Voces en tu cabeza

19 de enero de 2020

Santiago Pérez Hernández

Decir; “yo soy una multitud” puede resultar confuso, incluso agobiante. Pero a veces te pasa, dentro de tu cabeza tienes una multitud que se agolpa. El agobio que sientes se debe a que todas las voces quieren hablar, y la mayoría de las veces, todos a la vez. Es importante aprender a ignorarles, como sino fueran parte de ti, pero llaman constantemente la atención, tu atención. Insisten, se repiten, te taladran como aquella canción.

Cuando escuchas esas voces, quizá pienses que estás severamente trastornado, pero la realidad es que no tiene porqué, de hecho, si lo piensas, le pasa a todo el mundo. Gente que habla sola, gente que mira su teléfono, y va a su bola. En realidad, ¿de qué estamos hablando? Pues de que todos tenemos conversaciones con nosotros mismos, y por mucho que queramos, hay voces que no podemos callar.

Seguro que en muchas ocasiones quieres hacer algo y otro “algo” te lo impide. Esto seguramente te generará impotencia y te plantearás si lo quieres hacer, por qué no lo haces. En otras ocasiones sabes que no lo tienes que hacer, pero aún así, lo acabas haciendo, te llamas tonto, ¡gilipollas!, pero lo acabas haciendo, y no lo entiendes.

La explicación nace en que las personas tenemos diferentes “yoes”, y no siempre están de acuerdo. Tu “yo” más niño, el adolescente, el crítico... Esas vocecitas hablan como si te conocieran. En realidad te conocen mejor que nadie, en realidad cada voz es una parte de ti.

Seguro que muchas veces has ardido en deseos de aplacarlas, de silenciarlas y sentarles en el banquillo. Pero casi nunca lo has conseguido. Eso pasa porque una parte de ti se ha congelado, no te permite avanzar, como si quisieras correr y estuvieras atado a una cuerda. Tú corres hacia delante y ella tira para que vuelvas.

Habitualmente es una parte de ti a la que nunca quieres mirar, porque es demasiado dolorosa. Volver ahí te hace daño, has combatido toda la vida por mantener esos recuerdos ocultos. Eran episodios que envolvías, metías en una caja, cerrabas con llave y te la tragabas. Sin masticar, para dentro. Y como todo lo que no digieres, tu cuerpo lo devolvía, y lo devolvió. Una y otra vez, porque tu empeño por tragar, solo era proporcional a la fuerza con lo que lo sacabas.

Pero nadie se daba cuenta, o eso creías tú. Si hablabas, si lo contabas, te sentiría muy débil, o eso creías. A veces dudas de que sea tu voz la que habla, porque estás congelado, porque hubo personas que hicieron de ti lo que les salió del haba. Dejándote cicatrices sin cerrar, queloides, cicatrices con trozos, cicatrozos.

Al final, saliste. Seguiste adelante, con un pie en el pasado y otro en el presente. Lograste verbalizarlo. Y rompiste la cuerda. Recuerda que sois un montón, el congelado, el hervido y el ahumado. Porque una multitud discutiendo son una guerra, pero unidos, sois bandera. Sé que te despides hablando bajito, sin gritar, tu “yo” se está descongelando, estás en ello.