De Peculiares

La historia de las brujas, mujeres librepensantes

4 de diciembre de 2019

Yaiza Morales

Las mujeres siempre hemos sido sanadoras y hemos transmitido nuestros saberes y experiencias entre vecinas y de madre a hija. Desde tiempos inmemoriales, las mujeres sabían cómo asistir en los partos, procurar abortos y actuaban como enfermeras aplicando sus conocimientos sobre hierbas medicinales y lo que hoy en día conocemos como los remedios de la abuela. Su trabajo en éste ámbito era tan poco reconocido que no aparece en los libros; o no al menos de un modo a tener en cuenta.

La historia que de ellas nos ha llegado, ha sido contada por sus perseguidores y teñida de maldad y un sinfín de atributos ridículos que han contribuido a mitificar la leyenda de las brujas.

Sabemos que las gentes de los pueblos las llamaban mujeres sabias aunque para las autoridades eran consideradas brujas o charlatanas y así pasaron a la historia.

La represión de estas mujeres sabias fue una lucha política; tanto por motivos de clase como por el hecho de que fue una lucha entre sexos. Las sanadoras o brujas fueron condenadas principalmente por su condición de mujeres. En la oposición encontrábamos los poderes de las clases dominantes tales como la Iglesia o las instituciones, universidades…

Por parte de la Iglesia se creó la Santa Inquisición que era básicamente una caza de brujas y el papel que éstas desempeñaban pasó a ser satanizado en contraposición con los médicos académicos (que por supuesto eran todos hombres), y que por otro lado eran designados por los altos poderes soberanos y las autoridades seculares. Es desde entonces que el aspecto de mujer relacionado con los cuidados y el famoso sexto sentido se ha rodeado de un halo de superstición asociándolo con la brujería.

La caza de brujas que se inició allá por el siglo XIV ha tenido consecuencias tan duraderas que llegan hasta nuestros días. Tanto que podríamos afirmar, en cierto modo, que los aquelarres medievales y el exterminio de las mal llamadas brujas, tienen bastante que ver con la actual lucha feminista. Por eso contar nuestra historia como realmente aconteció es una parte importante de esa lucha.

Desde que se iniciara la persecución de las brujas como tal en época del feudalismo, sus ideas arrasaron el territorio de lo que en esos tiempos ocupaba la Europa Occidental y se llegaron a registrar en algunas ciudades un promedio de 600 ejecuciones anuales por motivos de brujería.

Curiosamente sabemos que también entraba dentro del cómputo de la mal llamada brujería cualquier comportamiento que se desviara de la “normalidad” así que, pese a que el 85% de las ejecuciones que se llevaban a cabo eran de mujeres ya fueran niñas, adultas o ancianas, un porcentaje más reducido aunque significable también se llevó por delante a hombres bajo las mismas excusas. La acusación de brujería abarcó un sinfín de delitos, desde la subversión política y la herejía religiosa hasta la inmoralidad y la blasfemia

La persecución de las brujas coincide en tiempo y lugar con periodos de gran agitación social así que podríamos deducir que la población en general estaba conmocionada y con lo cual más enfurecida. Eso siempre lleva a la radicalización de los comportamientos y en algunos casos a una mayor sed de encontrar un culpable de la situación sobre quien descargar la ira.

Pero curiosamente la caza de brujas no fue un linchamiento popular sino más bien una campaña súper regulada y respaldada por la ley y como ya hemos comentado antes por la Iglesia. Se creó hasta una guía para la ocasión llamada Maleficarum Malleus; algo así como Martillo de Brujas que fue escrito en 1484 y en el que quedaban recogidos tanto los procedimientos a aplicar como las cualidades y comportamientos típicos de una bruja.

Se habla ya en esa época de la histeria femenina que supuestamente y en ese caso, era la desencadenante de esos comportamientos. En el libro se especificaban diferentes métodos de tortura que eran útiles para conseguir información sustancial sobre brujería tanto de las propias brujas como a vecinos que supuestamente hubieran observado alguna actitud sospechosa en alguien.

Entre estas actitudes existen 3 que se consideraban acusaciones irrefutables de brujería:

– Mujeres que tuvieran una actitud que se pudiera considerar sexual hacia los hombres. Es decir, que pudieran tentar y engañar a los hombres con sus atributos y sus prácticas con intenciones diferentes a procrear.

– Mujeres que estuvieran organizadas o tejieran una red de ayuda entre sí.

– Mujeres que supuestamente tenían poderes mágicos sobre la salud. Es decir, que podían curar a los demás.

En estas acusaciones podemos ver una actitud claramente misógina que lo que pretendía era desacreditar a cualquier mujer que pudiera dar la impresión de tener un pensamiento propio; de expresarse libremente o de poder demostrar estar en igualdad de condiciones que un hombre.

Pese a los avances que hemos experimentado en la historia, ¿Creéis que esta lucha se diferencia mucho de la que vivimos hoy en día?

De Peculiares

¿Y tú quién te crees para desearme?

2 de diciembre de 2019

Maitena Usabiaga Sarasua

Mi cabeza casi siempre (siempre es demasiado tiempo) es una bomba de relojería. Pienso todo el rato, las ideas vienen y van y últimamente una de los pensamientos lo está ocupando el deseo. ¿Qué nos está pasando a las mujeres, sobre todo, con el tema de que nos deseen? Percibo rechazo al hecho de que los hombres nos deseen. Nos hace sentir objetos, cosas, nos sentimos hasta violadas, intimidadas.

Las ideas siguen bailando dentro de mí y llego a la conclusión de que no es que nos deseen, sino cómo muestran su deseo. Y digo; “vale, según cómo me miran me mola más o me da puto asco”. Y es tal cual, enseguida lo sientes en el cuerpo, reacciona ante las miradas ajenas. Algunas muestras te pueden hacer sonreír y otras hacerte huir. Pero, ¿sabéis qué?, que cada vez veo a menos mujeres sonreír y no sé si es porque no encontramos miradas deseantes que nos gusten o porque las rechazamos todas.

El cómo importa, es evidente, pero no me parece suficiente como respuesta y sigo indagando. El dónde y el cuándo también son relevantes ¿verdad? No es igual sentir que te desean en tu puesto de trabajo que en tu casita, no es lo mismo cuando estás de fiesta a cuando estás paseando para respirar después de un día jodido. No es lo mismo, porque nosotras no siempre estamos igual ni queremos siempre lo mismo. Por tanto, llego a la conclusión de que la reacción que siento cada vez que me encuentro en esta tesitura, mi estado cuenta y mucho, porque reconozco que  no todos los días, ni yo, somos iguales.

Tengo la impresión de que ésta última conclusión muchas veces no se toma en cuenta. Intentamos regularizar lo de afuera y estamos haciendo poco caso o ninguno a lo de dentro, aunque me consta que muchas estamos terapeutizadas a muerte. También opino que nuestra reacción depende muchiiiisimo de quién nos desea. Si me muestra deseo quien yo deseo, de lujo, encantada de la vida, pero al contrario si me encuentro con alguien que aborrezco y muestra signos de deseo, le llamo puto baboso. Porque siento el asco en mi cuerpo, claro está, pero no me impide reflexionar sobre ello. Me doy cuenta de que dentro de mis esquemas mentales hay mujeres y hombres que deseo y, por tanto, me encanta que me deseen, y tengo a otra peña que no entra dentro de mis parámetros. Esos parámetros no siempre son compartidos con la normalidad heteropatriarcal, pero tengo unos parámetros, me guste o no. Reconocerlo es bien.

Sigo sumergiéndome y cuestionando mis reacciones y mis exigencias para con lxs demás. ¿Acaso mis no deseadxs no tienen derecho de desearme? ¿Desear es un derecho? Nosotras como nadie, sabemos lo que es vivir la represión del deseo. Nos podían desear, los hombres, pero parecía que no teníamos ni la capacidad de desear. Las mujeres no podían ni debían, y todavía muchas veces parece que tampoco, desear. Éramos sólo deseables pero no deseantes. Qué putada. Pero no porque que te deseen sea una putada, sino porque nos negaban la posibilidad de desear, de elegir, de tomar la iniciativa, a mostraros cachondas y seductoras. Ahora parece que lo que buscamos es la categoría de deseante y aborrecemos a la deseable. Porque creemos que el ser deseante conlleva intrinsicamente más poder. ¿Creéis que es así? ¿Ser deseable es una actitud pasiva? ¿a todas nos tiene que poner cachondas la misma manera y la misma gente? ¿y si a mí me pone muy pero que muy cachonda que me seduzcan? ¿por qué nos ofende que alguien muestre su deseo hacia nosotras?

Creo que podemos estar empoderadas reconociendo nuestro lado deseable, no reconocerlo ni aceptarlo es ocultar una cualidad importante. Ser vulnerables nos fortalece. No quiero caer en la trampa que los hombres se han tendido a ellos mismos, nosotras hemos aprendido que la vulnerabilidad es un tesoro que hay que guardar, cuidar y compartir con quien nos salga del coño (o de donde sea). Somos vulnerables y no pasa nada. A veces nos gusta sentirnos deseadas por alguien en concreto, en el lugar y con los modos que hace que se nos moje el coño. Y no, no siempre me apetece gestionar el deseo ajeno y no, todo el mundo no tiene derecho a expresar su opinión sobre mi cuerpo. Pero creo que el deseo lleva apellido masculino y pienso que, como en muchos aspectos de la vida, la revolución está en feminizar las cosas, no que nosotras queramos ser como ellos. Seguir perpetuando esquemas de dominación, ocultando nuestras vulnerabilidades, competir en todo, hacernos las duras y fuertes, independientes, individualistas...

Ser deseables no nos hace más débiles. Sentirnos vulnerables no nos quita valor. Es incómodo muchas veces, nos remueve por dentro y hay que atenderlo. Pero también podemos jugar, jugar para no hacernos daño y empoderarnos. Porque podemos responder, sentir, querer, no querer, enfadarnos, agradecer... No me gustaría vivir en un lugar donde los deseos no tuvieran su sitio, donde no se ligue, donde no se seduzca, donde no se juegue. El juego está cambiando porque así lo queremos, las reglas de antes ya no nos sirven y reclamamos la diversidad de los juegos y jugadorxs. Muchas no queremos seguir jugando a un juego impuesto, donde nuestros quereres no se han tomado en cuenta, donde nuestro papel es siempre el mismo y nosotras amigas, no somos iguales ni queremos lo mismo.

Conocernos, saber lo que nos gusta, lo que no, cómo lo queremos, de quién lo queremos, dónde, cuándo... son herramientas potentes para poder garantizar la creación de nuevos escenarios donde nos podamos vivir más plenamente. Los “deberes” nos han traído a un escenario donde priman los juicios, culpas, desconocimiento, mentiras y relaciones de poder unilaterales. Los “quereres” nos pueden llevar a nuevos escenarios donde nos sintamos vivas, activas, participantes, poderosas... Que no se nos vaya la olla, no dejemos de jugar.  Si no puedo jugar, no es mi revolución.

De Peculiares

¿Qué es lo que realmente quieren las mujeres?

21 de octubre de 2019

María Díaz Crujera, Mujeres Soberanas

Cuenta la leyenda que el rey Arturo fue retado por el terrible sir Gromer. Para salvar su vida, tenía que resolver acertadamente en el plazo de un año un acertijo: ¿qué es lo que realmente quieren las mujeres? Su sobrino sir Gawain, aunque tenía mucho éxito entre las damas de la corte, no tenía ni idea de la respuesta. Para salvar a su tío, el joven decidió recorrer el reino durante un año y preguntar a toda mujer que se encontrara qué era lo que más deseaba. Al cabo de aquel año había recogido muchas respuestas, pero tan diversas que no fue capaz de decidir cuál sería la correcta.

El día en que se cumplía el plazo y aún sin respuesta, el rey se adentra en el bosque para entregarse a su enemigo sir Gromer. En un claro, se topa con un ser horripilante que resultó ser una mujer, lady Ragnell. Ella le ofrece la respuesta correcta que le salvará si, a cambio, el apuesto sir Gawain acepta casarse con ella.

Su sobrino, por salvar a su tío, acepta y obtienen la respuesta al acertijo: “Lo que más desean las mujeres es ser soberanas de sí mismas”.

El cuento no acaba aquí, pero lo que me interesa ahora es la respuesta a la pregunta-acertijo: ¿Qué es lo que realmente quieren las mujeres?

Quizá sir Gawain no encontraba la respuesta correcta porque la pregunta en sí es una trampa. Cada mujer es única y peculiar, por eso cada una de las mujeres a las que preguntó contestaba de forma diferente. Cada una de ellas quería decidir sobre sí misma y su vida, ser soberana de sí misma, si bien para cada una esto tenía un significado propio y particular.

En la cultura que heredamos, desde la antigüedad, para las mujeres no era compatible poseer soberanía y dignidad al mismo tiempo. En la antigua Atenas, las mujeres dignas y respetables eran propiedad de su marido, y solo las hetairas se pertenecían a sí mismas; eso sí, eran estigmatizadas y moralmente reprobadas. Se trataba de prostitutas de clase alta, que no sólo ofrecían servicios carnales, sino también compañía y conversación, habiendo sido educadas en oratoria, filosofía y artes. Eran independientes en el ámbito económico, no pertenecían a un hombre, pero no eran mujeres respetables socialmente.

Aunque las cosas han cambiado bastante, aún hoy muchas mujeres seguimos creciendo en un ambiente en el que, si conoces, exploras y disfrutas tu cuerpo a tu antojo, eres juzgada por ello. Conocer nuestro cuerpo, lo que nos gusta experimentar en él y expresarlo libremente, en muchas ocasiones, sigue calificándose como ser una “puta”, pretendiendo que sea un insulto.

Nuestra educación ha tenido y sigue teniendo notables trazas de puritanismo que se pone de manifiesto en situaciones cotidianas o puntuales que desde niñas hemos ido “mamando”. Nuestro cuerpo se nos ha hecho ajeno y desconocido mediante frases como: “No te toques ahí, cochina” o alguna de sus variantes… Mi abuela tenía una expresión comodín que servía para todo: “Eso no es propio de una mocita”.

De esta manera, hemos visto limitadas las oportunidades de exploración de nuestro cuerpo, de sus posibilidades, de las diferentes cualidades de las sensaciones, intensidades, ritmos… Y, frecuentemente, las guardianas de esa decencia han sido madres y abuelas, que pretendiendo proteger de los supuestos peligros que acarrea el saber “demasiado” han privado a las pequeñas de estos aprendizajes, dejándolas en realidad perdidas en la ignorancia. Nuestros principales referentes femeninos, especialmente las madres, se nos mostraban como seres virginales y asexuados, cuyos cuerpos eran un misterio y, aparentemente, no gozaban ni deseaban. El silencio y la ocultación eran claves en el mantenimiento de esta expropiación de los cuerpos.

Aún conozco mujeres jóvenes que cuando tienen la regla “están malas” y que van a la ginecóloga para que les mire “ahí abajo”. De pequeñas no accedimos a un vocabulario más digno para nombrar nuestra vulva y lo relacionado con ella, y en los libros de texto escolares sigue sin aparecer el clítoris en la anatomía genital - ¡Total, si no es necesario en la reproducción! Y, para colmo, nos mete en el lío de hablar de placeres…-

Es importante hablar de vulvas, para hacerlas visibles, pensables, imaginables, lúdicas… acogidas en la globalidad de un cuerpo, también sexuado y sensual, que no siempre es aceptado, escuchado y valorado como se merece. Qué importante puede resultar para muchas mujeres poner un espejo entre sus piernas para observar su vulva con amabilidad y con la curiosidad de la niña que un día fueron.

Y por supuesto, qué necesario va a ser también reflexionar y hablar sobre qué pasa con los genitales de las mujeres que tienen pene o de aquellas cuya morfología genital no se parece a lo que se espera que “ha de ser” una vulva o un pene…

Por otro lado, en nuestra sociedad se fomenta una visión casi esquizofrénica sobre la propia imagen corporal, que debe responder a un patrón de belleza imposible de alcanzar, puesto que no es real ni “normal”. Un patrón de belleza que se presenta a través de imágenes absolutamente virtualizadas de cuerpos que no son reales. Si yo me miro al espejo y comparo mi imagen real con la del modelo irreal impuesto, resulta que mi cuerpo no es como “debería ser”. Esto me lleva a que no me guste mi cuerpo, a no aceptarlo. Es decir, a no gustarme a mí misma, a no aceptarme.

Esta mirada distorsionada se dirige hacia una misma y hacia las demás, lo que además genera situaciones de competitividad y recelo entre las mujeres.

Otra idea que está de fondo es la de que solo los cuerpos que se ajustan a determinadas formas, tamaños, texturas… tienen derecho a gozar, como si el resto de cuerpos no sintieran las caricias, las humedades o el calor que los inunda… como si el goce fuera un derecho solo de algunos cuerpos, cuando es una capacidad universal, un hecho que acontece a todos los seres humanos, simplemente porque estamos diseñados para sentir, para gozar.

Se dice que vivimos en una sociedad de culto al cuerpo, refiriéndose al empeño de conseguir una determinada imagen y estética acorde a la moda, a los cánones vigentes. Frente a ese falso culto al cuerpo, a mí me interesa cultivar el cuerpo desde otro lugar, el del disfrute de estar viva, de los placeres sensoriales de la piel y la carne, de las capacidades que todo cuerpo vivo tiene, sea como sea éste… Mi cuerpo es mi hogar, es mi forma de estar en el mundo y es digno de celebración y agradecimiento.

Conectar con el momento presente, a través de la respiración, del movimiento, del tacto, del juego, me facilita reapropiarme de mi cuerpo, conocerlo, descubrirlo y sintonizar con aquello que justamente ahora me apetece, sea estando sola o en la interacción con el otro, con la otra.

Muchas mujeres me dicen que tienen claro qué es lo que no quieren y suelen evitar. Pero ante la pregunta sobre lo que sí desean, muchas veces se sienten perdidas, no saben…

Poner el foco en lo que sí quiero, me gusta, me apetece, es muy revelador. Podemos empezar por explorar con nosotras mismas y con placeres “pequeñitos”. La actitud de apertura al placer se cultiva en lo cotidiano, en las pequeñas cosas diarias que me resultan gustosas como, por ejemplo, tomar mi infusión preferida poniendo toda mi atención en las sensaciones. Concentrarme en el olor, el sabor, la temperatura, el color… De la misma forma, buscar un rato de calma para, tras la ducha, poner toda mi consciencia en recorrer mi cuerpo con mis manos, con ese aceite aromático que tanto me gusta y, sencillamente, observar mis sensaciones, observarme…

Los descubrimientos de estas exploraciones serán los que puedan ofrecer luego en el juego erótico con sus amantes. Conocerme a mí misma me permite regalarle a la persona con quien comparto placeres el conocimiento de aquello que más me apetece justo en este momento. Ofrecer propuestas, pistas, peticiones, es brindarle a mi compañero o compañera de juegos la oportunidad de acompañarme en el goce haciéndome responsable de mi propio disfrute.

Los modelos impuestos que tenemos sobre cómo deben ser los encuentros eróticos muchas veces pesan como una losa. Ir descubriendo el camino mediante el juego, creando mi propio sendero en compañía de quien elijo, se facilita con la práctica de la comunicación: expresando y escuchando…

Como sexóloga, trabajar con grupos de mujeres me brinda la posibilidad de facilitar espacios de encuentro entre nosotras, lúdicos y amables, de escucha atenta y activa. Ambientes creados para encontrarme conmigo misma a través del encuentro con las demás. Crear entornos en los que el cuerpo tiene el protagonismo. Un espacio y un tiempo en el que habitar mi cuerpo, conectar con mi ser, y elaborar lo vivido a través de la palabra: poner palabras para mí, para visibilizar y revelar lo oculto, para hacerlo pensable; y poner palabras para facilitar la comunicación con quien estoy compartiendo.

Sea cual sea nuestra biografía, ponernos en contacto con nuestro cuerpo, es ponernos en contacto con nosotras mismas, por lo tanto, conocernos un poco más, hacernos conscientes de nuestra sexualidad, de nuestra erótica y abrir la puerta al cultivo del arte de amar.

Como decía al principio, entiendo la soberanía como la capacidad de gobernarme a mí misma, de cuidarme, de tener la máxima autoridad sobre mi cuerpo, mis deseos, mis placeres… De expresarme desde todo mi poderío interno, siendo dueña de mí misma y haciéndome cargo de mi libertad. Y, para mí, el camino para ser soberana pasa por habitar mi cuerpo con placer y orgullo, por conocerme, aceptarme y amarme. Sabiéndome la digna propietaria de mi misma y todo lo que a mi cuerpo concierne.

Ah, si queréis saber cómo termina el cuento de lady Ragnell, ahí va el desenlace:

En la noche de bodas cuando se quedaron a solas, sir Gawain haciéndose a la idea de que ella sería su mujer y, por lo tanto, más le valía empezar a valorarla, le besó en los labios. Con el suave y breve gesto afloró su auténtica belleza. Un hechizo la había mantenido bajo un horrible aspecto y el beso había roto el encantamiento, aunque solo en parte. Ahora lady Ragnell mantendría cada aspecto la mitad del tiempo. Entonces, le dio a elegir a él si prefería que ella fuera bella de día ante los ojos de los demás y horrible por la noche cuando compartieran la intimidad de la alcoba; o si prefería que se mostrara hermosa en esos momentos juntos y espantosa el resto del tiempo.

El muchacho, que era muy aplicado y había pillado de qué iba la onda, le contestó que solo ella podía elegir su destino, que ella eligiera soberanamente sobre su vida. Y justo esta respuesta fue la que deshizo completamente el sortilegio y así fue como lady Ragnell volvió a mostrar día y noche su original belleza.

Belleza, cuyas características no conocemos, pues en la leyenda, como en la mayoría de los cuentos de tradición oral, no se describen, para que cada cual pueda imaginarla a su manera. Pues la belleza real no se corresponde con un modelo concreto. Es bella quien desde el conocimiento y aceptación de sí misma se muestra en todo su esplendor. Ser atractiva depende sobre todo de la propia actitud: al saberme hermosa tal como soy, reflejo esa hermosura en los ojos de quien me mira, en las manos de quien me toca, en los oídos de quien me escucha… Pero esta es otra historia que en otro momento podremos contar.

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Mujeres que han tenido que firmar sus libros bajo: Anónimo

16 de octubre de 2019

Monica Leiva, Hablandodesexo

En la historia de la literatura nos encontramos a numerosas mujeres que tuvieron y tienen que usar seudónimos o publicar su obra de forma anónima para ocultar su género y así poder hacerse un hueco entre sus compañeros masculinos, hagamos un pequeño viaje por la historia de la literatura y veamos algunos ejemplos.

En el pasado

Se cree que la primera escritora fue una mujer, la sacerdotisa sumeria Enheduanna allá por el siglo III antes de Cristo y que la primera gran novela fue escrita por una japonesa llamada Murasaki Shikibu en el siglo XI.

Hay más ejemplos, entre ellos podemos encontrar a las hermanas Brönte, que usaron los seudónimos de Currer, Bell y Acton Bell para poder publicar, en un mundo dominado por la literatura masculina, algunas novelas que se convirtieron en clásicos de la literatura, Jane Eyre de Charlotte, Cumbres borrascosas de Emily y Agnes Grey de Anne respectivamente.

Otra autora muy conocida que se ocultó bajo nombre masculino para poder publicar fue Aurore Dupin más conocida como George Sand. Aurore además se vestía con ropa de género masculino para tener acceso a lugares a los que solo tenían acceso los hombres

Otro caso conocido fue el de la española Cecilia Böhl de Fabe más conocida como Fernán Caballero, la cual también necesitó un nombre masculino para poder tener un hueco entre los autores de su época.

En el presente

Pero no tenemos que ir tan lejos en el tiempo, hay escritoras actuales que todavía utilizan pseudónimos masculinos o iníciales, para ocultar su condición de mujeres, casos más que famosos como la autora de Harry Potter, J.R. Rowling o J.D, James, la autora de Cincuenta Sombras de Grey (sí, fue escrita por una mujer).

¿Por qué hay tantas mujeres que ocultan su género femenino para escribir?

La razón de ello es que todavía hay editoriales que piensan que si los lectores creen que el libro está escrito por una mujer, este se venderá menos. Hay roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que la sociedad considera más apropiados para hombres o mujeres y uno de ellos es la creación de obras literarias.

De hecho, la misma autora de Harry Potter, Rowling, también escribe novela negra bajo el pseudónimo de Robert Galbraith. ¿Por qué escribe bajo pseudónimo masculino y no femenino, es para alejarse de la sombra alargada de Harry Potter o porque se considera la novela negra un género masculino? A mí me da la sensación que la respuesta de Rowling sería la segunda.

El mundo editorial es muy competitivo incluso para los hombres, es por eso que muchas mujeres prefieren hacer más fácil el camino, que no es nada fácil, ocultando su condición femenina. Lo cierto es que se reseñan y se destacan más los libros escritos por hombres que escritos por mujeres y también en los premios literarios vemos una predominancia masculina.

¿Significa que los hombres escriben mejor que las mujeres?

La razón parece que deberíamos buscarla es el establecimiento de una sociedad centrada en la figura masculina y que (todavía) relega a la mujer escritora a un segundo plano. Las editoriales apuestan más por los nombres masculinos, la respuesta está en la sociedad en la que vivimos ya que muchxs delante de un libro aún se decantarán más si este es escrito por un hombre que por una mujer.

¿Y las obras anónimas?

La literatura está plagada de obras anónimas. ¿Qué motivos tuvieron sus autores para ocultar su nombre?, ¿quizás muchas de estas obras fueron escritas por mujeres? Ya lo decía Virginia Wolf en su ensayo “Una habitación propia” que defendía la hipótesis que la mayor parte de las obras llamadas Anónimas, eran en realidad escritas por mujeres. El motivo es muy claro, era la manera de conseguir que sus obras artísticas tuvieran el reconocimiento merecido.

Aunque muchas obras sin nombre nunca sabremos quién las escribió. También hay anónimas que se conocen, ocurre con frecuencia en ciertos géneros literarios en los cuales una autora femenina sería como mínimo motivo de escándalo, como la literatura erótica, un ejemplo seria la obra La pasión de Mademoisselle S. Esta obra es una recopilación de cartas eróticas encontradas de forma casual en un desván parisino en los años veinte escritas por una mujer de la que nunca se hizo público su nombre para “preservar su intimidad”.

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Puertas abiertas: talleres de empoderamiento femenino

Jornada de puertas abiertas en Pilates Femenino Bilbao

20 de septiembre de 2019 
19:00 a 20:30 horas

Hay un momento en nuestra vida adulta en el que nos damos cuenta que cuidar nuestro cuerpo y entender ciertos conceptos nunca está de más. Y eso también incluye nuestra mente, nuestra sexualidad, la forma en la que vivimos y nos relacionamos con nuestra pareja y las emociones que nos invaden siendo mujer a cierta edad.

Porque sabemos que para ti también es importante, este año te damos la posibilidad de venir a nuestro taller y tutorial mensual impartido por la sexóloga Melanie Quintana Molero de Somos Peculiares – Revista online de divulgación sexológica.

En él te damos la posibilidad de que redescubras tu cuerpo, aprendas cosas que no sabías de él, reavives tu deseo, cuides tu suelo pélvico con ejercicios guiados, cultives tus emociones y resuelvas todas las dudas que tengas con nuestra profesional.

Si estás pensando si esto es para ti acércate a Pilates Femenino Bilbao el 20 de septiembre de 19:00 a 20:00 horas y conoce a Melanie. En esa hora, totalmente gratuita y a la que puedes venir con tus amigas, nos explicará en qué van a consistir los talleres y os dará la posibilidad de crear grupos a diferentes horas y teniendo en cuenta las necesidades concretas de cada persona: edad, embarazo, con problemas de salud específicos…

No te quedes con la curiosidad. Ven, infórmate, pregunta. Si lo que necesitas es más información de forma privada puedes escribir un correo a somospeculiares@gmail.com

Ponente: Melanie Quintana Molero

Precio: Gratuito

Lugar: Pilates Femenino Bilbao

 


Pilates Femenino Bilbao

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¿Cómo llegar?

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¿Cómo gestionar el rechazo?

¿Cómo gestionar el rechazo?

21 de junio de 2019

Colab. Melanie Quintana y Xandra Garcia 

Muchas veces cuando nos metemos en la aventura de conocer a alguien y queremos hablar con él o ella, nos surgen miedos y dudas sobre si seremos o no aceptadxs por la otra persona. En ocasiones, la tentativa de recibir un NO nos paraliza y nos bloquea y no nos permite vivir esa experiencia. Nos olvidamos del juego y nos centramos en el resultado, olvidamos que lleve a lo que nos lleve esa iniciativa, es decir, una noche de sexo, una pareja estable, una amistad o que se quede en ese momento; conocer al otro, es divertido en sí mismo.

Sin embargo, si sabemos cómo actuar ante el rechazo podemos romper esas barreras que nos impiden vivir la experiencia de entrarle a alguien o ligar. Hay que tener en cuenta que cuando nos dicen NO, ese NO, puede tener muchos matices. Con la campaña NO es NO, se está consiguiendo que se respete a las mujeres cuando su decisión ante alguna situación es una negativa a la proposición recibida (sobre todo a nivel erótico). Pero un NO también nos los puede dar un hombre, ellos también tienen derecho a decidir si les apetece hacer algo o dejar de hacerlo, y a veces se nos olvidan que ellos también deciden.

Este mensaje, también les ha robado la posibilidad a las mujeres de decidir decir SÍ a alguna proposición, porque ¿cómo van a decir SÍ a algo y que no se les tache de guarras o de promiscuas? O la posibilidad de decir un SÍ a algo y un NO a otra cosa. No tiene que porque ser un NO a todo. Igual les apetece hablar contigo y ya está, o besarse y que no les metas mano, o bailar contigo y sentir tu cuerpo, pero no apetecerles llegar a más…

De hecho, muchas veces un NO, puede significar un NO AQUÍ, porque no le parece el lugar apropiado, porque están sus amigxs y no quiere que le vean…; un NO ASÍ, porque la forma en la que le estás entrando no le gusta, o la forma en la que le estás tocando, o dando por hecho que quiere algo…; un NO AHORA, porque no es el momento, o, simplemente, un NO A TI, porque tú no le gustas, porque se había fijado en otrx, porque no eres su estilo...

Puede ser muchas cosas, y tener implícitos muchos matices, lo importante sería aprender a ligar y no quedarnos solo con esa idea de victimismo que hemos adoptado las mujeres con la campaña NO es NO. Aprender que a veces podemos decir SÍ. Y sobre todo respetar. RESPETARNOS. Respetar que puedo cambiar de padecer, de apetecer o de opinión durante el propio juego por muchos motivos. Que el juego siempre es de dos y que nadie debe llevar la batuta o el control sobre el otro, a menos que estéis jugando a BDSM, en tal caso, el juego de roles estaría pactado y estaríamos hablando de ceder el control.

Pero volviendo al tema, si decides aventurarte a romper esas barreras del miedo, y te animas a conocer a otra persona, desde el respeto, estas son algunas claves que puedes utilizar para gestionar el rechazo o la negativa por su parte.

1.Échale humor al asunto: No te dejes llevar por un comentario negativo. En un primer momento puede ser que te respondan con un NO, porque no es el sitio, no es lugar o no eres la persona que esperaba, como hemos comentado antes. Ten en cuenta que esa persona no te esperaba a ti. Un comentario gracioso y no ofensivo o borde ante su respuesta puede darte más tiempo o una segunda oportunidad de conseguir una nueva impresión.

2. Pregúntate si el rechazo es hacia ti: Hay que tener en cuenta que es un primer contacto con esa persona, no te conoce y solo te está juzgando por tu imagen, por tu forma de entrar o por tu forma de hablar. No te preocupes si te suelta un NO sin ni siquiera abrir la boca. Puede que esa no sea la persona que tengas que conocer esa noche o puedes utilizarlo como una oportunidad para demostrar tus encantos. Por ejemplo: puedes demostrar que eres una persona con humor y empezar con alguna frase que le desmonte su rechazo y dejarle ver esas facetas que no se ven a primera vista.

3. No pierdas de vista el objetivo: No te dejes llevar por una mala respuesta, que no te arrastre la mala energía, recuerda que fuiste a ligar, a conocer a otra persona y a pasar un buen rato. Una mala contestación solo puede hacer que os distanciéis o entréis en una dinámica de mal rollo. Por el contrario, una respuesta ingeniosa reducirá el nivel de tensión que se puede generar entre los dos, y si no genera una segunda oportunidad, siempre podrás quedar bien y demostrar que se puede ligar con educación.

4. No olvides que ligar es un juego de dos: No solamente el que entra puede ser rechazado, la responsabilidad de que eso funcione o no es de los dos. Una vez que uno ha roto el hielo a los dos les incumbe llevar a hacia un lado o hacia otro la situación. No solamente es responsabilidad de la persona que entra, la otra persona también tiene que hacer algo para mantener el juego y los roles se pueden intercambiar. Ten en cuenta que si inicias un acercamiento también puedes acabarlo en el momento que quieras. Pero recuerda hacerlo siempre con educación y empatía hacia el otro. Por ejemplo: Si ves que en algún momento la cosa está atascada, deja de resultarte divertido, interesante o estimulante, siempre puedes decir aquello de:

  • Ha sido un placer conocerte, me voy que me esperan mis amigxs.

5. Si la cosa no cuaja, retírate con elegancia: No te dejes llevar por el orgullo ni por el ego, al fin y al cabo, solo va a hacer que te sientas peor. Evita entrar en una espiral de insultos o reproches, siempre puede ser un buen momento para disculparse y pedir un Gin Tonic. O soltar alguna frase como:

  • Disculpa no quería molestarte, solo quería conocerte.
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Convivencia de parejas lésbicas

Convivencia lésbica

19 de junio de 2019

María Torre, Ars Eróticas

Un caos, así es como muchos se imaginan que es la convivencia entre mujeres. ¿Acaso no habéis oído alguna vez esa frase de? “Estarás contento viviendo con tantas mujeres, te tendrán loco”, sobra aclarar que proviene de un hombre y se dirige a otro. Se me salen los ojos de las órbitas cada vez que escucho esta frase. Y es que, además de los mitos sobre la sexualidad de las mujeres lesbianas, también corren otros de cómo es su convivencia. Pero hoy tengo una nueva misión, enseñar lo maravillosa, y a veces desastrosa, que es la vida en pareja (de lesbianas).

Cuando me he puesto a pensar en las escenas de convivencia de parejas lésbicas no he podido evitar acordarme de Unas lesbianas de cuidado, una obra maestra dibujada por Alison Bechdel. Bechdel es un referente, más allá de su famoso test aplicado al lenguaje audiovisual, sabe sacar lo mejor y lo peor de las situaciones cotidianas siempre con mucho humor. Odio las generalizaciones y los estereotipos, eso de meternos a todas en el mismo saco y crear un prototipo de lesbiana, no me parece correcto ni acertado, porque, aunque a veces la gente se sorprenda cuando digo esto, las lesbianas somos personas, y como cualquier otra persona, cada una de nosotras tenemos una manera de vivir, sentir y expresarnos, así que eso de que para certificar si eres lesbiana o no tienes que cumplir con ciertos parámetros mejor lo vamos olvidando. Sin embargo, a veces nos sorprendemos cuando muchas de esas situaciones estereotipadas empiezan a cumplirse en nuestras vidas diarias. Aquí Bechdel se ríe largo y tendido de estos impuestos y a veces auto-impuestos que sin darnos cuenta, asumimos y representamos en más de una ocasión.

Juntas, revueltas pero no iguales

La convivencia es esa gran palabra que parece no decir mucho pero que re-significa todo. Para algunas un drama para otras un gran paso y es que ¿qué ocurre cuando comenzamos a vivir juntas? Algo tan sencillo como aprender a compartir espacios y sobre todo decisiones. Tenemos claro que aunque la vida en pareja necesita de espacios personales, no podemos evitar que en muchos aspectos de la vida nos acerquemos la una a la otra y empecemos a coincidir demasiado.

La mimetización es irremediable. ¿Cómo? Si eres lesbiana y estás leyendo esto dime por favor que te han dicho eso de “cada vez os parecéis más”. Tras la expresión de ojos en blanco os he de decir que aunque dos mujeres pasen mucho tiempo juntas, aunque tengan tantos encuentros eróticos que a veces se crean una, no, no van a hacerse gemelas. Estoy pensando en muchas parejas heterosexuales que acaban pareciendo uno el clon de la otra y no se nos ocurre decirles que parecen gemelos, y todo porque presuponemos que tienen genitales diferentes. Vivir juntas, compartir espacios, tomar decisiones de vida en conjunto e incluso apoyarnos en cambios de estilos, no significa que vayamos a pasar a ser una sola.

Lesbianismo, veganismo y todos los ismos

Eres lesbiana y eres vegana o vegetariana, es una de las imágenes más estereotipadas sobre las figuras lésbicas. No me preguntéis el por qué pero parece que por tener una orientación sexual eso implica que tu estilo de vida cambia. Bechdel presenta frecuentemente a sus personajes en la Coop. un supermercado cooperativo donde se impulsa el consumo sostenible y responsable. Además, las protagonistas de sus cómics promueven este estilo de vida veggiefriendly. Cuando te haces vegetariana o vegana, te das cuenta de que no has pisado un supermercado tradicional en meses, tu historial del ordenador está repleto de las visitas a webs sobre nutrición ecológica, vegetariana y el impacto medioambiental, te das cuenta de que ya no eres tú, eres uno de sus personajes. Acabas de sumar un número al estereotipo, pero con orgullo y mucho humor.

Pero esto no es un imperativo, ¿acaso no hay lesbianas carnívoras y que no tienen interés por estos temas? Es lo que tiene ser personas, que somos tan diversas como las demás.

Pero no solo son ismos en estilos de vida y alimentación, sino también políticamente. Aunque qué queréis que os diga, con los tiempos que corren no muy a favor de la igualdad y los derechos de las mujeres no estamos como para dejar el ismo a un lado.

Sexo, bragas y confusiones

 Ya sabemos que la convivencia requiere organización y reparto de tareas y que con el ritmo de vida que llevamos no siempre nos da tiempo a tener todo en su sitio y qué pasa entonces... que llega uno de los momentos más divertidos que va encabezado por un: ¿son tuyas o mías éstas bragas?. Esto sí que es una decisión seria, atribuirle un cuerpo a esas bragas que las pobres han quedado olvidadas en el cesto de la colada y que tras noches y mañanas de pasión ya no saben de dónde vienen. Si las tallas o los gustos son muy diferentes, os perderéis esta escena lésbica que suele ocurrir al menos una vez por semana. Pero si tenéis una talla similar, compartís calcetines o alguna otra prenda de uso rutinario sin pertenencia clara, será una constante en vuestras vidas.

“Este era tuyo y este mío, ¿y ahora?”. ¿Sabéis a qué me refiero? Sí a ese juguete sexual que te gustaba tanto cuando no vivíais juntas. Ha llegado un punto en el que el cajón de los artículos eróticos se ha mezclado tanto que hay que etiquetarlos para saber su procedencia. Vida nueva juguetes nuevos, pero te da pena deshacerte de ese que tanto placer te dio en tu vida de soltera, así que lo unes al nuevo armamento del placer y el batiburrillo sexual que ahí se crea ya no tiene solución. Mirándolo por el lado bueno, por fin tienes en tus manos eso que ella usaba cuando la visitabas y que tanto te gustaba. Ahora tienes la oportunidad de mezclarlo como quien no quiere la cosa.

Que la menstruación de dos mujeres que viven juntas se sincroniza no está probado científicamente, tras esto hay muchas creencias y teorías, pero lo que aquí nos importa es la realidad. Y la realidad es que el día que coincide es una fiesta de copas menstruales. Una de las imágenes que últimamente hemos visto en las redes sociales y que me ha encantado es la de dos copas menstruales hirviendo a la vez en un cazo. Eso es amor puro. Esto todavía no lo he visto en los trabajos de Bechdel, pero que se ponga las pilas, porque es una escena lésbica digna de retratar.

Escenas de parejas lésbicas hay muchas, puedes o no entrar dentro del estereotipo, pero lo que sí debes hacer es reírte, reírte mucho. Sobre todo, cuando te paras, miras a tu alrededor y te das cuenta de cuánto hay en ti de estas imágenes o en otras que no han cabido aquí.

De Peculiares

Yo menstrúo. Un manifiesto. – Erika Irusta

Erika Irusta, autora de 'Yo menstrúo: un manifiesto'. PATRICIA J. GARCINUÑO
Foto de PATRICIA J. GARCINUÑO

17 de junio de 2019

Laura Marcilla

¡Ojo! Que este no es un libro para mujeres, y como indica la contraportada, tampoco es un libro sobre la menstruación. Bueno, vamos a ver, obviamente se habla de la menstruación, pero sobre todo se habla de cómo menstruar (o no) influye en la manera en la que nos construimos, entendemos y vivimos como personas en esta sociedad.

Si me pidieran resumir este libro en una sola de sus frases, escogería esta: “el problema no es la menstruación, el problema es quién menstrúa en esta sociedad”. Es decir, lo que ocurre es que casi todas las personas que menstrúan (o han menstruado) son mujeres, pero son los hombres quienes durante mucho tiempo han escrito los libros sobre el tema y han dictado las normas sociales sobre cómo vivir este proceso.

Yo menstrúo. Un manifiesto. – Erika IrustaEs un libro feminista y diverso, uno de los pocos que he encontrado en los que no se habla de menstruación como algo intrínsecamente femenino, ni como algo que nos defina como mujeres (no podemos olvidar que no todas las mujeres menstrúan y que no todas las personas que menstrúan son mujeres).

Debo admitir que yo tengo una manía: antes de leer un libro, siempre lo abro y lo ojeo al azar. Y cuando hice esto con mi ejemplar, me llevé un susto tremendo al encontrar las siguientes frases en mi buceo previo: “¿Qué sería una mujer sin un hombre al que cuidar, admirar y amar? De todo, menos mujer.” “Tu marido se casó con una esposa a jornada completa, no a jornada parcial. Así pues, debes estar activa, animosa y alegre todos los días.”

Pero tranquilidad, estas frases NO resumen para nada el espíritu del libro, sino que en su contexto se entiende que son recursos irónicos para hacer más ameno navegar a través de las injusticias que vamos (re)descubriendo a través de las páginas.

Es un libro para reflexionar, para derribar mitos y poner en juicio creencias que siempre han acompañado a la menstruación, para entender que menstruar nunca debe doler, que las pastillas no nos regulan (porque para empezar no somos irregulares), que no debemos disculparnos ni avergonzarnos de los cambios que acontecen a lo largo del mes, para resaltar la importancia de los cuidados, de vivir la sexualidad plenamente todos los días. Y para ello necesitamos el tipo de libertad que empieza por el (auto)conocimiento.

Y todo esto que os cuento, siempre desde un prisma científico, aportando bibliografía para sostener los datos, pero escrito de manera amena, como si conversaras de menstruación con una amiga mientras te tomas un café.

Personalmente, este libro ha sido mi pequeño gran descubrimiento en lo que llevamos de año, y por si fuera poco viene aderezado con unos extras al final del mismo: una serie de recursos (libros, páginas webs, artículos, etc.), un poema sobre la menstruación (“yo menstrúo, yo monstruo”), una explicación del ciclo hormonal que lo relata como si fuera una fiesta (“la fiesta de las hormonas”), que es fantástico para explicar todo el proceso de manera sencilla pero completa, y por último pero no menos importante, la única traducción al español del texto “si los hombres menstruaran” de Gloria Steinem (1978), que es simplemente una deliciosa sátira sobre un universo paralelo en el que los hombres (cis) menstruasen y cuán maravillosa sería la menstruación en esta circunstancia.

En resumen, al igual que nuestra menstruación, este libro no tiene desperdicio.

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De Peculiares

¿Debería haber un manual del “buen ligoteo”?

¿Hace falta un manual del buen ligoteo?

12 de abril de 2019

Isilla LM

Estás en un bar. Se acerca una persona que te llama la atención. Te dice algo del tipo: “Guapx, ¿qué haces por aquí?” ¿Qué sientes? ¿Te tomas a malas cualquier persona que venga a ligar? ¿Te sientes acosadx cuando alguien que no te mola intenta ligar contigo? ¿Qué formas de ligar son a tu juicio “sanas” o las “correctas”?

Muchas veces leemos o escuchamos casos de personas que no se sienten seguras a la hora de salir de fiesta. Chicas que van al baño juntas, ¿lo hacen por evitar encontronazos con desconocidxs que les incomoden?, ¿o por ayudarse a sujetar la puerta, mochila, bolso? ¿Para intercambiar opiniones del “mercado” de la sala? ¿Para colocarse?

Amigas que se dicen unas a otras: “tía, cuando llegues a casa escríbeme”. O comentarios del tipo: “no sé cómo permites que tu pareja no te acompañe a casa”.

¿Hay un miedo generalizado al desconocido que nos entra? ¿Cuáles son las formas de ligar “correctas”? ¿Debería haber un manual del “buen ligoteo”? ¿Debemos contratar los servicios de un gurú del sexo? ¿Qué entendemos por sano cuando hablamos de relaciones eróticas? ¿Pensamos que ahora es más complicado ligar que hace años? ¿Todo el mundo entiende lo mismo cuando dice que está ligando? ¿Ligamos igual hombres que mujeres? ¿Ligamos igual heteros que homosexuales?

Si nos vamos a la etimología de la palabra ligar, nos encontramos que viene del latín ligō, ligāre "atar, unir". Es decir, somos seres sexuados buscando unirnos con otros seres sexuados. Esa unión puede ser puntual, o buscar algo más perenne. Es como decía Platón con el mito de los seres cortados. No es que busquemos una media naranja a nivel del amor romántico, o sí, eso dependerá de cada cual. Pero la base de ese mito es buscar un “otro” que nos complemente.

¿Tenemos la sensación de que la gente liga mal? ¿Pensamos realmente que hay mucho y mucha mete patas por la vida? Yo sinceramente no lo creo. Habrá comentarios más acertados; habrá prácticas más certeras; habrá personas con menos habilidades para comunicarse o expresarse. Pero muchas veces también depende de la persona receptora, de cómo entiende ese mensaje, de su momento vital, de sus circunstancias personales.

En sexología no debemos generalizar; bueno, en nada deberíamos. Pero los encuentros con desconocidxs son suficientemente complejos como para escribir un “manual” e intentar incluir a todo el mundo. Eso es muy difícil, porque en el momento que normativizamos un debería, siempre habrá alguien que se sienta fuera. Y ese sentir muchas veces crea más dificultades que entendimiento.

¿No sería más sencillo, si de forma educada, le expresamos al otro sexuado lo que sentimos? “Pues mira ahora mismo no me apetece charlar, estoy con amigxs y quiero estar tranquilx”. ¿Qué ocurre con la gente que se resiste a esa negación? Quizá pensamos que son intransigentes porque no se ponen en nuestro lugar, ¿pensamos en algún momento que su biografía ha determinado esa manera de relacionarse? Quizá su aprendizaje ha sido consecuencia de recibir muchos noes, muchos rechazos. ¿Nos es más cómodo meter en un saco a “todos los tíos…” “todas las tías…”, en lugar de intentar comprender otras realidades?

Hay un montón de recetas, donde nos dicen cómo ligar, con quién se puede, cómo responder ante personas persistentes… pero pocas veces se leen escritos donde reflejen ambas caras de una realidad. Muchas veces nos quedamos con una opinión, la que más nos interesa, la que menos nos duele escuchar, la que más se ciñe a nuestro pensamiento. Porque hacer el ejercicio de intentar sentir lo que sienten otros es complicado. Porque desmontar ciertas creencias nos hace creer perdedores, como si de una batalla se tratase.

De la soltería he aprendido una cosa, y es que no hay personas que no sepan ligar, no hay pesadxs por donde mire, no todo el mundo viene para llevarte a la cama; lo que más me ha llamado la atención es que todo depende de la actitud que lleves por la vida, de si sólo quieres quedarte con lo malo y las situaciones incómodas, o si por el contrario prefieres quedarte con la gente amable que tiene curiosidad por saber qué piensas, qué te gusta y si coincides con él o ella.

De la sexología, aprendí que, dependiendo de nuestra erótica y nuestra sexualidad, nos va a gustar más una forma u otra de seducción. Porque seducir no es algo sencillo, pero se puede ir aprendiendo y mejorando con los años. Y no olvidemos que lo que para una persona puede ser sexy, agradable, interesante, para otra puede resultar aburrido, incómodo o incluso denunciable.

De Peculiares

Estos son los mayores mitos sobre el sexo lésbico

Mitos lésbicos

13 de marzo de 2019

María Torre, Ars Eróticas

Aún no entiendo muy bien por qué el sexo entre lesbianas es una de las fantasías más recurrentes. Cuando ponemos a dos mujeres frente a frente y las imaginamos teniendo sexo los niveles de excitación se disparan. Si cambiamos dos vulvas por dos penes, ya cambia el panorama y no a todo el mundo le gusta... ¿A qué se debe esto? No tengo una respuesta clara, y mira que la he buscado y meditado, si vosotras lo tenéis claro por favor contádmela. Pero sí que tengo alguna inclinación, y es que las películas porno y los mitos sobre el sexo lésbico no ayudan mucho a ver la realidad de los encuentros eróticos entre lesbianas.

No recuerdo muy bien si antes de meterme en esto de experimentar con mujeres yo también tenía la misma perspectiva, creo que no, pero claro ahora lo veo desde el otro lado y no es fácil ser objetiva. Ahora sí que hablo con convicción de causa y os digo que el sexo entre mujeres no es tal y como lo pintan. Por eso, hoy os voy a romper 5 mitos sobre el sexo entre lesbianas.

El menaje de cocina mejor lo dejamos ahí, en la cocina

Mito número uno. Es por antonomasia la imagen más representada (también en tus fantasías no lo niegues) del sexo lésbico. LAS TIJERAS, así en mayúsculas. Porque parece que para las lesbianas no hay postura más satisfactoria que ésta, permitidme romperos el mito. La postura de las tijeras permite que los genitales se rocen directamente e incluso si hay bastante lubricación pueden hacer efecto vacío entre vulva y vulva y aumentar el placer. No quiero decir que no sea excitante, pero de ahí a que sea la favorita va un trecho. Es una buena postura para hacer de vez en cuando y durante un tiempo determinado, pero no es para practicar en un arrebato de pasión porque requiere una logística más estudiada. Muchas veces se nos presenta como la primera postura que se hace entre mujeres y he de deciros que no. Hay muchas otras posturas a las que recurrimos y de las que disfrutamos mucho, por ejemplo el misionero lésbico en el que también están en contacto los pubis o la postura de Venus, que se basa en rozar la vulva en el muslo de nuestra compañera.

Y tú, ¿eres pasiva o activa?

Mito número dos. Esta es una de las preguntas más comunes y más hirientes que se hacen a las parejas lésbicas. ¿De verdad hay que explicarlo? ¿aún se cree que una toma un rol y la otra otro y permanece así hasta el final de los días? Es como cuando intentan averiguar quién hace de chica y quién de chico. Los roles, igual que en cualquier otra relación son intercambiables y mutables. Vamos que las lesbianas follan igual que cualquier otra pareja, a veces una lleva más la voz cantante y la otra se deja llevar e incluso, ¡cuidado no os asustéis! En ocasiones se han dado casos de que las dos actúan por igual en sus encuentros eróticos.

Dejando bromas a parte, rompamos este binomio hombre/mujer para todo y pensemos en personas. Personas que se encuentran y disfrutan sin tener en cuenta sus géneros, simplemente sus deseos. Hay veces en los que apetece jugar a roles, como en todas las relaciones y otras disfrutar sin más.

Sin juguetes no hay paraíso

Mito número tres. ¿Cómo? ¿que si no tengo un dildo o un vibrador lo mío ya no es sexo? Pues eso parece, que si no te penetras o penetran con algo no es 100% sexo. Esta es otra de las cosas que no entiendo, pero si sois valientes cuando vayáis a vuestra próxima revisión ginecológica se lo explicáis al o la facultativa, porque las últimas experiencias son que si en tus encuentros no hay pene que te haga orgasmar, no se certifica como sexo. Esa es la cara que se me quedó a mí. Y es que para paliar esta “falta” de miembro masculino, se nos meten los juguetes sexuales por cualquier sitio (u orificio). No seré yo la que reniegue de ellos, pero hay vida sexual más allá de los dildos. El erotismo es mucho más que penetraciones y vibraciones alteradoras de ritmos cardíacos. Las manos, la lengua o la piel son unos juguetes sexuales magníficos para disfrutar. Y no debemos olvidar que no a todas las personas con vulva nos gustan los juguetes eróticos, hay muchas que prefieren disfrutar de sus cuerpos sin accesorios y no por ello tienen una vida sexual peor.

Las ETS son para los penes

Mito número cuatro. Las lesbianas no se contagian de infecciones de transmisión sexual. Ya sé que te parece una barbaridad que diga esto, pero se sigue pensando que entre las mujeres no se transmiten este tipo de infecciones y no es cierto. Es verdad, y los datos lo avalan, que el número de infectadas es menor que en otros colectivos, pero esto no quiere decir que sean inmunes.

Igual que cualquier otra persona, cuando decidimos tener un encuentro con otra mujer hay que protegerse. Si compartimos algún juguete debemos ponerle un preservativo y lavarlo bien después y antes de su uso. Durante el sexo oral es importante utilizar una banda de látex o hacerla con un condón abierto para evitar el posible contagio. Cuando nos apetezca introducir dedos o tocar, protegernos es tan sencillo como ponernos unos guantes de látex o fundas de dedos.

Las lesbianas no son tántricas

Mito número cinco. Los encuentros sexuales entre lesbianas son rápidos y fruto de un arrebato. ¿Eh? Os podéis imaginar mi cara cuando oí esto. ¿Cómo que el sexo entre mujeres es más rápido? A mí aquí algo no me encaja. Por una parte siempre se dice, en esos cuentos populares, que a las mujeres nos gusta el sexo lento, despacio, saboreado y no un quickie rápido. Por eso de que las mujeres, así como colectivo, como si al decir mujeres todas nos unificáramos, nos cuesta más excitarnos. Pero por otro lado, ahora oigo que el sexo entre lesbianas no es tan largo como el del resto de mujeres. Y digo yo, si a las mujeres nos lleva más tiempo excitarnos y el sexo lésbico es entre dos mujeres, más tiempo tardarán en excitarse, ¿no? Y además, para qué, ¿para qué final? ¿Es que la excitación no es a un acto erótico y sexual en sí mismo?

Las lesbianas, igual que cualquier otra mujer, tienen sus propios ritmos y a veces nos apetece sexo tántrico, lento y pausado y otras nos morimos por un polvo en el ascensor.

Pensando en todos estos mitos me venían a la cabeza muchas escenas de películas y relatos, tal vez ahí esté la respuesta a mi pregunta de por qué hay tanto mitos sobre el sexo lésbico. Un poquito de realidad sexual no nos vendría mal para nuestros imaginarios eróticos.