Un nuevo juguete

Estaba nerviosa. El sofá olía a él. Todo olía a él desde que entré por la puerta, como si su presencia se apoderase de mi sentido del olfato y no pudiera oler otra cosa. Y allí estaba yo, sin saber muy bien qué decir o cómo acomodarme. Cruzaba las piernas de mil maneras diferentes, me apoyaba sobre el reposa manos, miraba mi reflejo en la tele apagada, me colocaba el pelo, me mordía el labio…

– ¡Solo quedan dos! – me sobresalté cuando entró al salón con dos cervezas en la mano y por un instante me sentí estúpida con la posición incómoda que había adoptado a su llegada y con aquella sonrisa tonta en mi cara. – Por lo menos están frías… – dijo ofreciéndome una de ellas antes de sentarse a mi lado.

– Sí… están frías… – ¡pero qué comentario más absurdo! Me recriminé a mi misma. Solía hacerlo a menudo. Hablar con alguien que me excita nunca se me dio bien.

– Bueno y… ¿qué te apetece hacer hoy? – ¡joder! Casi me atraganto con el primer trago. ¡Él y sus comentarios! No se andaba con rodeos, como siempre…

– Amm, ¿qué propones? – intenté sonar segura. Como si me diera igual todo. Como si su mera presencia no causara ningún efecto sobre mí, aunque el temblor inconsciente de mi pierna me delató.

– ¿Estás nerviosa? – me preguntó poniendo la mano sobre mi pierna.

– Noooo, ¿por qué lo dices? – le contesté evitando su mirada y dándole a entender que todo eran imaginaciones suyas. Su sonrisa de medio lado mientras me miraba la boca con deseo me dejaba claro que a) no me había creído y b) él tenía el control. ¡Joder! Vale… más despacio, le imploraba a mi corazón.

– Me he comprado un juguete nuevo – solté de sopetón, mientras controlaba la respiración que empezaba a ser… muy irregular. Aquello llamó su atención y nuestras miradas conectaron en lo que me pareció un instante eterno.

Me levanté del sofá rezando por que no me fallaran las piernas de camino al bolso. Posé la cerveza sobre el borde de la mesa del comedor donde estaba, y  busqué el juguete con ambas manos. ¡Vamos…! ¿Dónde está? Al final lo encontré. Estaba junto al paquete de Clara, mi pareja. El paquete que tendría que haber llevado esta mañana a Correos. Aún me da tiempo a llevarlo luego… seguro que hoy cierran a…

– ¿Te ayudo? – no me había dado cuenta de que se había colocado junto a mí y una vez más volví a sobresaltarme, con tan mala pata que tiré la cerveza al suelo haciendo la botella añicos. – No te preocupes – Alex se agachó corriendo intentando que yo no me apurara y yo me agaché al mismo tiempo intentando que él no la recogiera. El golpe de nuestras cabezas fue épico, y quedé sentada encima de la alfombra con las piernas abiertas y el juguete en la mano con la que me agarraba la cabeza. Cuando abrí los ojos ambos nos miramos y no pudimos evitar la carcajada, la verdad es que ¡a torpe, nadie me ganaba! Me gusta mucho eso de Alex. Reírme con él de nuestras torpezas, de lo que nos hace reales. Clara es siempre tan seria cuando follábamos, esperando a que todo sea perfecto, con la maldita presión que ella se auto exige para... – ¿Has comprado el Gigi de LELO? – preguntó Alex sacándome de mi reflexión interna.

– Sí – se acercó y se puso frente a mí para poder verlo mejor. Eso también me gustaba. Era curioso. – Es para el punto G – anoté mientras le daba vueltas. No tardó en aparecer de nuevo su sonrisa pícara en la cara. Dioses… qué cachonda me ponía esa cara. Era un maldito interruptor que conectaba directamente con mi vulva, lubricándola y…

– Quiero probarlo – no fue una pregunta, pero tampoco iba a rebatir esa idea. – Me gustaría saber qué provoca en tu cuerpo – me dijo mientras se acercaba gatunamente a mi boca con la intención de devorarla, devorarme, devorarnos; como solíamos hacer siempre. ¡Joder! Me encantan sus besos.

Como si lo hubiéramos ensayado a diario, mis labios se abrieron dejando que los suyos se acomodasen en mí. En cuanto noté su calor abrí la boca para que me llenara con la suya. Su lengua sabía dónde posarse y a cada movimiento me lubricaba más y más. Mordisqueaba mi  labio inferior como si fuera suyo. Lo es, en este instante soy toda suya. Movía las caderas levemente contra él esperando recibir las sensaciones de su cuerpo sobre el mío. Le deseaba y era evidente que él también a mí. No podíamos parar de jugar con nuestras bocas.

Oí cómo encendía el juguete y el movimiento de mi cadera se volvió más marcado, y no tan sutil como al principio. Agarró mi nuca con una de sus manos para profundizar más en el beso y yo hice lo mismo. Le agarré  de su larga melena acercándole más a mí.

Se hizo hueco entre mis piernas separándolas con las suyas. Se puso de rodillas sujetando mi movimiento, y dejándome totalmente expuesta a él. Apoyé mi peso en el suelo, sujetándome como podía con una mano sobre la alfombra y otra en su cabeza; y las piernas abiertas de par en par. Sin pensárselo me subió el vestido y colocó a Gigi sobre mis bragas. Justo encima del glande de mi clítoris.

Tuve que separarme de su boca para respirar. La sensación fue frenética. El impacto del ritmo de la vibración sobre mi cuerpo fue brutal. No dejó que nuestras bocas estuvieran separadas durante mucho tiempo y volvió a poseerme con su lengua mientras cambiaba la vibración sobre mis bragas. Moviéndolo de arriba abajo. Jugando con la expectación del contacto y mi necesidad de él.

No tarde en empapar las bragas. Era evidente el rastro que dejaba por dónde pasaba el juguete. Se dio cuenta y no pudo evitar sonreír sobre mi boca, conectando por un instante nuestras miradas lujuriosas. Posó a Gigi sobre la alfombra y admiro con el tacto de sus dedos la obra de arte que había creado con mi humedad. Estaba tan excitada que el orgasmo era cada vez algo más cercano en el tiempo. Jugaba con las costuras de la tela, acariciándome la piel, rozando el límite entre mis nalgas y mi vulva. ¡Tócame! Te deseo, ¡tócame!

– ¿Qué quieres que haga ahora? – preguntó sobre mi boca, esperando órdenes.

– Lo que estabas haciendo antes – contesté entre beso y beso – pero sin bragas.

Dicho y hecho. Introdujo la mano por la costura superior y ayudándose de mis movimientos me dejó totalmente expuesta. Volvió a coger el juguete y a moverlo como antes, de arriba abajo, lento. Iba a explotar de placer. Sus besos cada vez eran más intensos y mi humedad estaba mojando la alfombra.

Los movimientos circulares de mi pelvis me hacían parecer una diosa, meciéndome, atrapada por el ritmo de un trance frenético. Al menos, así me sentía. Mi vulva se abría cada vez más al placer y el juguete no tardó en abrirse camino de manera natural. Primero la puntita. Poco a poco. Alex jugaba con el movimiento y las vibraciones. Más lento, más rápido, más intenso. Fuera y dentro. Fuera y dentro. Mientras seguía devorándome.

Hasta que noté la embestida y las sensaciones de Gigi totalmente en mi interior. Dentro de mi vagina palpitante de deseo. Y ahí se quedó, quieto, cambiando simplemente la vibración. Haciéndome enloquecer, cada vez un poco más. Alex disfrutaba con cada sonido que salía de mi garganta hacia la suya. Empujo el juguete hacia abajo lentamente lo que provocó que directamente Gigi se conectara con mi punto G. Y una vez más empezó a moverse. Dentro y fuera. Dentro y fuera. Paraba para que notara el cambio de vibraciones en mi interior y volvía a cambiar el ritmo, acompasándolo a mis movimientos.

El placer era cada vez más intenso, la piel se me erizaba, los dedos de los pies se me curvaban intentando sujetarme al suelo, y entonces llegó un glorioso orgasmo que me recorrió de arriba abajo como un huracán. No pude evitar echar la cabeza hacia atrás y lanzar un grito ahogado por mi propio placer.

El corazón latía con fuerza y yo me regocijé en esa sensación, con los ojos cerrados y con Gigi aún dentro, vibrando justo en el punto que me había vuelto loca. Haciendo que el orgasmo se prolongara. Cuando abrí los ojos me encontré a Alex admirándome. De nuevo con esa sonrisa en la cara. Él también respiraba con dificultad.

– Es uno de mis sonidos preferidos – dijo aún mirándome.

– ¿Cuál?

– El que sale por tu garganta cuando te llevo al clímax – no pude evitar sonreír de oreja a oreja. Adoraba a Alex, me encantaba pasar tiempo con él. De hecho, el tiempo volaba con él. ¡Mierda! El tiempo…

– ¿Qué hora es? – pregunté apurada.

– Las 19:30, ¿por qué tanta prisa? – siempre nos quedábamos con ganas de más, pero coincidir con el trabajo y nuestras respectivas parejas era complicado. Los dos lo sabíamos y nos lo tomábamos con humor.

– Tengo que ir a entregar un paquete de Clara a Correos antes de que cierren – contesté mientras me levantaba y recogía todo. – Siento lo de la cerveza – dije al darme cuenta que no la habíamos recogido todavía.

– No te preocupes – contestó mientras me abrazaba con fuerza la cintura por la espalda. – ¿Vendréis las dos juntas la próxima vez?

– Puede… sabes que a ella también le encanta venir, pero cuando estamos los cuatro – me di la vuelta y le abracé con fuerza, dándole las gracias, sin palabras, por compartir aquel momento. Por aquel encuentro. Por aquel orgasmo. Él me devolvió el abrazo con el mismo mensaje implícito.

– ¡Estamos en contacto! – dijo mientras me acompañaba a la puerta.

– Siempre – dije antes de salir y lanzarle un beso desde las escaleras.

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MELANIE QUINTANA

Periodista y Sexóloga. Directora y coordinadora de equipo en Somos Peculiares.
Te puedo ayudar con tus relaciones, los conflictos, sexualidades, diversidades y peculiaridades.

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