Pólvora

 
 
 "Me puse de puntillas para poder abrazar su altura
y mientras nos envolvía aquel instante,
mi mente fantaseó con una vida paralela,
donde no hubiera armas, ni venganzas,
ni letales puños"

 

MELANIE QUINTANA MOLERO

 

Viernes, 19:30

 ¡¿Derek?! Olí su perfume según cerré la puerta. Su inconfundible perfume mezclado con sangre y pólvora. El tintineo de las llaves marcaba mis pasos en el piso, como si de un leve cascabel se tratara. Ayudar a un delincuente no me pegaba nada, pero Derek era diferente. Una parte de mí, y todavía no sabía hasta qué punto, creía que podía sacarle de la calle, de tanta delincuencia. Era mi lado más maternal, aunque también el más salvaje, el que me impulsaba a seguir haciéndolo.

Le encontré sentado sobre mi cama. Su mirada se encontró con la mía al cruzar el marco de la puerta. En ese momento supe que algo iba mal, la forma en que me estaba mirando. Aquella manera suya de pedirme perdón. No tardé en darme cuenta de que sangraba. Su mano hacía presión sobre su abdomen evitando que se desangrara.

– ¿Estás bien? ¡Dios mío, Derek! ¿Qué ha pasado? ­– mi voz temblaba más que mi mano cuando me agaché delante de él suplicando que me dejara ver la herida.

– Tenía que hacerlo… – nuestras miradas se volvieron a encontrar, pero esta vez la mía suplicaba respuestas – teníamos un negocio limpio, tenía que salir bien. ¡Joder! Si él no hubiera aparecido, habría sido perfecto, sin flecos.

– ¿Él? – pregunté con miedo.

– Richard – una respuesta corta dentro de una mirada encendida. Era rabia lo que veía en él. Rabia y desesperación. No quise saber más. Era mejor no saber nada, o al menos eso me decía a mí misma. Se dio cuenta de mi reacción cuando dejé que el silencio nos arropara a ambos por varios minutos.

– Déjame que te cure – no volví a alzar la mirada. No quería hacerlo.

Me levanté del suelo, me retiré el abrigo y lo posé sobre el sillón de la esquina. Noté su peso al caer y fue como si yo misma me estuviera quitando aquel peso de encima. Como si dejara que mi yo racional se posara sobre aquel sillón. Algo que estaba convirtiendo en costumbre. Cogí mi equipo quirúrgico y me subí a la cama, junto a él. Túmbate. Fue una orden clara, con una voz rasgada a punto de romperse por el llanto. Me contuve. No quería que me viera llorar. Obedeció sin rechistar. Se tumbó lentamente sobre la cama y empecé a curarle la herida. Él se limitó a mirarme. A mirar como mi rostro se contenía, inexpresivo. Era otra herida de bala. La tercera este año. ¿Cuánto más podría aguantar este tipo de vida?

 

Sábado, 23:15

Volvía a casa. Hacía frío. Soplaba el vao caliente de mis pulmones sobre mis manos intentando calentarlas mientras cruzaba la calle, cuando recordé la primera vez que me crucé con Derek. Esa noche cambió mi vida. Ahora todo era tan diferente, aquel hombre que tanto había despertado en mí, se estaba convirtiendo en una sombra.

Ayer se marchó tan rápido. Gracias. Eso fue lo único que dijo. Se levantó, me besó en la frente y se marchó. Me dejo allí, sentada sobre la cama, con las manos llenas de sangre, como si de una pesadilla se tratase. Una vez más.

Al girar la esquina la música retumbaba en mis oídos. Aquella discoteca estaba repleta de gente. La cola para entrar daba la vuelta a la manzana. Y allí estaba. La vida dándome otra bofetada en la cara. Derek entrando a la discoteca de Richard con dos de su banda. ¿Pero qué coño le pasaba por la cabeza?

Me armé de valor. Ya estaba harta, tenía que acabar con esto. Me negaba a estar así ni un minuto más. Mis pasos acompañaban al ritmo de mi corazón acelerado. Me acerqué al portero, saqué todo el dinero de mi cartera y me compré el acceso VIP.

Escuchaba mis latidos por encima de la música a todo volumen. No tardé mucho en localizarle. Aparté a la gente de mi camino como si fuera una bola de demolición apunto de cargarse un edificio, legué hasta él y le agarré fuerte el brazo. Con todas mis fuerzas. Se giró con brusquedad sin esperar que fuera yo. La ira se me escapaba por los ojos cayendo con fuerza sobre mis mejillas. Vi como su rostro pasaba del enfado al desconcierto en menos de un segundo. Como su boca se intentaba abrir reaccionando con palabras mudas a lo que estaba pasando. Un nudo en la garganta me impedía respirar. Nos quedamos allí mirándonos durante dos minutos. Lo que me parecieron horas.

– Se acabó – aún sigo sin saber cómo logré pronunciar aquellas palabras – no puedo más.

Me giré tan rápido como mi cuerpo tardó en reaccionar, solté su brazo lentamente como si le dejara caer por la borda y viera cómo se ahogaba en el mar, y volví a convertirme en una bola de demolición hasta llegar a la parte de atrás del local. Las lágrimas me impedían ver con claridad. Abrí la puerta con el hombro, utilizando toda mi fuerza, golpeándola contra la pared y alterando a las tres chicas que estaban fumando junto a ella.

Según salí, noté cómo tiraban de mí en dirección contraria. Arrastrándome de nuevo dentro de la discoteca. Volviendo al ruido y al calor de aquel lugar. Era Derek quien tiraba como si fuera papel combatiendo contra una piedra. Me metió bajo el escenario. Yo simplemente me dejaba llevar por su fuerza. No podía verle la cara, ni siquiera sabía qué emoción era la que me estaba arrastrando.

Cuando llegamos justo a la mitad, en la zona más oscura y silenciosa, me soltó. Y sin darse la vuelta, como si no pudiera mirarme, levantó las manos y se agarró el pelo. Un movimiento que solía hacer cuando estaba nervioso. Estaba desconcertada. No sabía qué decir. Así que me quede inmóvil. Mirándole.

Se dio la vuelta como si fuera lo más difícil que hubiera hecho nunca. Fue entonces cuando me di cuenta de que realmente lo fue. Nunca le había visto llorar y menos de aquella forma en la que lo estaba haciendo. No dijo nada. Me miraba sin poder decir nada. Yo seguía allí, paralizada, sin saber qué hacer.

Chequeando mi reacción se abalanzó sobre mí, sobre mi boca. Me agarró la cara y me besó como nunca antes lo había hecho. Con desesperación. Sentir sus sinceros y húmedos labios hizo que desaparecieran todas mis barreras de protección. Y como aquel abrigo cayendo sobre el sillón, volví a notar cómo mi yo racional caía sobre mis pies. Sentir su vulnerabilidad me hizo creer, una vez más, que era posible acabar con aquella vida. Y como un huracán arrasando con todo lo que han construido otros, seis palabras hicieron falta para acabar conmigo. No te vayas de mi vida.

Entonces fue mi boca la que buscaba la suya, mientras mis manos se enredaban en su pelo. Me puse de puntillas para poder abrazar su altura y mientras nos envolvía aquel instante, mi mente fantaseó con una vida paralela, donde no hubiera armas, ni venganzas, ni letales puños. Me dejé llevar por aquella fantasía, dejando que la boca de Derek, sus brazos, la forma en la que me abrazaba, nos fundiera en ese intenso y apasionado beso. Junto a su olor. Su inconfundible perfume mezclado con sangre y pólvora.

Mi mente dejó de pensar y fue mi cuerpo el que tomó el control. En ese instante solo estaba aquel hombre al que amaba más que a mi vida, lavándome la cara con su sufrimiento. Nos miramos durante un instante y el mundo se convirtió en nosotros. No había música, ni ruido, ni armas. Solo nosotros. Y fue como aquella primera noche, en la que éramos carne y fuego. El deseo me empezó a subir por donde antes había caído mi imaginario abrigo. Subía por los muslos como un torbellino y, tras hacerme peder mi estabilidad emocional, decidió acunar en mi vulva. Estábamos tan cerca el uno del otro que su erección era parte de mí. Los besos eran cada vez más apasionados y furiosos, anhelantes. Como si desesperadamente quisiésemos ser uno.

Nos sobraban los abrigos. Sin separarnos las bocas nos deshicimos de ellos a trompicones. Las manos volvieron a agarrar nuestras cabezas. Él tiraba de mi pelo con fuerza, levantándome, sujetándome, uniéndonos más. Yo seguía de puntillas agarrada a su nuca con todas mis fuerzas, mientras que con la otra mano intentaba torpemente levantar aquella camiseta negra tan pegada a su duro torso. Él arrastró su grande y fornida mano a través de mi espalda, arrastrando todo a su paso hasta llegar a mi cintura donde se detuvo unos minutos para agarrarme con fuerza y soltar un leve gemido separando mi boca unos milímetros de la suya. No podíamos respirar, pero nos negábamos a hacerlo.

Llevó ambas manos hacía mi culo, agarró fuerte mis nalgas y me elevó sin esfuerzo, colocándome sobre una de las barras que sujetaban el escenario. Notaba cómo mi humedad y mi cuerpo le deseaban. Necesitaba sentirle dentro de mí. Con fuerza tiré de su camiseta logrando deshacerme de ella, revelando la herida que la noche pasada cosí. Derek parecía no ser conciente de ella, como si ese dolor fuera mínimo comparado con el dolor de perderme. Tiró de mi blusa blanca con fuerza, rompiendo absolutamente todos los botones y liberando mis pezones, azotados por el frío y el calor del momento. Su boca dejó de besar la mía para besarlos a ellos. Me retorcía de placer, alzándolos para que no parase de chuparlos y morderlos. Mis gemidos acompañaban a la música. Sonaba Doubt de Twenty One Pilots. Qué apropiado, pensé.

Sus manos rozaban con ferocidad mis piernas, por encima de mis botas altas, llegando a la piel entre ellas y mi falda. Agarré con ambas manos su pelo y tiré con fuerza hacia arriba. Echaba de menos su boca sobre la mía. Su lengua despertaba sensaciones diferentes en mí con cada beso. Seguía notando su dura erección sobre mi vulva cada vez que nos besábamos y nos acercábamos. Era desesperante, sentir toda la sangre recorriendo mi cuerpo, preparándome para él. Era una tortura que mis bragas frenaran el contacto entre mi piel y la suya. Bajé las manos a su cintura y me deshice de su cinturón a trompicones. Derek bajó sus manos para ayudar a las mías y con un movimiento rápido hicimos caer su pantalón y sus calzoncillos, liberando su dura erección. Se arrodilló al instante, se metió debajo de mi falda, y apartó las bragas con un brusco movimiento que hizo que las costuras rozaran mi clítoris al pasar, provocando que mi boca gritara de placer.

Sus labios besaron mi vagina, igual que lo hicieron antes con mi boca. Era arrollador. Volví a gemir. Mi excitación aumentaba con todo a mi alrededor, el momento, el lugar, las emociones, él. Volví a agarrarle fuerte del pelo y elevarle para unirme a su boca. Al hacerlo su glande rozó con mis labios, colocándose justo en la entrada, esperando a poder entrar, cómo si necesitara de mi permiso para hacerlo. Hazlo. Le dije en uno de los instantes en los que cogimos aire, y al segundo noté la embestida. Su feroz penetración, haciéndome sentir llena de él. Ambos gemimos con la boca abierta sin dejar de rozar nuestros labios.

Sin compasión, Derek penetraba en mí una y otra vez, al ritmo de la canción, lento pero profundo. Alzó la vista y nos quedamos mirándonos a dos centímetros, viendo la excitación en la mirada del otro. Las embestidas aumentaron de ritmo hasta hacer que mi cuerpo perdiera por completo el control. Agarré el cuello de Derek con mi brazo izquierdo e intenté sostenerme sobre la barra con el derecho, sentía que perdía el equilibrio, que no podía controlar mi cuerpo. Notaba cómo el orgasmo me invadía. Mi cabeza retrocedió como lo había hecho antes, elevando mis pechos aún más. Se me retorcieron los dedos de los pies, me temblaban las piernas, no podía respirar con regularidad. Lo necesitaba, lo quería. Cerré los ojos y me dejé poseer por aquel magnífico orgasmo. Tenía la sensación que nunca antes me había corrido igual. Noté cómo el miembro de Derek se ponía aun más duro dentro de mí y cómo al ver mi reacción se dejaba ir en mi interior, en una explosión de placer que nos dejó a ambos exhaustos.

Domingo 1:30

Salía de aquella discoteca como si me hubiera vuelto a enamorar de una parte de mí que desconocía hasta entonces. Hablamos sobre el futuro. Íbamos a hacer las maletas aquella misma noche, nos íbamos de aquel oscuro lugar. Ver cómo me miraba me encendía el alma. No podíamos dejar de besarnos, de abrazarnos, de sentirnos. Echaba de menos estar con él. Últimamente sentía que nos estábamos perdiendo.

Salimos por la puerta de atrás dejando que el frío golpeara nuestros cuerpos aún calientes. Atravesamos a la gente que fumaba y nos metimos por un atajo para llegar a mi casa. Todo estaba en calma, solo se oían nuestras risas. Hasta que un ruido nos alertó y ambos nos giramos bruscamente para saber de dónde venía.

Un hombre vestido con un elegante traje y dos hombres que más bien parecían gorilas nos estaban siguiendo desde hacía varios minutos. Era Richard. No le conocía, pero la ira en la cara de Derek me hizo saber que era él. No dijo nada. Los tres alzaron sus armas. Derek agarró fuerte mi mano e intentó inútilmente poner su cuerpo frente al mío para recibir los impactos de bala.

Ambos caímos al suelo haciendo un gran ruido al golpear nuestras cabezas sobre el asfalto. Nos miramos entre el vao que salía por nuestras gargantas y las lágrimas de nuestros ojos. Podía notar cómo nos mojaba la sangre. Apreté con la poca fuerza que me quedaba su mano y con mi último aliento le dije: “Está bien, esto tenía que acabar de algún modo”. Nos sonreímos cómplices de aquel momento y eso nos bastó.

 

Domingo 1:45

Dejé que me invadiera la oscuridad. Cerré los ojos para absorber su perfume una vez más. Su inconfundible perfume mezclado con sangre y pólvora.

ARTÍCULOS RELACIONADOS