¿Sabías que la palabra lesbiana viene de una isla griega?

Safo y Erina en un Jardín de Militene por Simeon Solomon

5 de febrero de 2020

Melanie Quintana Molero

Pues sí, lesbiana, o como hoy día conocemos la relación afectiva, amorosa y/o sexual entre dos mujeres, tiene su origen en Grecia, concretamente en una isla: Lesbos. Una isla que forma parte de un conjunto de islas cercanas a Turquía.

Esta isla es famosa por ser la patria de Safo, una poetisa del siglo V a.C. llamada por Platón “la décima musa”, conocida por escribir poemas en los que describía su amor hacia sus compañeras. De sus escritos se ha deducido que ella estaba a cargo de un grupo de mujeres a las que instruía y con las que se divertía, y aunque no ha sobrevivido mucha de su poesía, si que escribió sobre las vidas diarias de esas mujeres, sus relaciones y sus rituales.

Estos escritos son los primeros conocidos en los que se hace referencia al amor entre mujeres. El término lesbiana se acuñó debido a que estos escritos se originan en la isla de Lesbos, y así se atribuyó el origen del lesbianismo a esta isla. De hecho, la gente empezó a referirse a las mujeres que sentían atracción por otras mujeres como gente de Lesbos y suponemos que de esta expresión se fue derivando a la palabra “lesbiana”.

Fue en 1890 cuando la palabra Lesbiana se usó en un diccionario médico como adjetivo para describir el amor lésbico, el tribadismo o el amor entre dos mujeres, lo que se describió como: gratificación sexual de dos mujeres a través de la simulación del coito. Pero fue 20 años antes cuando se sabe que se utilizó por primera vez para describir una relación erótica entre mujeres, término que era intercambiable por “sáfica” y “sadismo” a principios del siglo XX.

En 1925 la palabra empezó a coger importancia en la literatura médica y a ser usada como sustantivo para referirse al equivalente de femenino de una sodomita. Es más, sexólogos como Richard von Krafft-Ebing llegaron a categorizarlo como un problema médico.

Eso sí, la cantidad de literatura médica dedicada a la homosexualidad femenina era mucho menor que la dedicada a la masculina, cosa que no nos sorprende ya que estaba redactada por hombres (en su mayoría), y no lo consideraban un problema significativo. De hecho, muchos de ellos ni reconocían su existencia.

Fue el mismo Richard von Krafft-Ebing de Alemania y Havelock Ellis del Reino Unido los que llegaron a escribir que la homosexualidad femenina era un tipo de locura. El primero, que consideraba el lesbianismo o como él le llamaba, uranismo, una enfermedad neurológica y el segundo, influenciado por Krafft-Ebing creía que la condición no era permanente.

Ellis pensaba que la mayoría de las consideradas mujeres sáficas o lesbianas cambiaban sus sentimientos después de haberse casado y tener una “vida real”; aunque admitía que existían las “autenticas invertidas” que pasarían toda su vida con otras mujeres. A este grupo lo llamaba el “tercer sexo”. Las llamaba “invertidas” porque las calificaba en roles de género opuestos a su sexo y por su atracción hacia las mujeres y no hacía los hombres; y porque decía que estás mujeres tenían deseos sexuales masculinos, ya que solo los hombres por aquel entonces eran capaces de iniciar un encuentro sexual. Idea que fue aceptada, obviamente, muy bien por los varones heterosexuales…

El 17 de mayo de 1990 la OMS (Organización Mundial de la Salud), por suerte, excluyó la homosexualidad de la Clasificación estadística internacional de Enfermedades y otros Problemas de Salud.