos y morderlos. Mis gemidos acompañaban a la música. Sonaba Doubt de Twenty One Pilots. Qué apropiado, pensé.

Sus manos rozaban con ferocidad mis piernas, por encima de mis botas altas, llegando a la piel entre ellas y mi falda. Agarré con ambas manos su pelo y tiré con fuerza hacia arriba. Echaba de menos su boca sobre la mía. Su lengua despertaba sensaciones diferentes en mí con cada beso. Seguía notando su dura erección sobre mi vulva cada vez que nos besábamos y nos acercábamos. Era desesperante, sentir toda la sangre recorriendo mi cuerpo, preparándome para él. Era una tortura que mis bragas frenaran el contacto entre mi piel y la suya. Bajé las manos a su cintura y me deshice de su cinturón a trompicones. Derek bajó sus manos para ayudar a las mías y con un movimiento rápido hicimos caer su pantalón y sus calzoncillos, liberando su dura erección. Se arrodilló al instante, se metió debajo de mi falda, y apartó las bragas con un brusco movimiento que hizo que las costuras rozaran mi clítoris al pasar, provocando que mi boca gritara de placer.

Sus labios besaron mi vagina, igual que lo hicieron antes con mi boca. Era arrollador. Volví a gemir. Mi excitación aumentaba con todo a mi alrededor, el momento, el lugar, las emociones, él. Volví a agarrarle fuerte del pelo y elevarle para unirme a su boca. Al hacerlo su glande rozó con mis labios, colocándose justo en la entrada, esperando a poder entrar, cómo si necesitara de mi permiso para hacerlo. Hazlo. Le dije en uno de los instantes en los que cogimos aire, y al segundo noté la embestida. Su feroz penetración, haciéndome sentir llena de él. Ambos gemimos con la boca abierta sin dejar de rozar nuestros labios.

Sin compasión, Derek penetraba en mí una y otra vez, al ritmo de la canción, lento pero profundo. Alzó la vista y nos quedamos mirándonos a dos centímetros, viendo la excitación en la mirada del otro. Las embestidas aumentaron de ritmo hasta hacer que mi cuerpo perdiera por completo el control. Agarré el cuello de Derek con mi brazo izquierdo e intenté sostenerme sobre la barra con el derecho, sentía que perdía el equilibrio, que no podía controlar mi cuerpo. Notaba cómo el orgasmo me invadía. Mi cabeza retrocedió como lo había hecho antes, elevando mis pechos aún más. Se me retorcieron los dedos de los pies, me temblaban las piernas, no podía respirar con regularidad. Lo necesitaba, lo quería. Cerré los ojos y me dejé poseer por aquel magnífico orgasmo. Tenía la sensación que nunca antes me había corrido igual. Noté cómo el miembro de Derek se ponía aun más duro dentro de mí y cómo al ver mi reacción se dejaba ir en mi interior, en una explosión de placer que nos dejó a ambos exhaustos.

Domingo 1:30

Salía de aquella discoteca como si me hubiera vuelto a enamorar de una parte de mí que desconocía hasta entonces. Hablamos sobre el futuro. Íbamos a hacer las maletas aquella misma noche, nos íbamos de aquel oscuro lugar. Ver cómo me miraba me encendía el alma. No podíamos dejar de besarnos, de abrazarnos, de sentirnos. Echaba de menos estar con él. Últimamente sentía que nos estábamos perdiendo.

Salimos por la puerta de atrás dejando que el frío golpeara nuestros cuerpos aún calientes. Atravesamos a la gente que fumaba y nos metimos por un atajo para llegar a mi casa. Todo estaba en calma, solo se oían nuestras risas. Hasta que un ruido nos alertó y ambos nos giramos bruscamente para saber de dónde venía.

Un hombre vestido con un elegante traje y dos hombres que más bien parecían gorilas nos estaban siguiendo desde hacía varios minutos. Era Richard. No le conocía, pero la ira en la cara de Derek me hizo saber que era él. No dijo nada. Los tres alzaron sus armas. Derek agarró fuerte mi mano e intentó inútilmente poner su cuerpo frente al mío para recibir los impactos de bala.

Ambos caímos al suelo haciendo un gran ruido al golpear nuestras cabezas sobre el asfalto. Nos miramos entre el vao que salía por nuestras gargantas y las lágrimas de nuestros ojos. Podía notar cómo nos mojaba la sangre. Apreté con la poca fuerza que me quedaba su mano y con mi último aliento le dije: “Está bien, esto tenía que acabar de algún modo”. Nos sonreímos cómplices de aquel momento y eso nos bastó.

 

Domingo 1:45

Dejé que me invadiera la oscuridad. Cerré los ojos para absorber su perfume una vez más. Su inconfundible perfume mezclado con sangre y pólvora.