El secreto mejor guardado sobre la virginidad

29 de noviembre de 2019

Laura Marcilla

Sobre la virginidad se han escrito ríos de tinta y dependiendo del momento se ha hablado de ella como algo sagrado que hay que conservar o como un lastre que hay que “perder” al llegar a cierta edad.

De hecho, en mi propia experiencia impartiendo talleres de educación sexual, me doy cuenta de que la virginidad y todo lo que la rodea es un tema recurrente y que ocupa una posición central en las preocupaciones de los adolescentes.

“¿Cómo puedo saber si mi pareja es virgen? ¿Cómo hago para que no me duela perder la virginidad? ¿A qué edad se debe perder la virginidad? ¿Cómo sabes cuando estás preparado para perder la virginidad? Etc…”

Esta y otras cuestiones aparecen a diario, generalmente revestidas con un tono de preocupación, de inquietud, de ansiedad e incluso de miedo. Existen muchas presiones en torno a las relaciones sexuales que a menudo empujan a la gente joven (y no tan joven) a realizar practicas que no desean o en momentos en los que no se sienten realmente dispuestos a ello.

Por esta razón considero que la información que estoy a punto de compartir puede ser una de las verdades más tranquilizadoras que existe en cuanto a sexualidad. Por favor, acompañadme con un imaginario redoble de tambores…: LA VIRGINIDAD NO EXISTE.

Así, tal cual lo leéis. La virginidad no existe, nos la hemos inventado. No se encuentra en ninguna parte de nuestro cuerpo, ni la podemos medir u observar. No está en el himen como nos han hecho creer durante mucho tiempo (de hecho, ni todas las vaginas tienen himen, ni este se tiene porque romper con una penetración). La virginidad no es algo que se pierda, porque nunca la hemos tenido, porque es solo un concepto (cargado de moralina) que las personas hemos popularizado para poder dividir a la gente en función de si han tenido relaciones sexuales o no. Y no cualquier tipo de relación sexual, no: penetración. Pene + vagina. ¿Qué pasa con las lesbianas? ¿Y con los gays? ¿Y con el resto de maravillosas prácticas sexuales que no parecen haberse ganado el honor de ser tan importantes como para quitarnos la etiqueta “virgen” de la frente?

Como decía, el concepto imaginario de virginidad solo tiene la importancia que le queramos dar, porque ni nos convertimos en personas diferentes tras nuestra primera penetración (si es que acaso queremos tenerla siquiera), ni tiene por qué ser más importante esta primera vez que otras primeras veces como el primer beso, la primera masturbación, el primer orgasmo o la primera vez que duermes al lado de alguien.

Y ojo, que no pretendo desmerecer lo importante que puede ser una primera vez en la vida de cualquiera. ¿Puede ser especial la primera relación sexual con otra persona? Por supuesto que sí, especialmente si vamos a ella con deseo y entusiasmo. Pero precisamente por ello me parece muy triste que se hable de ello como “perder” algo cuando lo que estamos haciendo es ganar experiencias.

Y lo más grave del asunto es que no nos limitamos a dividir a la gente en esas dos cajas inventadas de “virgen” o “no virgen”, sino que les juzgamos en función de la caja en la que están (en la que les hemos metido, más bien). Y ellos se sienten juzgados y juzgadas, por salidos, por guarras, por desesperados, por pringadas o por cualquier otro término que usemos contra alguien cuando tenemos información sobre su historial sexual (o la ausencia del mismo).

Así que, por favor, repetid conmigo bien alto que la virginidad no existe. Hasta que nos lo creamos de verdad y actuemos en consecuencia, hasta que la gente deje de sufrir por cuándo o cómo hacerlo para que la sociedad lo considere “correcto”, hasta que consigamos cambiar el tono de las preguntas de los jóvenes y, en vez de pedir consejos para que no duela, pidan consejos para disfrutar al máximo. Hasta que no necesiten la aprobación de nadie para elegir qué hacer o qué no hacer con sus cuerpos.

Y seguramente entonces, todos seremos más felices. Porque la virginidad no existe, pero todavía pesa, vaya que si pesa…