¿Qué es lo que realmente quieren las mujeres?

21 de octubre de 2019

María Díaz Crujera, Mujeres Soberanas

Cuenta la leyenda que el rey Arturo fue retado por el terrible sir Gromer. Para salvar su vida, tenía que resolver acertadamente en el plazo de un año un acertijo: ¿qué es lo que realmente quieren las mujeres? Su sobrino sir Gawain, aunque tenía mucho éxito entre las damas de la corte, no tenía ni idea de la respuesta. Para salvar a su tío, el joven decidió recorrer el reino durante un año y preguntar a toda mujer que se encontrara qué era lo que más deseaba. Al cabo de aquel año había recogido muchas respuestas, pero tan diversas que no fue capaz de decidir cuál sería la correcta.

El día en que se cumplía el plazo y aún sin respuesta, el rey se adentra en el bosque para entregarse a su enemigo sir Gromer. En un claro, se topa con un ser horripilante que resultó ser una mujer, lady Ragnell. Ella le ofrece la respuesta correcta que le salvará si, a cambio, el apuesto sir Gawain acepta casarse con ella.

Su sobrino, por salvar a su tío, acepta y obtienen la respuesta al acertijo: “Lo que más desean las mujeres es ser soberanas de sí mismas”.

El cuento no acaba aquí, pero lo que me interesa ahora es la respuesta a la pregunta-acertijo: ¿Qué es lo que realmente quieren las mujeres?

Quizá sir Gawain no encontraba la respuesta correcta porque la pregunta en sí es una trampa. Cada mujer es única y peculiar, por eso cada una de las mujeres a las que preguntó contestaba de forma diferente. Cada una de ellas quería decidir sobre sí misma y su vida, ser soberana de sí misma, si bien para cada una esto tenía un significado propio y particular.

En la cultura que heredamos, desde la antigüedad, para las mujeres no era compatible poseer soberanía y dignidad al mismo tiempo. En la antigua Atenas, las mujeres dignas y respetables eran propiedad de su marido, y solo las hetairas se pertenecían a sí mismas; eso sí, eran estigmatizadas y moralmente reprobadas. Se trataba de prostitutas de clase alta, que no sólo ofrecían servicios carnales, sino también compañía y conversación, habiendo sido educadas en oratoria, filosofía y artes. Eran independientes en el ámbito económico, no pertenecían a un hombre, pero no eran mujeres respetables socialmente.

Aunque las cosas han cambiado bastante, aún hoy muchas mujeres seguimos creciendo en un ambiente en el que, si conoces, exploras y disfrutas tu cuerpo a tu antojo, eres juzgada por ello. Conocer nuestro cuerpo, lo que nos gusta experimentar en él y expresarlo libremente, en muchas ocasiones, sigue calificándose como ser una “puta”, pretendiendo que sea un insulto.

Nuestra educación ha tenido y sigue teniendo notables trazas de puritanismo que se pone de manifiesto en situaciones cotidianas o puntuales que desde niñas hemos ido “mamando”. Nuestro cuerpo se nos ha hecho ajeno y desconocido mediante frases como: “No te toques ahí, cochina” o alguna de sus variantes… Mi abuela tenía una expresión comodín que servía para todo: “Eso no es propio de una mocita”.

De esta manera, hemos visto limitadas las oportunidades de exploración de nuestro cuerpo, de sus posibilidades, de las diferentes cualidades de las sensaciones, intensidades, ritmos… Y, frecuentemente, las guardianas de esa decencia han sido madres y abuelas, que pretendiendo proteger de los supuestos peligros que acarrea el saber “demasiado” han privado a las pequeñas de estos aprendizajes, dejándolas en realidad perdidas en la ignorancia. Nuestros principales referentes femeninos, especialmente las madres, se nos mostraban como seres virginales y asexuados, cuyos cuerpos eran un misterio y, aparentemente, no gozaban ni deseaban. El silencio y la ocultación eran claves en el mantenimiento de esta expropiación de los cuerpos.

Aún conozco mujeres jóvenes que cuando tienen la regla “están malas” y que van a la ginecóloga para que les mire “ahí abajo”. De pequeñas no accedimos a un vocabulario más digno para nombrar nuestra vulva y lo relacionado con ella, y en los libros de texto escolares sigue sin aparecer el clítoris en la anatomía genital - ¡Total, si no es necesario en la reproducción! Y, para colmo, nos mete en el lío de hablar de placeres…-

Es importante hablar de vulvas, para hacerlas visibles, pensables, imaginables, lúdicas… acogidas en la globalidad de un cuerpo, también sexuado y sensual, que no siempre es aceptado, escuchado y valorado como se merece. Qué importante puede resultar para muchas mujeres poner un espejo entre sus piernas para observar su vulva con amabilidad y con la curiosidad de la niña que un día fueron.

Y por supuesto, qué necesario va a ser también reflexionar y hablar sobre qué pasa con los genitales de las mujeres que tienen pene o de aquellas cuya morfología genital no se parece a lo que se espera que “ha de ser” una vulva o un pene…

Por otro lado, en nuestra sociedad se fomenta una visión casi esquizofrénica sobre la propia imagen corporal, que debe responder a un patrón de belleza imposible de alcanzar, puesto que no es real ni “normal”. Un patrón de belleza que se presenta a través de imágenes absolutamente virtualizadas de cuerpos que no son reales. Si yo me miro al espejo y comparo mi imagen real con la del modelo irreal impuesto, resulta que mi cuerpo no es como “debería ser”. Esto me lleva a que no me guste mi cuerpo, a no aceptarlo. Es decir, a no gustarme a mí misma, a no aceptarme.

Esta mirada distorsionada se dirige hacia una misma y hacia las demás, lo que además genera situaciones de competitividad y recelo entre las mujeres.

Otra idea que está de fondo es la de que solo los cuerpos que se ajustan a determinadas formas, tamaños, texturas… tienen derecho a gozar, como si el resto de cuerpos no sintieran las caricias, las humedades o el calor que los inunda… como si el goce fuera un derecho solo de algunos cuerpos, cuando es una capacidad universal, un hecho que acontece a todos los seres humanos, simplemente porque estamos diseñados para sentir, para gozar.

Se dice que vivimos en una sociedad de culto al cuerpo, refiriéndose al empeño de conseguir una determinada imagen y estética acorde a la moda, a los cánones vigentes. Frente a ese falso culto al cuerpo, a mí me interesa cultivar el cuerpo desde otro lugar, el del disfrute de estar viva, de los placeres sensoriales de la piel y la carne, de las capacidades que todo cuerpo vivo tiene, sea como sea éste… Mi cuerpo es mi hogar, es mi forma de estar en el mundo y es digno de celebración y agradecimiento.

Conectar con el momento presente, a través de la respiración, del movimiento, del tacto, del juego, me facilita reapropiarme de mi cuerpo, conocerlo, descubrirlo y sintonizar con aquello que justamente ahora me apetece, sea estando sola o en la interacción con el otro, con la otra.

Muchas mujeres me dicen que tienen claro qué es lo que no quieren y suelen evitar. Pero ante la pregunta sobre lo que sí desean, muchas veces se sienten perdidas, no saben…

Poner el foco en lo que sí quiero, me gusta, me apetece, es muy revelador. Podemos empezar por explorar con nosotras mismas y con placeres “pequeñitos”. La actitud de apertura al placer se cultiva en lo cotidiano, en las pequeñas cosas diarias que me resultan gustosas como, por ejemplo, tomar mi infusión preferida poniendo toda mi atención en las sensaciones. Concentrarme en el olor, el sabor, la temperatura, el color… De la misma forma, buscar un rato de calma para, tras la ducha, poner toda mi consciencia en recorrer mi cuerpo con mis manos, con ese aceite aromático que tanto me gusta y, sencillamente, observar mis sensaciones, observarme…

Los descubrimientos de estas exploraciones serán los que puedan ofrecer luego en el juego erótico con sus amantes. Conocerme a mí misma me permite regalarle a la persona con quien comparto placeres el conocimiento de aquello que más me apetece justo en este momento. Ofrecer propuestas, pistas, peticiones, es brindarle a mi compañero o compañera de juegos la oportunidad de acompañarme en el goce haciéndome responsable de mi propio disfrute.

Los modelos impuestos que tenemos sobre cómo deben ser los encuentros eróticos muchas veces pesan como una losa. Ir descubriendo el camino mediante el juego, creando mi propio sendero en compañía de quien elijo, se facilita con la práctica de la comunicación: expresando y escuchando…

Como sexóloga, trabajar con grupos de mujeres me brinda la posibilidad de facilitar espacios de encuentro entre nosotras, lúdicos y amables, de escucha atenta y activa. Ambientes creados para encontrarme conmigo misma a través del encuentro con las demás. Crear entornos en los que el cuerpo tiene el protagonismo. Un espacio y un tiempo en el que habitar mi cuerpo, conectar con mi ser, y elaborar lo vivido a través de la palabra: poner palabras para mí, para visibilizar y revelar lo oculto, para hacerlo pensable; y poner palabras para facilitar la comunicación con quien estoy compartiendo.

Sea cual sea nuestra biografía, ponernos en contacto con nuestro cuerpo, es ponernos en contacto con nosotras mismas, por lo tanto, conocernos un poco más, hacernos conscientes de nuestra sexualidad, de nuestra erótica y abrir la puerta al cultivo del arte de amar.

Como decía al principio, entiendo la soberanía como la capacidad de gobernarme a mí misma, de cuidarme, de tener la máxima autoridad sobre mi cuerpo, mis deseos, mis placeres… De expresarme desde todo mi poderío interno, siendo dueña de mí misma y haciéndome cargo de mi libertad. Y, para mí, el camino para ser soberana pasa por habitar mi cuerpo con placer y orgullo, por conocerme, aceptarme y amarme. Sabiéndome la digna propietaria de mi misma y todo lo que a mi cuerpo concierne.

Ah, si queréis saber cómo termina el cuento de lady Ragnell, ahí va el desenlace:

En la noche de bodas cuando se quedaron a solas, sir Gawain haciéndose a la idea de que ella sería su mujer y, por lo tanto, más le valía empezar a valorarla, le besó en los labios. Con el suave y breve gesto afloró su auténtica belleza. Un hechizo la había mantenido bajo un horrible aspecto y el beso había roto el encantamiento, aunque solo en parte. Ahora lady Ragnell mantendría cada aspecto la mitad del tiempo. Entonces, le dio a elegir a él si prefería que ella fuera bella de día ante los ojos de los demás y horrible por la noche cuando compartieran la intimidad de la alcoba; o si prefería que se mostrara hermosa en esos momentos juntos y espantosa el resto del tiempo.

El muchacho, que era muy aplicado y había pillado de qué iba la onda, le contestó que solo ella podía elegir su destino, que ella eligiera soberanamente sobre su vida. Y justo esta respuesta fue la que deshizo completamente el sortilegio y así fue como lady Ragnell volvió a mostrar día y noche su original belleza.

Belleza, cuyas características no conocemos, pues en la leyenda, como en la mayoría de los cuentos de tradición oral, no se describen, para que cada cual pueda imaginarla a su manera. Pues la belleza real no se corresponde con un modelo concreto. Es bella quien desde el conocimiento y aceptación de sí misma se muestra en todo su esplendor. Ser atractiva depende sobre todo de la propia actitud: al saberme hermosa tal como soy, reflejo esa hermosura en los ojos de quien me mira, en las manos de quien me toca, en los oídos de quien me escucha… Pero esta es otra historia que en otro momento podremos contar.