El olor de tu pelo

Una luz parpadeante en el móvil de Ángela le avisó de que tenía un mensaje nuevo. Antes de desbloquear la pantalla, ya sabía de quién era. A esas horas de la noche no podía ser nadie más que Cris.

No lo leas ahora. No lo leas ahora, te vas a distraer. En vano intentó convencerse a sí misma de no coger el móvil hasta que hubiera terminado el trabajo para clase que debía entregar al día siguiente.

<<Estoy pensando en ti…>> leyó bajo la imagen del cuerpo de Cris, medio cubierto por una sábana que también ocultaba una de sus manos. Y así de fácil, la preocupación por la fecha de entrega desapareció de los pensamientos de Ángela, que ya se disponía a acomodarse en el sofá para una nueva sesión de fantasías compartidas.

Llevaban hablando casi dos meses. Se habían conocido en una app de citas y la chispa había prendido rápidamente desde las primeras conversaciones. Vivían a tan solo unos kilómetros de distancia, apenas 20 minutos en coche las separaban, pero por culpa de la pandemia y la restricción de movimientos, aún no habían tenido la ocasión de verse en persona. No es que esto impidiera que se lo pasaran bien y la temperatura subiese a cada lado de la pantalla, pero con cada noche que dedicaban a tentarse a distancia, la impaciencia crecía.

Una hora larga después de haber abandonado el ordenador encima de la mesa, Ángela empezó a recuperar algo de cordura. Casi toda su ropa había ido cayendo al suelo conforme avanzaba su juego con Cris. Pero tras dos orgasmos y haber visto que el reloj de la pared ya marcaba las dos de la madrugada, el sentido de la responsabilidad la trajo de vuelta a la realidad.

<<Lo siento por marcharme tan rápido>> empezó a teclear <<me lo he pasado fenomenal, como de costumbre, pero tengo que terminar el maldito trabajo si no quiero suspender esta asignatura>>.

Se sentía algo incómoda rompiendo de esa manera el ambiente del momento. Casi como si estuviera recogiendo su ropa de forma apresurada, dejando a su pareja desnuda en la cama y huyendo a hurtadillas. Sabía que Cris no lo vería de esa manera, que lo entendería perfectamente, pero le hubiera gustado poder quedarse hablando más tiempo con ella. Que la conversación picante derivase de forma natural en otras charlas más triviales sobre películas, libros o viajes, como tantas otras noches.

Cuando cerró el portátil y por fin pudo respirar tranquila, comprobó que Cris había respondido: <<no pasa nada, lo primero es lo primero. Ánimo con ello>>.

Esto es una mierda, pensó, en persona podría echarme ahora a dormir a su lado. Y tal como lo pensó, lo escribió. Creyó que Cris no lo vería hasta la mañana siguiente, pero al cabo de unos segundos, la pantalla mostró su respuesta: <<deberíamos poner una fecha definitiva para quedar, tan pronto como podamos cruzar de un municipio a otro>>.

Y esa noche, Ángela se durmió con una sonrisa de oreja a oreja, contando mentalmente los días que quedaban para hacer realidad las fantasías que llevaban semanas construyendo juntas.

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El corazón le latía fuertemente en el pecho, miraba el reloj cada veinte segundos y juraría que el tiempo se había empeñado en transcurrir más despacio desde que había puesto un pie en la estación. El autobús en el que venía Cris llegaba ya con unos minutos de retraso. Como si la espera no hubiera sido ya suficientemente larga…

En su cabeza había ensayado diez formas diferentes de saludarla y se debatía entre las ganas que tenía de besarla nada más tenerla delante y el miedo a incomodarla si ella no deseaba lo mismo o necesitaba algo más de confianza antes de llegar al contacto físico.

Todas las dudas se disiparon en cuanto la vio bajar del autobús. Se miraron durante dos segundos, quietas, a lo lejos y un instante después, sincronizadas como si hubiera sonado un pistoletazo de salida, corrieron a encontrarse y se comieron a besos los dos meses de espera.

Nunca el camino hasta su piso había sido tan… contradictorio. Cogida de su mano, tiraba de ella y aceleraban el paso para llegar cuanto antes, pero también se detenían en cada esquina, en cada farola, en cada paso de cebra y perdían la noción del tiempo bebiéndose los labios. Un coche pitó en un semáforo para avisarlas de que ya podían cruzar. Estaban a solo 100 metros del portal y aún tardaron un rato interesante en alcanzarlo.

Finalmente, cruzaron el umbral de la casa y cerraron la puerta. Se quedaron mirando fijamente, analizando si ese instante era real o solo lo parecía. <<No sabes las ganas que tenía de…>> - empezó Ángela. <<No sabes las ganas que te tengo>> – añadió Cris.

Ángela sonrió de medio lado. <<En realidad>> – dijo llevando la mano hacia sus vaqueros y palpando el bulto que se marcaba con descaro – <<creo que sí me hago una idea de tus ganas.>>

Todo se aceleró a partir de ese gesto. Se desvistieron como si la ropa les quemase la piel. Se besaron con tanta ansia que casi se olvidaron de respirar. Ángela le mordía el cuello a Cris y ella le respondía arañando su espalda. Caminando a tientas hacia el dormitorio, tropezaron con el sofá donde tantas noches se había tumbado Ángela a encenderse con los mensajes de Cris. Se dejó caer y tiró de Cris para que cayera sobre ella.

Con algo de torpeza, logró desabrocharle el sujetador y escondió la cara entre sus pechos. Notaba sus pulsaciones aceleradas y su erección apretada contra su ombligo. Cris se aferraba a su pelo y trataba sin éxito de silenciar los gemidos. Notó que se recolocaba encima de ella y bajaba una mano por su barriga, hasta llegar a la goma elástica de su tanga, intentando abrirse camino. Ella tampoco pudo contener un suspiro cuando la mano de Cris alcanzó su objetivo.

Empezaba ya a oscurecer cuando trasladaron la acción al cuarto de al lado. La cabeza de Cris se acomodó entre sus piernas mientras ella se cubría la cabeza con la almohada para ahogar los jadeos. Entonces le asaltó una duda y se incorporó. <<¿Te has acordado de traer condones? – preguntó. <<En mi mochila, ¿quieres que los coja?>>

Ángela asintió y se dejó caer de nuevo, mientras Cris iba a rescatar la mochila que se había quedado en el suelo de la entrada. Los dedos le temblaban de ganas, de prisas, de impaciencia y tuvo que pedirle que le ayudara a abrirlo y ponérselo.

Cuando fue a tumbarse sobre ella, decidió bajar el ritmo, respirar y absorber cada segundo. No quería perder una sola imagen por culpa del frenesí, quería atesorar cada fotograma de su cara, de su pelo revuelto, de sus labios entreabiertos.

Habían esperado tanto tiempo que bien podían alargar el redoble de tambor unos segundos más, saborear la carrera antes del salto. Las ganas eran las mismas, pero la velocidad a partir de ese momento fue otra, fue un baile pegado y lento donde giraron en todas direcciones hasta marearse y cerrar los ojos.

En algún momento, ya de noche, dejaron de bailar y Ángela se quedó apoyada sobre el pecho de Cris. Notó que le acariciaba el pelo y le preguntó. <<¿Se parece a lo que habías imaginado cuando hablábamos por el móvil?>>

Se inclinó sobre su cabeza e inspiró aire lentamente por la nariz. <<Esto es mucho mejor. No hay tecnología en este mundo que pueda recrear el olor de tu pelo.>>

Laura Marcilla Jiménez @somospeculiares
LAURA MARCILLA
Psicóloga, sexóloga con especialidad en clínica y educación sexual.
Doctorada por la Universidad de Almería.
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