De Peculiares

¿Qué es la vulvodinia y por qué muchas veces se lleva en silencio?

18 de marzo de 2020

Juncal Altzugarai

Supongo que muchas de vosotras en algún momento de vuestras vidas habéis sentido malestar, dolor, picazón, escozor… de la zona vulvar: en los labios externos e internos, en lo pliegues perivaginales, el clítoris, en la abertura vaginal. Pues bien, habéis sufrido de vulvodinia. Normalmente, esta afección suele ser circunstancial y temporal, pero hay personas con vulva que la sufren de manera prolongada e incluso crónica, lo que hace que tenga repercusión a otros niveles, como el psicológico o el social, lo que dificulta mucho que puedan tener una vida normal y satisfactoria.

La vulvodinia puede darse de manera generalizada en toda la zona vulvar, sin que seamos capaces de determinar el área de molestia. Otras veces, cuando se da en una zona concreta, hablamos de vulvodinia localizada. Cuando la molestia se da justo en la entrada vaginal, se suele hablar de vestibulodinia (en ocasiones, vulvodinia y vestibulodinia se utilizan como palabras homónimas). Esta última suele darse tras tener relaciones coitales, o un examen ginecológico, es decir, al ejercer presión en la zona de la entrada vaginal.

Pero las razones por las que la vulvodinia sucede son múltiples y muy diversas. Además, existen teorías de las que hablaremos aquí que pueden esclarecer y dar solución si al final se comprueba que son fiables y veraces. Es importante reseñar, que la causa más frecuente de la vulvodinia suele ser el impacto o presión directa sobre la vulva. 

Si utilizamos demasiado a menudo pantalones ajustados y pasamos mucho tiempo sentadas, es probable que suframos de vulvodinia en algún momento. Si además practicamos spinning o ciclismo, las probabilidades aumentan, ya que el sillín que utilicemos, por muy bueno y ergonómico que sea, seguimos ejerciendo presión sobre nuestros genitales externos. 

De todas formas, esto que os explico aquí, determinaría la causa de una vulvodinia circunstancial. Pero, ¿qué ocurre con las personas que sufren de esta afección de manera crónica? ¿Les afectan las mismas cosas? ¿Podrían evitarla dejando de llevar pantalones ajustados? La respuesta es no… bueno, a lo mejor aliviaría un poco dejar de ejercer presión sobre la zona, claro, aunque no se daría una remisión total en absoluto. 

El diagnóstico para estas personas suele tardar bastante tiempo en darse, ya que, o bien ellas mismas intentan sobrellevarlo a base de paracetamoles, o bien no dicen nada y lo llevan como pueden, o bien, ya en consulta, tras descartarse una infección o una afección cutánea, se van sin un diagnóstico a sus casas en el mejor de los casos. Otras veces (y conozco un par de casos con nombres y apellidos que han pasado por mi consulta), se les atribuyen factores psicológicos y se les trata con ansiolíticos, como si el dolor fuera inventado por su histeria (de la sobremedicación de las mujeres podríamos escribir una tesis doctoral, la verdad). Esto, más que calmarlas, hace que se encierren más aún en su desesperación y su silencio.

Normalmente, la vulvodinia de larga duración, se debe a una alteración nerviosa de la zona y esta puede tener varias causas (si se pudiese realizar un mapeo de las molestias, cuanto más preciso, sería una maravilla, a fin de saber determinar qué nervios en concreto están afectados). Hay personas que, por factores genéticos, tienen mayor densidad de receptores nerviosos en el área vulvar: lo que cuando se trata de placeres es maravilloso, cuando hay una pequeña irritación, se vuelve insoportable. 

Puede suceder también que exista una lesión nerviosa (puede ser una hernia discal, una cicatriz de la episiotomía retraída o adherida…). Tras una infección, por ejemplo, por candidiasis, los receptores del dolor de la vulva pueden verse irritados y dar sintomatología de vulvodinia durante un largo periodo de tiempo. Otra causa de esta afección, puede ser un desequilibrio inmunológico en la microbiota de la vulva (esto lo explica muy bien Miriam Al Adib Mediri en su libro “Hablemos de vaginas”). La alteración de los receptores hormonales del tejido de la zona (sobre todo en época de cambios) también puede hacer que tengamos molestias o ardor en la zona genital. Los cambios de alimentación y los factores ambientales son otra de las causas claras de esta afección.

¿Y qué tratamiento tiene la vulvodinia? Está claro que, por desgracia, normalmente, la pauta suele ser farmacológica (una crema anestésica, una crema hormonal, analgésicos orales, los ya citados ansiolíticos e incluso, antidepresivos). Este tratamiento solo trata los síntomas y no llega más allá. Mi recomendación es que el tratamiento se apoye en tres ejes:

El nutricional (mejor alguien que controle de nutrigenómica), que incluya una dieta que refuerce el sistema inmunológico, que devuelva el equilibrio a la flora intestinal, la disminución de oxalatos (que pueden crear una orina demasiado irritante), el aumento de los antioxidantes, probióticos y la fibra, la disminución de los alimentos procesados y el azúcar

El fisioterapéutico: Es importante realizar una reeducación de la sensibilidad de la zona, mediante biofeedback, electroterapia, ejercicios y masaje.

El sexológico: para un perfecto acompañamiento, en el que la información y la educación, tanto individual, como de pareja van a ser claves para que tratamiento sea un éxito.

Evidentemente, evitar malos hábitos como el tabaco, el estrés y el alcohol también serán fundamentales para que este tratamiento sea eficaz. Seguir estas recomendaciones también: utilizar ropa interior de algodón, evitar los pantalones demasiado apretados, utilizar lubricantes durante las relaciones coitales (al agua y con los mínimos perfumes/aromas), no utilizar ni geles, ni toallitas, ni desodorantes en la vulva… solo agua, evitar ejercicios que ejerzan presión sobre la zona genital (ciclismo, hípica,…), evitar tampones y compresas con blanqueantes y desodorantes, si hay dolor ponte frío en la zona.

Aún queda mucho por descubrir en lo que a esta afección se refiere. Se está investigando qué incidencia tiene la producción de colágeno en el alivio del dolor y cómo se comportan sus receptores tras las infecciones de orina y por candidiasis. Mientras se va arrojando un poco de luz, mi consejo es que, si crees que tienes vulvodinia, acudas a tu ginecóloga o matrona y que, si no te convence el tratamiento farmacológico, busques la alternativa que mejor creas que se ajusta a ti. Porque esta es mi visión, pero puede haber otras mil y son igual de válidas.

De Peculiares

La cadera de Eva: el viaje de la mujer en la civilización

21 de febrero de 2020

Juncal Altzugarai

Hay libros que a lo mejor escoges un poco por casualidad… o por intuición. A mí me pasó con “La cadera de Eva”. Lo vi y me lo tuve que comprar, casi sin mirar de qué rollo iba. El libro me eligió.

He de decir que es un libro de antropología, un libro que, a priori, es un pelín denso, pero que tiene tanta miga y está tan bien contado que te atrapa como si fuera una novela de ficción de las buenas.

Ha sido revelador. He encontrado montones de respuestas para las que aún no había ni siquiera formulado la pregunta. Me he encontrado con Lucy y me he enamorado de ella. Lucy es un esqueleto de homínida que encontraron en los años 70 en Etiopía y que se llama así porque en aquel momento sonaba en la radio Lucy in the sky with diamonds de los Beatles. Lucy es la primera Australopithecus Afarensis que apareció y que comenzó a dar pistas de cómo éramos hace cuatro millones de años. Ella, Lucy, fue quien comenzó la revolución de los afectos (o así me gusta sentirlo a mí).

¿Y te preguntarás por qué es Lucy tan importante? ¿En qué se diferenciaba ella del resto de homínidos encontrados hasta el momento? ¿Por qué vieron que ella era diferente? Pues bien, Lucy tenía una pelvis que difería bastante de los primates y primeros homínidos. Tenía una pelvis parecida a la nuestra. Esa pelvis es el eslabón entre la cuadrupedia de los primeros primates a la bipedestación. Y así es como Lucy lo cambió todo.

Cuando llegó la deforestación a la zona de Etiopía, los homínidos cuadrúpedos tuvieron que “reinventarse”, porque ya no podían ir de árbol en árbol y necesitaban otra manera de protegerse de los depredadores que no fuera subiéndose a lo más alto de las copas de los árboles. Ya no podían divisar desde lo alto para ver más allá. Así que, poco a poco, fueron tomando la posición erguida y utilizando las manos para desarrollar utensilios sencillos. Esto también favoreció que su cerebro fuera haciéndose cada vez más complejo.

¿Y qué pasó con la reproducción humana? ¿Por qué fue Lucy una revolucionaria de los afectos? Daos cuenta que, mientras los homínidos eran cuadrúpedos, sus atributos sexuales estaban al descubierto totalmente. La vulva de las hembras estaba siempre en posición receptiva. Cuando estaba en celo, los machos enseguida lo distinguían, ya que los labios vulvares se volvían más carnosos, más húmedos, más rosáceos. El homínido macho sabía que la hembra estaba preparada para ser fecundada. La penetración se hacía sin darse la cara. El coito era rápido, sin prolegómenos. Era funcional.

El macho penetraba a la hembra, eyaculaba y cada cual seguía con su tarea (por ejemplo, cascar una nuez con una piedra). Ya está. Hembra fecundada. Qué fácil todo. Pero llegó la bipedestación… y con ella los atributos sexuales de la hembra se escondieron. El macho ya no lo tenía tan fácil. Es cierto que en este momento (hace ya cuatro millones de años, recordad), las hembras comienzan a tener otros “distintivos” de que están receptivas a la fecundación: labios más carnosos, unos pechos más redondeados… aunque, y ahora llega lo bueno, ¿cómo se lo montaban para la penetración si las homínidas tenían la vulva oculta?

Creo que aquí, la naturaleza lo hizo muy bien, la verdad. Se salió. Lo bordó. Pensemos en la homínida cuadrúpeda partiendo una nuez con una piedra. Y que está fértil y receptiva. Llega el macho por detrás, la penetra, eyacula y ya. Ni se han mirado a la cara. La hembra ni se ha enterado, sigue con su tarea, que tiene hambre y quiere comer.

El semen del macho baja como por un tobogán hasta el útero, donde el óvulo espera a ser fecundado y ya está (es importante visualizar a la hembra a cuatro patas y el tobogán por el que se desliza el semen). Y aquí llega Lucy, que va a dos patas… y que, si el macho eyacula y ella se levanta como si nada, su semen chorrea por sus piernas y amenaza la extinción homínida.

Aquí es donde la evolución viene al rescate. Yo creo que la naturaleza pensó: “¿qué puedo hacer para que esta Lucy se aturda un poco y tenga que quedarse unos segundos tumbadita?”. Y, sí. Le dio el poder del placer. EL PLACER. El clítoris. El orgasmo femenino. Casi nada. Y poder mirarse a los ojos. Sentir. Sentir afecto. Sentir amor (u odio, claro). Empezar a acariciarse. La ternura. El coito cara a cara.  Eso lo cambió TODO. Ponernos de pie lo cambió todo. La evolución de nuestra pelvis los cambió todo.

Lee
De Peculiares

“My husband won´t fit” o la historia del vaginismo selectivo

7 de febrero de 2020

Juncal Altzugarai

¿Y si no te entrara el pene de tu pareja en la vagina? ¿Y si te llevaras muy bien con él, pero no pudierais llegar al coito, cambiaría algo?

Estas son las preguntas que me surgen al terminar de ver la serie japonesa de Netflix “My husband won´t fit”. La historia comienza con una chica de pueblo que va a la capital a estudiar a la universidad, y al lado de su apartamento vive un chico, que se le presenta en casa, como si fuera colega suyo de toda la vida. Ella parece que lo vive con cierto estupor y se deja hacer hasta tal punto que se empiezan a enrollar (sin poder ser penetrada, eso sí) y ya parece que son pareja. Qué cosa esto de la sexualidad en Japón. Qué diferente se vive todo. A mí, al principio me resultó hasta violento el papel activo del chico con respecto a la pasividad de ella. Entrar en esos códigos a una occidental como a mí, me costó, la verdad.

El tiempo pasa y a ellos dos se los ve súper felices. Se quieren mucho. Existe una complicidad maravillosa entre ellos… pero siguen sin poder tener relaciones sexuales con penetración (aunque se acarician, se masturban, practican sexo oral… se disfrutan). Lo intentan todo, con lubricantes, aceites, creando ambientes especiales… y nada. Alguna vez un poco con consecuencias un poco desastrosas para ella, que sangra bastante (aunque le dice a su chico que no le duele). Y allí siguen los dos. Con sus idas y venidas. Sus trabajos, sus inseguridades, sus deseos incumplidos…

Él recurre a la vía fácil: pagar por poder penetrar a una mujer. Ella encuentra un foro de internet, donde conoce a otros hombres que sí que son capaces de penetrarla. Qué cosa. Relaciones en las que no existe ni un ápice de cuidados, ni la más remota sombra de amorcito. La penetración como mera transacción y sí, así ella sí que puede albergar un pene en su vagina. Llegado a este punto a mí se me hacen las tripas un nudo y se me empiezan a ver las etiquetas que tengo tan incrustadas en mi ADN como mujer heterosexual que soy.

¿Cómo es posible que en situaciones tan desagradables puedas abrirte a que un hombre te penetre y no puedas hacerlo con tu pareja que tanto te quiere y tanto te cuida? ¿En qué se basa una relación de pareja? ¿Están sustentadas las relaciones heterosexuales en la capacidad para el coito? ¿Qué define una relación sentimental? ¿Y qué define una relación sexual? Se me amontonan las preguntas y las dudas. Yo como fisioterapeuta especializada en fisiosexología comienzo a cuestionarme muy fuerte: pero, el vaginismo… ¿es o no es? ¿Es un término absoluto? ¿No se da todo el rato ese cierre de la vagina, sin opción a que nada ni nadie nos penetre? Se ve que no y en “My husband won´t fit” lo narran muy clarito.

La serie sigue avanzando, como la relación entre ella y él. Y llega ese momentazo de la presión social por (tachán) tener criaturas. En Japón, a lo que se ve, tampoco se libran de esto. En el sexo se andan sin remilgos, pero luego son más tradicionales que en occidente, telita. Vaya temazo este. Y aquí comienzan sus dudas gordas, porque, claro, si él no puede eyacular dentro de ella de ninguna manera, no hay posibilidad alguna de que se pueda quedar embarazada. ¿Qué va a pasar, entonces? ¿Quieren realmente tener hijos? ¿Lo hacen por contentar a las familias, porque es lo que ahora se espera de ellos? No quiero hacer mucho spoiler, pero hay una escena absolutamente maravillosa (y bastante heavy metal) de ellos dos con sus respectivas familias hablando del tema criaturas que es canela en rama. Da para una tesis doctoral solamente esa escena.

Entre medias se cruzan un montón de subtramas con mucha miga: la situación familiar de una de las alumnas de ella, una posible maldición familiar, un amante con cierta dosis de empatía…

Después de un tiempo rumiando la serie, creo que tengo que volver a verla, a ver cuántas etiquetas se me revuelven esta vez y cuántos estereotipos que pensaba ya superados vuelvo a encontrarme pegados al cuerpo. Que hayan tenido que venir desde Japón a desmontarme el vaginismo me hace cierta gracia…

De Peculiares

¿Sirve cualquier vibrador para trabajar el suelo pélvico?

15 de enero de 2020

Juncal Altzugarai

Últimamente está tan de moda hablar del suelo pélvico como de los diversos juguetes sexuales que existen en el mercado. Lo que está claro es que hace tiempo que estos artefactos son mucho más fáciles de comprar, que hace años, y que, además, las personas que los venden están mucho más formadas y son capaces de aconsejar con mucha precisión sobre lo que necesitamos o queremos.

Por esta misma razón ha surgido todo un mundo de herramientas vibratorias tanto para nuestro placer, como para trabajar nuestra musculatura pélvica. Pero claro, el mercado es quien nos dice cosas como: este vibrador con esta forma concreta es para masturbarme; este otro, con esta otra forma es para trabajar por fuera de mi vulva; este otro es sólo para currar mi suelo pélvico desde mi vagina; y así, nos juntamos con varios dispositivos, que, aunque tengan una forma similar y movimientos vibratorios parecidos, dejamos que cada cual cumpla la función para la que viene destinado, porque, por ejemplo, viene escrito en la caja, o lo he comprado en una farmacia.

Pues resulta que existe una buena noticia para quienes no queréis acumular cacharritos vibratorios en vuestros cajones y para los que no os queráis gastar una pasta: los vibradores sirven tanto para masturbarnos como para trabajar el suelo pélvico (¡así, como lo lees!). Sólo es importante atender al tipo de vibración y saber qué queremos trabajar.

Comencemos hablando de la forma de los vibradores. Sabemos que en su mayoría son de forma fálica, pero existen además en forma de huevito, de bala, incluso de mariposa o patito. Los que van a ser más versátiles a la hora de realizar ejercicios terapéuticos, serán los de forma más o menos fálica y lo de forma de huevito o bala, ya que podremos utilizarlos, tanto por fuera (en nuestra vulva), como por dentro (trabajando tanto la musculatura vaginal, como, si lo necesitamos, también la anal). Así que, si tienes a mano algún vibrador de este tipo e intuyes que tienes problemas de suelo pélvico, puedes seguir leyendo este artículo y enterarte de todo.

Si no tengo un diagnóstico claro de mi musculatura perineal, pero tengo la sospecha de que algo sucede por esos lares, lo primero que he de hacer es una labor de observación. Es decir, si observo o siento que se me escapa la orina, si tengo pedos vaginales, si noto que me entra agua en mi cavidad vaginal cuando voy a la piscina, si tengo estreñimiento crónico, si tengo una mala postura y trabajo muchas horas de pie o sentada… Todo esto puede darme pistas de que mi suelo pélvico está un poco débil.

Si por el contrario, las sensaciones en mi vagina son de quemazón al intentar la penetración, si noto sequedad vaginal, si aprieto la mandíbula, si utilizo de forma habitual tacones, si sufro de endometriosis o de síndrome de congestión pélvica… lo más seguro es que mi suelo pélvico esté en tensión o en el peor de los casos, contracturado. Esto que contamos a continuación, no es sustitutivo de un buen tratamiento con una fisioterapeuta especializada, pero sí que te va a dar mucha información válida para hacerte consciente de tu salud muscular y será de gran ayuda para tu tratamiento.

¿Cómo comenzamos a trabajar con un vibrador en nuestra casa?

Mi consejo es siempre que elijas un momento en el que sepas que vas a estar sola y que no vayas a tener interrupciones posibles, ya que es un trabajo que ha de hacerse desde el cuidado y el mimo más absoluto y prestando atención en lo que está sucediendo. También te recomendaría anotar qué se te mueve durante los ejercicios, ya que a veces, al prestar atención de manera tan directa a nuestra vulva y vagina, pueden saltar alarmas, o emociones desagradables, en ocasiones, incluso, se despiertan fantasmas ya dormidos. No tiene por qué pasar, pero si sucede, es buen ejercicio escribir qué ha sucedido y acompañar el proceso de terapia sexológica.

Una vez realizada esta advertencia, que creo que es importante remarcar, vamos a ponernos manos a la obra.

  1. Para un suelo pélvico débil

En la gran mayoría de los casos, solemos atender a nuestra salud pélvica cuando sentimos que se nos escapa la orina o que, a lo mejor, no la retenemos como antes. Para potenciar y despertar a la musculatura “dormida”, que es la que está más débil, debemos aumentar el riego sanguíneo y estimular el sistema nervioso. Comprobamos que el vibrador que vamos a utilizar tiene un modo de vibración discontínua (probablemente, tenga más de un modo en discontínuo, pero comenzaremos por el más sencillo).

Una vez localizamos este modo, empezaremos a masajear de fuera hacia dentro ayudados de lubricante de agua (podríamos utilizar un aceite de masaje formulado para uso genital, pero no sería óptimo para la durabilidad de nuestro aparato); desde las ingles a los labios externos, de los labios externos a los internos, de los internos a la cavidad vaginal, podemos trabajar también alrededor del ano.

El movimiento ha de ser armónico y suave, sin golpeteos. Si hay una zona especialmente adormilada, podemos insistir ahí, dejando quieto nuestro vibrador en esta zona. Una vez hayamos terminado por la parte de fuera, siempre muy bien lubricado y lo más importante, si me siento preparada para ello, introduciremos el vibrador en la cavidad vaginal.

Al principio, el vibrador ha de dejarse quieto y sentiremos las ondas vibratorias a través de las paredes vaginales. Este primer ejercicio con el vibrador dentro es curioso, ya que se trata de observar nada más y hay veces que se sienten cosas nuevas. Una vez reconozcamos qué sucede en nuestra vagina (la musculatura ya va despertando), podemos acompañar con una contracción a cada vibración, acompañada de la exhalación del aire (la contracción siempre al soltar el aire).

Recuerda que la contracción vaginal hay que realizarla como si estuviéramos sorbiendo espaguetis, pero con el chichi. Cuando tengamos el ejercicio controlado, podemos intentarlo con otros modos de vibración discontínua que tenga tu juguete. Y cuando la vibración sea más fuerte, intentar contraer más fuerte también. Nunca realices el ejercicio durante más de 7/10 minutos, ya que la musculatura del suelo pélvico es muy sensible y no queremos agotarla. Eso sí, sé constante.

  1. Para un suelo pélvico con demasiado tono

Quizá no lo sepamos, pero muchas de nosotras, por el tipo de vida que llevamos, es probable que tengamos un suelo pélvico demasiado estresado, lo que a la larga nos va a llevar a que nuestra musculatura perineal se agote y termine por lo suelos. Así que, aunque no crea que pueda tener un problema, este ejercicio puede ser bueno para ti.

Esta vez, utilizaremos el vibrador el modo vibración constante. Así, conseguiremos adormecer el sistema nervioso que inerva nuestra vulva y vagina. Digamos que vamos a acunar a nuestras fibras musculares. La vibración constante atonta y relaja la musculatura (esto sirve pata toda la musculatura del cuerpo, sí, también para las cervicales).

Procederemos de igual manera que con el vibrador en modo discontínuo, de fuera hacia adentro. E igualmente, cuando introduzcamos nuestro artefacto en la vagina, también realizaremos rimero una labor de observación del impacto de las ondas en nuestra cavidad. Al terminar este ejercicio, es importante retirar el vibrador muy despacio y con sumo cuidado, para no “asustar” a la musculatura vaginal y que vuelva a tensionarse por el impacto de la extrusión.

En ambos casos, podemos terminar masturbándonos si nos da la gana. La liberación de endorfinas y oxitocina que consigamos mediante nuestro placer va a ser tan bueno tanto como para desestresar nuestras fibras musculares, como para despertar a las mismas.

Démonos placeres, todo el rato. Cada vez que podamos. Y démonos espacios para observarnos y cuidarnos.

De Peculiares

Cuando te dicen “haz vida normal” después del parto

26 de diciembre de 2019

Juncal Altzugarai

“Ahora ya puedes hacer vida normal”. Esta es la frase que escuchamos una gran mayoría de mujeres tras nuestra revisión ginecológica tras la famosa cuarentena. Si todo ha ido más o menos bien, no hay puntos infectados, ni nada raro, la recomendación suele ser que volvamos a nuestra vida de antes.

Es cierto que nadie, ni siquiera nuestras amigas más próximas, ni nuestras madres, tías, nos avisan de que es aún muy pronto para volver a hacer vida normal.

Me acuerdo yo de las ganas que tenía, tras mi primera maternidad, de que la ginecóloga me dijera que ya estaba todo bien y que “a la carga”. Recuerdo que lo primero que hice cuando salí de la consulta fue comprarme hidratante vaginal y preservativos. Yo quería celebrar que todo ya estaba como antes. TODO.  Sabía que la lubricación era más escasa en el postparto, pero poco más, la verdad. “Está todo perfecto, Juncal. Ya puedes hacer vida normal”. Fui a casa con esa frase resonando en mi cabeza, como si estuviera en Disneylandia.

Aquella noche, mi pareja y yo decidimos volver a tener relaciones sexuales con penetración. Hidratante, lubricante, condón y… dolor. Nadie me había avisado de eso. Me ardía la vagina. Tenía un dolor punzante, que me quemaba. Volvimos a intentarlo con todo el mimo del mundo, volvimos a acariciarnos, a besarnos, a tocarnos. Volvimos a intentar el coito. Agujas en mi vagina, como si me estuvieran mordiendo. Poco a poco lo conseguimos… casi sin dolor. Tampoco sentí nada más. NADA MÁS. Ni media sensación más que el ardor en la entrada de mi vagina. Como si todos los interruptores de sensaciones se hubiesen apagado. Nada. Él tampoco sintió nada… un rato después, entre risas ya, me dijo que había sido como meterla en un estadio de fútbol. El problema era que la cicatriz de mi episiotomía tenía algún punto de adherencia, lo que dificultaba la elasticidad de la zona y la hacía dolorosa. Además, la musculatura de mi suelo pélvico brillaba por su poco tono, por lo que la cavidad vaginal vivía desparramada, sin poder contraerse, ni poder tener control alguno sobre su fuerza.

Yo tenía la suerte de tener los conocimientos teóricos y me puse manos a la obra, masajeando mi periné, descongestionando la zona, trabajando la cicatriz de la episiotomía. Me puse a tope con los ejercicios de Kegel y poco a poco fui recuperando las sensaciones de antes de dar a luz.

Pero ¿qué pasa con todas esas mujeres que no tienen los conocimientos que tengo yo? ¿Es que nadie es capaz de decirles que no, que ahora ya no es como antes? Pues se ve, que en la gran mayoría de los casos, no. Con esto no quiero decir que no haya mujeres que vivan un postparto maravilloso sin ningún tipo de problema… ¡haberlas, haylas!

En los talleres de suelo pélvico que imparto, me he dado cuenta de cómo normalizamos situaciones que no lo son: vaginismo, dolor a la penetración, falta de sensibilidad vaginal, que se nos escape un poco de pis… Sobre todo, después del parto y de esa frase de “está ya todo bien, haz vida normal”. Mujeres que vuelven a correr, pero que se dan cuenta de que sienten un peso a la altura de su vagina, mujeres, que en el cumple de una de sus criaturas, saltan en la cama elástica y se dan cuenta de que tienen pérdidas de orina. Mujeres que sienten (como sentía yo) una punzada en la entrada de su vagina cuando tienen relaciones con penetración. Mujeres que normalizan todo eso, se lo callan y están, en ocasiones, años enteros viviendo con incomodidad estas situaciones.

Qué poco hablamos de los post partos y de cómo se nos queda el cuerpo tras dar a luz. Qué poco compartimos entre mujeres. Creo que es fundamental destapar que no somos las únicas, que seguro que a la mujer que tienes sentada al lado en el metro o en la oficina, también le pasa… o que ha pasado por eso en algún momento.

¿Sabes qué? Que estas cosas tienen remedio. Aunque vayamos periódicamente al ginecólogo, es importante que realices una revisión exhaustiva de tu suelo pélvico. Las fisioterapeutas especializadas te ayudamos a conectar con tu cuerpo, a detectar el problema y te damos pautas para poder solucionarlo. Es un trabajo muy agradecido, porque normalmente, en pocas sesiones y con algo de trabajo en casa, se sienten muy rápidamente los resultados. Conectar con tu suelo pélvico es conectar con tu yo más íntimo, con tu energía sexual, con tus placeres. Te ayuda a conocerte más profundamente y te ayuda a empoderarte. Es un trabajo muy potente, que en ocasiones, debemos acompañarlo de una sexóloga/psicóloga que nos ayude, también en otros planos que no son solamente el físico. Elige a alguien que te dé confianza para meterte de lleno en este proceso, porque va a facilitarte mucho las cosas.