A ciegas

 

 

 "No dejaba de rozarme sobre su pantalón. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. Los besos nos fundían y nos calentaban más."

MELANIE QUINTANA MOLERO

Lo conocí en la biblioteca de la universidad donde ambos estudiábamos Veterinaria. Los dos escogimos la misma carrera, aunque con diferentes perspectivas y no con las mismas facilidades para ello. Le observaba anonadada desde mi mesa, escondida tras los libros. Me encantaba verle pasar los dedos sobre las páginas, esa sensibilidad que le hacía ver de algún modo y mi cabeza fantaseaba con que hiciera lo mismo sobre mi piel.

Las semanas pasaban, no recuerdo cuánto tiempo invertí mirándole. Sus manos fornidas recorrían aquellos textos de una manera en la que no podía dejar de imaginar cómo sería estar con alguien que no pudiera verme.

Semanas más tarde reuní el suficiente valor como para acercarme y hablarle. Me senté a su lado y desplegué sobre la mesa todos mis apuntes, respiré profundamente, esperando coger las fuerzas que me faltaban y dije:

– Hola.

– ¡Ah! Hola, eres tú. Pensé que nunca te acercarías a saludarme. – Su respuesta me dejo del todo perpleja. Me lo dijo con una seguridad inusitada mientras sonreía de medio lado. ¿Acaso sabe quién soy? Si nunca me ha visto, no ha podido ser capaz de ver como le miraba siempre desde el otro lado de la biblioteca… ¿no?

– Tu perfume… es el que te ha delatado. – Vaya, pensé, y no pude evitar olerme a mi misma.

Una mueca imperceptible para él se dibujaba en la comisura de mis labios. Nos presentamos con un apretón de manos, seguido de un beso robado en la mejilla por su parte. Me parecía un tío de lo más interesante y atrevido. Era guapo y definitivamente estaba fuerte, de lejos parecía un chico malote con gafas de sol de esos que tanto nos pone a las chicas.

Mientras hablábamos de temas relacionados con las clases y materias que nos tocaban estudiar ese semestre, no podía dejar de estudiar su físico descaradamente. Tenía unas manos firmes, robustas y muy varoniles. No pude evitar pensar en cómo tocarían mi cuerpo esas manos.

Sonó el timbre y el ruido me sacó de la burbuja que me había creado. Al hacer amago de retirar la silla y ante una inevitable despedida, me agarró de la mano y se me puso la piel de gallina.

– Me gustaría mucho invitarte a cenar mañana. Podríamos estudiar juntos. A mi compañero de habitación no creo que le moleste. – Me dijo mientras abría su bastón y acariciaba mi brazo a modo de despedida. – Tragué saliva, mi corazón se volvió loco ante su caricia.

– Claro. – No pude decir nada más. La piel de la espalda se me estaba erizando. – Mañana al acabar las clases nos vemos aquí mismo. – Mierdaaa… soy retrasada, pensé al instante. –Disculpa no quería ser grosera. A veces se me olvida que…

– ¡Tranquila! – Me dijo con voz calmada. – Lo cierto es que me encantaría verte aquí. – Obviamente iba con segundas. Me quedé petrificada observando su amplia sonrisa, hasta que vi que se inclinaba hacía mi. – Ha sido un placer Elena… – Me susurró al oído y se despidió con un beso en la mejilla. Pude percibir como sus fosas nasales se abrían para exhalar todo mi perfume al acercarse y se me volvió a erizar la piel.

Pasé la noche en vela pensando en lo que había ocurrido. No sabía nada de él, sólo que era un chico mono con una voz melodiosamente sensual que estudiaba en la misma facultad que yo. Tenía la sensación de que jugaba con ventaja sobre mí, como si pudiera ver más que yo. Todo él tenía un aire misterioso muy embriagador.

Recordé sus fuertes manos mientras me acariciaba el brazo antes de despedirse y cómo me hicieron estremecer. Un calor súbito comenzó a quemarme los muslos y no pude evitar masturbarme. Una y otra vez.

A eso de las 20:00 el timbre volvió a sonar, recogí mis apuntes y me dirigí con paso acelerado a la biblioteca. Caminaba por el pasillo nerviosa cuando lo vi a lo lejos acompañado de su perro lazarillo. Me puse frente a él sonriendo como una boba al perro, me encantan los perros. No me dio tiempo a decir nada.

– Buenas noches señorita Chanell nº 5. ¿Lista para cenar? He pedido comida japonesa en el restaurante del campus. Nos la subirán dentro de un rato. Espero que te gusté. – Había acertado con la cena. Este chico prometía…

– Buenas noches Adrián. Parece que vamos a ser tres. – Le dije mientras acariciaba al perro.

– Se llama Kira. Es mi compañera de habitación. – Así que no le iba a molestar que fuéramos…ya.

Durante el trayecto, mientras conversábamos de todo y de nada, pude apreciar cómo la gente nos miraba. Pero no sabía si a mí, a él o a la perra. No sé, yo solo tenía ojos para su boca. Intenté imaginar cómo sería mi vida sin la vista y agudicé todo lo que pude mis otros sentidos. Acaricié la barra de las escaleras apreciando el frío metal, puse mi atención en el viento y en las conversaciones de mi alrededor.

Adrián tenía una habitación muy sencilla y diáfana, sin muchos muebles. Kira abrió la puerta con su hocico y encendió las luces con su pata. Sin duda era más lista que mi compañera de habitación, Marta.

Me ofreció sentarme y poco después nos pusimos a estudiar. Al poco rato llegó la cena. Me gustó mucho el sushi pero lo que más me gustó fue la forma en la que él me enseño a apreciar más los sabores: comiendo con las manos.

– Si no te importa me gustaría que estemos en igualdad de condiciones. – No entendía nada… y él se dio cuenta. – Me gustaría vendarte los ojos para que aprecies la cena como yo lo hago.

Me pareció una idea fantástica. Cada bocado inundaba mi paladar de sabor mientras Adrián con su voz sensual me deleitaba explicando los secretos de la cocina japonesa. Era culto, inteligente y tenía ese punto de misterio que me encantaba.

La cena fue todo un festín de sabores para mis sentidos. Me sentía enormemente excitada con la venda puesta. Pero no quería parecer demasiado lanzada.

– Tu respiración te delata. – Soltó de repente y me acarició el muslo con sumo cuidado, deslizando todos sus dedos sobre mi piel. Ahora sí que estaba tremendamente excitada… así que no me lo pensé. Me lancé a por su boca como una loba hacía su presa.

Me sentía borracha de vino, de sabores, de sentidos y de él, de su sabor. Me devolvió el beso de manera arrolladora agarrando mi cabeza por la nuca y acercándome más hacia él, como si nos quisiéramos devorar el uno al otro. Le deseaba más que a nadie en el mundo. Le deseaba con todos mis sentidos, literalmente, y más en aquel instante en el que no podía ver.

Nos besamos un buen rato. Nuestras lenguas se entrelazaban. Sus manos dejaron de prestar atención a mi pelo y de deslizaron por mi espalda, invitándome a más.

– Tienes una piel especialmente delicada, fina y preciosa. Me encanta el olor de tu cabello y como se te erizan los pezones solo con oír mi voz. – Me dijo en un momento en el que paramos para tomar aire. No pude evitar soltar un gemido ahogado y le empujé sobre el respaldo del sofá, para colocarme a horcajadas sobre él.

Mi vulva se expuso completamente a él arcaizando su erección sobre la ropa. Su boca entreabierta sobre la mía anunciaba el desenlace. Note que le gustaba deleitarse escuchando el compás de mi respiración y dejándome mover libremente sobre él.

No dejaba de rozarme sobre su pantalón. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. Los besos nos fundían y nos calentaban más. Le agarraba del pelo, de los hombros, de los brazos, quería hacerlo mío, liberarme sobre él. Estaba tan excitado como yo, notaba su pene duro como una piedra, apunto de explotar. Y eso fue lo que sucedió, nos corrimos los dos a la vez, sincronizados con los movimientos de mi pelvis.

Cogimos aire para respirar, no era habitual que me corriera en un encuentro al mismo tiempo que mi amante. Aquello fue una explosión de sensaciones. No quería alejarme de su boca, así que le volví a besar, esta vez, fue un beso cariñoso.

– Es mi primera vez a ciegas. – Le dije, y ambos empezamos a reír. Aquello sin duda alguna era el principio de algo.