De Peculiares

Masturdating: la práctica que todos deberíamos probar una vez en la vida

12 de febrero de 2020

Laura Marcilla

Masturdating es un término inglés que viene de masturbate” y “dating, es decir, masturbación y cita. Pero no, no consiste en quedar con alguien para masturbarse, la cosa es algo más compleja. Más bien, la parte de la “masturbación” es una metáfora de la capacidad de disfrutar en solitario, sin más compañía que uno mismo. Así pues, practicar masturdating significa tener la costumbre de organizar citas con uno mismo y, obviamente, pasarlo bien en ellas.

Muchas veces hemos insistido en la importancia del amor propio, del espacio propio y de los autocuidados. Poner de moda el masturdating implica llevar todo esto un nivel más allá. Las relaciones hay que cultivarlas y cuando no se invierte tiempo y cariño en ellas existen más riesgos de que éstas se deterioren. Esto mismo es aplicable a la relación con uno mismo. Vivimos en una época en la que muchas personas nos quejamos de que nos faltan horas en el día para atender a todos los compromisos laborales, sociales y familiares. En este contexto, es muy sencillo que los autocuidados o el tiempo que invirtamos en nosotros mismos queden relegados a un segundo plano.

En el mismo sentido, cuidar una relación no es una cuestión solo de tiempo, sino de tiempo de calidad, tiempo bien aprovechado. Así que lo siento mucho, pero las duchas largas pensando en cómo cambiar el mundo no cuentan como masturdating per se.

Masturdating consiste en planificar y llevar a cabo una cita divertida, entretenida o bonita, exactamente igual que lo haríamos con una pareja o un grupo de amigos, pero con la idea de disfrutarlo en solitario. Claro que los planes no tienen por qué ser exactamente los mismos que cuando los organizamos con otra persona, pero lo ideal es que pongamos el mismo cariño en pensar qué actividad nos apetece hacer, en elegir la ropa que vamos a llevar y en reservar la fecha y considerar que la tenemos comprometida a todos los efectos. Y por supuesto, llegado el día de la importante cita, dejarnos llevar y disfrutarla sin estar pendientes de la pantalla del móvil.

¿Y por qué es importante y creo firmemente que todos deberíamos hacerlo de vez en cuando? Porque, ¿cómo vamos a mantener una relación positiva con alguien con quien nos relacionamos? ¿Cómo vamos a relacionarnos con nosotros mismos, a querernos, a aceptarnos, si todo nuestro tiempo libre lo invertimos en los demás? La habilidad de pasar tiempo a solas haciendo algo activamente (algo más elaborado que manta y Netflix, sin despreciar también este tipo de planes) es una oportunidad maravillosa que seguramente traería muchos beneficios a nuestra autoestima y nuestro bienestar.

Como todas las “prácticas” quizá deba ser entrenada y nos cueste más que nos salga al principio de forma natural y satisfactoria. Es comprensible. Hay una serie de planes (restaurantes, cine, etc.) que se perciben como exclusivos de la pareja o los amigos. Muchas personas no se sentirían cómodas yendo a cenar sin compañía o sabiéndose observadas en situaciones que suelan realizarse en grupo. El miedo a los juicios de los demás (e incluso a los propios juicios) también se supera si nos enfrentamos a él.

Además, las opciones para practicar masturdating son casi infinitas, tantas como se nos puedan ocurrir (ir a un museo, a un concierto, a un spa, al teatro, al campo…) y ofrecen la ventaja de que no es necesario consensuarlo con otra persona y negociar para alcanzar un acuerdo entre sus gustos y los propios.

Ahora que se acerca “San Valentín”, parece la mejor de las ocasiones para iniciarse en el masturdating. Ahora que ya vamos interiorizando (poco a poco) que tener pareja no es necesariamente mejor que estar soltero, que el amor propio es esencial para todas las personas, enamoradas o no, y que se critica la hipocresía de demostrar amor un día del año “porque toca” y no porque apetece, ¿por qué no darle la vuelta a la celebración y empezar a pasar mas tiempo con la única persona que, de seguro, va a acompañarnos toda la vida? Nosotros mismos.

De Peculiares

Educación sexual: ¿Pornografía y fábrica de homosexuales?

29 de enero de 2020

Laura Marcilla

Terminando el primer mes del año me entristece enormemente que uno de los temas más recurrentes en los debates de actualidad sea la educación sexual. Y no porque estemos hablando de cómo mejorarla, de cómo ampliarla, de realizar quizá programas de educación sexual en la televisión nacional (como hacen otros muchos países). No, porque volvemos a poner en duda, en pleno siglo XXI, que sea necesario un derecho tan básico (recogido por la ONU, la OMS, la UNESCO y varias leyes educativas y convenios internacionales).

Después de más de 30 años funcionando la educación sexual en nuestro país, de repente, de la nada, se ha convertido en un problema. ¿Por qué? ¿De dónde surge la necesidad de repensar estas medidas educativas? ¿Ha habido algún escándalo? ¿Acaso se han detectado mala praxis o profesionales que acumulen quejas o denuncias? Pues resulta que no, pero parece ser que de un día para otro el veto parental (el llamado “pin parental” por sus defensores) se ha convertido en una medida de extrema necesidad para evitar que llenemos la cabeza de los jóvenes de ideologías y adoctrinamientos.

Imagino que las personas que nos acusan a los educadores sexuales de tamaña desfachatez no son conscientes de que somos seres humanos corrientes y que, incluso si nuestra intención fuera realmente adoctrinar o lavar la mente a los adolescentes, las dos o tres horas que nos permiten (con suerte) estar en el aula no darían para lograrlo de manera efectiva.

Sobra decir que la educación sexual no es incompatible con ninguna religión o sistema de creencias y que nuestra intención no es contradecir la educación recibida en el hogar. Todo lo contrario, animamos a los padres y madres a que hagan educación sexual también en casa y nos encantaría encontrarnos a menos jóvenes con dudas y mitos sobre sexualidad porque hayan tenido la oportunidad de aprender de sus familias en lugar de hacerlo en la pornografía.

A menudo ofrecemos talleres para padres y madres en los que nos ofrecemos a resolver las dudas que ellos mismos puedan tener a raíz de su escasa educación sexual y en los que ofrecemos recursos interesantes, como libros o películas, para sacar estos temas poco a poco y de manera natural con los hijos e hijas. ¿Y cual es la triste realidad? Que estos talleres para familias rara vez llegan a materializarse porque lo más frecuente es que los padres no deseen asistir o no estén interesados en conocer las dudas que nos plantean los chicos y chicas en el aula. Y de verdad lo digo, ojalá se involucrasen más para no tener que responder tan a menudo dudas anónimas de gente joven que no tiene claro cuáles son las prácticas de riesgo y cómo evitarlas y me lo preguntan a mí porque (cito literalmente) “en internet leo de todo y a mis padres no se lo puedo preguntar ni muerta”.

Ser padre o madre es algo maravilloso, pero, por desgracia, no te otorga mágicamente superpoderes y conocimientos sobre todos los temas relevantes para poder enfrentarte a la realidad de la crianza sin fallos ni necesidad de nuevos aprendizajes. Nuestra labor no pretende ser un sustituto de la educación en familia, sino un complemento, especialmente en esta época en la que internet, que debería facilitarnos adquirir nueva información, nos aturulla con infoxicación, bulos y medias verdades.

Y precisamente por culpa de los bulos estamos donde estamos, por los que dicen que enseñamos a los niños y niñas a masturbarse, que les ponemos videos pornográficos, que incitamos a la zoofilia y a la pederastia, que los animamos a tener relaciones sexuales muy pronto o que intentamos convertirles en homosexuales.

De verdad, suena tan absurdo que me cuesta hasta escribirlo. Pero hay ríos de tinta y vídeos enardecidos denunciando esto como si nuestro trabajo fuera una fábrica de perversiones.

En primer lugar, me pregunto: las personas que asimilan estos bulos y los difunden, ¿cuál creen que es el propósito de esas supuestas intervenciones? ¿De qué nos serviría a los educadores sexuales, o a la sociedad en general, los resultados de esa hipotética educación pervertidora?

Más allá de no tener sentido estas afirmaciones, ¿de verdad podemos creernos que esto ocurre sin consecuencias en un país democrático donde todas esas cosas aparecen recogidas como delitos? Y no en un taller aislado o dos, no. En toda una serie de talleres que parece que se imparten, con el beneplácito de docentes y directores de centros educativos, a lo largo y ancho del país, con un secretismo tal que no existen documentos ni pruebas que lo avalen.

Ah, bueno, sí que hay algunas pruebas. Tergiversadas, por supuesto. Vídeos que se están difundiendo como si se hubieran impartido a menores cuando realmente son intervenciones que se han realizado con familias o en la Universidad, de manera voluntaria, además.

Lo más escandaloso que se puede ver en un taller de educación sexual, de esos que sí existen en la vida real, es a una persona enseñando a poner un preservativo para evitar embarazos no planificados o infecciones de transmisión sexual. Y eso es lo más heavy que podemos encontrarnos. El resto suele ser visibilizar a las personas del colectivo LGBTI+, romper mitos sobre la diversidad sexual, derribar estereotipos de género, prevenir los celos y las conductas violentas en pareja, ofrecer recursos para personas que hayan podido sufrir discriminación o agresiones sexuales…

Podemos pasarnos horas y horas ejerciendo nuestro trabajo sin mencionar siquiera las relaciones sexuales o los genitales, porque lo sexual, aunque nos cueste asimilarlo, trasciende la erótica. En realidad, si aparecen conceptos como orgías o masturbación en la clase suele ser porque los propios jóvenes lo mencionan para resolver alguna duda que les haya surgido a raíz del consumo de pornografía y nuestra intervención va dirigida a asegurarnos de que no se crean a pies juntillas todo lo que vean en internet. Ah, bueno, y a explicarles como se llaman correctamente sus genitales, ya que muchos de ellos y ellas solo se atreven a usar eufemismos, como si decir pene o vulva fuera algo sucio.

Todos y cada uno de los días en los que imparto talleres de educación sexual, salgo convencida de la necesidad de estas clases. También los profesores y profesoras nos confirman a menudo esta impresión. Porque sí, permanecen en el aula durante nuestra actividad y son testigos mudos de que la realidad de nuestro trabajo no se acerca ni de refilón a las barbaridades que cuentan que promovemos.

Imagino que hay muchos intereses detrás de generar un debate sobre algo que no tiene sustento real, más que las mentiras que se han empeñado en difundir. En una sociedad donde no se permite que la verdad estropee un buen titular y donde pasamos más tiempo desmintiendo bulos que ofreciendo nuevos conocimientos, la educación sexual va a seguir siendo cada día más necesaria. Y estoy segura de que, después de varias semanas (quizá meses, nunca se sabe) en los que tendremos que defender a capa y espada nuestra labor, el derecho a la educación sexual prevalecerá por encima de los miedos infundados de quienes vierten falsedades. Siendo optimista, confío en que salgamos reforzados de esta contienda y, una vez reafirmada la necesidad de la educación sexual, el debate se centre en cómo mejorarla y hacerla más accesible en todos los centros educativos, para que no haya un solo niño o niña que acabe la etapa escolar sin haber recibido su correspondiente dosis de educación sexual.

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Libros infantiles para fomentar la igualdad

29 de diciembre de 2019

Laura Marcilla

Algo tan complejo como la igualdad no se puede envolver para regalo, pero a veces encontramos alguno de esos objetos mágicos (llamados libros) que nos acercan un poquito más a ella.

En esta lista no están todos los que son (afortunadamente cada vez hay más opciones sobre esta temática), pero desde luego son todos los que están. Son libros con los que se puede trabajar la educación sexual y centrar el foco en áreas diferentes, como diversidad familiar, estereotipos de género, homosexualidad, transexualidad, gestión emocional y autoestima.

Ahora me llamo Luisa, de Jessica Dalton

Ahora me llamo Luisa libroEs un cuento sencillo sobre la transexualidad, sin caer en explicaciones, justificaciones o vueltas demasiado complejas para los niños y niñas. La protagonista es un(a) peluche que revela a su amigo que ya no se llama Luis, sino Luisa. Aceptación y final feliz. En el cuento, Luisa mueve su pajarita a lo alto de su cabeza convirtiéndola así en un lacito. Mi consejo personal es que se puede jugar con los más pequeños a dibujar lacitos y pajaritas y de paso aprovechar para reflexionar sobre los estereotipos de géneros: sí, Luisa es una chica y Luisa lleva lazo, pero seguiría siendo una chica aunque llevase pajarita, porque no hay ropa de niño y ropa de niña y porque lo que nos gusta hacer o ponernos no es lo que define quienes somos en realidad.

El arcoíris de Blas, de María Largo

Blas pasea con su madre y se encuentra banderas de colores que no sabe lo que representan. La madre aprovecha para explicarle lo que significa cada color: respeto, igualdad, amor, orgullo… No es un cuento sobre el colectivo LGBT+ en sí, sino sobre los valores que todos debemos compartir para vivir en sociedad. Y al final del libro, brevemente, cuando Blas ya se ha hecho mayor, le presenta a su novio a su madre, pero no se hace de ello un drama ni un gran descubrimiento, es tan natural en el libro como debería serlo siempre en la vida real. Para trabajar con niños se les puede sugerir que diseñen su propia bandera usando los colores del arcoíris y sabiendo lo que representa cada uno. Y aunque no tenga nada que ver con el libro, aprovecho para contar esta historia porque necesita ser contada: en una clase de 3º de primaria, en una fecha cercana a la celebración del orgullo, me presenté, entre otras cosas, con este libro y una bandera LGBT´+. Al sacar la bandera pregunté a los niños y niñas si la habían visto (la mayoría sí) y si sabían qué significaba. Casi todos admitieron no saber su significado, otros dijeron cosas como que era la bandera del cielo (por eso del arcoíris) o incluso la bandera de Alemania. Y una niña, con esa particular habilidad que tienen los más pequeños para impartir sabiduría sin saber que lo están haciendo, me dijo sin el menor atisbo de duda que esa bandera servía “para poner felices a las personas que están tristes”. Ojalá podamos transmitir ese tipo de ideas con estos cuentos.

Familias, por Oh! Mami Blue

La palabra para definir este libro es, sin duda, ternura. Es un libro sencillo, con imágenes de familias durmiendo abrazadas en camas enormes donde caben todos. Hay familias numerosas, familias pequeñas, familias multiculturales, familias adoptivas, familias de abuelos, familias embarazadas, familias con parejas del mismo sexo. Básicamente el mensaje es que ni el tamaño, ni el color, ni el sexo, ni la edad importan, que lo único que importa y lo que realmente crea una familia es el amor. A cada dibujo le acompaña una pequeña descripción en verso de cada familia y se puede leer en el orden que se desee, incluso eligiéndolas al azar. Además, todos los miembros de cada familia están dibujados sin ropa, con lo cual puede ser una excusa interesante para enseñar a los más pequeños que la desnudez es algo íntimo, pero no es sucio, para ponerle nombre a los genitales y para empezar a crear una relación sana y positiva con su cuerpo que no se base en la vergüenza o el pudor.

Las cosas que le gustan a Fran, de Antonia Santolaya y Berta Piñán

¿Sabéis esas adivinanzas cuyas respuestas son tan sencillas que muchos adultos las pasamos por alto mientras que los niños y niñas las encuentran obvias? Pues algo así pasa con este cuento. Fran es la nueva pareja de mamá. Todo el rato, en el cuento, se nos habla de Fran. Podría parecer un libro más para ayudar a superar a los niños una ruptura de los padres o un divorcio que vengan seguidos de una nueva pareja. Pero no. El mensaje es otro. Solo al final del libro (atención, que vienen spoilers) nos damos cuenta, después de tanto y tanto hablar de Fran, de que la nueva pareja de mamá es una mujer: Francisca. Seguramente este final sea un giro de guion que sorprenda a algunos adultos más que a muchos niños. De hecho, tras varias lecturas dramatizadas esperando que los niños y niñas de la clase se quedasen pasmados con esta revelación, me he dado cuenta de que la persona más asombrada del aula suele ser la profesora. También hay niños y niñas que hacen preguntas (por supuesto, pero no más con este libro que con cualquier otro). Después de explorar qué piensan sobre que dos mujeres estén juntas y explicarles que hay gente a la que le resulta “extraño” que Fran sea mujer y tenga novia, a menudo las preguntas son tan inocentes como “¿y por qué no se cambia el nombre para que nadie más se piense que es un chico?”. Ojalá se pudiera enseñar a las personas mayores a seguir viendo el mundo con los ojos con que solíamos hacerlo a esas edades.

Daniela Pirata, de Susanna Isern.

En este cuento nos presentan a Daniela, cuyo mayor sueño es ser pirata. Además de un canto a la igualdad de oportunidades lo cierto es que la historia del libro es realmente entretenida. Se le van planteando a la joven protagonista una serie de retos que supera con soltura. Si nos gusta involucrar a los niños en la lectura, se les puede pedir que representen las mismas pruebas por las que pasa Daniela (hacer sentadillas, pegarse una carrera, andar en silencio por la habitación). Por su puesto mi consejo sería no hacerlo de esta manera si lo estamos leyendo como cuento de buenas noches, ya que entonces solo conseguiremos espabilarles. Cuando a pesar de haber demostrado ser una magnífica pirata, a Daniela le niegan un puesto en la tripulación, la respuesta unánime suele ser indignación ante tamaña injusticia: “¿qué más da que sea chica? Las chicas también pueden ser piratas”. Es un cuento divertido, simpático que refleja una desigualdad real que aún existe (quizá no en la piratería, pero sí en otros muchos ámbitos). Por tanto, ofrece una buena oportunidad para reflexionar sobre por qué a las chicas se nos ponen más trabas para hacer algunas cosas.

También he descubierto recientemente que este libro tiene una secuela (“Daniela y las chicas piratas”) y, aunque no lo he leído, me atrevo a aventurar que puede ser un pack de lo más interesante para regalar en conjunto.

¡Vivan las uñas de colores!, de Alicia Acosta y Luis Amavisca.

Y de un cuento sobre los límites que suponen los estereotipos de género para las chicas, nos vamos a otro donde son los chicos quienes ven coartada su libertad. De las muchas cosas bonitas de este libro, una de las más significativa es que está basada en hechos reales, lo cual siempre es un plus para que los niños y niñas entiendan que esto no es solo una ficción, que estas cosas pasan de verdad. A Juan le encanta pintarse las uñas de colores, pero sus compañeros de clase se ríen de él. A pesar de que su amiga, su madre y su padre le apoyan, Juan solo se pinta las uñas los fines de semana, para que nadie le vea. El final feliz, por supuesto, acaba con muchos niños y niñas con muchas uñas pintadas de colores. Jugar con los niños a los que les leamos este cuento a pintarnos las uñas puede ser un buen ejercicio para llevar la igualdad más allá de las páginas del libro. Por supuesto, habrá niños que no quieran pintárselas y esto debemos respetarlo, pero siempre lo podemos acompañar de una reflexión al respecto. ¿Por qué no se quieren pintar las uñas? ¿Pensamos que el maquillaje es solo de niñas? Pintarse la cara de Spiderman en carnavales también es un tipo de maquillaje. Vayamos poco a poco deconstruyendo las ideas estereotipadas sobre qué cosas son “de niños” y cuales son “de niñas”. También nos encontraremos con niños que, tras negarse rotundamente a pintarse las uñas (“porque es algo de chicas”), al final quieran apuntarse a la actividad tras ver que otros compañeros lo hacen y que en el fondo es divertido y no pasa nada. Un cuento muy colorido y alegre, que además pone el foco en la necesidad de que todos y todas pongamos nuestro granito de arena para conseguir una igualdad real.

Yo voy conmigo, de Raquel Díaz Reguera.

La protagonista del libro no tiene nombre, lo que en realidad facilita que entendamos que esta situación podría pasarle a cualquiera. Pero lo que sí sabemos es que a nuestra joven amiga le gusta Martín. Le gusta muchísimo Martín. Le gusta tanto que está dispuesta a seguir todos los consejos que pueda para conseguir que Martín se fije en ella. Primero se cambia el peinado, luego se quita las gafas. En algún momento deja de canturrear canciones y hasta de hablar o sonreír, todo para obtener una mirada fugaz de Martín. Y sí, al final Martín la mira. Y sí, todos podemos caer en el error de creer que, para gustar a alguien, tenemos que dejar de ser nosotros mismos. Por suerte, al final de la historia, la protagonista entiende que es mucho más feliz siendo ella misma y recupera sus canciones, sus sonrisas, sus coletas, sus pájaros en la cabeza… “Yo voy conmigo” es un libro muy conmovedor sobre la importancia del amor propio y no me cansaré jamás de recomendarlo para absolutamente todas las edades (se puede trabajar también con adolescentes).

Cuando las niñas vuelan alto, de Raquel Díaz Reguera.

Otro cuento de la misma autora con valores similares sobre la importancia de creer en una misma para conseguir nuestros sueños. Sé que la autora tiene otros muchos cuentos más. todos con muy buenas críticas, y estoy segura de que también serían un acierto, aunque yo he escrito sobre estos dos porque son los que he trabajado en el aula y creo que funcionan. En este caso, Adriana, Jimena y Martina son tres amigas con grandes sueños. Sin embargo, poco a poco, la banda de Noloconseguirás se interpone en el camino de sus metas. Con personajes como “Don Quenadacambie”, el “Señor Inseguridad”, la “Señorita ideal” o “Doña Fragilidad”, las metáforas están servidas en bandeja. Estos villanos les van llenando de piedras los bolsillos, los zapatos y las mochilas, para que no puedan volar alto. Por suerte, al final del cuento, una nueva amiga más joven les recuerda que una niña puede ser todo lo que ella quiera y, tras descubrir las piedras que les impedían alzar el vuelo, ya no hay nada que les impida volar bien alto. De nuevo, esta historia no tiene edad.

El emocionómetro del inspector Drilo, de Susanna Isern.

Este libro no es un cuento. O al menos no es solo un cuento, es mucho más. Es todo un manual de trabajo sobre las emociones, sobre cómo las sentimos, cómo las reconocemos, cómo las expresamos, qué funciones tienen… Cada emoción está representada por un personaje diferente, un poco al estilo de la película “Del revés” (de hecho son dos materiales que se complementan perfectamente). Mimo, Asustín, Yupi, Topami, Ceñuda, Puaj, Ojiplática, Pelusa y Mr. Sad nos acompañan por este viaje de descubrimiento de las emociones, cargado de actividades, de reflexiones, de manualidades, de recetas… Como dije, no es un libro para leer, es un libro para trabajar(nos). Se podría hacer un artículo entero sobre esta obra y posiblemente quedarían muchas cosas en el tintero todavía, así que me voy a limitar a recomendarlo encarecidamente para que cada familia o cada clase pueda descubrirlo a su propio ritmo sin demasiados spoilers. Es un libro un poco más caro que el resto de esta lista (tampoco ninguna locura), pero merece cada céntimo y ofrece muchas horas de crecimiento personal. Además, en la página web del libro podemos encontrar aún más materiales extras para seguir profundizando. No tiene ningún desperdicio.

 

Enlace para acceder a la compra de cada uno de estos libros en: Masturba tu cerebro

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El secreto mejor guardado sobre la virginidad

29 de noviembre de 2019

Laura Marcilla

Sobre la virginidad se han escrito ríos de tinta y dependiendo del momento se ha hablado de ella como algo sagrado que hay que conservar o como un lastre que hay que “perder” al llegar a cierta edad.

De hecho, en mi propia experiencia impartiendo talleres de educación sexual, me doy cuenta de que la virginidad y todo lo que la rodea es un tema recurrente y que ocupa una posición central en las preocupaciones de los adolescentes.

“¿Cómo puedo saber si mi pareja es virgen? ¿Cómo hago para que no me duela perder la virginidad? ¿A qué edad se debe perder la virginidad? ¿Cómo sabes cuando estás preparado para perder la virginidad? Etc…”

Esta y otras cuestiones aparecen a diario, generalmente revestidas con un tono de preocupación, de inquietud, de ansiedad e incluso de miedo. Existen muchas presiones en torno a las relaciones sexuales que a menudo empujan a la gente joven (y no tan joven) a realizar practicas que no desean o en momentos en los que no se sienten realmente dispuestos a ello.

Por esta razón considero que la información que estoy a punto de compartir puede ser una de las verdades más tranquilizadoras que existe en cuanto a sexualidad. Por favor, acompañadme con un imaginario redoble de tambores…: LA VIRGINIDAD NO EXISTE.

Así, tal cual lo leéis. La virginidad no existe, nos la hemos inventado. No se encuentra en ninguna parte de nuestro cuerpo, ni la podemos medir u observar. No está en el himen como nos han hecho creer durante mucho tiempo (de hecho, ni todas las vaginas tienen himen, ni este se tiene porque romper con una penetración). La virginidad no es algo que se pierda, porque nunca la hemos tenido, porque es solo un concepto (cargado de moralina) que las personas hemos popularizado para poder dividir a la gente en función de si han tenido relaciones sexuales o no. Y no cualquier tipo de relación sexual, no: penetración. Pene + vagina. ¿Qué pasa con las lesbianas? ¿Y con los gays? ¿Y con el resto de maravillosas prácticas sexuales que no parecen haberse ganado el honor de ser tan importantes como para quitarnos la etiqueta “virgen” de la frente?

Como decía, el concepto imaginario de virginidad solo tiene la importancia que le queramos dar, porque ni nos convertimos en personas diferentes tras nuestra primera penetración (si es que acaso queremos tenerla siquiera), ni tiene por qué ser más importante esta primera vez que otras primeras veces como el primer beso, la primera masturbación, el primer orgasmo o la primera vez que duermes al lado de alguien.

Y ojo, que no pretendo desmerecer lo importante que puede ser una primera vez en la vida de cualquiera. ¿Puede ser especial la primera relación sexual con otra persona? Por supuesto que sí, especialmente si vamos a ella con deseo y entusiasmo. Pero precisamente por ello me parece muy triste que se hable de ello como “perder” algo cuando lo que estamos haciendo es ganar experiencias.

Y lo más grave del asunto es que no nos limitamos a dividir a la gente en esas dos cajas inventadas de “virgen” o “no virgen”, sino que les juzgamos en función de la caja en la que están (en la que les hemos metido, más bien). Y ellos se sienten juzgados y juzgadas, por salidos, por guarras, por desesperados, por pringadas o por cualquier otro término que usemos contra alguien cuando tenemos información sobre su historial sexual (o la ausencia del mismo).

Así que, por favor, repetid conmigo bien alto que la virginidad no existe. Hasta que nos lo creamos de verdad y actuemos en consecuencia, hasta que la gente deje de sufrir por cuándo o cómo hacerlo para que la sociedad lo considere “correcto”, hasta que consigamos cambiar el tono de las preguntas de los jóvenes y, en vez de pedir consejos para que no duela, pidan consejos para disfrutar al máximo. Hasta que no necesiten la aprobación de nadie para elegir qué hacer o qué no hacer con sus cuerpos.

Y seguramente entonces, todos seremos más felices. Porque la virginidad no existe, pero todavía pesa, vaya que si pesa…

De Peculiares

Los penes que no queremos ver

Los penes que no queremos ver

25 de septiembre de 2019

Laura Marcilla

Llegas de las vacaciones, respiras hondo y te enfrentas a todos los mensajes acumulados durante las semanas de descanso. ¿Y qué espera agazapado entre los mensajes triviales y educados? Efectivamente: una foto de un enhiesto miembro viril que nadie había invitado a la fiesta post veraniega.

Bueno, pues este es sólo un ejemplo de las muchas formas en las que se pueden recibir fotos sexuales no consentidas, también coloquialmente conocidas como “fotopollas”. El hecho de que el nombre de estas fotos incluya la palabra “polla” es precisamente porque son los hombres cis quienes habitualmente recurren a esta práctica. ¿Conocéis a alguien que haya recibido una “fotovulva” o “fotocoño” no deseada? Bueno, podría ser, porque hay de todo en el mundo, pero parece ser que estos casos son estadísticamente despreciables.

Según los datos, más de la mitad de las mujeres han recibido en alguna ocasión este tipo de imágenes no deseadas, y también cerca de la mitad de los hombres afirman haber mandado fotos de sus genitales. Muchas de estas fotos habrán sido mandadas de forma consentida, dentro de lo que se denomina “sexting” (aproximadamente el 25% de los jóvenes afirma practicarlo), pero otro porcentaje sea posiblemente enviado en un contexto en el que la otra persona no espera (ni desea) este tipo de contacto.

Me gustaría aclarar que las “fotopollas” no son, bajo ningún concepto, un tipo de sexting. El sexting, para que sepamos a que nos referimos, es una práctica de cibersexo a través de aplicaciones o redes sociales, a menudo incluyendo fotos de carácter íntimo. Entonces, ¿por qué las “fotopollas” no entran en esta categoría? Por lo mismo por lo que una violación no es una forma de sexo, sino de violencia. Cuando no hay consentimiento, no podemos hablar de sexo. El mutuo deseo es requisito indispensable para que sea una práctica sana, por lo que mandar una foto de tu pene a alguien que no la desea no es un tipo de “sexting”, ni una forma de ligar. Es, simple y llanamente, acoso.

Los expertos entienden que el machismo es una de las bases por las que este tipo de interacciones se perpetúan y suelen ser siempre llevadas a cabo por hombres. De ahí que la educación sexual sea tan importante para fomentar formas de relacionarnos en las que nadie se sienta atacado, incómodo, ofendido o vulnerable.

Parece también que los hombres homosexuales y bisexuales, suelen tener menos problemas a la hora de recibir estas fotos inesperadas, lo cual no quiere decir que haya vía libre para mandárselo a estas personas sin su permiso, ya que sigue siendo una falta de respeto y puede haber hombres también a los que les moleste este trato. Aunque se dice que en grindr y algunas plataformas de flirteo entre hombres es una práctica común y más aceptada, no deja de ser una maniobra arriesgada cuando no tenemos la certeza de que la otra persona esté predispuesta a ver este tipo de contenido. ¡Con lo bonito y placentero que puede ser el sexting cuando se realiza de mutuo acuerdo! Porque el sexting, aunque haya sido ampliamente demonizado por los riesgos que entraña, no es sino una práctica sexual más. Como tal, tiene sus riesgos y también sus beneficios, pero tomando ciertas precauciones y practicándola de forma segura, no hay razón para no poder disfrutar de ella.

mensajes @somospeculiaresVolviendo a esta invasión de fotos de penes que está teniendo lugar en múltiples redes sociales existen muchas preguntas: ¿por qué la gente lo hace? ¿hay alguna forma de evitarlas? ¿qué se puede hacer al respecto cuando se reciben? Y… de verdad, ¿por qué la gente se empeña en seguir haciéndolo?

Vale, hay alguna pregunta repetida, pero creo que es la duda más grande que nos hemos planteado las personas que recibimos estos “kínder sorpresa”: ¿POR QUÉ?

No hay una sola razón que sirva por sí misma para explicar todas las “fotopollas” y los motivos de quienes las envían. Algunas hipótesis apuntan a que es una forma de ciberexhibicionismo, como la típica escena del hombre en gabardina en una esquina, pero en su versión online. En este sentido, a pesar del componente sexual del exhibicionismo, hay que entenderlo sobre todo como una muestra de poder y dominación, más que una búsqueda de un intercambio erótico.

También hay a quienes apuntan a la falta de habilidades de seducción de algunos hombres. De nuevo, hay de todo en el mundo, y pudiera ser que alguno de los que lo realiza sí esté buscando un acercamiento sexual con intención de ligar (especialmente en los contextos que mencionaba antes de hombres que tienen sexo con hombres), pero, en general, me parece que incluso las personas con habilidades sociales poco desarrolladas pueden intuir que ésta no es la forma más inteligente para intentar seducir a alguien. Se puede ser tímido, se puede ser torpe ligando, y no por ello se tiene por qué ser irrespetuoso con la otra persona.

Es interesante señalar que, al ser un comportamiento que se realiza en solo unos segundos, la misma persona puede realizar un envío masivo de este tipo de fotos. Quizá en lo que más tarde sea en tomarse una foto que le guste, con la prototípica erección, y un ángulo que considere favorecedor, etc. Pero una vez que la foto ha sido tomada, se tarda prácticamente lo mismo en mandárselo a una mujer que a veinte. Con esto quiero decir que muchas de las personas que hacen esto no tienen un único objetivo definido, sino que lo hacen “al por mayor”, como si de una estrategia de marketing masivo se tratase. Y en cierto modo, puede que aquí resida el por qué de que estas personas continúen haciéndolo. Si, desde una cuenta anónima, puedo mandar mil mensajes y no recibir ningún castigo por 999 de ellos, y de tan solo uno de esos mensajes recibo la respuesta que esperaba o algún tipo de refuerzo positivo, parece que puede “compensarme” lo obtenido en comparación con el poco esfuerzo que me ha supuesto hacerlo. Incluso si me cierran la cuenta, ¿cuánto se tarda en abrir una nueva? Este tipo de factores hay que tenerlos en cuenta para diseñar medidas que eviten este tipo de acoso online y, sobre todo, su reincidencia por parte de los mismos acosadores.

En cuanto a las personas que reciben este tipo de contactos indeseados, parece que aquí tampoco se discrimina demasiado. El único factor que hace que sea más posible recibir “fotopollas” es ser mujer. Pero un gran porcentaje de las mujeres de cualquier edad, orientación sexual o profesión las ha recibido alguna vez. Así que si eres mujer y tienes la suerte de no haber pasado por este trance todavía, no lo digas muy alto, porque podría pasarte hoy mismo. Parece que ciertos hashtags, o las personas que publican contenido relacionado con la sexualidad, pueden ser un blanco más común, de manera que las sexólogas, junto con actrices porno, sexbloggers, trabajadoras sexuales y otros grupos profesionales relacionados con el sexo, solemos ser víctimas más frecuentes de estos mensajes. A veces aparece la foto sin más, sin un saludo ni una introducción, y otras veces viene disfrazada de consulta inocente, o de una conversación sencilla que acaba desembocando en una excusa cualquiera para enseñar el pajarito. Sea como sea, y a riesgo de repetirme, si no hay consentimiento, sigue siendo acoso. ¿O vosotros soléis mandarles fotos de vuestras muelas a los dentistas que hay en redes sociales?

El hecho de que este fenómeno sea tan común genera cierta sensación de indefensión en las personas que lo sufren. ¿No se puede hacer nada al respecto? Lo cierto es que estas fotos de genitales suponen una infracción del artículo 37.5 de la Ley de Seguridad Ciudadana, por lo que en teoría se puede denunciar. Bien es verdad que en la práctica es difícil asegurar que la persona que haya mandado las fotos llegue a sufrir las consecuencias, pero nosotros tenemos la capacidad de intentar hacer valer nuestros derechos. Especialmente si la persona que recibe estos contenidos es menor de edad o sufre algún tipo de discapacidad, en cuyo caso, el envío de estas imágenes es un delito recogido en los artículos 185 y 186 del Código Penal, y puede ser penado con hasta dos años de prisión.

En la vida real, muchas personas no se animan a denunciar estos hechos por la vía legal por el engorro que supone la burocracia frente a las pocas posibilidades de éxito. Personalmente, soy de la opinión de que si todas las personas nos pusiéramos de acuerdo para denunciar estos hechos, y le diéramos visibilidad a estas denuncias por las mismas redes sociales por las que ocurren, quizá podríamos ayudar a crear conciencia de que no es solo algo desagradable, sino también ilegal.

Otras personas (la mayoría) optan por alternativas más sencillas, como bloquear, denunciar la cuenta en la plataforma correspondiente, o incluso compartir públicamente pantallazos del suceso. Desgraciadamente, ninguna de estas medidas garantiza que no vaya a ocurrirte de nuevo en el futuro (lo digo por experiencia propia), y a menudo la compañía ni siquiera elimina la cuenta que se ha saltado la normativa. En lo relativo a compartir capturas de pantallas, puede ser aconsejable tachar el nombre de usuario o la foto de perfil de la otra persona. No se trata de una manera de proteger su identidad porque “pobrecito, no vayan a ir a meterse con él”, más bien es una forma de asegurarse de que no seas tú quien acabe en un problema por haber compartido estos datos públicamente, ya que ni siquiera entre juristas existe consenso sobre si podría ser perseguible o no este tipo de respuesta.

Existen también recomendaciones en otro sentido, sobre no contestar, ni siquiera para bloquear, a la persona que te ha obsequiado con una foto no deseada de sus genitales. Se supone que la idea de esto es no darle la menor importancia al evento, para que el mensajero no pueda conseguir una simbólica superioridad gracias a la sensación de haber conseguido molestarte. Sea como sea, cada persona es quien debe valorar las opciones y decidir cómo actuar ante estos abusos.

Mientras tanto, solo nos queda seguir luchando por que la educación sexual integral deje de ser una utopía, y sea una realidad que contribuya a mejorar la manera en que nos relacionamos. Poco a poco, quizá algún día consigamos que el acoso y la violencia de cualquier tipo desaparezcan, o al menos se reduzcan lo suficiente como para que deje de tener sentido escribir artículos denunciando los penes que no queremos ver.

NOTA DE LA AUTORA: Recientemente he iniciado en redes sociales una campaña para dar visibilidad a este fenómeno. Bajo el hashtag #Fotopollasporelmundo publico las situaciones en las que yo, como sexóloga, he sufrido este tipo de acoso, e invito a todas las personas que deseen hacer lo mismo a usar este lema si creen que puede ayudarles en su denuncia de esta realidad.

De Peculiares

21 días de masturbación – Sexualizados

Autores de 21 días de masturbación @somospeculiares

7 de julio de 2019

Laura Marcilla

Cuando iba a la Universidad, hacía todos los días el mismo camino. Supongo que la mayoría de los que me estáis leyendo también tenéis un camino habitual para llegar a vuestro trabajo, vuestras clases o vuestro gimnasio. Cuando haces el mismo recorrido todos los días, te pierdes muchas cosas. Pero si un día cortan una calle por obras, desvían la ruta del autobús, o por el motivo que sea tienes que dar un rodeo, puede que descubras alguna zona de tu propia ciudad que no conocías, un pequeño parque en medio del tráfico, una tienda interesante o un bar con oferta de 2x1 en las cervezas.

Pues esto mismo ocurre con la masturbación. La mayoría de las personas conocen muy bien qué zonas estimular y qué técnicas utilizar para disfrutar de una sesión de amor propio. Por esto mismo, para la mayoría de las personas la forma más sencilla de alcanzar el orgasmo es a través de la masturbación. Pero resulta que el camino más rápido no tiene por qué ser siempre el más bonito o el más divertido. Esto se aplica al sexo y a la vida en general. Conocer muy bien cómo alcanzar un orgasmo no siempre es sinónimo de conocer nuestro cuerpo. Puede ser como conocer tu barrio, pero no el resto de la ciudad.

Pues bien, el libro de “21 días de masturbación” es precisamente un mapa para ayudarnos a conocer nuestro cuerpo, a caminar por él por nuevas zonas y a mirarlo con nuevos ojos. Esta edición está pensada para personas con vulva, y aunque obviamente la vulva es la protagonista de muchos de los retos que nos plantean, no es la única, porque también nos invitan a explorar nuestros pezones, anos y en definitiva cualquier parte de nuestro cuerpo que nos pueda producir placer.

Ojo, que a partir de aquí se me puede escapar algún “spoiler”, aunque intentaré no revelar todo el contenido del libro. Este manual para salirnos de nuestra zona de confort es, sobre todo, diverso (como la sexualidad en general). Las sugerencias incluyen ideas como usar juguetes, lubricantes, objetos cotidianos, intentarlo fuera de casa, usar un espejo, realizar una grabación casera… Y aunque el libro se llama “21 días…”, no hay presión, puedes hacerlo en menos días si te ves motivada, o alargarlo todo lo que sea necesario si tu rutina no te deja tiempo para jugar a diario.

Mi recomendación personal sería intentar hacerlo día a día, al menos al principio. Es muy probable que, gracias a ese fenómeno de que el deseo llama al deseo, pronto te encuentres teniendo ganas de que llegue ese ratito que sabes que vas a dedicarle a tu cuerpo. Como explican en el propio libro, la anticipación puede ser un afrodisiaco increíble. Y esto, al fin y al cabo, también son autocuidados.

ilustradora 21 días de masturbación El libro lo han escrito Lorena S. Gimeno y Luis AnLo, del equipo de Sexualizados, y se nota cuando las personas que escriben sobre sexo tienen una marcada perspectiva sexológica, porque consiguen que no solo sea divertido, sino también sano y positivo. Las ilustraciones son de Lidia Hebras, de Zorras y Brujas, lo que le da un punto muy guay, porque no son las típicas imágenes sexualizadas de desnudos femeninos, sino que son inclusivas y naturales.

Al final de cada “reto” hay un espacio para poder escribir anotaciones sobre nuestras experiencias y sensaciones, y es una oportunidad genial para abrir el libro un tiempo después y poder comparar cómo y cuánto ha evolucionado nuestra sexualidad. Por supuesto, no hay ni que decir que cada capítulo es una invitación, pero no una obligación. Ninguna persona tiene por qué probar una práctica que le resulte incómoda o desagradable, no vas a ser menos sexual o menos válida si decides saltarte uno de los apartados. Pero siempre está bien tener la idea “a mano”, porque nuestros límites pueden ir cambiando con el tiempo, y quizá eso que hoy no me animo a probar, en otro momento de mi vida puede convertirse en un descubrimiento maravilloso.

Truco del almendruco: ¿Quieres añadirle un puntito más de morbo? Abre el libro cada día por una página aleatoria. Incluso si ya habías completado todas las tareas en el orden en el que vienen planteadas, este libro nunca caduca. Dejar que sea el azar quien decida qué modalidad toca hoy puede ser muy excitante. Eso sí, debes tener disponible algún juguete y lubricante porque nunca sabes qué requisitos tendrá el reto de hoy.

En definitiva, en mi opinión, éste es un pequeño libro, pero un gran MANUAL (sí, acabo de hacer un juego de palabras cutre con la palabra mano, ya va siendo hora de irte a dormir, Laura.)

¡EXTRA! Si estás leyendo esto antes del 15 de julio, aún estás a tiempo de participar en el sorteo de Sexualizados, en el que puedes ganar un lote con este libro y otros muchos productos eróticos. ¡Mucha suerte!

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De Peculiares

Yo menstrúo. Un manifiesto. – Erika Irusta

Erika Irusta, autora de 'Yo menstrúo: un manifiesto'. PATRICIA J. GARCINUÑO
Foto de PATRICIA J. GARCINUÑO

17 de junio de 2019

Laura Marcilla

¡Ojo! Que este no es un libro para mujeres, y como indica la contraportada, tampoco es un libro sobre la menstruación. Bueno, vamos a ver, obviamente se habla de la menstruación, pero sobre todo se habla de cómo menstruar (o no) influye en la manera en la que nos construimos, entendemos y vivimos como personas en esta sociedad.

Si me pidieran resumir este libro en una sola de sus frases, escogería esta: “el problema no es la menstruación, el problema es quién menstrúa en esta sociedad”. Es decir, lo que ocurre es que casi todas las personas que menstrúan (o han menstruado) son mujeres, pero son los hombres quienes durante mucho tiempo han escrito los libros sobre el tema y han dictado las normas sociales sobre cómo vivir este proceso.

Yo menstrúo. Un manifiesto. – Erika IrustaEs un libro feminista y diverso, uno de los pocos que he encontrado en los que no se habla de menstruación como algo intrínsecamente femenino, ni como algo que nos defina como mujeres (no podemos olvidar que no todas las mujeres menstrúan y que no todas las personas que menstrúan son mujeres).

Debo admitir que yo tengo una manía: antes de leer un libro, siempre lo abro y lo ojeo al azar. Y cuando hice esto con mi ejemplar, me llevé un susto tremendo al encontrar las siguientes frases en mi buceo previo: “¿Qué sería una mujer sin un hombre al que cuidar, admirar y amar? De todo, menos mujer.” “Tu marido se casó con una esposa a jornada completa, no a jornada parcial. Así pues, debes estar activa, animosa y alegre todos los días.”

Pero tranquilidad, estas frases NO resumen para nada el espíritu del libro, sino que en su contexto se entiende que son recursos irónicos para hacer más ameno navegar a través de las injusticias que vamos (re)descubriendo a través de las páginas.

Es un libro para reflexionar, para derribar mitos y poner en juicio creencias que siempre han acompañado a la menstruación, para entender que menstruar nunca debe doler, que las pastillas no nos regulan (porque para empezar no somos irregulares), que no debemos disculparnos ni avergonzarnos de los cambios que acontecen a lo largo del mes, para resaltar la importancia de los cuidados, de vivir la sexualidad plenamente todos los días. Y para ello necesitamos el tipo de libertad que empieza por el (auto)conocimiento.

Y todo esto que os cuento, siempre desde un prisma científico, aportando bibliografía para sostener los datos, pero escrito de manera amena, como si conversaras de menstruación con una amiga mientras te tomas un café.

Personalmente, este libro ha sido mi pequeño gran descubrimiento en lo que llevamos de año, y por si fuera poco viene aderezado con unos extras al final del mismo: una serie de recursos (libros, páginas webs, artículos, etc.), un poema sobre la menstruación (“yo menstrúo, yo monstruo”), una explicación del ciclo hormonal que lo relata como si fuera una fiesta (“la fiesta de las hormonas”), que es fantástico para explicar todo el proceso de manera sencilla pero completa, y por último pero no menos importante, la única traducción al español del texto “si los hombres menstruaran” de Gloria Steinem (1978), que es simplemente una deliciosa sátira sobre un universo paralelo en el que los hombres (cis) menstruasen y cuán maravillosa sería la menstruación en esta circunstancia.

En resumen, al igual que nuestra menstruación, este libro no tiene desperdicio.

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Las primeras caricias de amor propio de un grupo de sexólogas

Las primeras caricias de amor propio de un grupo de sexólogas

19 de mayo de 2019

Laura Marcilla

Es posible que ya hayáis leído en redes sociales u otros medios que en mayo se celebra el mes de la masturbación. Es una práctica sana, común y muy positiva, que sin embargo ha estado (y a menudo sigue estando) bastante estigmatizada. Hay quien, aún a día de hoy, tiende a pensar que es una práctica solo para personas solteras o un sustituto del ‘sexo de verdad’. Nada más lejos de la realidad.

Sin embargo, pese a los muchos beneficios que presenta el juego erótico con uno mismo, nos hemos preguntado… ¿Cómo han vivido estos primeros acercamientos las mujeres que ahora se dedican a la sexología? Cuando estas personas aún no sabían que iban a acabas haciendo del sexo su profesión, ¿qué tal fueron sus primeras experiencias sexuales en solitario?

Y para ello os traemos unas pinceladas de lo que ellas mismas nos han contado al respecto.

 

Norma J. Brau

Mi historia con la masturbación ha sido la de un acercamiento poco a poco. Recuerdo que empecé joven, muy joven. Seguramente "alarmantemente" joven si algún adulto lo hubiese sabido; ya que aún estaba en primaria.

Supongo que lo descubrí de la forma más ingenua y me dedicaba a ese rocecito que tanto me gustaba cada vez que podía. Con los años, mi técnica, mi acercamiento al propio cuerpo (que, al principio, ni me tocaba directamente y luego ya atreverme a masturbarme por encima de las bragas fue todo un paso), el descubrimiento de cómo poder tener más orgasmos... ha sido todo un viaje. Creo que a día de hoy podría decir que me conozco bastante, pero aún sigo explorando con nuevas formas de estimulación, nuevos juguetes... ¡no es nada aburrido quedarse sola y sin tener qué hacer!

 

Yaiza Morales

A los ocho años, recuerdo una noche que volvíamos en coche para casa, el coche era uno de esos viejos que traquetean mucho, la vibración que aquello me producía me dio mucho gusto y allí que me quedé rozándome.

Creo que ese fue el primer recuerdo consciente que tengo relacionado con la masturbación. A partir de ahí, me exploraba, jugaba conmigo, me toqueteaba por todos lados muy curiosa, como quien ha descubierto un juguete nuevo y quiere averiguar cómo funciona. Cuando estaba en el sofá de casa viendo una peli y, de repente, aparecía una escena subida de tono me encendía muy fácilmente y gozaba del calorcito que me daba en la entrepierna pero a la vez me sentía culpable sin saber muy bien porqué.

Nadie me había explicado qué era aquello ni por qué pasaba. Recuerdo que me ponía un cojín encima y lo apretaba fuerte con las manos contra mí, pero eso no hacía que la sensación desapareciera. Miraba a mis padres o a quien hubiera presente buscando indicios de que se hubieran dado cuenta de lo que le estaba pasando pero no parecía advertir nada y eso me tranquilizaba y me inquietaba a partes iguales.

Disfrutaba de aquellos momentos y los ansiaba sin saber cuándo iba a llegar el siguiente. A partir de ahí, no tuve muchos momentos de intimidad para seguir la exploración, pues compartía habitación con mi hermana pequeña y tenía que ideármelas para poder disfrutar de un rato completamente a solas. En el baño o durante la ducha solía ser el momento.

Pese a considerarme una persona ya bastante activa sexualmente, masturbarme a menudo y disfrutar de ello, sentía que había algo malo en mí y que no podía decirle aquello a nadie porque iban a pensar que era de guarra para arriba y me daba pavor la idea. Con los años, y viendo lo que me aportaba, lo fui normalizando y cada vez me daba más igual lo que la gente pudiera pensar al respecto. De hecho, es una cosa que la gente que me conoce sabe bien que hablo muy naturalmente e incluso me gustaba provocar sacando el tema.

 

Maitena Usabiaga

Me acuerdo de cuando tenía 12-13 años comentábamos en nuestro grupo de amigas que notábamos un “kili kili” en el coño, lo llamábamos así. Notábamos ese cosquilleo andando en bici, con el chorro de la ducha, viendo una peli donde aparecían escenas eróticas... En ese momento no apreciaba la riqueza de aquellas conversaciones y con los años me he dado cuenta que desgraciadamente no han sido muy comunes en grupos de mujeres. Y yo sí las he tenido, menos mal.

El roce y los ojos fueron mis primeras herramientas para acercarme al gran desconocido clítoris. Pero ponerme a tocarme el clítoris con total empeño vino mucho más tarde. Mis primeras experiencias eróticas con mi genital han sido acompañadas, creo haber experimentado otras prácticas mucho antes que mi primer orgasmo masturbándome sola.

Había una parte del protocolo que decía que lo más importante era realizar el coito para perder la ‘virginidad’ y ya ‘liberarme de esa carga’. Así fue, coité y después de aquello comencé a explorar más mi cuerpo, pero tampoco os creáis que fue un cambio inmediato. Me acuerdo que tenía una colega que me decía que cuando se masturbaba tenía 10 orgasmos. Yo flipaba en colores y pensaba que yo quería saber lo que era tener tantos, incluso me atrevo a decir que no sé si tuve algún orgasmo hasta entonces, y ya llevaba años teniendo mis aventuras... Muy triste.

Así que viendo que mis compis que me tocaban no me facilitaban orgasmar, me empeñé en dedicarle tiempo y profundicé en la técnica. Al final sí, orgasmé solita y después me compré un juguete al que me aficioné tremendamente. Tenía orgasmos mucho mejores que muchas de las prácticas que compartía, así que a tope.

 

Iria Ferrari

En mi caso, me descubrí el clítoris con apenas 12 años y, al principio, como no tenía a quién preguntar, ya que mi madre es muy ‘antigua’ para eso, pues me restregaba cojines o peluches a escondidas, hasta que mi madre me pilló, y me echó tal bronca que me sentí súper sucia y mala hija.

Pero seguía con la inquietud de saber qué era aquello y por qué me provocaba placer... Y de ahí pasaron los años, y me masturbaba con la ducha como si el agua fuera a borrar la culpabilidad. Mi primer juguete fue con 21 años, aunque disfrutar realmente de ellos ha sido algo más reciente, hace escasos diez años, después de mi divorcio.

 

Isilla LM

No tengo recuerdo de cuándo empecé a masturbarme. Era lo bastante pequeña como para no saber que eso que hacía tenía un nombre. Cuando creces, entiendes que en verdad todo eso de tocarte el clítoris, es un acto que da placer, da "gustito", y por eso te tocas, no por ser plenamente consciente de hacerlo. En casa nunca han sido represores de la sexualidad, se hablaba abiertamente aunque fuese en tono de humor, que es como mejor se tratan los asuntos.

Recuerdo una anécdota: a veces mis hermanos grababan pelis porno en VHS, y mi padre en una comida simplemente dijo que se pusiera el título o un aviso en la carátula, ya que había gente más joven que podía confundirse. Lo dijo guiñando un ojo y mirándome de soslayo.

Nunca he concebido la masturbación como algo nocivo, ni me ha creado sentimiento de culpa. No es algo que haya descartado por tener pareja. Sí es curioso cómo, según el momento de vida en el que te encuentres, te apetece más o menos, te apetece de una forma u otra. Pero es una práctica más de mi erótica.

Siempre me pareció curioso el tabú que había entorno a este tema si eras chica. Pero por suerte, nunca tuve ni yo ni mis amigas, dificultades de hablar sobre onanismo con los amigos. Es más, a veces éramos nosotras más ‘brutas’ que ellos. Siempre digo que el orgasmo empieza por el cerebro, ya no sólo por las sustancias y hormonas que segregamos, sino porque cuanto más equilibrio tengo en mi vida, más me apetece jugar conmigo misma.

 

Melanie Quintana

Tengo recuerdo de haber empezado a masturbarme a los 9 o 10 años. Fue con una amiga, una almohada y con el roce de la misma. Ahora me parecen curiosas las tres cosas por separado y en conjunto, pero por aquel entonces fue de lo más natural. De hecho, tales fueron las sensaciones que empecé a rozarme yo sola en la intimidad. La almohada se me quedaba corta y busqué algo parecido a lo que había visto en alguna revista: un objeto que vibrara (ni siquiera sabía que se llamaba vibrador).

La primera vez que disfruté con la estimulación piel con piel de mi clítoris no fue con mi mano, sino con la de un chico con el que por aquel entonces ‘salía’. Nunca nadie me explicó qué era, ni cómo hacerlo, ni siquiera se hablaba del tema, al menos no como ahora, de lo único que me arrepiento es de no haber tenido más información al alcance de mi mano, y nunca mejor dicho…

 

María Mas Vidal

En mi 18 cumpleaños recibí un regalo muy especial: mi primer vibrador. En aquel entonces yo todavía lo llamaba CONSOLADOR. Imagina el poco conocimiento que tenía de juguetería erótica. Todavía me fustigo a mí misma, el cambio de lenguaje ha sido muy reciente.

Yo ya me masturbaba, pero era algo extremadamente secreto. Me sentía sucia por hacerlo. En aquel momento, comprendí que para mis amigos era natural que yo me tocara (si no, ¿para qué me regalaban un vibrador?). Y además, comprendí que la ‘energía’ sexual que yo sentía en mí misma, los demás también la veían.

Aun así, tardé dos años en atreverme a tener un encuentro con mi vibrador maravilloso. No era capaz, tenía tantos prejuicios que no sabía cómo gestionarlos. La primera vez lo limpié, le puse las pilas, y empecé a experimentar las diferentes formas de vibración. Fue muy divertido, aunque mis dedos conocían mucho mejor mi anatomía y siempre terminaba acariciándome yo.

Al final, cuando me fui de erasmus, mi gusanito (así le llamo aún) se vino conmigo y comenzamos a tener una relación maravillosa que todavía no ha acabado del todo. Ahí está, en el cajón, celoso de mis otros juguetes. Pero siempre será el primero, el que tiene una cara sonriente que no terminaba de excitarme, pero aun así, me dio muchísimo placer.

 

Laura Marcilla

No sabría decir una edad exacta a la que empecé a masturbarme, quizá sobre los 10 u 11 años. Tengo recuerdos borrosos de estar jugando con una amiga a las ‘Barbies’, y ponerlas debajo de una manta desnudas junto con un muñeco ‘Ken’. De alguna manera, ese juego acabó derivando en mirarnos bajo la ropa interior nosotras mismas a ver “qué teníamos ahí”. No fue algo erótico, a pesar del componente sexual. Fue una forma de explorar, de conocer una parte de nuestro cuerpo que nos daba curiosidad. Creo que después de eso, ambas nos sentimos incómodas, porque nunca más volvimos a hablar del tema.

Pero más o menos por esa época empecé yo también a rozarme por mi cuenta, para obtener placer. Me sentía mal al hacerlo, así que me tocaba por encima de la ropa interior, porque la idea de estar en contacto directo con mi vulva me parecía algo ‘sucio’. Tardé muchos años en explorar mi cuerpo de una manera más directa, y mucho más tiempo aún en hablar de ello abiertamente.

En el instituto, todos los chicos hablaban de la masturbación como algo natural, pero todas las chicas negaban hacerlo, y yo no me atrevía a ser la única que nadara contracorriente.

Una vez le confesé un amigo íntimo que lo hacía, y me empezó a agobiar con preguntas al respecto. Una de esas preguntas fue que “cuántos dedos me metía”. Todos parecían asumir que la masturbación implicaba “meterse los dedos”, porque es lo que todos veíamos en el porno. Y yo, que me quedaba siempre en el clítoris por aquella época, pensé que se iba a reír de mí si le decía la verdad, como si mi forma de masturbarme fuera menos válida. Así que le mentí, y le dije que usaba dos dedos. Ahora, se me hace triste pensar la de mentiras que tuve que decir a lo largo de mi adolescencia y mi juventud para no ser juzgada por algo tan bonito y tan positivo como es disfrutar de mi sexualidad.

 

Como veis, la sexualidad es tan diversa, que incluso mujeres de una edad parecida y que se dedican a la misma profesión, han tenido inicios y experiencias muy variados. No son pocas las que refieren sentimientos como culpabilidad o malestar debido a algo tan natural como la masturbación.

Ellas son solo una muestra de las muchísimas personas que han tenido que trabajar conscientemente para superar estas barreras que nos impone la sociedad y poder disfrutar plenamente de su sexualidad. Por eso es importante escribir y hablar sobre la masturbación. Sacarla de la mesita de noche, de debajo de las sábanas, de la ducha, y hacer de ella un tema de conversación más, sin vergüenza ni miedo, para que ninguna otra niña tenga que sentir que tocar su propio cuerpo es algo reprobable.

De Peculiares

“El mito que más daño hace: el vaginismo es psicológico”

Rosaura Delgado Recuerda

Santiago Agustín Ruíz

Todas las vaginas se abren. Este es el mantra y la lucha de Rosaura, quien trabaja todos los días, como profesional de la medicina y la sexología, y como activista en redes sociales, para crear visibilidad en torno al vaginismo.

8 de abril de 2019

Entrevista de Laura Marcilla

El vaginismo es una disfunción sexual más común de lo que se piensa, pero todavía muy silenciada. A la gente le cuesta hablar de ello, o reconocer que lo sufre, y éste es el caldo de cultivo perfecto para que surjan mitos, prejuicios y creencias dañinas a su alrededor.

¿Qué te llevo a querer dedicarte a la Sexología y a crear @todaslasvaginasseabren?

Para mí haber tenido vaginismo y no haber sabido qué hacer hasta hace un año y medio, ir dando tumbos, fue muy frustrante. Una vez que lo superé, me di cuenta de que haber estudiado medicina me daba la oportunidad de investigar sobre este tema y, sobre todo, impedir que a las miles de mujeres a las que les está pasando en este momento se sientan solas. Cree el perfil para que quien lo sufre sepa qué hacer y a quién acudir, porque hoy en día todavía hay controversia al respecto.

Por si alguien no ha oído nunca este término, ¿qué es exactamente el vaginismo?

El vaginismo consiste en una hiperactividad de uno o de varios puntos gatillos situados en la musculatura del suelo pélvico. Estos músculos están continuamente en actividad, no están relajados. Si hacemos un electromiograma, que registra la actividad de un músculo, en el caso del vaginismo no está a cero, sino que puede estar a diez, a veinte… depende de cada tipo de vaginismo. ¿Qué pasa? Que estos puntos gatillos están activados independientemente de si la paciente está relaja o está nerviosa. Igual que cuando tienes una contractura en la espalda, que no se te va a no ser que se haga algo, pues con el vaginismo pasa exactamente lo mismo.

¿Cuáles son los síntomas que pueden hacernos sospechar que lo padecemos?

¡Es súper fácil! Hay cuatro síntomas que son los más típicos. El primero, la imposibilidad de introducirte tú misma el dedo, que muchas chicas al masturbarse descubren que no pueden. El segundo, la imposibilidad de introducirte un tampón o la copa menstrual, aunque la mayoría de las chichas con vaginismo no lo llegan a intentar con la copa porque ya el tampón les resulta imposible. Después tenemos la imposibilidad de tener penetración y el cuarto sería la imposibilidad de hacerte una revisión ginecológica con el espéculo o con el ecógrafo vaginal. Esto puede ir acompañado de dolor, de quemazón, de ardor… o no.

A menudo se oye que las causas del vaginismo son psicológicas. ¿Cuánto hay de verdad en esta afirmación?

Esta idea es errónea. Nadie niega que mente y cuerpo van juntos, la relación entre el cerebro y la vagina es algo que está ahí, pero por un lado tenemos los puntos gatillo, vamos a llamarlos las “contracturas de la vagina”, que hasta que no se comience con el tratamiento con fisioterapia no se van a solucionar; y por otro lado, el reflejo condicionado, que sería algo así como: yo anticipo ese dolor porque ya he tenido experiencias previas, mi vagina anticipa ese dolor que sabe que va a ocurrir y se defiende.

¿Cómo se defiende?

Contrayendo los músculos más superficiales de la vagina. Por lo tanto no es un dolor imaginado o inventado o un miedo, sino que es un espasmo real que hace la musculatura de manera voluntaria, porque ha aprendido que cada vez que intentas introducir algo en la vagina hay dolor, y por tanto intenta protegerse. Es decir, el miedo que existe en el vaginismo no es el causante de la afección, sino que es la consecuencia. Las causas no son psicológicas, lo son las consecuencias.

En general, hace falta mucha más educación sexual, y parece que el vaginismo tampoco se libra de los prejuicios y los mitos. ¿Cuáles crees que son los que más daño hacen?

Pff… (sonríe). Hay muchísimos mitos. Yo creo que si tuviera que elegir alguno sería “te duele o no puede entrar el pene porque no estás lo suficientemente lubricada, o lo suficientemente relajada”, que es igual a “como estás nerviosa, contraes y no puedes tener penetración”. Ese es el que más daño está haciendo porque las chichas se sienten culpables, se sienten frustradas y piensan que la responsabilidad es suya porque no se pueden relajar. Se está educando en culpabilizar a la persona que lo tiene. También se cree que existe porque hay una “fobia al pene” o por “miedo a encontrar enfermedades de transmisión sexual”, pero sobre todo el mito que más daño hace es: “el vaginismo es psicológico”.

Según tu experiencia, ¿cuáles son los motivos por los que suelen acudir a consulta las personas con vaginismo?

La gran mayoría para poder tener una penetración con la pareja. En el vaginismo hay muchísimo miedo al abandono, porque vivimos en una sociedad súper falocéntrica y coitocentrista en la que se dice que el hombre necesita la penetración. Las chicas que tienen vaginismo sienten que tienen esa necesidad de satisfacer al hombre, de darles esa penetración y que, si no lo hacen, las pueden dejar y “¿cómo van a encontrar otra persona?” (entrecomilla con los dedos). Aunque también suelen acudir las mujeres con cierta edad que tienen un vaginismo severo pero quieren ser madres, o tienen que hacerse una revisión ginecológica y ven que no pueden.

En una sociedad donde la penetración se considera un pilar principal en el sexo, como comentas, ¿cómo se ve afectada la vida de las personas que sufren esta disfunción?

Se sienten bichos raros, se sienten inferiores. No sólo inferiores con su pareja, sino inferiores a sus amigas. Cuando se habla de sexo, normalmente mienten o intentan evitar la conversación para no tener que decir “yo no he tenido relaciones sexuales con penetración”. De hecho, la mayoría no lo cuentan. Se sienten muy frustradas. Y lo que ya he comentado del miedo al abandono, que es algo que desde la sexología se debería de abordar. El abordaje sexológico debe enfocarse a las consecuencias y al acompañamiento hacia la paciente con vaginismo, porque creo que es fundamental que sepan que una relación sexual no está centrada en el coito.

todas las vaginas se abren¿Qué soluciones suelen ofrecerse a las personas con vaginismo? ¿El pronóstico es bueno?

El pronóstico es cercano al 100%, porque en medicina nunca se puede decir el 100%, pero bueno, un 99%. Tenemos la terapia física, que no solo incluye los dilatadores como todo el mundo se piensa. Son un conjunto de técnicas, que en este caso las hace el fisioterapeuta y puede ser trabajo miofascial, trabajo de las articulaciones sacroilíacas y las lumbosacras, movilizar el coxis… La articulación temporomandibular también se está viendo que está muy relacionada con disfunciones del suelo pélvico, o sea, con vaginismo. El abordaje es muy amplio y multidisciplinar. Tiene que contar con el fisioterapeuta y con el sexólogo. Aunque también te digo que hay chicas que, porque no tienen dinero o porque no hay un fisio-sexólogo en la zona donde viven, tienen muy difícil acceder a estos medios. Entonces la dilatación es el pilar fundamental que, sí o sí, necesitas para superar el vaginismo. Si no hay dilatación, desensibilización, no se puede tratar el vaginismo, no se solucionará. Pero cuando se hace, ya te digo que es efectivo casi al 100%.

¿Cuál es el tiempo estimado de resolución?

Unos tres meses, así que realmente en poco tiempo se dan cuenta de que son capaces de experimentar y de sentir libertad, que al final es lo que todas dicen cuando acaban, que se sienten libres.

¿Hay alguna moraleja, algún aprendizaje positivo que las personas que han sufrido vaginismo puedan extraer de esta experiencia?

La verdad es que sí. De hecho, todas coinciden en que disfrutan la sexualidad de una manera muy diferente, de muchas formas, porque acabas descubriendo de ti cosas que si te centraras solo en la penetración no podrías descubrir. Ellas priman el autoconocimiento. Y este camino les enseña también a descubrir su fortaleza, la valentía que tienen y la capacidad de resistencia. Porque no es solamente la sesión con el fisio, sino que ellas en casa tienen que hacer ejercicios durante una hora o el tiempo que cada vaginismo requiera.

Siempre hacemos esta pregunta pero en tu caso me gustaría afinar más: ¿Ha habido algún momento en tu propia vida erótica con vaginismo que marcase un antes y un después?

Hay dos momentos en concreto que marcaron un antes y un después. El primero fue cuando me masturbé con el dedo yo sola y en vez de dolor, que siempre había sentido dolor, sentí placer y tuve así un orgasmo.Fue algo que no puedo ni describir. Y el segundo fue la primera penetración con mi pareja. Porque aunque yo quiero hacer un discurso que nada tiene que ver con el coitocentrismo, cuando tú por primera vez puedes elegir tener o no una penetración, la sensación de alivio y de libertad es brutal, y es algo que durante el tratamiento y antes del tratamiento no lo sientes. Eres libre, pero no te sientes libre.

Si alguna persona leyera tu entrevista y pensara que puede estar padeciendo vaginismo, ¿qué te gustaría decirle?

Sobre todo, que se supera, que se supera muy rápido, que no lo tiene en su mente, que no se lo está inventando, sino que tiene algo físico que hay que solucionar, y que hay miles de mujeres en esa misma situación. También le diría que lo cuente, porque no contarlo hace que tú misma no lo vivas de manera natural, no lo acabes integrando, y todavía se hace más grande. Y bueno… que no se culpen, que no sientan miedo a que las dejen. Y que se perdonen. Porque al final toda la información que acabas recabando en internet o donde sea está con los mensajes que te decía antes: “tienes que aprender a relajarte y tienes que ser fuerte, porque no va a pasar nada porque el ginecólogo te meta el espéculo”.

¿Los ginecólogos suelen venderles este discurso?

Sí, pasa mucho, que intenta convencerlas de que está en sus mentes introduciendo el espéculo y les acaba haciendo un daño brutal. Por favor que no permitan eso, que es violencia obstrética. Que cuenten con la ayuda que les puedan ofrecer sus amigas, por ejemplo. Contárselo a alguien, aunque sea sólo a una persona les hace sentir muy liberadas. La sensación cuando lo cuentas es “mira, no me ha juzgado, no ha sido para tanto”.

¿Cómo te imaginas o cómo te gustaría imaginarte la situación del vaginismo y de las personas con vaginismo en el futuro? Pongamos, por ejemplo, en diez años.

Me encantaría que de aquí a diez años se siguiera un protocolo de actuación, que todos los ginecólogos, psicólogos, sexólogos, fisioterapeutas, todos lo llevaran a cabo y derivaran a las chicas de manera correcta. Sueño con eso. Que las chicas hablen con naturalidad de que no pueden tener penetración igual que hablan con naturalidad de que tienen una candidiasis o cualquier otro proceso. Estamos en ello, que ya se ha hecho, se ha redactado una guía multidisciplinar para que todos los médicos trabajen y aborden el vaginismo, porque estamos en una situación en la que la investigación no avanza. Todos los estudios que hay están centrados en psicólogos y psiquiatras. Y por supuesto que el DSM-V saque el vaginismo de ahí, que todavía aparece como una patología psiquiátrica, y espero que esto dentro de diez años ya no sea así.

Para terminar, desde redes sociales, haces una labor muy importante, y recientemente has comenzado una investigación sobre este tema. ¿Cuál es el objetivo final y cómo podemos colaborar con el estudio?

Me gusta esta pregunta porque el objetivo del estudio es saber cuáles son las causas reales del vaginismo. Para eso, aparte de la investigación, he elaborado una encuesta que está en mi perfil. La tiene también Laura Pastor, de “En forma por dentro”, que es fisio de suelo pélvico y Marta Torrón, otra especialista en suelo pélvico. Cualquiera de nosotras podemos facilitar el cuestionario a personas que tienen vaginismo. La verdad es que ahora mismo están saliendo resultados muy interesantes que le van a dar la vuelta a lo que conocemos como vaginismo “psicológico”.

De Peculiares

Mírame a los ojos

 
 

 

 

 "Hacía dos años del accidente que había dejado a Mateo en silla de ruedas, y su vida sexual dio un giro absoluto. Mentirían si dijeran que no fue duro. Aquello estuvo a punto de acabar con su relación."

LAURA MARCILLA

 

 

 

Relato ganador del Concurso de Relatos "Eroticopao", organizado por el Colegio Oficial de Psicólogos de Andalucía Occidental.

No le había dicho nada a su pareja. Casi se sentía como si le estuviera engañando. Estuvo excitada todo el día, sin poder concentrarse en el trabajo, recreando en su mente lo que tenía planeado para aquella noche. Su mente vagaba entre lencerías de encaje, velas, música suave...

Al llegar a casa dedicó más de una hora a mimarse y acicalarse, a prepararse para una noche especial. Se dejó embriagar por la espuma y las sales de baño. Untó todo su cuerpo en crema al salir de la bañera. Se roció con un perfume nuevo que había comprado para la ocasión. Se maquilló los labios con carmín y enmarcó sus ojos en unas enormes pestañas. Eligió un disco de jazz y abrió una botella de tinto. Las medias con liguero y el batín de seda eran los únicos que cubrían su cuerpo. Estaba tan ansiosa que no parecía ser consciente del frío, e ignoraba incluso las señales de sus pezones que despuntaban descarados bajo la tela.

El corazón le dio un vuelco cuando escuchó la llave en la cerradura.

Su novio entró en la habitación con una expresión de desconcierto.

– ¿Y todo esto? – preguntó frunciendo el ceño – No me habías dicho que fueras a organizar una cita hoy.

– Porque esta es una cita diferente – le respondió arrodillándose ante su silla de ruedas –. Hoy vamos a ser solo tú y yo.

*

Hacía dos años del accidente que había dejado a Mateo en silla de ruedas, y su vida sexual dio un giro absoluto. Mentirían si dijeran que no fue duro. Aquello estuvo a punto de acabar con su relación. Pero como todas las crisis, también les abrió nuevas posibilidades que ellos supieron aprovechar.

Mateo siempre había sido dominante en la cama. Le gustaba darle órdenes, y a ella le gustaba fingir que las obedecía a regañadientes.

A raíz de la nueva situación de Mateo, decidieron dar el paso y probar algo que había salido en muchas conversaciones sin llegar a materializarse. Julia empezó a acostarse con otras personas ante la atenta mirada de su novio.

Mateo no se limitaba a ser un observador impasible. Él era el director de orquesta. A menudo ni siquiera tocaba a Julia en todo el encuentro, pero los dos, y el invitado de esa noche, sabían perfectamente quién estaba al mando.

– Métete su polla en la boca, pero no dejes de mirarme a mí – solía decir al principio.

– No se te ocurra gemir, no tienes permitido hacer ningún ruido.

– Ponla contra la pared, y azótala con esto – ordenaba a veces quitándose su propio cinturón.

Y sobre todo: “Mírame”. “Mírame a los ojos”. Este mandamiento se repetía en todos los encuentros en el momento del orgasmo. Cuando Julia se corría siempre eran los ojos de Mateo su última visión antes de dejarse ir, para que no olvidase que, fuera de quien fuera el cuerpo que tenía entre las piernas, el placer lo obtenía gracias a él.

Era un juego divertido que les unía profundamente. Hacía sentir a Mateo poderoso. Hacía sentir a Julia una maravillosa pérdida de control al dejar sus actos en manos de otra persona.

Tras los primeros encuentros, tras haber perdido el miedo a que Mateo se viniera abajo, se atrevió a preguntarle:

– ¿Qué te excita a ti de todo esto?

– El poder es el más potente de los afrodisíacos – le dijo -. Y no hay mayor poder que entregarte a otra persona y saber que, en esos momentos, me perteneces por completo. Me perteneces más que nunca.

*

No obstante, en los últimos meses Julia había echado de menos el tacto de las manos de Mateo. Cada vez se animaba a incorporarse a la escena con menos frecuencia. A menudo la observaba desde un rincón en la penumbra, y solo se acercaba para sostenerle la mirada en los segundos antes de la explosión del clímax. Como un artista que observa desde cerca el resultado de su obra.

Las sesiones de sexo eran exquisitas. El placer se desbordaba por todos los sentidos. Pero Julia quería algo más que placer. Quería recuperar la intimidad con la persona que le proporcionaba los orgasmos más vibrantes sin siquiera tocarla.

Por eso, esta noche, sería ella quien llevase la batuta.

Mateo se mostró inseguro al principio. Le invadieron unos nervios que no recordaba haber tenido en mucho tiempo. Ambos se sentían un poco novatos, un poco perdidos, un poco adolescentes. Ella tenía ganas de experimentar, él estaba preocupado por no poder dejarse llevar.

Le condujo de la mano hasta el dormitorio, y le ayudó a sentarse en la cama con la espalda apoyada en la pared.

Horas después, ninguno de los dos sabría decir exactamente todo lo que había pasado. Tendidos en sudor jadeaban con una sonrisa en la cara, mientras intentaban recuperar el aliento.

Los recuerdos de Julia saltaban de escena en escena al azar: ella bailando mientras él la observaba por encima del borde de la copa de vino. Sintiéndose deseada y deseante, libre para improvisar los siguientes movimientos.

Habían rodado por la cama, empapados en aceite de masajes y vino derramado sobre los pechos de ella.

Habían lamido cada centímetro de sus cuerpos, aunque no se negaron el capricho de dedicar más tiempo a determinadas zonas: a los pechos, al cuello, al torso, incluso a los dedos de los pies. Los dientes de Mateo marcaron las nalgas de Julia, y Julia hizo lo propio con sus uñas en la espalda de Mateo.

También había estado de pie sobre la cama, con una pierna a cada lado del cuerpo de Mateo, empujando su cabeza con furia contra su clítoris, y acariciándole el pelo.

Y tiempo después (podrían haber sido horas o quizá solo minutos), cuando la mano derecha de Mateo empezó a provocar temblores de éxtasis, mientras la izquierda le pellizcaba un pezón, Julia le sostuvo la cara entre las manos y esta vez fue ella quien ordenó con voz firme.

– Mírame. Mírame a los ojos.