Cuando te dicen “haz vida normal” después del parto

26 de diciembre de 2019

Juncal Altzugarai

“Ahora ya puedes hacer vida normal”. Esta es la frase que escuchamos una gran mayoría de mujeres tras nuestra revisión ginecológica tras la famosa cuarentena. Si todo ha ido más o menos bien, no hay puntos infectados, ni nada raro, la recomendación suele ser que volvamos a nuestra vida de antes.

Es cierto que nadie, ni siquiera nuestras amigas más próximas, ni nuestras madres, tías, nos avisan de que es aún muy pronto para volver a hacer vida normal.

Me acuerdo yo de las ganas que tenía, tras mi primera maternidad, de que la ginecóloga me dijera que ya estaba todo bien y que “a la carga”. Recuerdo que lo primero que hice cuando salí de la consulta fue comprarme hidratante vaginal y preservativos. Yo quería celebrar que todo ya estaba como antes. TODO.  Sabía que la lubricación era más escasa en el postparto, pero poco más, la verdad. “Está todo perfecto, Juncal. Ya puedes hacer vida normal”. Fui a casa con esa frase resonando en mi cabeza, como si estuviera en Disneylandia.

Aquella noche, mi pareja y yo decidimos volver a tener relaciones sexuales con penetración. Hidratante, lubricante, condón y… dolor. Nadie me había avisado de eso. Me ardía la vagina. Tenía un dolor punzante, que me quemaba. Volvimos a intentarlo con todo el mimo del mundo, volvimos a acariciarnos, a besarnos, a tocarnos. Volvimos a intentar el coito. Agujas en mi vagina, como si me estuvieran mordiendo. Poco a poco lo conseguimos… casi sin dolor. Tampoco sentí nada más. NADA MÁS. Ni media sensación más que el ardor en la entrada de mi vagina. Como si todos los interruptores de sensaciones se hubiesen apagado. Nada. Él tampoco sintió nada… un rato después, entre risas ya, me dijo que había sido como meterla en un estadio de fútbol. El problema era que la cicatriz de mi episiotomía tenía algún punto de adherencia, lo que dificultaba la elasticidad de la zona y la hacía dolorosa. Además, la musculatura de mi suelo pélvico brillaba por su poco tono, por lo que la cavidad vaginal vivía desparramada, sin poder contraerse, ni poder tener control alguno sobre su fuerza.

Yo tenía la suerte de tener los conocimientos teóricos y me puse manos a la obra, masajeando mi periné, descongestionando la zona, trabajando la cicatriz de la episiotomía. Me puse a tope con los ejercicios de Kegel y poco a poco fui recuperando las sensaciones de antes de dar a luz.

Pero ¿qué pasa con todas esas mujeres que no tienen los conocimientos que tengo yo? ¿Es que nadie es capaz de decirles que no, que ahora ya no es como antes? Pues se ve, que en la gran mayoría de los casos, no. Con esto no quiero decir que no haya mujeres que vivan un postparto maravilloso sin ningún tipo de problema… ¡haberlas, haylas!

En los talleres de suelo pélvico que imparto, me he dado cuenta de cómo normalizamos situaciones que no lo son: vaginismo, dolor a la penetración, falta de sensibilidad vaginal, que se nos escape un poco de pis… Sobre todo, después del parto y de esa frase de “está ya todo bien, haz vida normal”. Mujeres que vuelven a correr, pero que se dan cuenta de que sienten un peso a la altura de su vagina, mujeres, que en el cumple de una de sus criaturas, saltan en la cama elástica y se dan cuenta de que tienen pérdidas de orina. Mujeres que sienten (como sentía yo) una punzada en la entrada de su vagina cuando tienen relaciones con penetración. Mujeres que normalizan todo eso, se lo callan y están, en ocasiones, años enteros viviendo con incomodidad estas situaciones.

Qué poco hablamos de los post partos y de cómo se nos queda el cuerpo tras dar a luz. Qué poco compartimos entre mujeres. Creo que es fundamental destapar que no somos las únicas, que seguro que a la mujer que tienes sentada al lado en el metro o en la oficina, también le pasa… o que ha pasado por eso en algún momento.

¿Sabes qué? Que estas cosas tienen remedio. Aunque vayamos periódicamente al ginecólogo, es importante que realices una revisión exhaustiva de tu suelo pélvico. Las fisioterapeutas especializadas te ayudamos a conectar con tu cuerpo, a detectar el problema y te damos pautas para poder solucionarlo. Es un trabajo muy agradecido, porque normalmente, en pocas sesiones y con algo de trabajo en casa, se sienten muy rápidamente los resultados. Conectar con tu suelo pélvico es conectar con tu yo más íntimo, con tu energía sexual, con tus placeres. Te ayuda a conocerte más profundamente y te ayuda a empoderarte. Es un trabajo muy potente, que en ocasiones, debemos acompañarlo de una sexóloga/psicóloga que nos ayude, también en otros planos que no son solamente el físico. Elige a alguien que te dé confianza para meterte de lleno en este proceso, porque va a facilitarte mucho las cosas.