El chico de ojos verdes – Pólvora; Capítulo I

  
"¡Joder seré sincera!, sentía como
mi cuerpo deseaba su boca" 

MELANIE QUINTANA MOLERO

 

Un año antes del final

 

Lunes, 5:30

Mi reloj andaba mal, tenía la sensación de que se había parado. Bostecé hasta que una lagrimilla inundó mi ojo derecho. Cuidadosamente retiré la lágrima bajo el Rimmel, no quería parecer un oso panda. Volví a mirar el reloj. Mierda. Le di tres golpecitos con la uña del dedo índice sobre la esfera del cristal, como si eso fuera a hacer que funcionara. Efectivamente, se había parado. Me tiré como si mi cuerpo fuera plomo sobre los asientos de la sala de espera. Menuda noche. Me pesaba la cabeza así que la dejé caer hacia atrás hasta notar la fría pared sobre mi coronilla y cerré los parpados hasta notar cómo el Rimmel hacia que se pegasen mis pestañas. Necesitaba irme a casa, oler a sábanas limpias y acurrucarme allí un mes. Treinta horas de guardia eran demasiadas.

Megan…¡Megan! Abrí los ojos de golpe, notaba cómo alguien me daba golpecitos en el hombro mientras susurraba mi nombre. Cuando conseguí enfocar reconocí a Elsa. Carraspeé. Me había quedado dormida con la boca abierta de par en par.

 – Tía te has quedado dormida en medio de la sala de urgencias – decía entre susurros y carcajadas.

– ¿Cuánto llevo dormida? – me levanté a trompicones, mi cuerpo aún no se había despertado.

– No sé…quizás media hora – Elsa no podía parar de reír, para ella la situación debía de ser bastante cómica, aunque, era yo la que le hacía gracia en estado natural.

– ¿Me ha visto alguien más? – pregunté acariciándome mi dolorido cuello entre carraspeos.

– Creo que no, deberías irte, ¿cuánto tiempo llevas aquí? – puso una mano en mi espalda mientras me acompañaba a la salida con una gran sonrisa en la cara, era una buena chica.

– Sí, creo que tienes razón, necesito descansar. Cerraré mi turno y me iré– le contesté devolviéndole la sonrisa.

 

Lunes, 6:15

Esperaba encontrar algún bar abierto de camino, si no me tomaba un café bien cargado me iba a quedar dormida allí mismo, en la parada del autobús. Estaba tardando más de la cuenta. No podía evitar mirar en la dirección por la que debería de aparecer el conductor de todas las mañanas, pero nada, solo oscuridad y un par de farolas a las que habría que cambiarles las bombillas. Volví a mirar mi reloj de forma automática. Efectivamente… seguía parado. Genial… No sabía qué hora era, podría haberlo perdido y estar allí de pie una hora. Mi cuerpo no estaba preparado para eso así que en un impulso estúpido decidí ir andando.

Tras veinte minutos, lo que me parecieron años caminando, avisté en lo alto del único edificio que sobresalía en la manzana siguiente la ventana de mi pequeño piso en la ciudad. No llevaba allí mucho, ni siquiera me había dado tiempo a quitar el fosforescente cartel naranja de ‘Se alquila’ del balcón. Me llevé una mano a la cara y la arrastré por ella mientras solté lo que me pareció un gruñido. ¡Estaba tannn lejos! Crucé la calle y me puse como propósito llegar antes de que saliera el sol. El sueño se estaba apoderando de mis ojos, tomaba decisiones por impulso, instintivamente: gira aquí, ‘no cruces’ está rojo, un pie tras otro, toma esta calle…

Me equivoqué, las calles se parecían y acabé en una que no tenía salida. Resignada volví sobre mis pasos, estaba agotada, quería llegar cuanto antes así que aceleré y giré la esquina a toda velocidad. Fue justo en esa milésima de segundo en la que tomé la decisión de girar y gracias a todas las malas decisiones que tomé esa noche, cuando cambió mi vida.

– ¡Levanta las manos! ¡Venga! ¡Dame tu cartera! – el tipo que chillaba y escupía al hacerlo me estaba apuntando con una pistola calibre 49 y parecía muy dispuesto a usarla. Parecía no haberse duchado en semanas, pero su abrigo era caro y estaba limpio. Fruncí el ceño ante tal contradicción. Pensó que me negaba a hacerle caso así que agitó la pistola en un movimiento firme y decidido y dio un paso más hacia mí. Levanté mis manos mientras oía cómo mi corazón latía a toda velocidad. Él seguía chillándome - ¡No me mires! ¡He dicho que no me mires! ¡Dame tu cartera…vamos!

Metí mi temblorosa mano en el bolsillo derecho de mi abrigo granate, no acostumbraba a llevar bolso y tampoco dinero cuando iba a trabajar. Agarré fuerte la cartera y mientras me seguía chillando las mismas cosas, cada vez más cerca, la saqué y se la di. Volví a levantar las manos a la altura de los hombros. La cartera me daba igual, quería salir de allí viva. Al abrir la cartera descubrió que tenía el bono del autobús, mi DNI y cinco euros, lo que le decepcionó bastante. Enfadado se metió la cartera en el bolsillo de su caro abrigo y volvió a apuntarme con su arma, esta vez, notaba el frío cañón sobre la frente. Cerré los ojos temiéndome lo peor.

El tipo se acercó tanto que era capaz de oler su apestoso aliento a whisky. Con el impulso del arma sobre mi frente, me hizo retroceder la cabeza hacia atrás. Podía ver los primeros rayos de luz en el cielo a través de los huecos que dejaba el arma y su mano. Empezó a olerme como si fuera un perro. Metiendo la nariz en mi cuello. Nunca me había sentido tan vulnerable. Agarró mi pelo y se lo llevó a la cara en un gesto que me pareció de una persona recién salida del manicomio. Oliéndolo, aspirando mi olor. Me recordó al Joker. Me temblaba todo, estaba muy nerviosa con aquella pistola en mi cabeza. En un intento desesperado por acabar con aquella situación, intenté hablar con él.

– No…n..no tengo nada más – la voz se correspondía con el miedo que estaba sintiendo mi cuerpo. Tiró de mi pelo hasta que pudo mirarme directamente a los ojos. Era alto así que yo seguía destrozándome la nuca. Pude observar sus amarillentos dientes y el inmenso iris cubriendo sus pupilas. Recorrió con el cañón mis mejillas, acariciándolas con fuerza, hasta llegar a mi boca. Se tomó su tiempo en el recorrido. Me miraba con la boca entreabierta, sin duda alguna, aquello le estaba excitando. Recorrió mis labios con ella observando cada milímetro de mi cara hasta detenerse en medio mi labio inferior. Ábrela. Definitivamente aquello le estaba excitando y yo me negaba a abrir la boca. Se quedó observándome durante un minuto y dejé de notar el arma.

Su cara pasó de la excitación a la ira en menos de un segundo. Cogió impulso y golpeó con todas sus fuerzas la culata de la pistola sobre mi cabeza, haciendo que cayera al suelo al instante. El tiempo se relantizó. Oía los latidos de mi corazón al mismo tiempo que el vao, completamente blanco, salía de mi boca al intentar respirar con fuerza. Un latido por segundo. Me llevé instintivamente la mano hacia donde me había golpeado. Sangraba de manera compulsiva. Notaba la sangre caer sobre mi ojo derecho dificultándome la visión. Quería gritar, pero mi cuerpo me lo impedía, mi garganta no era capaz de emitir ningún sonido. Se agachó, volvió a agarrarme del pelo y tiró del él para que pudiera mirarle a la cara.

– ¡Levántate puta! Vas a dejar que te fooolle…eh. Y lo vas a disfrutaaaar…porque eres una putitaaaa salida – alargaba las vocales en un tono en el que creía que estaba imponiéndome y poniéndome a la vez. El muy cabrón agarró mi pelo con la mano en la que no llevaba el arma y me levantó como si fuera un muñeco de trapo. Aquel tipo tenía mucha fuerza y yo estaba paralizada del terror que me provocaba aquel arma en manos de alguien tan desquiciado como él.

Intentaba deshacerse de mi ropa a trompicones mientras yo tiraba de todo en dirección contraria. Temía que me volviera a golpear y me dejara inconsciente. Bajó el arma para poderme agarrar mejor y fue entonces cuando reaccioné. No iba a dejar que me tocara ni un minuto más. Cogí impulso y con todas mis fuerzas, mezcladas con la adrenalina que recorría mi ser, golpeé mi cabeza contra su nariz. Cuando alzó la mano para llevársela allí donde ahora él sangraba de manera compulsiva, golpeé mi rodilla con fuerza sobre su erección y…

 

Lunes, 7:00

Sangre por todos lados. Un ruido seco hizo que pitaran mis oídos. Tenía la cara llena de sangre. Todo iba a cámara lenta. Aparecieron tres chicos montados en motos, uno de ellos había disparado en la cabeza al que me apuntaba minutos antes a mí. El impacto hizo que me quedara cubierta de sangre. Se bajaron de las motos mientras yo seguía allí, paralizada. Me costaba respirar. Uno de ellos, al bajar, vino directo hacia mí. Su paso era firme e imponente mientras se retiraba el casco que le cubría la cara. Esa fue la primera vez que le miré a los ojos, aquellos ojos verdes. Por un instante me quedé hipnotizada, solo era capaz de mirarle a él, dejé de escuchar todo a mi alrededor. Se quedó justo delante de mí. Movía sus labios como si estuviera diciendo algo pero yo no escuchaba nada.

– ¿Estás bien? Eh, ¿que si estás bien? – El sonido de su voz grave me devolvió a aquel instante, pero aún no podía contestar. No era capaz de articular palabra.

– ¡Jefe! Esta tía los tiene bien puestos… le ha roto la nariz al muy capullo – otro de los que había aparecido con el que me miraba fijamente se estaba riendo a carcajadas mientras se dirigía a él, pero en ningún momento retiró la mirada. El chico de ojos verdes seguía mirándome fijamente. Era alto y joven, no sé, posiblemente 27. Moreno y fuerte, con unos ojos increíblemente hipnotizantes.

– ¿Cómo te llamas? – me preguntó con la misma seguridad que mostraba su postura. Intenté separar los labios para poder hablar, al ver ese gesto en mí una sonrisa pícara volvió a provocar que la cerrara. Era muy atractivo. Estaba segura que provocaría ese estado de parálisis cerebral en todo aquél que le mirase y que él lo sabía.

– Mee…Megan – contesté medio tartamudeando.

– Vaaale Megan – prosiguió – esto es lo que va a pasar ahora. Voy a llevarte a casa y vas a olvidar que esto ha ocurrido. Nadie se puede enterar de lo que ha pasado aquí. Si hablas…acabarás como él, ¿me entiendes? – ¡Pues claro que le entendía! Pero seguía sin ser capaz de articular palabra. Se dio cuenta del efecto hipnosis que estaba provocando en mí y volvió a sonreír – Asiente si me entiendes.

Y eso fue lo que hice, asentir. Me cogió de la mano y volví a no escuchar nada. Estaba en shock. Los otros dos chicos que habían venido con él obedecían las órdenes que les iba dando en el recorrido hasta llegar a su moto. “Sí jefe”, contestaron casi a la vez.

Se puso el casco con la misma seguridad con la que se lo había quitado y me dijo con una voz que hizo que se me removieran las tripas: Sube. Era imposible no obedecerle. Cual sumisa, sin hacer más preguntas, obedecí sus órdenes. Agárrate fuerte. Y no dudé en hacerlo. Recuerdo el sonido de la moto al arrancar y su cálido olor al acercarme. Me agarró la pierna izquierda con su mano y girándose para que le pudiera oír mejor me preguntó dónde vivía y le respondí como si fuera un robot. Al soltar mi pierna la acarició ligeramente y no pude evitar estremecerme. ¿Pero qué leches me pasa?

Conocía bien las calles, se notaba. Aceleró la moto y la llevó hasta el límite, posiblemente en un intento de impresionarme, pensé, aunque en mí solamente estaba provocando pánico. Me acercó al portal. Me ayudó a bajar de la moto ofreciéndome una de sus manos como apoyo, sin dejar de mirarme a los ojos a través del casco, y se quedó sobre ella hasta que entré en el portal después de que se me cayeran dos veces las llaves al suelo. Juraría que le escuché reír mientras contemplaba la escena.

Lunes, 9:00

¿Cuánto tiempo llevaba bajo el agua de la ducha? Fue la canción de Ed Sheeran, Make It Rain, la que me devolvió a la realidad. Era una de mis preferidas. Me había quedado sentada bajo el agua mirando a la nada demasiado tiempo. ¿Qué acababa de pasar? Aún no me creía nada de lo que había vivido, como si lo hubiera soñado y juro, que deseé haberlo hecho.

Giré el grifo de la ducha y me dispuse a salir, ya era hora de hacerlo. No pude evitar mirarme en el espejo del lavabo. Llevaba unas semanas de mierda, trabajando sin parar en el hospital, tenía la sensación de que había adelgazado y que había perdido pecho. Haberme cortado el pelo sobre los hombros tampoco ayudaba mucho a que mi reflejo no diera pena o terror así de mojada. Escuché cómo una gota de sangre se estrellaba sobre el suelo del baño. Me acerqué al espejo para mirar más de cerca de dónde venía. Tenía una brecha en la cabeza. Agghh. Cómo dolía, sin duda alguna necesitaba puntos. Mierda, mi día no va a mejorar. No podía dejar abierta la brecha…tendría que volver al hospital. Me puse una gasa de mala manera, como pude, y me vestí con lo primero que tenía a mano. Un pantalón vaquero, unas deportivas blancas y el jersey verde más grande que tenía para no rozarme la cabeza. Cogí las llaves al salir y cuando iba a cerrar la puerta de casa decidí ir en taxi. No me la jugaba más por hoy.

 

Lunes, 9:30

Tenía la sensación de que alguien me estaba siguiendo.

 

Lunes, 11:30

– ¡Gracias Elsa! No sé qué hubiera hecho sin ti – Elsa me estaba acompañando de nuevo a la salida del hospital después de coserme con mucho cariño la brecha de la cabeza.

– De verdad que no entiendo cómo te has podido hacer semejante brecha saliendo de la ducha, tía eres la persona más torpe que conozco – y quizás fuera verdad. Esa fue la gran mentira que le conté a Elsa. Las palabras del chico de ojos verdes taladraban mi cerebro cada vez que intentaba racionalizar lo que me había pasado. Verbalizarlo…eso sí que era otro nivel. Si hablas acabarás como él. Definitivamente prefería fingir que era la persona más torpe del mundo antes de volver a tener una pistola sobre mi cabeza.

– ¡Intentaré no volverme a duchar! – contesté con mi clásico tono de humor.

– Creo que prefiero volver a coserte la cabeza – reímos las dos a carcajadas. Elsa era la única persona en el hospital que entendía mi humor. Los demás vivían en un mundo demasiado serio como para permitirse reír.

Nos abrazamos al despedirnos y me quedé mirándola hasta que cogió el ascensor y me saludó con la mano como lo hacía siempre, como un soldado cabo. La verdad es que era divertida.

Me giré aún con la sonrisa en la cara, absorbiendo aquel instante de felicidad que me había hecho olvidar por un instante lo mal que había ido mi día y eso que solo acababa de empezar. Pero al girarme, allí estaba él, apoyado con una mano sobre la pared donde se terminaban de abrir las puertas de cristal del hospital, con una mirada que no sabría muy bien cómo definir. Era una mezcla de picardía con devoción. Llegué a pensar que era un reflejo de la emoción que yo había sentido instantes antes. Sentí cómo mi estómago se volvía a encoger al verlo. A los dos segundos dejé que el instinto se apoderara de mí y salí corriendo en dirección contraria.

Oía mis zapatillas rechinar sobre el suelo del hospital mientras corría lo más rápido que podía por los pasillos, cómo él me seguía y también cómo la distancia entre los dos cada vez era más corta. Conseguí llegar a la puerta de la escalera de incendios, pero los segundos que tardé en abrirla fueron los que le dieron ventaja a él. Según estaba cerrando noté cómo su mano hacía presión sobre la puerta en dirección contraria. Con un simple empujón logró apartarme, entrar y cerrar tras de sí. Abrí los ojos de par en par, no tenía ni idea de porqué estaba allí, ni lo que quería de mí. Alargó una de sus manos con un movimiento estratégico para que yo no le pudiera frenar y me agarró el cuello con su mano. El impacto hizo que yo quedará contra la pared con su grande y fuerte mano rodeando mi cuello. Intenté deshacerme de ella con la fuerza de mis dos brazos, pero era incapaz de moverla ni un milímetro.

Apoyó el antebrazo del brazo que le quedaba libre sobre la pared y se acercó a mí tanto que el aire no corría entre nosotros. Yo respiraba con dificultad, pero no porque me estuviera ahogando, ni siquiera me estaba haciendo daño, simplemente me estaba manteniendo quieta, me estaba ahogando por mi propia respiración nada acompasada.

Se quedó mirándome a los ojos más de un minuto, buscando que le correspondiera la mirada. Lo hice…y volví a quedarme hipnotizada. Estaba tan cerca que podía sentir su cuerpo haciendo presión contra el mío. Compartíamos la respiración. Él no paraba de mirarme a los labios y de nuevo a los ojos, lentamente, en silencio. Lo sorprendente era que no tenía miedo, era otra sensación la que me recorría el cuerpo. Sentía seguridad y una extraña confianza en él. ¡Joder seré sincera!, sentía como mi cuerpo deseaba su boca.

– No he dicho nada…lo juro – interrumpí el silencio que nos envolvía y que hacía que solo se nos escuchara respirar. Pensé que por eso estaba allí, para asegurarse que tenía la boca cerrada. Volvió a mirarme a la boca y soltó una carcajada mientras se quedaba observando lo que decía.

– Encontré tu cartera en el bolsillo de su abrigo, venía a devolvértela, pensé que necesitarías la tarjeta del autobús, venir en taxi todos los días te va a salir muy caro – no eran paranoias mías, me estaba siguiendo. Volvió a sonreír.

Solté mi mano derecha de la muñeca que aún sujetaba mi cuello y se la puse sobre el pecho con un gesto suave, casi como una caricia, para que se apartara, intentando decirle con la mano que no me iba a ir, que podía soltarme. Volvió a posar su mirada en mi boca, pero esta vez noté como soltaba una especie de gemido leve y retenido. Los dos nos quedamos hipnotizados con la boca del otro pero ninguno se movió.

Se apartó muy lentamente, dejando caer su mano en una caricia sobre mi pecho imitando la posición que tenía la mía. Esta vez fui yo la que retuve el gemido. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó mi cartera y la posó sobre mi mano.

– Gracias – volvimos a mirarnos a los ojos cuando hablé.

– De nada – contestó frunciendo el ceño y mirándome extrañado.

No tardo en darse la vuelta para marcharse. Agarró el pomo de la puerta de emergencias y empujó para que la puerta se abriera, no sin antes volverme a mirar durante un segundo. Instintivamente y no sabría decir porqué, sonreí y él también. Salió, cerró la puerta y se fue.

 

Lunes, 12:00

Volvía a tener la cartera en mis manos y el corazón a mil. Me quedé durante varios minutos mirando a la nada en aquellas escaleras. Cuando recuperé la conciencia volví a mirar mi reloj de forma automática. Seguía parado.

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