¿Sabías que Europa sufrió una oleada de pánico por los robos de penes?

 ¿Sabías que Europa sufrió una oleada de pánico por los robos de penes?

05 de abril de 2018

Rubén Olveira Araujo

Hay quienes a día de hoy, cuando van por la calle, temen que le roben el móvil. Antes fue la cartera o la bolsa del dinero. Pero hubo una época allá por los siglos XV y XVI en la que los campesinos de Europa central vivieron una auténtica epidemia de pánico por los robos de penes. Sí, tal como suena. Cosas de la Edad Media.

En su Malleus Maleficarum (Martillo de Brujas, 1486), una guía imprescindible para todo interesado en la historia de la magia y la hechicería y en base al cual se calcinó vivas a más 60.000 brujas, el clérigo alemán Heinrich Kramer reflejó el miedo que albergaban los hombre del siglo XV a que su posesión más preciada les fuera arrebatada por alguna bruja. Y es que en aquella época realmente pensaban que alguien podía quitarles su juguete en un momento de despiste durante una práctica erótica o mediante un encantamiento mágico.

Según cuentan las malas lenguas, las hechiceras recogían los penes como champiñones y los colocaban en grupos de 20 o 30 en nidos de pájaros o los encerraban dentro de una caja. Porque por extraño que parezca, se pensaba que estos miembros masculinos cobraban vida y comían avena y maíz. Lo que no queda tan claro es si la extracción del pene era vivida como algo traumático o, por el contrario, de manera indolora. Aunque a juzgar por el rostro del hombre que aparece en el grabado Una Bruja robando un pene  (Augsburgo, 1486), parece ser más lo segundo que lo primero.

¿Sabías que Europa sufrió una oleada de pánico por los robos de penes?

¿Pero por qué iban las brujas a robar penes? Hay múltiples posibilidades y serias dudas al respecto, desde quienes aseguraban que simplemente los querían para alimentarlos a otros que pensaban que los utilizaban como mascotas. Por nuestra parte, os dejamos una reflexión: si las brujas conseguían mediante sus artes cosechar falos vivientes, ¿para qué iban a necesitar a los hombres? ¡A la hoguera!

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