Quiero ser tu sumiso

Todo empezó durante una tarde de otoño en la que, sin saberlo, me topé con el nacimiento de un deseo todavía desconocido. La luz atardecía muy lentamente pero las ganas de hablar con Ella no cesaban. Menudo atrevimiento -pensaba-.

Se te ha ido la olla, hazte una paja y a seguir con tu vida, venga -me decía-. Justo nos habíamos conocido ese verano a través de una app de ligoteo, con lo que ya acumulábamos cierto recorrido, pero esto que sentía era distinto, muy distinto. Plantearle algo así de golpe podía ser fatal, ella me gustaba mucho, me caía genial y no quería cagarla.

¿Cómo hacer que esta cosa que se estaba fraguando no se me fuera de las manos? Debía ir con cuidado y tratar de que aquello que sentía no se me desparramara como la leche. Finalmente me armé de valor, vacié mi tercer café y logré desnudar mis palabras y embrollos hasta dejar un simple enunciado que expresara ese deseo, tan extraño y tan nuevo. Así que agarré el móvil y le escribí: Me gustaría que fueras mi Ama. Y en la línea siguiente añadí: Deseo someterme a ti.

¡Menudo subidón! Jamás había sentido nada igual. Ahora ya está hecho -intenté tranquilizarme-: Si la propuesta no es bien recibida te engulles la vergüenza, pides mil disculpas e intentas salvar la situación como puedas, rarito. Pasó un rato. Intenté calmarme y apartar la mirada de la pantalla. Pasó un rato más. Y no me pude contener.

Así que volví a escribirle, pero esta vez pecando de insistencia y sin medir mi grado de perrez. Vamos, imprudentemente metido ya en el papel. De perdidos al río. A lo que me respondió a los pocos segundos con severidad: "Si quieres ser un buen perro, deja de preguntar. Estás totalmente a mi merced". Así que bajé la cabeza aceptando internamente la reprimenda y mis dedos balbucearon obedientes sobre el teclado: Sí Ama.

Durante las siguientes semanas empecé a experimentar mi propio devenir sumiso gracias al proceso de control, adiestramiento y doma -24/7 y a distancia- al que me sometió mi Ama. El primer paso fue instarme a que me comprara lencería, la más cutre y hortera que encontrara, pues era su puta barata y debía vestir acorde a ello.

Así que me fui de tiendas -no sin grandes cantidades de vergüenza encima- para hacerme con unas medias de rejilla que me llegaran hasta los muslos, un tanga con volantes de colores chillones y un sujetador con ínfulas para dar cobijo a mis incipientes tetas. Todo formaba parte de un proceso material y simbólico de putificación, en lo que era mi primera experiencia como sumiso.

En ese proceso era importante, ante todo, satisfacer sus deseos y peticiones, bajo riesgo de hacer enfadar a Venus. Eso debía convertirse en mi prioridad. Para ello era también necesario labrar mi obediencia: me hizo saber que en cualquier momento del día mi Ama podía solicitarme, con lo que debía estar dispuesto a dejar lo que estuviera haciendo para atender sus designios.

Fui requerido a vestir lencería a diario, para que mi cuerpo no tuviera ninguna tentación de no sentirse puta de Venus desde la mañana hasta la noche. Cuando mi Ama sabía que me hallaba en el trabajo me retaba obligándome a pajearme en los baños -y a mandarle el correspondiente vídeo que lo atestiguara, claro-.

Sabía que podía recibir inadvertidamente un whatsapp recordándome que yo era su puta, su perro, su esclavo, su cerdo asqueroso, por lo que debía ir con mucho cuidado que ningunos ojos indiscretos interceptaran nuestro fantástico mundo de perversión.

En esos días, cuando oscurecía y las sombras se alargaban en soledad, me obligaba a follarme dolorosamente el culo con mis dedos con el fin de dilatarme el ano. Para hacerlo más placentero yo me imaginaba que era ella que me penetraba con alguno de sus dildos.

Me forzaba a humillarme ante la cámara autoinflingiéndome azotes contra mis nalgas, insultándome por ser tan cerdo y sólo cuando me portaba bien me permitía vacíar los huevos para que me comiera mi propio semen. Recuerdo pasar largas noches de rodillas, adorándola en la distancia y en silencio desde la oscuridad de mi casa. Podía notar con total claridad la fuerza de esos lazos de dominación cristalizando en mí, ahora sentía que podía llegar a hacer cualquier cosa para satisfacer sus deseos. Y a la mañana siguiente, vuelta a empezar.

**************

De camino al Belchica, tembloroso por la mezcla de frío y excitación, nuestra primera cita presencial como Ama y sumiso estaba a punto de tener lugar, y no podía parar de pensar cómo iban a ser las cosas a partir de ahora: una vez superado el plano virtual y estar, por fin, bajo la influencia de Venus.

Así que me apresuré para llegar antes y causar buena impresión, me parecía que hacer esperar a una Ama no era algo propio de un buen sumiso. Los aprendizajes como sumiso muchas veces se producían así, un poco entretejidos sobre la marcha, anticipándome a lo que creía que se esperaba de mí.

Llegué al lugar y busqué una mesa apropiada, lejos de miradas ajenas, por si acaso. El tiempo empezó a ir más lento en ese rincón cuando de repente sentí su mano fuerte tirando de mi pelo, doblando mi cabeza hacia atrás para encontrarme con su lengua mojada metiéndose en mi boca sedienta.

Sin previo aviso me dio de beber un hilo de su saliva, a modo de generosa recompensa. Y bebí como un animal sediento. Desde ese momento desarrollé una fuerte dependencia a ese flujo suyo (y a otros también), que me dura hasta el día de hoy. Recuerdo que le supliqué en repetidas ocasiones en voz baja durante esa tarde que me escupiera en la boca, por favor. Demandas que ella no accedió a satisfacer, evidentemente. Dejándome muy claro que yo no estaba allí para pedir nada.

Después de sentarse frente a mi con extrema elegancia y de pegarle un par de sorbos a su cerveza belga, me lanzó sus primeras palabras: "Móntatelo como quieras pero hoy no te vas a tu casa hasta que no me comas el coño". Un maldito sudor frío me recorrió todo el cuerpo.

Esto iba en serio: debía obedecerla para convertirme en un sumiso digno de Ella o por lo contrario ya me podía ir despidiendo de vivir esta experiencia. ¿Pero dónde mierdas encuentro yo un sitio para eso? Con lo poco que me gusta hacer cosas en público -me decía para mis adentros mientras disimulaba una respuesta asertiva-.

Quería satisfacer a mi Ama más que nunca en el mundo, comerle su santo y jugoso coño con absoluta devoción, pero no se me ocurría un lugar plausible para obedecer sus maravillosas órdenes. Sea como fuere, no quería defraudarla. En ese momento mi memoria me echó un cable y caí en la cuenta que ahí al lado había un parque situado en el interior de una isla de casas de l'Eixample, donde quizá podría encontrar un rincón discreto para complacerla cuando saliéramos del local. Respiré tranquilo.

Nuestra cita se desarrollaba más que apaciblemente, por decir algo. Yo excitadísimo la miraba con ojos brillantes mientras conversábamos, deseando que esa mesa y ese bar desaparecieran de un soplo para caer rendido a sus pies, con todas las consecuencias.

Al acabar su cerveza se ausenta un instante para ir al baño, y al volver me tomó de la mano para hacerme entrega de las bragas que llevaba, notablemente mojadas. Las atesoré contra mi pecho y casi instintivamente las olfateé profundamente. Pero me interrumpió el gesto para ordenarme que me las pusiera de inmediato.

Todavía no sé cómo logré llegar al baño con tal erección bajo mis pantalones ajustados. Sin dudarlo ni un segundo me desnudé tras cerrar el pestillo y me las calcé. Todavía siento el tejido húmedo de sus bragas empapadas contra mis huevos comprimidos. Regresé y le hice entrega de mis calzoncillos, igual o más mojados si cabe. A continuación mandó acabarme la cerveza de un trago para que consumara sus órdenes iniciales.

Nos dirigíamos hacia el parque. Había oscurecido, el frío se intensificaba y Ella llevaba un precioso abrigo largo de color marrón que le quedaba espectacular. Al llegar a la entrada del lugar pudimos comprobar fatídicamente que la puerta estaba cerrada a cal y canto y que no había manera de acceder al interior. Maldije mi estampa. "Y ahora qué?" -me preguntó Venus sonriendo mientras acercaba su cara a la mía-.

No pude ni mediar palabra, que agarrándome los huevos con fuerza me susurró al oído que no los pensaba soltar hasta que no lograra satisfacerla. Titubeé confundido y me escupió en la boca para luego poner a jugar su lengua con la mía. Aunque la entrada al parque quedaba metida dentro de la isla de casas, estábamos bastante expuestos.

Pero debíahacer algo para ser digno de mi Ama. Así que fuí a buscar su coño mojadisimo y sin bragas bajo los pantalones y empecé a masturbarla. Ella me abrazó fuertemente y empezó a gemir en mi oído. Mis dedos se deslizaban con gran facilidad entre sus carnosos labios y los introduje por la vagina hasta que un grito airoso hizo que se corriera.

"Cómete mi corrida puta" -me ordenó a continuación con una mueca de decepción- obedecí y lamí con ganas mis dedos empapados. De pronto me agarró la polla y empezó a pajearme violentamente bajo mis pantalones. Quería que me corriera de inmediato y aunque estaba acojonado por si alguien nos veía, acabé obedeciendo. Era evidente que no había sido capaz de satisfacer el deseo de mi Ama en nuestro primer encuentro. Me quedaba mucho por aprender.

Así que después de exprimir hasta la última gota dentro de mis pantalones y de ordenar que le limpiara con la lengua los restos de semen que manchaban su mano, con una sonrisa y gesto de desprecio que nunca olvidaré, volvió a escupirme una vez más y me arreó un bofetón: "Ahora vete de aquí".

Gos de Venus

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