De Peculiares

A ciegas

 

 

 "No dejaba de rozarme sobre su pantalón. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. Los besos nos fundían y nos calentaban más."

MELANIE QUINTANA MOLERO

Lo conocí en la biblioteca de la universidad donde ambos estudiábamos Veterinaria. Los dos escogimos la misma carrera, aunque con diferentes perspectivas y no con las mismas facilidades para ello. Le observaba anonadada desde mi mesa, escondida tras los libros. Me encantaba verle pasar los dedos sobre las páginas, esa sensibilidad que le hacía ver de algún modo y mi cabeza fantaseaba con que hiciera lo mismo sobre mi piel.

Las semanas pasaban, no recuerdo cuánto tiempo invertí mirándole. Sus manos fornidas recorrían aquellos textos de una manera en la que no podía dejar de imaginar cómo sería estar con alguien que no pudiera verme.

Semanas más tarde reuní el suficiente valor como para acercarme y hablarle. Me senté a su lado y desplegué sobre la mesa todos mis apuntes, respiré profundamente, esperando coger las fuerzas que me faltaban y dije:

– Hola.

– ¡Ah! Hola, eres tú. Pensé que nunca te acercarías a saludarme. – Su respuesta me dejo del todo perpleja. Me lo dijo con una seguridad inusitada mientras sonreía de medio lado. ¿Acaso sabe quién soy? Si nunca me ha visto, no ha podido ser capaz de ver como le miraba siempre desde el otro lado de la biblioteca… ¿no?

– Tu perfume… es el que te ha delatado. – Vaya, pensé, y no pude evitar olerme a mi misma.

Una mueca imperceptible para él se dibujaba en la comisura de mis labios. Nos presentamos con un apretón de manos, seguido de un beso robado en la mejilla por su parte. Me parecía un tío de lo más interesante y atrevido. Era guapo y definitivamente estaba fuerte, de lejos parecía un chico malote con gafas de sol de esos que tanto nos pone a las chicas.

Mientras hablábamos de temas relacionados con las clases y materias que nos tocaban estudiar ese semestre, no podía dejar de estudiar su físico descaradamente. Tenía unas manos firmes, robustas y muy varoniles. No pude evitar pensar en cómo tocarían mi cuerpo esas manos.

Sonó el timbre y el ruido me sacó de la burbuja que me había creado. Al hacer amago de retirar la silla y ante una inevitable despedida, me agarró de la mano y se me puso la piel de gallina.

– Me gustaría mucho invitarte a cenar mañana. Podríamos estudiar juntos. A mi compañero de habitación no creo que le moleste. – Me dijo mientras abría su bastón y acariciaba mi brazo a modo de despedida. – Tragué saliva, mi corazón se volvió loco ante su caricia.

– Claro. – No pude decir nada más. La piel de la espalda se me estaba erizando. – Mañana al acabar las clases nos vemos aquí mismo. – Mierdaaa… soy retrasada, pensé al instante. –Disculpa no quería ser grosera. A veces se me olvida que…

– ¡Tranquila! – Me dijo con voz calmada. – Lo cierto es que me encantaría verte aquí. – Obviamente iba con segundas. Me quedé petrificada observando su amplia sonrisa, hasta que vi que se inclinaba hacía mi. – Ha sido un placer Elena… – Me susurró al oído y se despidió con un beso en la mejilla. Pude percibir como sus fosas nasales se abrían para exhalar todo mi perfume al acercarse y se me volvió a erizar la piel.

Pasé la noche en vela pensando en lo que había ocurrido. No sabía nada de él, sólo que era un chico mono con una voz melodiosamente sensual que estudiaba en la misma facultad que yo. Tenía la sensación de que jugaba con ventaja sobre mí, como si pudiera ver más que yo. Todo él tenía un aire misterioso muy embriagador.

Recordé sus fuertes manos mientras me acariciaba el brazo antes de despedirse y cómo me hicieron estremecer. Un calor súbito comenzó a quemarme los muslos y no pude evitar masturbarme. Una y otra vez.

A eso de las 20:00 el timbre volvió a sonar, recogí mis apuntes y me dirigí con paso acelerado a la biblioteca. Caminaba por el pasillo nerviosa cuando lo vi a lo lejos acompañado de su perro lazarillo. Me puse frente a él sonriendo como una boba al perro, me encantan los perros. No me dio tiempo a decir nada.

– Buenas noches señorita Chanell nº 5. ¿Lista para cenar? He pedido comida japonesa en el restaurante del campus. Nos la subirán dentro de un rato. Espero que te gusté. – Había acertado con la cena. Este chico prometía…

– Buenas noches Adrián. Parece que vamos a ser tres. – Le dije mientras acariciaba al perro.

– Se llama Kira. Es mi compañera de habitación. – Así que no le iba a molestar que fuéramos…ya.

Durante el trayecto, mientras conversábamos de todo y de nada, pude apreciar cómo la gente nos miraba. Pero no sabía si a mí, a él o a la perra. No sé, yo solo tenía ojos para su boca. Intenté imaginar cómo sería mi vida sin la vista y agudicé todo lo que pude mis otros sentidos. Acaricié la barra de las escaleras apreciando el frío metal, puse mi atención en el viento y en las conversaciones de mi alrededor.

Adrián tenía una habitación muy sencilla y diáfana, sin muchos muebles. Kira abrió la puerta con su hocico y encendió las luces con su pata. Sin duda era más lista que mi compañera de habitación, Marta.

Me ofreció sentarme y poco después nos pusimos a estudiar. Al poco rato llegó la cena. Me gustó mucho el sushi pero lo que más me gustó fue la forma en la que él me enseño a apreciar más los sabores: comiendo con las manos.

– Si no te importa me gustaría que estemos en igualdad de condiciones. – No entendía nada… y él se dio cuenta. – Me gustaría vendarte los ojos para que aprecies la cena como yo lo hago.

Me pareció una idea fantástica. Cada bocado inundaba mi paladar de sabor mientras Adrián con su voz sensual me deleitaba explicando los secretos de la cocina japonesa. Era culto, inteligente y tenía ese punto de misterio que me encantaba.

La cena fue todo un festín de sabores para mis sentidos. Me sentía enormemente excitada con la venda puesta. Pero no quería parecer demasiado lanzada.

– Tu respiración te delata. – Soltó de repente y me acarició el muslo con sumo cuidado, deslizando todos sus dedos sobre mi piel. Ahora sí que estaba tremendamente excitada… así que no me lo pensé. Me lancé a por su boca como una loba hacía su presa.

Me sentía borracha de vino, de sabores, de sentidos y de él, de su sabor. Me devolvió el beso de manera arrolladora agarrando mi cabeza por la nuca y acercándome más hacia él, como si nos quisiéramos devorar el uno al otro. Le deseaba más que a nadie en el mundo. Le deseaba con todos mis sentidos, literalmente, y más en aquel instante en el que no podía ver.

Nos besamos un buen rato. Nuestras lenguas se entrelazaban. Sus manos dejaron de prestar atención a mi pelo y de deslizaron por mi espalda, invitándome a más.

– Tienes una piel especialmente delicada, fina y preciosa. Me encanta el olor de tu cabello y como se te erizan los pezones solo con oír mi voz. – Me dijo en un momento en el que paramos para tomar aire. No pude evitar soltar un gemido ahogado y le empujé sobre el respaldo del sofá, para colocarme a horcajadas sobre él.

Mi vulva se expuso completamente a él arcaizando su erección sobre la ropa. Su boca entreabierta sobre la mía anunciaba el desenlace. Note que le gustaba deleitarse escuchando el compás de mi respiración y dejándome mover libremente sobre él.

No dejaba de rozarme sobre su pantalón. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. Los besos nos fundían y nos calentaban más. Le agarraba del pelo, de los hombros, de los brazos, quería hacerlo mío, liberarme sobre él. Estaba tan excitado como yo, notaba su pene duro como una piedra, apunto de explotar. Y eso fue lo que sucedió, nos corrimos los dos a la vez, sincronizados con los movimientos de mi pelvis.

Cogimos aire para respirar, no era habitual que me corriera en un encuentro al mismo tiempo que mi amante. Aquello fue una explosión de sensaciones. No quería alejarme de su boca, así que le volví a besar, esta vez, fue un beso cariñoso.

– Es mi primera vez a ciegas. – Le dije, y ambos empezamos a reír. Aquello sin duda alguna era el principio de algo.

De Peculiares

Mientras duermes

 

 

 "Y entonces empecé a tocarme lentamente, aguantando la respiración, sin apenas moverme para que ella no se despertase. Levantaba la sábana con cuidado, y podía ver sus piernas desnudas, ¡oh, sus piernas!"

ISILLA LM

Me encanta observarla mientras duerme. Ya es costumbre que se duerma ella antes que yo. Me gusta observar su cara redondita, sus ojos cerrados con esas pestañas tan largas, que te pueden arropar. Su respiración pausada, relajada, tranquila. Parece la niña más buena que he conocido nunca. Y no digo que no lo sea, pero tiene esa mezcla diametralmente opuesta, que la hace tan especial. Despierta es fuego, es pasión, es intensidad. Dormida es quietud, es paz, es un peluche al que dan ganas de abrazar. Despierta es un huracán al que quieres empotrar contra la pared. Dormida me sale la ternura y lo único que quiero es protegerla.

Bueno, lo único no. Porque más de un día y más de dos, me han dado ganas de masturbarme mientras ella yace entre los brazos de Morfeo. Alguna vez se lo dejé caer, en plan enseñándola vídeos de tíos teniendo sexo con tías que parecen dormidas. Es la risa, porque ambos sabemos que es todo mentira, y que nadie duerme en verdad. Pero la idea siempre me ha excitado, y quería saber lo que pensaba al respecto. “Me hace gracia, no sé, pero si me follas a altas horas de la madrugada y en pleno sueño REM, no esperes que mi cuerpo responda acorde al tuyo”. Y nos reímos. Y ahí se quedó.

Pero el otro día, tuve que hacerlo. Estaba seguro que dormía profundamente. Ya me sé sus ritmos respiratorios mientras está soñando. En realidad me sé un montón de cosas sobre ella, porque para qué me voy a engañar, me tiene loco. Así que empecé a fantasear con cosas que me gustan; con imágenes de otras veces que hemos follado; con lugares recónditos de la ciudad donde nos hemos metido mano; con el cine. Ay, el cine. Ya estaba semi empalmado, pero cuando evoqué los recuerdos de un día en el cine, se me puso el rabo más tieso que un pájaro muerto. Vaya comparación, pero en serio más dura que el cerrojo de un penal. Y entonces empecé a tocarme lentamente, aguantando la respiración, sin apenas moverme para que ella no se despertase. Levantaba la sábana con cuidado, y podía ver sus piernas desnudas, ¡oh, sus piernas! Son tan lindas, son las piernas más bonitas que he visto en mi vida. Largas, redondeadas, y tiene la piel tan suave… parece porcelana, parece una nube. Esa piel, en serio, no es ni medio normal. Llevaba solo la ropa interior y como estaba de lado, sus preciosos pechos redondos tenían una posición perfecta. Me aventuré y le rocé con la mano. Me hubiera encantado meter mi cara entre sus tetas y lamérselas hasta el día del juicio final. Pero fui bueno y solo rocé levemente su tersa piel, cebándome un poco más con el precioso canalillo que su busto me ofrecía.

Seguía tocándome la polla a un buen ritmo, bajando mi prepucio muy despacio, observando la cabeza de mi glande, brillante por el líquido que emergía de ella: una gota transparente a modo de lágrima, me recorría el frenillo y se precipitó a mi bajo vientre.

No sabía si me excitaba más: pensar que se podía despertar; darme prisa por si se despertaba y no le hacía gracia la idea de verme pajeándome; o que se despertase y empezase a lamerme la polla con su preciosa boca. Empecé a marcar un ritmo más rápido, no podía contener los gemidos que salían de mi garganta, a la vez la miraba, tan dulce, ajena a lo que estaba sucediendo, y mientras esa vorágine de sensaciones fluía de mí, no hacía más que venirse imágenes a mi cabeza de otras veces que hemos follado.

No duré mucho más. Vale que el tiempo es relativo, pero en serio estaba tan a fuego. Fue de las mejores pajas que me he hecho en mi vida. Empecé a subir y bajar el prepucio a más velocidad, empecé a notar esa mezcla entre calambres y placer que me recorre desde los pies a la cabeza, mi respiración era más agitada y estaba a punto de desbordarme. Entonces paré, porque se movió y me asusté, y pensé que me estaba oyendo o la estaba molestando. Pero cuando cambió su postura me di cuenta que seguía durmiendo profundamente. Dios, así se la habría clavado, profundamente. Bajé el ritmo, porque me iba a correr. Hacía movimientos rítmicos y pausados, de forma lenta, y bajando todo lo que podía la piel de mi pene. Entonces la lefa comenzó a salir a borbotones, como cuando haces bechamel y empieza a cuajar la mezcla. Mi pecho estaba lleno de semen, el cual limpié con la camiseta que me había quitado hacía un rato, y una risa floja me entró de repente. ¡Qué gusto, joder!

Nunca pensé que sería capaz de hacerlo. Siempre fue una fantasía, porque me excitaba mucho la idea de masturbarme con alguien dormido. Pero la realidad superó con creces las expectativas. A los dos minutos dormí como si mi cuerpo acabase de completar una maratón.

Cuando desperté no estaba seguro de si lo había soñado, me costaba recordar si había sido real o no, puesto que me parecía tan alucinante que no podía ser verdad. No dije nada al abrir los ojos, me quedé quieto, evocando de nuevo lo que fuera que hubiese pasado horas antes. Volví a dormir ya que miré el reloj y era pronto. Cuando por fin me levanté para prepararme café, vi una nota en la nevera: “He metido la camiseta que tenías tirada en el suelo, ¿qué cenaste anoche, que estaba tan sucia? Te veo en la comida, buen día BB”.

De Peculiares

Mírame a los ojos

 
 

 

 

 "Hacía dos años del accidente que había dejado a Mateo en silla de ruedas, y su vida sexual dio un giro absoluto. Mentirían si dijeran que no fue duro. Aquello estuvo a punto de acabar con su relación."

LAURA MARCILLA

 

 

 

Relato ganador del Concurso de Relatos "Eroticopao", organizado por el Colegio Oficial de Psicólogos de Andalucía Occidental.

No le había dicho nada a su pareja. Casi se sentía como si le estuviera engañando. Estuvo excitada todo el día, sin poder concentrarse en el trabajo, recreando en su mente lo que tenía planeado para aquella noche. Su mente vagaba entre lencerías de encaje, velas, música suave...

Al llegar a casa dedicó más de una hora a mimarse y acicalarse, a prepararse para una noche especial. Se dejó embriagar por la espuma y las sales de baño. Untó todo su cuerpo en crema al salir de la bañera. Se roció con un perfume nuevo que había comprado para la ocasión. Se maquilló los labios con carmín y enmarcó sus ojos en unas enormes pestañas. Eligió un disco de jazz y abrió una botella de tinto. Las medias con liguero y el batín de seda eran los únicos que cubrían su cuerpo. Estaba tan ansiosa que no parecía ser consciente del frío, e ignoraba incluso las señales de sus pezones que despuntaban descarados bajo la tela.

El corazón le dio un vuelco cuando escuchó la llave en la cerradura.

Su novio entró en la habitación con una expresión de desconcierto.

– ¿Y todo esto? – preguntó frunciendo el ceño – No me habías dicho que fueras a organizar una cita hoy.

– Porque esta es una cita diferente – le respondió arrodillándose ante su silla de ruedas –. Hoy vamos a ser solo tú y yo.

*

Hacía dos años del accidente que había dejado a Mateo en silla de ruedas, y su vida sexual dio un giro absoluto. Mentirían si dijeran que no fue duro. Aquello estuvo a punto de acabar con su relación. Pero como todas las crisis, también les abrió nuevas posibilidades que ellos supieron aprovechar.

Mateo siempre había sido dominante en la cama. Le gustaba darle órdenes, y a ella le gustaba fingir que las obedecía a regañadientes.

A raíz de la nueva situación de Mateo, decidieron dar el paso y probar algo que había salido en muchas conversaciones sin llegar a materializarse. Julia empezó a acostarse con otras personas ante la atenta mirada de su novio.

Mateo no se limitaba a ser un observador impasible. Él era el director de orquesta. A menudo ni siquiera tocaba a Julia en todo el encuentro, pero los dos, y el invitado de esa noche, sabían perfectamente quién estaba al mando.

– Métete su polla en la boca, pero no dejes de mirarme a mí – solía decir al principio.

– No se te ocurra gemir, no tienes permitido hacer ningún ruido.

– Ponla contra la pared, y azótala con esto – ordenaba a veces quitándose su propio cinturón.

Y sobre todo: “Mírame”. “Mírame a los ojos”. Este mandamiento se repetía en todos los encuentros en el momento del orgasmo. Cuando Julia se corría siempre eran los ojos de Mateo su última visión antes de dejarse ir, para que no olvidase que, fuera de quien fuera el cuerpo que tenía entre las piernas, el placer lo obtenía gracias a él.

Era un juego divertido que les unía profundamente. Hacía sentir a Mateo poderoso. Hacía sentir a Julia una maravillosa pérdida de control al dejar sus actos en manos de otra persona.

Tras los primeros encuentros, tras haber perdido el miedo a que Mateo se viniera abajo, se atrevió a preguntarle:

– ¿Qué te excita a ti de todo esto?

– El poder es el más potente de los afrodisíacos – le dijo -. Y no hay mayor poder que entregarte a otra persona y saber que, en esos momentos, me perteneces por completo. Me perteneces más que nunca.

*

No obstante, en los últimos meses Julia había echado de menos el tacto de las manos de Mateo. Cada vez se animaba a incorporarse a la escena con menos frecuencia. A menudo la observaba desde un rincón en la penumbra, y solo se acercaba para sostenerle la mirada en los segundos antes de la explosión del clímax. Como un artista que observa desde cerca el resultado de su obra.

Las sesiones de sexo eran exquisitas. El placer se desbordaba por todos los sentidos. Pero Julia quería algo más que placer. Quería recuperar la intimidad con la persona que le proporcionaba los orgasmos más vibrantes sin siquiera tocarla.

Por eso, esta noche, sería ella quien llevase la batuta.

Mateo se mostró inseguro al principio. Le invadieron unos nervios que no recordaba haber tenido en mucho tiempo. Ambos se sentían un poco novatos, un poco perdidos, un poco adolescentes. Ella tenía ganas de experimentar, él estaba preocupado por no poder dejarse llevar.

Le condujo de la mano hasta el dormitorio, y le ayudó a sentarse en la cama con la espalda apoyada en la pared.

Horas después, ninguno de los dos sabría decir exactamente todo lo que había pasado. Tendidos en sudor jadeaban con una sonrisa en la cara, mientras intentaban recuperar el aliento.

Los recuerdos de Julia saltaban de escena en escena al azar: ella bailando mientras él la observaba por encima del borde de la copa de vino. Sintiéndose deseada y deseante, libre para improvisar los siguientes movimientos.

Habían rodado por la cama, empapados en aceite de masajes y vino derramado sobre los pechos de ella.

Habían lamido cada centímetro de sus cuerpos, aunque no se negaron el capricho de dedicar más tiempo a determinadas zonas: a los pechos, al cuello, al torso, incluso a los dedos de los pies. Los dientes de Mateo marcaron las nalgas de Julia, y Julia hizo lo propio con sus uñas en la espalda de Mateo.

También había estado de pie sobre la cama, con una pierna a cada lado del cuerpo de Mateo, empujando su cabeza con furia contra su clítoris, y acariciándole el pelo.

Y tiempo después (podrían haber sido horas o quizá solo minutos), cuando la mano derecha de Mateo empezó a provocar temblores de éxtasis, mientras la izquierda le pellizcaba un pezón, Julia le sostuvo la cara entre las manos y esta vez fue ella quien ordenó con voz firme.

– Mírame. Mírame a los ojos.

De Peculiares

El espejo del baño

relato erótico, masturbación femenina
 
 
 "Lentamente, me la metí en la boca, disfrutando
de cada dedo, uno a uno, mientras mi reflejo
era consciente de mis hazañas"

 

MELANIE QUINTANA MOLERO

 

El espejo lo acababan de limpiar. Ese espejo que sirve para verme de cuerpo entero cada mañana y que cuelga al lado de la puerta del baño. Ese espejo con su marco blanco y su largo cristal. Ningún dedo sobre él.

Silencio. No era capaz de escuchar nada. Mis compañeras de piso dormían. ¿Cuánto hacía que había entrado? Estaba allí, mirándome, atentamente. Perdí la noción del tiempo. Estaba sola en el baño. Compartir piso con María y Ana no me dejaba mucho tiempo para mí. Para estar sola. Pero aquella mañana ambas estaban en sus camas tras haber salido de fiesta. Verme sola en el baño, ese baño sin cerradura, hizo que mi mente jugara a pensar “y si… ¿es aquí y ahora?”. Ese fugaz pensamiento provocó una reacción inmediata sobre mi cuerpo, como si le estuvieran hablando directamente a mi clítoris. Ese instante de intimidad hizo que mi yo lujurioso cobrara vida. Quería tocarme.

Fijé la vista sobre el espejo, aquel espejo que me miraba reflejando mi propio deseo. Noté como mis pupilas se dilataban y no pude evitar morderme ferozmente el labio inferior, dejando una marca blanca tras mis dientes. Al humedecer mis labios, las manos no tardaron en reaccionar. Fueron directas hacia mis bragas, impacientes. Una pequeña costura sobresalía sobre mi falda gris. La agarré con ambas manos y tiré de ella con fuerza, hacia arriba, apretándolas sobre mi vulva con violencia y haciendo que mi entrepierna respondiese al instante. La cabeza reaccionó junto a mi espalda, arqueándose hacia atrás para absorber aquel placer feroz que yo misma me estaba provocando.

Volví a conectar con el espejo y me dí cuenta de que mis pechos pedían a gritos ser liberados. Me levanté la camiseta, esa que me había acompañado toda la noche de fiesta y que ahora estaba sudada, mojada. Suavemente pero con seguridad, levanté la camiseta blanca dejando que acariciara mi cuerpo a su paso, rozándola sobre mis pechos desnudos, dejando que éstos se movieran de arriba a abajo cuando perdieron el contacto con la camiseta. Mis tersos y suaves pechos.

 

 
 
 "Instintivamente, como si el reflejo de mi excitación me controlara, puse la mano plenamente abierta, sudada y caliente sobre el cristal frío. Una aureola de calor rodeó mi mano y calentó el espejo en menos de un segundo. Y me quedé ahí durante un instante, siendo consciente de mi calor"

 

 

Duros, deseantes. Verme tan excitada frente al espejo le dio licencias a mi cabeza para volverme a hablar: “Es aquí, es ahora”. Lentamente, bajé las manos hasta llegar a la falda gris, introduje ambas manos bajo ella y retiré las bragas a trompicones. Mis dedos eran torpes. Aún notaba los efectos del alcohol. Empujé las bragas. Cayeron sobre el suelo y con un movimiento casi ensayado saque mis pies de ellas, lanzándolas hacia un lado.

Una vez más volví a conectar con mi reflejo. Aquel espejo tan limpio, tan brillante. Aquel espejo pedía a gritos que le tocaran. Instintivamente, como si el reflejo de mi excitación me controlara, puse la mano plenamente abierta, sudada y caliente sobre el cristal frío. Una aureola de calor rodeó mi mano y calentó el espejo en menos de un segundo. Y me quedé ahí durante un instante, siendo consciente de mi calor.

Mi otra mano iba por libre. Salvaje. Viajaba sobre la cara, el pelo, mis ojos, mi cuello. Deteniéndose en los contornos de mi suave piel. Mi boca respondía ante tal excitación abriéndose de par en par. Me costaba respirar con facilidad. Necesitaba abrir más las piernas, cada vez más. Con cada movimiento notaba como mi vulva se liberaba y dejaba que la acariciase el aire frío que subía bajo la falda gris. Mis pechos descubiertos pedían a gritos más caricias. Pero no quería ser dulce, quería ser salvaje, así que no tuve compasión con ellos. Los agarré firmemente, con fuerza. Tenía la necesidad de arañármelos, de apretarlos fuerte.

Deje los pezones para el final. Apreté mis dedos alrededor de ellos y tiré con fuerza. Se pusieron más duros, más firmes. Hice círculos sobre ellos. Primero el izquierdo. Luego el derecho. Tiraba y apretaba hasta que la sensibilidad del roce era casi insoportable. ¡Cómo me excitaba ver mi reflejo en el espejo! Aquella mujer que ferozmente se daba placer, cómplice, retándome a tocarme más.

Obedecí a mis deseos y bajé la mano por el ombligo, despacio, reconociendo cada parte de mi piel. Acaricié las costuras de la falda sobre mi cintura y metí los dedos bajo ella para seguir con mi viaje. Me molestaba, no me dejaba avanzar. Quería ver todo mi cuerpo y la falda me lo impedía. Torpemente, una vez más, tiré intentando desprenderme de ella. Según iba bajando rozaba mi culo con brusquedad. La goma dura que evitaba que se cayera era demasiado estrecha para quitármela por abajo y eso hizo que dejara un rastro de arañazos sobre mi piel. Me ardía cada milímetro que la falda había rozado, pero aquel dolor se volvió de lo más placentero. Quería más y esa necesidad fue directamente absorbida por mi clítoris. Deseante. Quien pedía a gritos mis manos.

Volví a mi ombligo y retomé aquello que había dejado a medias. Qué maravilloso era verme desnuda. Mis manos no tardaron en buscar mi vulva. Dejé que mi palma la cubriera y guardara el calor que ambas emanaban. Los dedos no podían esperar. Uno tras otro, todos querían tocar. Acaricié todo mi clítoris, suavemente, de arriba abajo, y lo que empezó siendo una caricia terminó siendo algo brusco y violento. Los dedos me tocaban de maneras que solo yo sabía que me daban placer. Sabían dónde tocar, provocando que mi cuerpo se arquease. Solo con la sujeción de mi mano izquierda sobre el espejo no me valía. Me temblaban las piernas del placer. Quería más.

Acariciaba mi vello, luego mis labios, la vulva, el clítoris, en círculos, en movimientos lentos y salvajes. ¡Dios! aquellos pechos turgentes. Volví a tocarlos. Estaban tan duros. Tan firmes. Abrí la boca y dejé que toda mi mano entrara en ella, empapándose de mi saliva, humedeciéndola. Quería mojarme, así que la llevé directamente hacia el clítoris.

 

 
 
 "Cada vez estaba más mojada. “Vamos, regálame este orgasmo”. Mis propias órdenes resonaban firmes. Tenía que obedecer. Mi mano seguía instintivamente el movimiento una y otra vez. Cada embestida era más poderosa, cada caricia más lujuriosa"

 

 

Me excitaba tanto escucharme en mi cabeza. Darles palabras a mis deseos. “Tócate el coño guarra, vamos sé que quieres tocarte el coño, córrete para mí, vuélvete atocar y córrete para mí puta”. Y como si fuera esclava de mis pensamientos, obedecí todas mis órdenes. Me tocaba de forma brusca, desesperada, anhelante.

Respiraba con irregularidad, estaba dejando un rastro de vao a mi alrededor. Estaba húmeda, muy húmeda. Completamente mojada. Introduje mis dedos acariciando aquella humedad y lo añadí al movimiento. Vello, labios, vulva, clítoris, vagina, dedos. “Córrete perra, vamos córrete para mí”. Una y otra vez. Aquellos movimientos me estaban destrozando, llevándome al límite. Me temblaba el cuerpo con cada embestida. Quería más, otra vez, una vez más. Vello, labios, vulva, clítoris, vagina, dedos y vuelta a empezar.

Cada vez estaba más mojada. “Vamos, regálame este orgasmo”. Mis propias órdenes resonaban firmes. Tenía que obedecer. Mi mano seguía instintivamente el movimiento una y otra vez. Cada embestida era más poderosa, cada caricia más lujuriosa. Notaba cómo mi corazón latía cada vez con más brusquedad. Y una vez más repetía el movimiento. Rápido, brusco, violento y vuelta a empezar. Hasta que no pude controlarlo y dejé que el orgasmo me poseyera.

Ese instante recorrió mi cuerpo de arriba a abajo. Esa sensación que me obligó a cerrar los ojos e hizo que encogiera los dedos de los pies, ese momento en el que me faltaban las fuerzas y me costaba respirar. Esa sensación. Ese instante en el que escuchaba mi corazón retumbar tan fuerte contra mi pecho que parecía que estuviera hablando. En esos segundos la piel se me erizó. Se paró el tiempo. Ese instante.

Abrí los ojos bruscamente para mirar mi reflejo. Aquel que había sido testigo de mis deseos. Y allí estaba yo, aún con la mano sobre mi vulva, intentando atrapar esa sensación. Poco a poco recobré las fuerzas. Junté las piernas con intención de recobrar el equilibrio y me miré la mano. La mano que me había hecho sentir aquel orgasmo. Aquella que estaba cubierta de mi humedad, de mí. La mire por ambos lados y sentí la necesidad de probarme, quería saber a qué sabia mi orgasmo. Lentamente, me la metí en la boca, disfrutando de cada dedo, uno a uno, mientras mi reflejo era consciente de mis hazañas. Sabía a excitación, a mi vagina, a mí. Me encantaba. Era como chupar mi propia esencia.

Recordé que mi mano izquierda aún se apoyaba sobre el cristal y, tras mirarla con detenimiento decidí retirarla. Al hacerlo me quede más alejada del espejo y eso me permitió observarme mejor. Mi cuerpo desnudo, excitado, complacido. Me acaricié suavemente. Amaba mi cuerpo y todo el placer que me daba. Y luego miré al espejo que acababan de limpiar. Ese espejo que sirve para verme de cuerpo entero cada mañana y que cuelga al lado de la puerta del baño. Ese espejo con su marco blanco y su largo cristal. El espejo que ahora tenía mi mano sobre él.